Juan Rodolfo Wilcock

Sobre donguis y otras maravillas ignoradasDibujoe.JPG (16818 bytes)

 

La primera vez que me topé con Wilcock fue en La Lucila del Mar, una fría noche de marzo, mientras preparaba las instancias iniciales de un cuento (lo que los peritos han dado en llamar el mapa de ideas, la cocina, etc.) sobre ciertos acontecimientos luctuosos que tienen lugar en los túneles del subterráneo porteño. Cerré The Underground Kingdom, de Nigel Pennick, y abrí la Antología de la Literatura Fantástica, selección de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo (acá, entre nosotros, qué buena que estaba la Silvina) por la página 422 (de la edición de bolsillo) y allí estaba. Juan Rodolfo Wilcock: Los donguis.

Bueno, en realidad la primera vez no fue ésa. Cuando se me había ocurrido la idea primigenia del cuento, la saqué de la manga en una reunión de amigos, todos literatos de avanzada. Se mostraron más interesados que de costumbre; alguien, ya no recuerdo quién, porque el licor de chocolate Bols es para mí como el torrente del Leteo, ese homérico río que te hace perder la memoria, me preguntó: ¿Leíste Los donguis? ¿Lo qué?, fue mi inmediata respuesta, acción-reacción newtoniana. Los donguis, una historia de Wilcock. ¿Lo tenés a Wilcock? Todos me miraron al unísono. Preso de un ataque repentino de vergüenza literaria, aduje una descompostura -"Permiso, mejor perder un amigo y no una tripa"- y salí presto.

Y ahí estaba el relato frente a mis ojos, después de meses, mientras se ponía el sol como si fuera la última vez. No lo voy a contar, no tiene gracia. Hay que leerlo.

Eso me llevó a una cosa, y a otra. Sobre todo, a descubrir a Wilcock.

Como Conrad, nacido en Polonia y transplantado inglés, Wilcock es un escritor de dos lenguas. Dicen que le dijo a un amigo que se iba a Italia, porque el castellano estaba agotado. Había publicado seis libros de poemas. En italiano escribió más.

Era tal lumbrera que sus contemporáneos lo odiaban (o así cuenta la leyenda). También se dice que, paranoico con motivo, llevaba a las cenas de la SADE (esas que inventó Borges en El Aleph) su propia pitanza. A ver si encima lo envenenaban.

Tuvo la ocurrencia de morirse justo tres meses antes de que Argentina fuera Campeón del Mundo 1978. Lástima.

Dije que no les iba a decir nada de los donguis. Pero el cuento es tan bueno, y yo soy tan ansioso que algo les tiro: empieza así: "Suspendida verticalmente del gris como esas cortinas de cadenitas que impiden la entrada de las moscas en las lecherías sin cerrar el paso al aire que las sustenta ni a las personas, la lluvia se elevaba entre la Cordillera y yo cuando llegué a Mendoza...". Sigue mejor.

Su obra, que es mucho más grandiosa que la anécdota que les conté (todavía no escribí el cuento del subte), merece ser leída. Se consigue fácil. Vayan.

Marcelo Metayer

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