Los tres protagonistas de los tres cuentos de este
número del Necronomicón son víctimas de sus realidades. Ninguna de esas
realidades podemos llamarlas “normales”. Ninguno de ellos vive algo
parecido a un “estilo de vida americano” ideal. Los tres disfrutan de un
estimulante ambiente: muerte, engaño, terror; no muy saludable para
ellos, pero apto para alimentar las mentes de los lectores con nuevas y
vigorosas ideas. Los tres relatos se prolongan más allá de los límites
de las palabras, más allá del drama que sacude las vidas de sus
protagonistas… son ideas que prosiguen después del último punto del
cuento e invitan a pensar en un día después y en un día después del día
después. Más allá del horror intrínseco a estas historias, está la
maravilla de que esos mundos son más vastos de lo que representan las
dos mil ciento veintiocho palabras impresas en la pantalla. Eso invita a
soñar.
En esta edición vislumbraremos los extraños mundos
de Caballero, Ferreyra y Sala, caballeros (sin querer con esta
denominación aludir al primero en preferencia) que por alguna extraña
razón escriben y lo hacen no con el ánimo de contarle un secreto al
lector, lo hacen con la aviesa intención de sorprenderlo o estremecerlo,
no solo con los eventos que cuentan sino con sus implicaciones.
Por último, para nuestro beneplácito, nuevamente
Juan Raffo nos ilustra la presente edición con un dibujo casi tenebroso
como el pasaje en que se inspira. La concepción de esta pieza le
significó el prematuro emblanquecimiento de sus sienes y su mirada a
veces se queda perdida, fija en algún rincón oscuro… expectante.
El Encuentro
por Javier Caballero
Este autor lleva una doble vida. En una se sabe que es
español y a punto de graduarse de arquitecto. En la otra, Javier
Caballero –su apelativo literario o pseudónimo- es un arquitecto de
mundos, que concibe historias a partir de una imaginación desbordada y
sueños alocados y luego, metódicamente, los transcribe al papel. El Otro
Yo lleva una vida muy similar, a veces también escribe y ha publicado
varios poemas en la revista Letra Nueva. Afortunadamente para ambos,
Javier y su alter ego se llevan bastante bien y no han manifestado
envidias por la carrera literaria del otro, carreras que se entrecruzan
y confunden innumerables veces. Recientemente el Otro Yo de Javier ganó
el primer Certamen de Relato Fantástico Arkadia, organizado por Mundo
Mitagos. Javier se vengó a su vez publicando en Alfa Eridiani y ahora en
Necronomicón… menos mal que las relaciones entre esos dos van por el
camino de la sana competencia y no les da por escribir barbaridades del
otro o liarse a puños bajo un farol. Javier y su Otro Yo tienen muy a su
pesar estilos de escribir muy parecidos, ambos hacen esfuerzos por
diferenciarse, pero siempre terminan cediendo cuando se miran al espejo
en el baño y observan a un solo tipo mirándolos con aire de sueño.
El Encuentro es un extraño relato donde el deja vu y la predestinación
muestran su rostro oscuro y la realidad, por si alguien lo dudaba, no es
siempre como en un principio creemos.
Se
encontraron en un café en Gran Vía. A él le bastó una mirada para saber
que aquella era la mujer que había buscado durante toda su vida. Se
trataba sólo de un presentimiento, pero se dejó llevar por él como si se
tratase de la más irrefutable de las certezas.
La mujer ocupaba una mesa
junto al ventanal, no muy lejana a la suya. La luz penetraba
iluminándola vagamente, como si se escurriese por sus perfiles para
eludir tocarla. Se acercó y se sentó enfrente, sin decir palabra,
mientras la miraba fijamente. La mujer no pareció darse cuenta de su
presencia. Buscaba insistentemente algo en su bolso.
—Hola.
Ella levantó la mirada y
sonrió. Al verla tan de cerca le pareció que se conocían de siempre.
—¿Qué hay? ¿Nos conocemos? —respondió ella con aire irónico.
—Me temo que no. Al
menos no todavía.
La mujer sonrió
nuevamente mientras sacaba un mechero del bolso. Lo cerró como si
hubiese concluido la búsqueda que antes la ensimismaba.
—Tú fumas, ¿no?
—Sí.
Él acercó la cabeza.
Sujetaba con la boca un pitillo que aún no había encendido, aunque no
hubiera podido explicar por qué no lo había hecho.
—Gracias. Lo necesitaba.
—Lo sé —dijo ella
mientras guardaba el mechero—. Aunque no es eso lo único que necesitas.
—¿A qué te refieres?
—Ya lo sabes, no te
hagas el tonto. ¡Como si no nos conociéramos!
—Es que no nos conocemos
—repuso.
Ella sonrió extrañamente
mientras le miraba con sus poderosos ojos negros.
—¿Qué pretendes hacerme
creer? A mí no vas a engañarme con ninguna de tus tretas. No creas que
no conozco tus enfermizas diversiones.
—Di lo que quieras, pero
yo no sabía ni que existieras antes de cruzar esa puerta.
—Entonces... ¿Por qué te
sentaste justo aquí si no me conocías?
Él se revolvió en su
asiento. Realmente no lo sabía.
—No lo sé. Empiezo a
creer que ha sido un error.
—Puedes apostar a que
sí.
Abrió el bolso de nuevo
y cogió algo que apretó en su mano.
—¿Sabes lo que es?
—No.
La mujer lo miró
divertida. Parecía disfrutar haciéndole participar en un juego que sólo
ella conocía.
—¿No tienes nada para
mí?
—No.
—¿Estás seguro?
De repente recordó algo.
Se tocó el bolsillo de la chaqueta y descubrió un paquete que no
entendía cómo le había pasado desapercibido.
—Espera —dijo
consternado—, creo que tengo algo.
Sacó el paquete del
bolsillo. Era pesado.
—Gracias, es justo lo
que necesitaba —sonrió ampliamente—. Tú tenías algo mío y yo tenía algo
tuyo. Pero tranquilo, te lo devolveré.
Él sintió un terrible
desasosiego.
—Creo que debo
marcharme.
—Aún no —respondió ella
pronunciando lentamente cada palabra.
Tomó el paquete con una mano y lo abrió despacio con sus largas uñas
pintadas de rojo. Dentro había una pistola.
—¿Qué demonios significa
esto?
—¿Aún no lo sabes?
Abrió la mano que tenía
cerrada: había una bala.
—¡Dios! ¿Qué diablos vas
a hacer?
Ella se mordió los
labios y le dedicó una sonrisa cómplice mientras introducía la bala en
el cargador.
—Esto es tuyo, cariño.
Entonces él recordó
algo, justo antes de que la mujer apretara el gatillo.
Hacerse Entender
por Alejandro Ferreyra
Aquí en Venezuela seguro que alguien le
pregunta: ¿Chamo, tu papá es portugués? Porque si no fuera por la i
griega, Alejandro Ferreyra podría tener antepasados lusos. Eso del
apellido y el origen, en Venezuela se considera un axioma, pero la
famosa “ye” haría dudar a más de uno. Sólo los avispados aficionados a
la Ciencia Ficción tenemos la ventaja de poder relacionar eventos
aparentemente dispares o contradictorios y salir con una conclusión
digna de un genio: ¿Y si Alejandro viene de algún universo paralelo,
donde Portugal se encuentra más allá del Oder y en el país se habla una
derivación del portugués llamado polaco? Eso explicaría muy bien la
bendita “ye” pero destrozaría sin remedio el principio de la navaja de
Occam.
Quizás sea un enigma como el de las pirámides,
pero lo cierto es que Alejandro Ferreyra existe y es un furibundo
aficionado al género fantástico, aunque no tanto como para fantasear en
suposiciones apresuradas. Por ello sus escritos son más mesurados y
pensados que los de su seguro servidor. Alejandro concibe sus universos
desde una habitación que da al río (y no es el Oder), enmarañado en
cables de fibra óptica que entran y salen de su cabeza y le permiten la
multitarea de escribir, soñar y trabajar al mismo tiempo. Vive en Buenos
Aires y eso quiere decir que es argentino y que lo del portugués polaco
fue un ligero error de cálculo.
Hacerse entender es una mirada
desesperanzadora al proceso de comunicación y un guiño travieso a los
prejuicios del lector.
"Esta mañana fue
hallado en su casilla el cadáver del cuidador del cementerio local..."
¡Ah! Nada más caminar
entre tumbas aquí y allá, saltando sobre algún túmulo erosionado por los
años, entre las risas de las jaurías salvajes, que vienen de la estepa
ahora casi desierta de animales. Corro, me caigo, me levanto, me caigo;
a lo lejos las torres de lo que parece una población.
El sol que cae. La
noche con sus temores innominables se alza casi violentamente. Las nubes
violetas presagian lúgubres un misterio acercándose...
"Se cree que
falleció como resultas de una mordedura de serpiente venenosa..."
Corro para llegar al
pueblo que diviso a lo lejos. Me lastimo los pies al saltar la derruida
pared del cementerio. Me hieren los oídos las risas de las fieras en su
festín al otro lado de la colina oscura, aún más el temor de mi destino
si me descubrieran. Llego a lo que fue un camino asfaltado. Salto sobre
un poste de luz caído y corro huyendo de la noche tormentosa,
misteriosa, atrayente, hacia el sol ensangrentado, al villorrio
silencioso, conocido por la maldad de sus hombres, hoy y siempre.
"Sobre su mesa se
halló una nota explicando que debido a la tormenta del día anterior se
habían caído los postes de luz y teléfono...”
Intento llegar al
púrpura sanguinolento, que lentamente muere y se esfuma tras la sombría
aldea. Me abro paso a través de las risas, mis miedos y los postes
caídos.
Corro, las gotas de los
charcos, que estallan a mi paso, caen por mi frente; de tan espesas me
molestan. Estoy empapado de aguas estancadas, aceitosas.
Troto, extenuado
tropiezo y me levanto con esfuerzo. Sigo avanzando tambaleándome,
respiro aprisa, me asfixio. Abro la boca buscando aire.
Llego al poblado. Tengo
una expresión atemorizada y fatigada; la del que huye de males y temores
desconocidos. Hay un bar, que libera por sus puertas y ventanas la
música disonante del jazz, luz y tibieza. Entro, trato de llamar la
atención de alguien...
Corro de aquí para
allá, hago ruido y salto. Me enloquecen las risas ebrias de los hombres
y mujeres que se burlan de mí. Solo provocan carcajadas mis esfuerzos
de decirles que...
Un último intento,
hacerme entender...
—¡No me muerdas! ¡Fuera
de aquí! —y me patea.
—¡Miren la espuma!
—alguien salta alejándose.
—¿Estará rabioso? —otra
voz aterrorizada...
—¡Mátenlo! —gritan.
"...entonces envió
al pueblo, a pedir ayuda, a su perro..."
Familia
por José
Manuel Sala Díaz
Ahorita podría haber estado a punto de cometer el más enorme desatino de
mi extraviada vida y todo se lo debería a la particularidad histórica
del origen anglosajón de Internet, que a su vez se remonta a la
prehistoria, también anglosajona, de la computación. Ahorita, como ya
mencioné, podría estar presentando a José como Jos y sería algo
demasiado ajeno a la verdad, a la literatura y al idioma castellano.
Todo comenzó con los mensajes que intercambiamos... donde la e acentuada
de su nombre había sido masacrada en el encabezado por algún programa
primitivo que acechaba en el sendero entre su computadora y la mía. Así
fue durante un millón de mensajes, lo llamaba Jos ésto y Jos aquello,
afortunadamente (para mí) aquel hombre paciente aún tuvo la amabilidad
de enviarme el presente relato. Fue mi salvación, pues al llegar a la
firma compruebo que Jos no era otro que José. La moraleja de esta
historia es que siempre debes añadir una e acentuada si el nombre
termina en consonante...
José Manuel ya ha publicado en un Eridano de
Alfa Eridiani dedicado al terror, en donde compartimos páginas e
ilustradora.
Él está entregado al Terror, lo hace suyo y lo disfruta en la más
desolada oscuridad; es una oscuridad densa, negra, donde comparte con
Lynch el conocimiento de lo que es el miedo verdadero. Se sienta en un
cuarto, ante una ventana abierta, durante las noches sin luna de
Torrevieja, y escribe historias de Terror, de víctimas impotentes en un
ambiente cargado de demonios que corroen la mente, ocultos en las
sombras; seres de pesadilla que respiran pesadamente detrás de nuestros
cuellos, oprimiendo nuestros hombros hasta enloquecer...
Su relato
Familia es hijo predilecto de dos cuentos infantiles que sufrieron una
ligera mutación.
La luz del primer relámpago
atravesó la cristalera iluminando fugazmente el comedor del castillo
envuelto en tinieblas. El impávido destello de la tormenta descubrió
momentáneamente las gárgolas que caían muertas y sarcásticas sobre las
columnas de las paredes de piedra. Iluminó también la alargada mesa que
daba nombre a la estancia, fulgurando con gran intensidad los contornos
de los sillones moldeados en madera robusta. La niña, sentada sobre uno
de ellos, había cerrado los ojos, asustada. Miedo. Tras el rayo provenía
el estruendo del trueno. Largo, duradero. Furioso. Se encogió aún más
hundida en el almohadón que la incorporaba, temblando. Miedo. Los
cristales de las ventanas titilaban por el repiqueteo de la lluvia.
Lluvia. Hacía horas que llovía.
Los padres no le dieron importancia al
único sonido permisible en la morada. Continuaron tomando la cena. La
suya. Para cuando la niña hubo abierto los ojos, la oscuridad había
vuelto. Ocultándolos en la sombra.
La niña se inclinó de nuevo hacia
la mesa, vacilante alcanzó el recipiente que le esperaba sobre la
superficie oscura. Infantil tanteó la copa, introdujo su lengua tratando
de averiguar el contenido de la misma. Sonrió, llevándosela a la boca.
Leche caliente reposada dentro de fría plata que bebió con rapidez
dejando sus labios impregnados de una máscara blanquecina líquida.
Una vez hubo acabado jugó con la
copa moviéndola con pequeños movimientos de muñeca. En el otro extremo
de la alargada mesa los mordiscos y chasquidos de mandíbulas proseguían
sin percatarse de lo que hacía. Sonrió de nuevo, divertida. El
reflectante material de la copa centelleaba en más de una ocasión
mostrando su inocente rostro, la trenza roja como la sangre que le
colgaba hasta llegar a la cintura, la caperuza del mismo color que le
cubría el resto de la cabeza. Soltó una risita mientras se hacía burlas
ante el fino espejo de cubertería. En el castillo no había espejos para
mirarse, en ninguna de sus múltiples estancias.
El segundo relámpago la pilló
desprevenida, no tuvo tiempo de enfrentarse a él y el terror de la
sorpresa le recorrió todo el cuerpo haciéndole soltar la copa. El choque
contra el suelo produjo un estrépito metálico que no se apagó del todo
hasta que el trueno llegó, tardío, cubriendo el siseo de la copa que
rodaba imparable por el piso de piedra.
La niña contuvo los deseos de
gritar pues sabía que no le servirían de nada. Trató de encogerse cuanto
pudo en su sillón, aplastando el almohadón lo más posible al respaldo de
madera. Tragó saliva. Permaneció así, encogida, expectante, temerosa,
oliendo los restos de leche esparcidos por las comisuras de su boca.
Al cabo de un tiempo creyó que el
ruido de las gotas de lluvia había crecido, pero muy pronto la niña
comprendió que no era así; la niña muy bien lo comprendió para su
desgracia.
El sonido de las mandíbulas al
quebrar huesos y aspirar arterias había dejado de escucharse. Tras un
instante de duda alzó la cabeza, hacia el otro extremo de la alargada
mesa.
Las sombras ya no se movían.
Las siluetas se mantenían sobre
sus asientos sin musitar palabra. La niña no podía ver los rostros de
los padres al igual que los platos de donde comían, pero podía sentir
cómo la miraban. Ojos esquivos y oscuros que observaban su caperuza roja
desde el otro lado de la sala.
Sentados en sus tronos.
De repente la niña sintió cómo su
corazón comenzaba a temblar, cómo todo su cuerpo titilaba como un recién
nacido al borde de la angustia. El frío veloz como el rayo de la
tormenta se abría paso a través de sus pulmones haciéndola temblar,
haciéndole partícipe del castigo de la desobediencia. Sus dientes
castañearon del helor que recorría su sangre como una serpiente,
sedienta. Cubrió su cuerpo con la capa roja, pero el gélido viento no
cesó, aumentó su fuerza. Sus ojos comenzaron a enrojecer, el blanco de
sus córneas se transformó rápidamente en un difuso carmesí flotando
sobre un mar de teñida blancura.
El tercer relámpago alumbró la
estancia creciendo tras él el choque de las gotas de agua sobre las
cristaleras. La niña, aterrorizada al mismo tiempo que dolorida, recordó
el miedo. Cerró los ojos.
El tiempo que duró el trueno la
niña sollozó en voz baja.
Cuando el estremecedor ruido dejó
de recorrer los cimientos del castillo la niña chasqueó los dientes, se
mordió la lengua. Miró hacia el otro extremo del comedor.
Los padres miraban.
Su mirada borrosa permaneció fija
en ellos a la vez que sus piernas temblaban y el líquido rojizo corría
desmesurado desde su entrepierna hasta los muslos donde se formaban
hilillos de vida. Gotas saladas comenzaron a saltar lentas y nerviosas
por sus ojos hasta chocar con la mesa y humedecer la capa rojiza, hasta
llegar a aquella superficie oscura y formar un charco de agua. Dentro de
ella sus atributos femeninos vibraban. Enérgicos del dolor que la echó
hacia atrás arrastrando el asiento de madera por la fría piedra. La niña
abalanzó sus manos hacia el borde para no caer, miró hacia el final de
la mesa. En el mismo instante en el que el último relámpago de la noche
iluminó fugazmente el aposento envuelto en tinieblas.
Los padres miraban.
Sus pupilas apenas pudieron
diferenciar el inmenso pelaje negruzco que les cubría y las hileras de
ensangrentados colmillos que se reflejaron ante el momentáneo fulgor
como cuchillas. Tras ese instante de cegadora luz siguió la oscuridad
acompañada del tardío trueno. La niña, encogida de dolor, cerró los
ojos. Miedo. Pero ya no le hizo falta. Nada más terminó de oírse sintió
cómo el frío abandonaba su cuerpo, cómo la sangre que corría entre sus
piernas menudas comenzaba a secarse formando largas manchas en su
candorosa piel. Ingenua.
Los padres lo habían considerado
suficiente por aquella vez. Permitieron que el dolor abandonara
finalmente el cuerpo de la niña.
Ésta se limpió las lágrimas que
retrasadas aún corrían por sus pómulos enrojecidos por el sufrimiento y
la angustia. Su tráquea volvió a abrirse y pudo respirar con normalidad.
Asintió ruborizada a las sombras que desde el otro extremo la
observaban. Quietas.
De un salto la niña bajó del
sillón y tanteó en la oscuridad del suelo de piedra, hasta que un
momentáneo destello le descubrió la copa de plata. Cuando volvió a la
mesa los crujidos de los huesos y los chasquidos de los dientes habían
vuelto con renovadas fuerzas. La lluvia mantenía su ritmo frenético de
colisión con los cristales pero poco a poco podía sentir cómo el aura
del castillo doblegaba a la naturaleza. La noche siguiente no llovería.
Se incorporó sobre el almohadón
de plumas y se colocó, recta, erigida. Como una buena hija. Plantó la
copa sobre la mesa de superficie extrañamente oscura. Sintió avergonzada
cómo volvía a llenarse su contenido hasta alcanzar el borde la misma.
Cuando se la llevó a los labios percibió que aquella leche estaba más
tibia que la anterior, pero no se quejó.
Los padres
aún no habían terminado la cena. La suya. Y jamás permitían escuchar
ningún otro ruido cuando se reunía la familia. Nada salvo el estrépito
de aquellas gotas de lluvia sobre los cristales de las ventanas.
|