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En seguida, tomando el pliego que el oficial le presentó quitándose el casco e inclinándose respetuosamente, leyolo en alta voz.

Mi padre había derrotado completamente la vanguardia del ejercito realista, y hecho prisioneros al general Marquidiegui que la mandaba con todos sus oficiales y estado mayor, incluso su jefe el Coronel Vigil, hoy general del Perú.

Mientras ella leía miré yo el nombre escrito en el sobre del pliego. Carmen Puch de Güemes - articulé deletreando.

Aquella mujer cuya prodigiosa hermosura contemplaba yo extasiada, era la esposa del propio guerrero que me había aparecido poco tiempo antes, entre los matorrales de Orcones.

Entretanto, la ruidosa algazara que zumbaba en torno mío, desvaneció mi cabeza y perdí el sentido sin que nadie se apercibiera de ello. Al través de la densa nube que oscurecía mis ojos y debilitaba mi oído, pareciome sentir que a los gritos de alegría sucedían de repente gemidos de dolor, sollozos convulsivos; y cuando el sopor que me embargaba se hubo disipado, vi a la bella Carmen antes radiante de gozo, pálida, trémula, postrada en tierra, bañada en lágrimas y llamando a su esposo con gritos desesperados. Delante de ella pálido y silencioso, se hallaba aquel joven oficial que acompaño a Güemes en Orcones. Mi madre, el joven de los ojos azules, y un nuevo personaje, un anciano de cabellos blancos y de noble aspecto contemplaban de pie, mudos, inmóviles y consternados aquel supremo dolor.

Algunas veces el anciano se inclinaba hacia ella y tendiéndole los brazos, murmuraba Carmen hija mía!. Pero ella lo rechazaba exlamando entre sollozos: ¡Martín!, ¡Martín! Dios mío, devuélveme mi Martín.

De repente vimos abrirse la puerta dando paso a un hombre cubierto de polvo, que corriendo veloz hacia Carmen, alzóla en sus brazos como a un niño y besó la frente de mi madre, abrazó la cabeza del anciano, y estrechando contra su pecho la hermosa mujer que yacía desmayada, se alejó con ella.

Aquel hombre era Güemes, que llegaba a tiempo para salvar a su esposa de la muerte y para cambiar su dolor desesperado en éxtasis de felicidad.

¿Más qué era lo que había sucedido? Helo aquí.

Entre los compatriotas de Güemes que tan orgullosos debían estar de su gloria, porque era la gloria nacional, había algunos que lo aborrecían por aquello que debían amarlo. Aborrecíanlo por su valor heroico, por sus victorias, por el terror que inspiraba a los enemigos de la patria, por la generosidad con que cambiaba ese terror en admiración; por el amor fanático que le profesaban los pueblos, y... hasta por la belleza de su persona y por los tiernos sentimientos que esa belleza inspiraba.

Mientras el héroe, recorría una senda gloriosa con la tranquila seguridad de una conciencia pura, la vil envidia minaba sordamemte el terreno de sus triunfos.

Concitáronle con infames calumnias la enemistad del Gobernador de Tucumán, que neutralizando la provincia de su mando negóse indignamente a prestar los debidos auxilios para el sostén de la guerra de la independencia que pesaba toda sobre la espada de Güemes; y últimamente, instigado por los enemigos de éste, encendió la anarquía que tantos males causó entonces a nuestro país y que echó la simiente de la larga guerra civil que después lo ha devorado.

 

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