Club de amigos del rock sinfónico

Colaboraciones (8)






La Gira de Camel, suspendida
Jaume LLabrés

La gira europea de Camel ha sido suspendida debido a que la mujer del teclista, Guy
LeBlanc, sufrió un infarto a finales de mayo. Tienen tres hijos y Guy ha tenido que hacerse
cargo de ellos. Camel Productions ha enviado un e-mail a los fans explicando la situación. La
parte americana de la gira puede llevarse a cabo si  se encuentra un sustituto o incluso puede
que el mismo Guy LeBlanc se una a la banda ya que su mujer se esta recuperando
rápidamente. De momento la gira europea se aplaza hasta pasado el verano
(septiembre-octubre) y el grupo espera poder realizar actuaciones en los lugares que ya había
anunciado, aunque ellos mismos lo ven complicado. Espero que puedan venir a Palma o al
menos a alguna de los otras ciudades de la península que habían anunciado. Esta es su gira
de despedida y vale la pena verlos en directo una vez mas. Ya te avisare si tengo noticias
nuevas.


Comentario al concierto de King Crimson en Barcelona
Frank

Bueno por fin he podido ver en directo a King Crimson!!!. El trío
formado por Belew, Gunn y Mastelotto nos ofreció ayer por la noche en
el poble español una lección de buena, sofisticada y poderosa música.
No se exactamente cuanta gente había allí pero me pareció mucha, a
ver si alguien me lo puede decir?.

Sobre las 21:30 el telonero, nadie nos informo de su nombre, apareció
en escena para ofrecer algo denominado soundscapes. La verdad es que
me aburrió un poco. A mi personalmente no me gustan aunque como
acompañamiento y de fondo como utiliza KC si que me agrada.

Después del telonero hubo un pequeño intervalo y a las 22:00 en punto
aparecieron, Belew, Gunn y Mastellotto. Saludaron de forma tímida y
empezaron con los dos primeros temas de su último disco; the power to
believe I y level five. Level five fue uno de los momentos mas
increíbles, porque realmente la pieza es muy buena y por significar un
comienzo arrollador. Centré mucho la mirada en Gunn y
Masteloto. Siguieron Prozak Blues i The Construction of light, dos
grandes temas, donde en el primero Belew se deja la voz. Facts of
live y electric del nuevo disco fueron los siguientes y aquí
volvieron a demostrar la brutalidad que llevan dentro. Me sorprendió
enormemente la variedad de publico tanto en edad como en fisonomía,
quiero decir que había mucha gente que no parecía conocer a King
Crimson por ser aficionado al Rock Sinfónico sino que parecían
provenir de otras vertientes musicales. Por aspecto físico había
gente propia del Sonar y en la zona que yo estaba la media de edad no
superaba los 30 años!!!, eso me gusta!!!!

Con The power to believe II acabada empezó Dinosaur. Increíble el
recibimiento que tubo esta pieza del Thrak. Y esto considero que es
muy importante, que grupo dentro del prog con los años de historia de
King Crimson puede ofrecer como gran clásico una pieza del 96?. Yo
creo que esto dice mucho y como dijo alguien por aquí hace poco o en
la caja de música, KC son de los pocos que hoy en día están
capacitados para seguir sorprendiéndonos y no caer en la
auto imitación constante (que conste que la auto imitación de los
grandes y otros no tan grandes me gusta, si está buen hecha, claro).

One Time fue la siguiente pieza, también de Thrak donde Belew nos demostró
que sigue teniendo una increíble y bella voz. Con Happy With What You
Have To Be Happy With llego de nuevo la marcha pero en esta caso
adornada con un estribillo pegadizo. Dangerous curves nos llevo al
lado mas oscuro de KC con un crescento espectacular que nos dejó
realmente anonadados en su punto cumbre. Y que decir de lark´s
tongues in aspic IV, brutalidad 100%, precisión, técnica, Mastelotto
al máximo, los cambios de ritmo perfectos, la guitarra de Belew
sacaba fuego e incluso en esta pieza, el telonero que actuaba como
soporte dejó muestra de buenas maneras con algunos momentos de
protagonismo. Con esta canción KC daba por finalizado el concierto.

Los 3 músicos saludaron dejando entrever que iban a volver y así fue,
esta vez sólo Mastelotto, Gunn y el telonero para ofrecer The
decepcion of the thrush, pieza con soundscapes y diversos efectos
realizados por Gunn, realmente muy espectaculares visualmente
hablando.
Después se unió Belew para realizar dos clásicos del disco Discipline
del 81, Frame by Frame y Elephant Talk, gran ejecución y donde la
gente disfrutó mucho.
Nuevamente saludos del trío y nueva entrada para acabar finalmente el
increíble concierto con RED. Sin duda el momento mas increíble de
toda la noche. No tengo palabras. Genial, apabullante de principio a
fin, Mastelotto me dejó sin sentido, aun me estoy recuperando y que
decir de Belew, el sonido de su guitarra es espectacular y encima
adornado con su manera de tocar.

Fueron 1h 45 minutos de tres prodigios sobre el escenario que me
entusiasmaron en todo momento. El sonido fue muy bueno, se apreciaban
perfectamente todos los instrumentos aunque me hubiese gustado un
volumen ligeramente mas alto.

Ah y si alguien sabe el nombre del telonero que me lo diga, el cual
me pareció correcto musicalmente hablando aunque un poquito distante,
por decir algo.

Próxima cita Yes, lástima de sala donde hemos de verlos!!!!, a lo
mejor si Jon Anderson se entera que Razmatazz es lo mismo que Zeleste
igual nos quedamos sin concierto, toquemos madera!!!

Un saludo a todos!!!!

Resposta de'n Ferran:

Amic Frank, suposo que el teu comentari del concert porta una certa ironia,
per que no anomenes en cap moment a en Robert Fripp.
Per als qui teniu dubtes, en Fripp hi va ser per descomptat, i va participar
instrumentalment com tots els altres.
Ara, per a ell el públic no va existir en cap moment. Col.locata un costat
(però perfectament visible), sense que l'il.luminés en cap moment cap focus,
es va limitar a tocar ignorant totalment al públic, i quan tota la resta del
grup saludaven molt satisfets i contents a la fí del concert, ell va marxar
al fons de l'escenari i es va limitar a observar des de lluny.

Aquest és el nostre Fripp!!
 


El Rei Carmesí
Javi Herrera

Dinosaur... One time... Elephant talk... Frame by frame... i sobre tot, Red...
a banda dels temes de "The power to believe" i "The construKction of light",
és clar; amb menció especial per "Larks' tongues in aspic part IV" per
tancar el set regular, una de les que més em van agradar, per cert.
Concert sense concessions, musicalment impecable, amb alguns punts negres
(com gairebé sempre, em temo): el so, encara que net i cristalí -aire
lliure - , no em va acabar de fer el pes sobre tot en quant a la diferència
de volums de les guitarres (des d'on jo era, a mitja pista escorat al cantó
on era en Trey Gunn, se sentia força més en Belew que en Frip) i sobre tot
en quant al so de la caixa d'en Mastelotto (va tenir problemes, vaig veure
com a mitja actuació canviava de caixa i un dels roadies manipulava la que
havia tret, suposo que per canviar un parxe o la bordonera) perìo el so  (de
la caixa, dic) no va millorar. Paradògicament vaig trobar a faltar el so del
concert de Zeleste, més "guarro" indubtablement però molt més contundent,
més impenetrable. I sobre tot la durada; quan van acomiadar-se abans del
primer bis jo no m'ho podia creure (només he vist un concert més curt que
aquest, el de Mike Oldfield a la Monumental amb TB II). No els hi hagués
costat res fer "Three of a perfect pair", com demanava algú insistentment
darrera meu (recordo la versió acústica d'en Belew fa tres anys), o el que
hagués estat un somni... Starless.
En Fripp, com sempre (algú sap d'on li vé l'actitud aquesta de gairebé
despreci pel públic...? Només conec un altre cas com aquest, en Miles Davis,
que es posava a tocar d'esquenes quan hi havia blancs...).
Creuaré els dits per poder anar a veure Yes d'aquí dues setmanetes!
Salut
 


La cara amable del Rey Carmesí
Karles Torra

KING CRIMSON

Músicos: Adrian Belew, voz y guitarra; Robert Fripp, guitarras; Trey
Gunn, guitarras; Pat Mastelotto, percusión
Lugar y fecha: Poble Espanyol (3/VII/2003)

King Crimson se mantiene como un valor inalterable, que no hace
concesiones a la nostalgia ni vive de repetirse a sí mismo. Aún están
cercanos los días en que Robert Fripp sólo permitía una excepción a
la norma de tocar en sus shows música con menos de cinco años de
antigüedad. No fue ese el caso de su concierto del pasado jueves en
el Poble Espanyol. Si bien el nuevo material crimsoniano, "The power
of believe", ocupó el papel central en la actuación, las sucesivas
etapas del grupo también se vieron representadas en el
repertorio. "The power of believe" representa un enjambre de piezas
maravillosamente bien construidas, a partir del contraste y la
yuxtaposición de brutales sonidos metálicos con límpidas estructuras
clásicas. Acaso la gema más preciada del lote sea "Happy with what
you have to be happy with", con un ritmo superavanzado y los
excelentes vocalismos de Belew. Envuelto en un aura de luz carmesí,
Fripp se prodigó en pasajes líricos de guitarra sintetizada, creando
fantasiosas atmósferas que armonizaban con las sugestivas imágenes
que se proyectaban como telón de fondo. Tras poner en solfa la cuarta
parte del inmortal "Lark's tongues in aspic", el cuarteto afrontó con
brillantez el desenlace a partir de tres bombazos clásicos de los
setenta y ochenta, que tuvieron un efecto arrasador: "Frame by
frame", "Elephant talk", y "Red". Hilando fino, podría decirse que al
concierto le faltó la improvisación. Sin Bill Bruford, el grupo
pierde potencial en este sentido. Do todos modos, el Rey sigue siendo
el Rey.


EL CUELLO DEL REY EN EL FILO DEL HACHA
(An observation about King Crimson)
David Torres
 

Este grupo sólo tuvo un momento de paz
verdadera improvisando, que fue algo que
hicimos sólo con violín, bajo y guitarra en
un concierto en Amsterdam. La mayor
parte del tiempo nuestras improvisaciones
surgen del horror y del pánico
David Cross
 ¿Horror por qué? ¿Pánico de qué? Ante estas palabras de David Cross, violinista del grupo en la primera mitad de los setenta, recordé la primera vez que escuché música de King Crimson. Tendría 13 o 14 años y en una mala copia de cassette sonaba el  gamelan inicial de Lark’s Tongues in Aspic, una de las grabaciones esenciales de los setenta y tal vez, (sólo tal vez) la obra maestra del grupo. Era una música suavísima, lejana, con una percusión extraña, acariciante y los acentos misteriosamente desplazados. Muchos años después, cuando pensaba escribir una novela sobre una asesina en serie que se quedó, como tantas otras cosas, en un proyecto y unas cuantas notas, se me vino a la cabeza, como un mazazo, el obstinato de violín de Lark’s Tongues in Aspic, y lo imaginé de inmediato como una especie de banda sonora mental de la sanguinaria protagonista de mi historia. El tema en sí mismo no puede ser más simple: la repetición en stacatto de una sola nota en el violín sostenida, de pronto, por un aullido remoto de la guitarra. Nueve minutos y varios universos después se invierten los papeles: la guitarra golpea estoicamente sobre una única nota mientras el violín inicia un vuelo desesperado, como una golondrina ciega destrozándose las alas en una habitación cerrada. Nada más y sin embargo, se trata del momento más angustioso y desamparado que haya producido el rock, una música absolutamente inenarrable. ¿Por qué yo asociaba un pasaje musical de King Crimson con una psicópata turbulenta? ¿Era sólo una impresión mía y de un par de amigos más, tan perdidos como yo, o en verdad la música del Rey Carmesí se movía en territorios no explorados por ningún otro artista de música popular? Es cierto que Bruce Springsteen en Nebraska o Genesis en The Knife se mueven en tierras sombrías, pero Gabriel y sus muchachos no va más allá de una recreación retórica y en la canción que el Boss dedica a un asesino en serie el verdadero espanto está en la letra, no en la música, que no pasa de ser una balada triste y doliente digna del mejor Springsteen.
 En el caso del Rey, el sentimiento de extravío, de desasosiego, de puro pánico, que diría Cross, proviene directamente de la música, bebe en las raíces sonoras de un árbol cuyos frutos sólo ahora estamos empezando a comprender. Hay que escuchar The great deceiver, la cuádruple caja que contiene algunos de los más memorables conciertos del grupo durante los setenta, para comprender que la afirmación de Cross es exagerada, que no sólo es Trio, que durante la improvisación titulada Daniel Dust, en 1974, en Pittsburg, el grupo rozó otra vez la armonía y la belleza , respiró en la paz, se relajó tocando. Muchos piensan (y yo entre ellos) que ahí King Crimson alcanzó su encarnación más sólida, la perfección irrepetible: Robert Fripp, a la guitarra; John Wetton, voz solista y bajo; David Cross, violín y Bill Bruford, batería. Todo estaba compensado: la dureza de la guitarra de Fripp con el violín místico de Cross, el bajo profundo y estremecido de Wetton arropado por la percusión de Bruford. Y cuando Wetton –uno de las timbres más potentes y cálidos que haya dado el rock– cantaba, en su voz latía algo así como un vuelo de águilas, una tristeza de amanecer o de crepúsculo, un rocío de bosques recién nacidos. Fripp, la cabeza pensante de King Crimson, había estado buscando durante años y años, durante seis discos plagados de canciones irrepetibles, hasta que dio con la monarquía perfecta. Sin embargo, el equilibrio duró poco, exactamente dos discos más: el extraordinario Starless and the Bible Black, un ejercicio de esquizofrenia medido al milímetro, y el fabuloso Red, con el cuarteto convertido en trío, aunque el violín de Cross se escuchaba justo donde debía escucharse, al igual que el saxo de Mel Collins, otro de los viejos reyes destronados. Red se abría con el tema del mismo nombre, heavy metal a la Fripp: una auténtica profecía de futuro, una cabalgada de guitarras sincopada y repetitiva, aparentemente caótica pero calculada hasta sus más mínimos detalles, una estructura que Fripp repetiría en los temas de apertura y cierre de Thrak, una obra publicada veinte años después de Red. Sin embargo, después de Lark´s Tongues in Aspic y de las giras triunfales y agotadoras del 74, era evidente que el rey estaba exhausto.
 Esa época de King Crimson, se cerró con Starless, tal vez la canción más hermosa y desoladora de la historia del rock, una suite de doce minutos que comienza con una balada tristísima para progresar a través de un desarrollo implacable, cruzando mares y desiertos, hasta volver a la misma melodía del inicio, aullada, magnificada: un retorno al pasado, una alegoría del destino. El círculo se había cerrado; Fripp tuvo miedo (es otra manera de decirlo) y disolvió el grupo justo cuando acababa de cerrar la trilogía más grande de los setenta. No se podía ir más allá sin romper ese equilibrio precario que les permitía perderse por los territorios más sombríos y desolados y regresar trayendo en los brazos mensajes de redención tan hermosos como Book of saturday, The night watch o Fallen angel. Cuando Fripp volvió a llamar a Bruford a comienzos de los ochenta, no sabía que estaba rehaciendo el manto real: en un principio el grupo (que contaba ahora con Adrian Belew a la voz y a la guitarra, y con Tony Levin, al bajo) ni siquiera iba a llamarse King Crimson, sino Discipline, el nuevo estandarte del rey y un recuerdo mnemotécnico de los años de retiro y aprendizaje de Fripp en una escuela de pedagogía musical. Sin embargo, fue la primera obra del grupo la que terminó llamándose Discipline: el grupo, a pesar de sus diferencias evidentes con sus avatares de los setenta, seguía siendo King Crimson. Sin embargo, esas diferencias eran muchas: ritmos sincopados, ritmos de amalgama, racimos de corcheas y semicorcheas, escalas cortadas, sonidos secos y cortantes. Incluso en la estética de las carátulas se veía que el rey había emprendido un nuevo camino, más austero, más cerebral, más luminoso.
 Disciplina, ahí estaba el secreto. Era evidente que, fuese en sus ejercicios en el mástil o en sus meditaciones solitarias, Fripp había aprendido a dominar sus demonios, a encerrar sus fantasmas en estructuras cerradas, cárceles de rápidos compases y ritmos resplandecientes, pero ¿a qué precio? A cambio del nuevo territorio conquistado, del brillante virtuosismo ganado a pulso en horas y horas de ensayos y trabajo, el nuevo King Crimson había perdido no sólo espontaneidad y frescura, sino también el filo de la cuchilla, la terrible, desconocida zona de tinieblas donde el cuarteto de los setenta podía extraviarse en una desbocada improvisación colectiva en medio de su propio terror, pero también producir un momento musical de única y antes no escuchada belleza. Era a todas luces evidente que, a pesar de la desolación de Requiem, o de la turbulencia intolerable de Neurotica, el nuevo avatar del monarca era incapaz de improvisar con la gracia y la desinhibición de antaño y, sobre todo, de pergeñar aquellas baladas legendarias, las canciones de cuna de la nada. A fuerza de perfeccionarse, de evitar errores y de transfigurarse en una gramática musical implacable, King Crimson había perdido la inocencia. Después de una trilogía técnicamente irreprochable (Discipline, Beat y Three of a perfect pair) y justo cuando el grupo estaba llegando cada vez a mayores audiencias, convirtiéndose de nuevo en un fenómeno de masas, Fripp volvió a decapitar al rey.
 El nuevo interregno duró esta vez diez años, los que tardó Fripp en adquirir la visión del doble trío (dos guitarras, dos bajos, dos baterías: una de las formaciones más extrañas del rock) y en ser capaz de materializarlo. Pero ni en el doble trío (Fripp, Belew, guitarras; Levin, Gunn, bajos; Bruford, Mastelotto, percusión) ni en el nuevo cuarteto (sorprendentemente, Bruford y Levin fueron excluidos) el rey halló la paz. Vroom y Thrak, los dos evangelios del sexteto, son dos muestras del caos controlado al que sólo King Crimson puede someter al rock, brillantes ejercicios de demencia contenida donde el rey sigue ocultando sus fantasmas. Pero los fantasmas son por definición inapresables, regresan entre y a través y bajo y sobre las cadenas impalpables de la música, y a pesar de la fractalización del grupo (los cuatro ProjecKts donde la realeza ha dado un golpe de estado contra sí misma, fragmentándose en cuatro terroríficas repúblicas), a pesar de los momentos de búsqueda desenfrenada sobre el escenario, a pesar de las declaraciones de un Fripp convertido en maestro zen, es ahora más evidente que nunca que los fantasmas de la devastación y del terror han vuelto. El pánico se ha desatado, ha escapado de sus sogas cristalinas de síncopas y corcheas y ya nada puede detenerlo. Se acabaron las baladas, se acabaron los remansos de calma, las suaves, tristes islas en medio de un océano furioso. El demiurgo capaz de escribir Islands, capaz de escribir Epitaph, ya no tiene un solo momento de paz.
 En The construcKtion of light, la hasta ahora última obra del grupo, y sobre todo en sus últimos conciertos, es posible vislumbrar el insomnio del rey, el miedo a la noche ciega, el temblor de la cabeza real descansando sobre una almohada donde planea, invisible, pero tan perfectamente recortada como la sombra de un hacha, el filo del silencio.

Unas escaleras al cielo
David Torres (El Mundo-El Día de Baleares, 29.7.2003)

            Sufrí un ataque de nostalgia el otro día al ver, en la portada de una revista, los rostros
            amojamados de Led Zeppelin. La mojama es la misma de la que están hechas las jetas cuajadas
            de costurones de los Rolling Stones, pero la música, me van a perdonar, es otra cosa.

            A mí, que vengo de un barrio obrero, los Rolling no me la pegan: siempre me parecieron unos
            niños pijos que venían a dárselas de pobres (justo al revés que los Beatles), sus canciones un
            bodrio y su título de Satánicas Majestades una leyenda urbana desmentida, entre otras cosas,
            por ese anuncio contra las drogas que grabó el cobardón de Keith Richards después de que le
            pillaran con medio kilo de cocaína encima. Los Rolling no es que jamás hayan vendido su alma al
            diablo: es que ni se lo han presentado.

            Led Zeppelin, en cambio, representa otra cosa: un viejo aroma a historia, a armadura y a caballo,
            que sólo llevan encima los grandes dinosaurios del rock. Yo, que he visto en directo a Jethro
            Tull, a los Yes y a King Crimson, me he quedado sin ver a Led Zeppelin porque se separaron a
            raíz de la muerte de su batería, John Bonham, y jamás volvieron a juntarse.

            Ahora los tres abuelos juegan con la idea de reunirse otra vez y resucitar la momia más
            terrorífica del heavy metal para volar, como si fuera una cometa, el dirigible insomne del pasado.
            Esperemos que esto no sea más que una mala pasada del alzheimer, y no hagan como Mike
            Oldfield, a quien de cuando en cuando le da por salir de su retiro mallorquín para vendernos por
            enésima vez unas campanas tubulares de laboratorio y más añojas que la oveja Dolly.

            Led Zeppelin me recuerda la infancia de Roberto Esteban, mi boxeador derrotado por la vida,
            entre la selva de las coreanas y los donuts, entre jeringuillas rotas y colillas malheridas, mi propia
            infancia alargándose en interminables tardes de domingo que daban paso a la tristeza
            antropológica de los lunes.

            De niño nunca supe qué querían decir las letras de esas canciones que canturreaba en un inglés
            chapucero y quimérico, y no fue hasta que cumplí los catorce cuando descubrí que el el riff
            inmortal de Deep Purple, «Smoke on the water» no se traducía como «Fumando en el water».

            Miro a los Zeppelin en la foto, con sus honestas caras de proletarios del rock surcadas por los
            suaves navajazos de los años, y de algún modo vuelvo a un barrio que ya no existe, me
            reconozco en una canción desvanecida, desdibujada, como el beso de una novia perdida para
            siempre, pero que todavía quema, que me lleva paso a paso, escalón a escalón, a una infancia
            que ya no tengo y a un cielo que jamás tuve.
 
 
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