Galería de grandes
sonetistas
Francisco de Quevedo y Villegas
Amor constante más allá
de la muerte
Cerrar
podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora en su afán ansioso lisonjera;
mas
no, desotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma
a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,
su
cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado.
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Luis de Góngora y Argote
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Mientras por competir con tu
cabello
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;
mientras
a cada labio por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello
goza
cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, hilo, clavel, cristal luciente,
no
solo en plata o viola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
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Félix Lope de Vega Carpio
¿Qué tengo yo que mi amistad
procuras?
¿Qué interés te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noche del invierno oscuras?
¡Oh
cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí. ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas
veces el ángel me decía:
"Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía"!
¡Y
cuántas, hermosura soberana,
"Mañana le abriremos", respondía,
para lo mismo responder mañana!
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Sor Juana Inés de la Cruz
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Al que ingrato me deja, busco
amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.
Al
que trato de amor, hallo diamante,
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata,
y mato al que me quiere ver triunfante.
Si
a éste pago, padece mi deseo;
si ruego a aquél, mi pundonor enojo:
de entrambos modos infeliz me veo.
Pero
yo, por mejor partido, escojo
de quien no quiero, ser violento empleo,
que, de quien no me quiere, vil despojo.
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Miguel Hernández
Elegía
(En
Orihuela, su pueblo y el mío,
se me ha muerto como el rayo
Ramón Sijé, con quien tanto quería)
Yo quiero ser llorando el
hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando
lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré
tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un
manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No
hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando
sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano
levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano está rodando por el suelo.
No
perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
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En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero
escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero
minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás
a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de
angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás
la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu
corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A
las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
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