UBIK, Asociación Venezolana de Ciencia Ficción y Fantasía

Necronomicón

Segunda Época. Año 3. N° 5. Enero, 2005

Los tres protagonistas de los tres cuentos de este número del Necronomicón son víctimas de sus realidades. Ninguna de esas realidades podemos llamarlas “normales”. Ninguno de ellos vive algo parecido a un “estilo de vida americano” ideal. Los tres disfrutan de un estimulante ambiente: muerte, engaño, terror; no muy saludable para ellos, pero apto para alimentar las mentes de los lectores con nuevas y vigorosas ideas. Los tres relatos se prolongan más allá de los límites de las palabras, más allá del drama que sacude las vidas de sus protagonistas… son ideas que prosiguen después del último punto del cuento e invitan a pensar en un día después y en un día después del día después. Más allá del horror intrínseco a estas historias, está la maravilla de que esos mundos son más vastos de lo que representan las dos mil ciento veintiocho palabras impresas en la pantalla. Eso invita a soñar.
En esta edición vislumbraremos los extraños mundos de Caballero, Ferreyra y Sala, caballeros (sin querer con esta denominación aludir al primero en preferencia) que por alguna extraña razón escriben y lo hacen no con el ánimo de contarle un secreto al lector, lo hacen con la aviesa intención de sorprenderlo o estremecerlo, no solo con los eventos que cuentan sino con sus implicaciones.
Por último, para nuestro beneplácito, nuevamente Juan Raffo nos ilustra la presente edición con un dibujo casi tenebroso como el pasaje en que se inspira. La concepción de esta pieza le significó el prematuro emblanquecimiento de sus sienes y su mirada a veces se queda perdida, fija en algún rincón oscuro… expectante.

 

El Encuentro

por Javier Caballero

Este autor lleva una doble vida. En una se sabe que es español y a punto de graduarse de arquitecto. En la otra, Javier Caballero –su apelativo literario o pseudónimo- es un arquitecto de mundos, que concibe historias a partir de una imaginación desbordada y sueños alocados y luego, metódicamente, los transcribe al papel. El Otro Yo lleva una vida muy similar, a veces también escribe y ha publicado varios poemas en la revista Letra Nueva. Afortunadamente para  ambos, Javier y su alter ego se llevan bastante bien y no han manifestado envidias por la carrera literaria del otro, carreras que se entrecruzan y confunden innumerables veces. Recientemente el Otro Yo de Javier ganó el primer Certamen de Relato Fantástico Arkadia, organizado por Mundo Mitagos. Javier se vengó a su vez publicando en Alfa Eridiani y ahora en Necronomicón… menos mal que las relaciones entre esos dos van por el camino de la sana competencia y no les da por escribir barbaridades del otro o liarse a puños bajo un farol. Javier y su Otro Yo tienen muy a su pesar estilos de escribir muy parecidos, ambos hacen esfuerzos por diferenciarse, pero siempre terminan cediendo cuando se miran al espejo en el baño y observan a un solo tipo mirándolos con aire de sueño.
El Encuentro es un extraño relato donde el deja vu y la predestinación muestran su rostro oscuro y la realidad, por si alguien lo dudaba, no es siempre como en un principio creemos.

Se encontraron en un café en Gran Vía. A él le bastó una mirada para saber que aquella era la mujer que había buscado durante toda su vida. Se trataba sólo de un presentimiento, pero se dejó llevar por él como si se tratase de la más irrefutable de las certezas.
La mujer ocupaba una mesa junto al ventanal, no muy lejana a la suya. La luz penetraba iluminándola vagamente, como si se escurriese por sus perfiles para eludir tocarla. Se acercó y se sentó enfrente, sin decir palabra, mientras la miraba fijamente. La mujer no pareció darse cuenta de su presencia. Buscaba insistentemente algo en su bolso.
—Hola.
Ella levantó la mirada y sonrió. Al verla tan de cerca le pareció que se conocían de siempre.
—¿Qué hay? ¿Nos conocemos? —respondió ella con aire irónico.
—Me temo que no. Al menos no todavía.
La mujer sonrió nuevamente mientras sacaba un mechero del bolso. Lo cerró como si hubiese concluido la búsqueda que antes la ensimismaba.
—Tú fumas, ¿no?
—Sí.
Él acercó la cabeza. Sujetaba con la boca un pitillo que aún no había encendido, aunque no hubiera podido explicar por qué no lo había hecho.
—Gracias. Lo necesitaba.
—Lo sé —dijo ella mientras guardaba el mechero—. Aunque no es eso lo único que necesitas.
—¿A qué te refieres?
—Ya lo sabes, no te hagas el tonto. ¡Como si no nos conociéramos!
—Es que no nos conocemos —repuso.
Ella sonrió extrañamente mientras le miraba con sus poderosos ojos negros.
—¿Qué pretendes hacerme creer? A mí no vas a engañarme con ninguna de tus tretas. No creas que no conozco tus enfermizas diversiones.
—Di lo que quieras, pero yo no sabía ni que existieras antes de cruzar esa puerta.
—Entonces... ¿Por qué te sentaste justo aquí si no me conocías?
Él se revolvió en su asiento. Realmente no lo sabía.
—No lo sé. Empiezo a creer que ha sido un error.
—Puedes apostar a que sí.
Abrió el bolso de nuevo y cogió algo que apretó en su mano.
—¿Sabes lo que es?
—No.
La mujer lo miró divertida. Parecía disfrutar haciéndole participar en un juego que sólo ella conocía.
—¿No tienes nada para mí?
—No.
—¿Estás seguro?
De repente recordó algo. Se tocó el bolsillo de la chaqueta y descubrió un paquete que no entendía cómo le había pasado desapercibido.
—Espera —dijo consternado—, creo que tengo algo.
Sacó el paquete del bolsillo. Era pesado.
—Gracias, es justo lo que necesitaba —sonrió ampliamente—. Tú tenías algo mío y yo tenía algo tuyo. Pero tranquilo, te lo devolveré.
Él sintió un terrible desasosiego.
—Creo que debo marcharme.
—Aún no —respondió ella pronunciando lentamente cada palabra.
Tomó el paquete con una mano y lo abrió despacio con sus largas uñas pintadas de rojo. Dentro había una pistola.
—¿Qué demonios significa esto?
—¿Aún no lo sabes?
Abrió la mano que tenía cerrada: había una bala.
—¡Dios! ¿Qué diablos vas a hacer?
Ella se mordió los labios y le dedicó una sonrisa cómplice mientras introducía la bala en el cargador.
—Esto es tuyo, cariño.
Entonces él recordó algo, justo antes de que la mujer apretara el gatillo.

 

Hacerse Entender

por Alejandro Ferreyra

Aquí en Venezuela seguro que alguien le pregunta: ¿Chamo, tu papá es portugués? Porque si no fuera por la i griega, Alejandro Ferreyra podría tener antepasados lusos. Eso del apellido y el origen, en Venezuela se considera un axioma, pero la famosa “ye” haría dudar a más de uno. Sólo los avispados aficionados a la Ciencia Ficción tenemos la ventaja de poder relacionar eventos aparentemente dispares o contradictorios y salir con una conclusión digna de un genio: ¿Y si Alejandro viene de algún universo paralelo, donde Portugal se encuentra más allá del Oder y en el país se habla una derivación del portugués llamado polaco? Eso explicaría muy bien la bendita “ye” pero destrozaría sin remedio el principio de la navaja de Occam.

Quizás sea un enigma como el de las pirámides, pero lo cierto es que Alejandro Ferreyra existe y es un furibundo aficionado al género fantástico, aunque no tanto como para fantasear en suposiciones apresuradas. Por ello sus escritos son más mesurados y pensados que los de su seguro servidor. Alejandro concibe sus universos desde una habitación que da al río (y no es el Oder), enmarañado en cables de fibra óptica que entran y salen de su cabeza y le permiten la multitarea de escribir, soñar y trabajar al mismo tiempo. Vive en Buenos Aires y eso quiere decir que es argentino y que lo del portugués polaco fue un ligero error de cálculo.

Hacerse entender es una mirada desesperanzadora al proceso de comunicación y un guiño travieso a los prejuicios del lector.

"Esta mañana fue hallado en su casilla el cadáver del cuidador del cementerio local..."

¡Ah! Nada más caminar entre tumbas aquí y allá, saltando sobre algún túmulo erosionado por los años, entre las risas de las jaurías salvajes, que vienen de la estepa ahora casi desierta de animales. Corro, me caigo, me levanto, me caigo; a lo lejos las torres de lo que parece una población.
El sol que cae. La noche con sus temores innominables se alza casi violentamente. Las nubes violetas presagian lúgubres un misterio acercándose...

"Se cree que falleció como resultas de una mordedura de serpiente venenosa..."

Corro para llegar al pueblo que diviso a lo lejos. Me lastimo los pies al saltar la derruida pared del cementerio. Me hieren los oídos las risas de las fieras en su festín al otro lado de la colina oscura, aún más el temor de mi destino si me descubrieran. Llego a lo que fue un camino asfaltado. Salto sobre un poste de luz caído y corro huyendo de la noche tormentosa, misteriosa, atrayente, hacia el sol ensangrentado, al villorrio silencioso, conocido por la maldad de sus hombres, hoy y siempre.

"Sobre su mesa se halló una nota explicando que debido a la tormenta del día anterior se habían caído los postes de luz y teléfono...”

Intento llegar al púrpura sanguinolento, que lentamente muere y se esfuma tras la sombría aldea. Me abro paso a través de las risas, mis miedos y los postes caídos.
Corro, las gotas de los charcos, que estallan a mi paso, caen por mi frente; de tan espesas me molestan. Estoy empapado de aguas estancadas, aceitosas.
Troto, extenuado tropiezo y me levanto con esfuerzo. Sigo avanzando tambaleándome, respiro aprisa, me asfixio. Abro la boca buscando aire.
Llego al poblado. Tengo una expresión atemorizada y fatigada; la del que huye de males y temores desconocidos. Hay un bar, que libera por sus puertas y ventanas la música disonante del jazz, luz y tibieza. Entro, trato de llamar la atención de alguien...
Corro de aquí para allá, hago ruido y salto. Me enloquecen las risas ebrias de los hombres y mujeres que se burlan de mí.  Solo provocan carcajadas mis esfuerzos de decirles que...
Un último intento, hacerme entender...
—¡No me muerdas! ¡Fuera de aquí! —y me patea.
—¡Miren la espuma! —alguien salta alejándose.
—¿Estará rabioso? —otra voz aterrorizada...
—¡Mátenlo! —gritan.

"...entonces envió al pueblo, a pedir ayuda, a su perro..."

                                                                                          

Familia

por José Manuel Sala Díaz

Ahorita podría haber estado a punto de cometer el más enorme desatino de mi extraviada vida y todo se lo debería a la particularidad histórica del origen anglosajón de Internet, que a su vez se remonta a la prehistoria, también anglosajona, de la computación. Ahorita, como ya mencioné, podría estar presentando a José como Jos y sería algo demasiado ajeno a la verdad, a la literatura y al idioma castellano. Todo comenzó con los mensajes que intercambiamos... donde la e acentuada de su nombre había sido masacrada en el encabezado por algún programa primitivo que acechaba en el sendero entre su computadora y la mía. Así fue durante un millón de mensajes, lo llamaba Jos ésto y Jos aquello, afortunadamente (para mí) aquel hombre paciente aún tuvo la amabilidad de enviarme el presente relato. Fue mi salvación, pues al llegar a la firma compruebo que Jos no era otro que José. La moraleja de esta historia es que siempre debes añadir una e acentuada si el nombre termina en consonante...
José Manuel ya ha publicado en un Eridano de Alfa Eridiani dedicado al terror, en donde compartimos páginas e ilustradora.
Él está entregado al Terror, lo hace suyo y lo disfruta en la más desolada oscuridad; es una oscuridad densa, negra, donde comparte con Lynch el conocimiento de lo que es el miedo verdadero. Se sienta en un cuarto, ante una ventana abierta, durante las noches sin luna de Torrevieja, y escribe historias de Terror, de víctimas impotentes en un ambiente cargado de demonios que corroen la mente, ocultos en las sombras; seres de pesadilla que respiran pesadamente detrás de nuestros cuellos, oprimiendo nuestros hombros hasta enloquecer...
Su relato Familia es hijo predilecto de dos cuentos infantiles que sufrieron una ligera mutación.

La luz del primer relámpago atravesó la cristalera iluminando fugazmente el comedor del castillo envuelto en tinieblas. El impávido destello de la tormenta descubrió momentáneamente las gárgolas que caían muertas y sarcásticas sobre las columnas de las paredes de piedra. Iluminó también la alargada mesa que daba nombre a la estancia, fulgurando con gran intensidad los contornos de los sillones moldeados en madera robusta. La niña,  sentada sobre uno de ellos, había cerrado los ojos, asustada. Miedo. Tras el rayo provenía el estruendo del trueno. Largo, duradero. Furioso. Se encogió aún más hundida en el almohadón que la incorporaba, temblando. Miedo. Los cristales de las ventanas titilaban por el repiqueteo de la lluvia. Lluvia. Hacía horas que llovía.
Los padres no le dieron importancia al único sonido permisible en la morada. Continuaron tomando la cena. La suya.  Para cuando la niña hubo abierto los ojos, la oscuridad había vuelto. Ocultándolos en la sombra.
La niña se inclinó de nuevo hacia la mesa, vacilante alcanzó el recipiente que le esperaba sobre la superficie oscura. Infantil tanteó la copa, introdujo su lengua tratando de averiguar el contenido de la misma. Sonrió, llevándosela a la boca. Leche caliente reposada dentro de fría plata que bebió con rapidez dejando sus labios impregnados de una máscara blanquecina líquida.
Ilustración por Juan Raffo basada en la historia de "Familia" de José Manuel Sala DíazUna vez hubo acabado jugó con la copa moviéndola con pequeños movimientos de muñeca. En el otro extremo de la alargada mesa los mordiscos y chasquidos de mandíbulas proseguían sin percatarse de lo que hacía. Sonrió de nuevo, divertida. El reflectante material de la copa centelleaba en más de una ocasión mostrando su inocente rostro, la trenza roja como la sangre que le colgaba hasta llegar a la cintura, la caperuza del mismo color que le cubría el resto de la cabeza. Soltó una risita mientras se hacía burlas ante el fino espejo de cubertería. En el castillo no había espejos para mirarse, en ninguna de sus múltiples estancias.
El segundo relámpago la pilló desprevenida, no tuvo tiempo de enfrentarse a él y el terror de la sorpresa le recorrió todo el cuerpo haciéndole soltar la copa. El choque contra el suelo produjo un estrépito metálico que no se apagó del todo hasta que el trueno llegó, tardío, cubriendo el siseo de la copa que rodaba imparable por el piso de piedra.
La niña contuvo los deseos de gritar pues sabía que no le servirían de nada. Trató de encogerse cuanto pudo en su sillón, aplastando el almohadón lo más posible al respaldo de madera. Tragó saliva. Permaneció así, encogida, expectante, temerosa, oliendo los restos de leche esparcidos por las comisuras de su boca.
Al cabo de un tiempo creyó que el ruido de las gotas de lluvia había crecido, pero muy pronto la niña comprendió que no era así; la niña muy bien lo comprendió para su desgracia.
 El sonido de las mandíbulas al quebrar huesos y aspirar arterias había dejado de escucharse. Tras un instante de duda alzó la cabeza, hacia el otro extremo de la alargada mesa.
Las sombras ya no se movían.
Las siluetas se mantenían sobre sus asientos sin musitar palabra. La niña no podía ver los rostros de los padres al igual que los platos de donde comían, pero podía sentir cómo la miraban. Ojos esquivos y oscuros que observaban su caperuza roja desde el otro lado de la sala.
Sentados en sus tronos.
De repente la niña sintió cómo su corazón comenzaba a temblar, cómo todo su cuerpo titilaba como un recién nacido al borde de la angustia. El frío veloz como el rayo de la tormenta se abría paso a través de sus pulmones haciéndola temblar, haciéndole partícipe del castigo de la desobediencia. Sus dientes castañearon del helor que recorría su sangre como una serpiente, sedienta. Cubrió su cuerpo con la capa roja, pero el gélido viento no cesó, aumentó su fuerza. Sus ojos comenzaron a enrojecer, el blanco de sus córneas se transformó rápidamente en un difuso carmesí flotando sobre un mar de teñida blancura.
El tercer relámpago alumbró la estancia creciendo tras él el choque de las gotas de agua sobre las cristaleras. La niña, aterrorizada al mismo tiempo que dolorida, recordó el miedo. Cerró los ojos.
El tiempo que duró el trueno la niña sollozó en voz baja.
Cuando el estremecedor ruido dejó de recorrer los cimientos del castillo la niña chasqueó los dientes, se mordió la lengua. Miró hacia el otro extremo del comedor.
Los padres miraban.
Su mirada borrosa permaneció fija en ellos a la vez que sus piernas temblaban y el líquido rojizo corría desmesurado desde su entrepierna hasta los muslos donde se formaban hilillos de vida. Gotas saladas comenzaron a saltar lentas y nerviosas por sus ojos hasta chocar con la mesa y humedecer la capa rojiza, hasta llegar a aquella superficie oscura y formar un charco de agua. Dentro de ella sus atributos femeninos vibraban. Enérgicos del dolor que la echó hacia atrás arrastrando el asiento de madera por la fría piedra. La niña abalanzó sus manos hacia el borde para no caer, miró hacia el final de la mesa. En el mismo instante en el que el último relámpago de la noche iluminó fugazmente el aposento envuelto en tinieblas.
Los padres miraban.
Sus pupilas apenas pudieron diferenciar el inmenso pelaje negruzco que les cubría y las hileras de ensangrentados colmillos que se reflejaron ante el momentáneo fulgor como cuchillas. Tras ese instante de cegadora luz siguió la oscuridad acompañada del tardío trueno. La niña, encogida de dolor, cerró los ojos. Miedo. Pero ya no le hizo falta. Nada más terminó de oírse sintió cómo el frío abandonaba su cuerpo, cómo la sangre que corría entre sus piernas menudas comenzaba a secarse formando largas manchas en su candorosa piel. Ingenua.
Los padres lo habían considerado suficiente por aquella vez. Permitieron que el dolor abandonara finalmente el cuerpo de la niña.
Ésta se limpió las lágrimas que retrasadas aún corrían por sus pómulos enrojecidos por el sufrimiento y la angustia. Su tráquea volvió a abrirse y pudo respirar con normalidad. Asintió ruborizada a las sombras que desde el otro extremo la observaban. Quietas.
De un salto la niña bajó del sillón y tanteó en la oscuridad del suelo de piedra, hasta que un momentáneo destello le descubrió la copa de plata. Cuando volvió a la mesa los crujidos de los huesos y los chasquidos de los dientes habían vuelto con renovadas fuerzas. La lluvia mantenía su ritmo frenético de colisión con los cristales pero poco a poco podía sentir cómo el aura del castillo doblegaba a la naturaleza. La noche siguiente no llovería.
Se incorporó sobre el almohadón de plumas y se colocó, recta, erigida. Como una buena hija. Plantó la copa sobre la mesa de superficie extrañamente oscura. Sintió avergonzada cómo volvía a llenarse su contenido hasta alcanzar el borde la misma. Cuando se la llevó a los labios percibió que aquella leche estaba más tibia que la anterior, pero no se quejó.
Los padres aún no habían terminado la cena. La suya. Y jamás permitían escuchar ningún otro ruido cuando se reunía la familia. Nada salvo el estrépito de aquellas gotas de lluvia sobre los cristales de las ventanas.


 

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Necronomicón
Segunda Época. Año 3. N° 5.
Enero 2005

Editor: Jorge L. De Abreu
UBIK, Asociación Venezolana de Ciencia Ficción y Fantasía
http://www.geocities.com/ubikcf/ubik.htm Caracas, Venezuela.

 

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