No. 090 del 4 de noviembre de 2000 |
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Historias del subdesarrollo ESPIRITUS EN EL MUNDO MATERIAL Por Miguel A. Villarino Arnábar
Un primo mío llamado Arturo, profesor de secundaria que no es el "bohemio puro" del famoso poema "El brindis del bohemio" de Guillermo Aguirre y Fierro, pero que incuestionablemente posee un muy "noble corazón" y que debe sus ya muchas canas al ennoblecedor trabajo de enseñar a las futuras generaciones, me narró la siguiente historia: un lunes cualquiera del calendario escolar llegó a sus labores en una secundaria de la isla del Carmen. Inicio su clase de química explicando el fenómeno de la saturación y, a continuación, marcó a sus alumnos un experimento sencillo. Dicho experimento trataba de echar agua en un vaso y posteriormente un limón. Después se debía agregar, tomando notas cada vez, determinadas cantidades de sal hasta que el limón flotara. Con base en esto sus alumnos aprenderían, a través de la experimentación, lo relacionado con el tema de la clase. A la siguiente sesión con ese grupo resultó que uno de sus alumnos no había hecho la tarea. El argumento del niño no fue ninguno de los acostumbrados por los alumnos huevones, como el de "cayó un meteorito cerca de mi casa y nos trasladaron a un albergue, y en ese albergue no había limones", o "cuando venía para aquí un gigante me quitó el cuaderno donde estaban los apuntes que tomé durante el experimento", o "un perro bravísimo de por mi casa se alocó ayer y le dio por comerse toda la sal que había por mi cuadra". No, el argumento que el niño dio fue mucho más inconcebible: "no hice la tarea porque mi mamá no quiso, y dijo que hoy, apenas se desocupe, viene a hablar con usted". Poco antes de la hora de salida, llegó la mamá del niño a buscar al maestro. Con la proverbial cortesía carmelita y bastante furiosa, la madre se enfrentó con el profesor de su hijo y le espetó una letanía que movería a la risa si no fuera patética: "Cómo se atreve a mandar a los niños a hacer experimentos con sal el lunes -aulló la matrona-, que acaso no sabe usted, profesorcito, que si alguien juega sal ese día se sala para toda la semana". A mi primo lo sorprendió la naturaleza del reclamo pero no dijo nada, y no por temor a la confrontación de conocimientos, como podría pensarse, sino por miedo a morir ignominiosamente víctima de la superstición; mejor opto por el silencio y por idear experimentos que no estén reñidos con la particular explicación del universo de ciertas personas. Cuando me narró lo sucedido juro solemnemente que no me asombré, en estas lides tengo ya algo de experiencia y un ejemplo de ello sería la ocasión en que dos amigas mías, hermanas ellas y maestras las dos (sí, leyó usted bien, ¡maestras!), se opusieron terminantemente, fanáticamente, con la obsesión de aquellos seres que intentan salvar a los incrédulos de un peligro inexplicable pero ciertamente inminente y atroz, a que se llevara a cabo un baile de Halloween que veníamos planeando con anterioridad: "Es malo -dijeron aterradas-, ese día espantan porque las ánimas andan sueltas". ¡Chúpense ese pibinal! |
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