VOLANDO HACIA LA VENGANZA
Cualquiera que hubiese vivido el invierno de 1955 en la ciudad de buenos
Aires habría dicho que fue uno de los más fríos del siglo, y a parte de eso, se
notaba en el aire como una cierta tristeza, algo fuera de lugar, como si se
presintiera que algún suceso funesto iba a ocurrir.
Ana Verónica, una mujer de cincuenta y tres años, de ojos
celestes, cabello rubio, piel blanca y cuerpo de escultura a pesar de sus días
vividos, era una mujer ambiciosa, arrogante y con una gran inteligencia. Pueden
ser tres excelentes combinaciones para ganar una buena fortuna, salvo que en el
barrio en donde vivía todos la conocían y nadie confiaba demasiado en ella.
En el comienzo del frío otoño, empezó a insinuar a los negociantes
del barrio en donde solía comprar al fiado, que uno de sus deseos de su
infancia era viajar al extranjero, sola o con su familia. Podríamos decir que
usó perfectamente su inteligencia para hacer estos comentarios a las personas
indicadas; puesto que el panadero, el verdulero y demás comerciantes del
barrio, estaban encargados, a parte de llevar adelante el negocio, de informar
de las últimas novedades del vecindario a todos los clientes desocupados
dispuestos a enterarse de lo que no influía en sus vidas.
A pesar de la falta de confianza que inspiraba Ana en sus vecinos,
estos empezaron a lamentarse de su partida y a forjar argumentos para
convencerla de que se quedase. Ana, nuevamente utilizando su inteligencia, les
dijo que los extrañaría mucho, pero que debía hacer algo por su querida ciudad
de Buenos Aires; su viaje tan ansiado desde su infancia no era solo un capricho
de niña, sino que además, con el paso de los años había pensado trabajar un
tiempo fuera del país para luego crear un comedor comunitario en su tan
apreciada ciudad. Idea que hizo emocionar a más de un metiche e incluso hasta
llorar a algunas arpías tales como su vecina Matilde. no hubiesen llorado
tanto, si hubiesen sabido de los planes de Ana para conseguir la firma de su
padre que vivía en la estancia en Uruguay.
Al comienzo del invierno, cuando los comentarios de una posible
revolución se hacían oír, su hermano Gastón fue el que comentó a Ana sus deseos
de irse del país, algo que obviamente facilitó en gran medida a su plan. No
hicieron falta demasiados trámites ni discusiones, su hermano sabía del deseo
de Ana oculto en su corazón durante años y sin haber hablado con ella había
sacado los pasajes, comprado las maletas y comentado a sus otros hermanos, del
mismo modo que lo había hecho Ana con sus queridos comerciantes, acerca del
deseo de viajar al país vecino; con la diferencia de que la excusa era otra,
ver a su padre después de tantos años de separación. Quizá el destino y el
azar, o mejor dicho la casualidad, hicieron que ambos tramen un mismo plan sin
haberlo pensado juntos.
Así es que el siete de junio Ana toma el avión con su hermano rumbo
a Uruguay. Todo era como si hubiese sido preparado durante meses, o tal vez
años; el avión llevaba ciento cinco pasajeros a bordo. Gastón, había conseguido
los dos últimos pasajes y por esa causa debieron viajar separados; tal vez por
esa misma causa Ana salvó su vida cuando el avión tocó tierra y estalló en
llamas en el aeropuerto de Montevideo. Nunca se supieron los verdaderos
motivos; tampoco se supo el misterio de los ciento cuatro cadáveres calcinados,
en lugar de ciento cinco, encontrados en el avión.
Cuando el avión despegó, Ana tuvo una de esas intuiciones que a
menudo vienen y que la gente deja pasar por alto, para luego decir, no sé por
qué, pero lo presentí. Ella no era de dejar pasar sus intuiciones que en muchos
casos la habían favorecido; de modo que eligió viajar en los últimos asientos
en lugar de elegir primera clase como lo hacía siempre. Gastón un tanto
sorprendido tomó su lugar en la primera clase y sacó su diario del bolso. Una
de las azafatas se acercó a Ana y le ofreció ir a primera clase: Disculpe,
señora; sabemos que siempre viaja con esta empresa y nos pareció extraño que no
tome su lugar en primera clase. ¿Desea cambiar de asiento? Ana, con cara un
tanto distraída, le dijo con el tono más amable que pudo adoptar: hoy no,
señorita; se lo cedí a mi querido hermano que no está demasiado bien de salud,
y que por este motivo está falto de dinero. La azafata, un poco consternada,
puso cara de afligida y no dijo más. Solo se limitó a llevarle la bebida con
hielo que había pedido.
Media hora después, llegó el momento terrible; tan horroroso
primero y satisfactorio después en la vida de Ana. Se oyó el informe de
abróchense sus cinturones, y demás indicaciones de una de las azafatas.
Nuevamente por una intuición, y ya iban dos en ese día, Ana dejó su cinturón
desabrochado. el avión comenzó a bajar y al tocar tierra, una de las ruedas
salió disparada como con un mortero y el ala izquierda del avión comenzó a
raspar el cemento. En un segundo, la parte delantera del avión estalló en
llamas y se desintegró como si hubiese estado fabricada de papel. En ese
preciso momento ocurrió el terror y una comprensión súbita en la mente de Ana;
el terror por la muerte, y la comprensión de que si salía ilesa sin que nadie
lo notara podría hacerse pasar por muerta y cometer todo su plan de la mejor
manera.
Tenía tres o cuatro segundos, solo tenía que actuar y dejar que
sus instintos la guiaran; saltó de su asiento; empujó a un lado a una mujer
ardiendo de los pies a la cabeza; pensó en romper una ventanilla y escapar por
la abertura, pero no había tiempo; de modo que siguió adelante, por encima de
los asientos en donde aún no había fuego...
Por primera vez en ese día la confusión llegó al cerebro de Ana,
al sentir el vacío bajo sus pies y el aire fresco acariciando su cara. Se
aclaró su mente y llegó el alivio cuando golpeó con el duro asfalto de la pista
de aterrizajes. permaneció cinco o seis segundos tendida boca arriba mirando
hacia las llamas sin saber que hacer. Salió de su ensimismamiento cuando una
sirena comenzó a oírse a lo lejos. Iban a venir a rescatarlos, tenían que haber
visto el humo y haber oído la explosión desde las oficinas. Ana se incorporó
con una velocidad asombrosa, los años de atletismo vinieron en su ayuda en ese
momento, en ese tan precioso momento. Comenzó a correr hacia un lado, sin saber
a donde iba. Terminaba de dejar a su espalda el ala derecha cuando una segunda
explosión hizo que se tambaleara sobre sus pies; afortunadamente no cayó, eso
hubiese supuesto una gran derrota en su plan. Llegó a las verjas, las bordeó y
alcanzó la enorme puerta atascada de curiosos y familiares de los viajantes.
Evidentemente no la vieron, gracias al humo y la confusión que reinaba en el
lugar.
Se mezcló en la muchedumbre y en ese instante una terrible explosión
tuvo lugar sobre la pista. Alcanzó a ver de soslayo que esta vez fue uno de los
tanques del ala derecha. Aún su mente estaba tan clara y ágil, tenía que
aprovechar al máximo esos momentos. Corrió hacia las afueras del aeropuerto. En
su camino pasó ante cientos de curiosos que observaban la escena, pero nadie
advirtió su presencia y su diligencia.
Parecía un sueño, todo eso no podía ser verdad; al fin podría
llevar a cabo su plan y dejar toda la herencia de su padre a su amado hijo. Ya
estaba en el campo libre, fuera de la pista, lejos de la muchedumbre. El sonido
de un motor vino a sobresaltarla. Era curioso que luego de semejantes sucesos
el ronroneo de un motor la hiciera sobresaltar de tal manera. Giró hacia la
izquierda y vio con satisfacción que un taxi del aeropuerto se acercaba hacia
ella. Buscó en su bolsillo, habían quedado solamente diez dólares; el resto
estaba en la maleta que a esas horas ya estaría hecha cenizas. Miró a ambos
lados e hizo señas al taxista para que se detuviera.
Lléveme hacia el centro, señor, dijo Ana, sorprendiéndose a sí
misma por su voz tan calma. Cómo no señora, dijo el chofer con una sonrisa ante
tanta belleza. Y subiéndose al taxi comenzó la segunda parte del plan.
Ahora tenía que llegar a la estancia de su padre. Haría parar al
taxi en pleno centro y luego tomaría el micro que la dejaba a pocas cuadras de
la puerta de la estancia. ¿Oyó las explosiones, señora? dijo el taxista
buscándole un tema de conversación. Si señor, pero no vi nada, terminé de
llegar para buscar a mi hermano que venía de Buenos Aires, pero recordé que
tenía un trámite más urgente, llevar a uno de mis hijos al médico, porque hoy
tiene un turno y recién ahora vine a recordarlo. Ah, muy bien señora, primero
están los hijos; su hermano ya conseguirá algún taxi. Le Comento que somos los
taxistas más puntuales y correctos de la ciudad. Lo imagino, dijo Ana,
respondiéndole sin pensar, tramando su segundo plan que quería llevar a cabo en
aquel mismo día.
Llegaron al centro. ¿En dónde la dejo, señora? preguntó el chofer.
Haga diez cuadras más, dijo Ana con voz distraída. Quería analizar los últimos
detalles, no tenía mucha plata, pero sabía que con una sonrisa bien dirigida el
taxista bajaría notablemente el costo. Y efectivamente, así fue. No solo lo
bajó, sino que además le dio una tarjeta para cuando necesitara un buen
traslado en el Uruguay. Ella agradeció y bajó del auto. Precisamente cuando se
disponía a caminar hacia una de las terminales del micro, miró hacia la vereda
de en frente y vio a uno de los peones de su padre. Las cosas no podían salir
mejor. Sin pensarlo dos veces, cruzó la avenida y saludó al hombre: ¿Qué tal
don Ignacio? ¡Señorita Ana! Dijo el peón con una sonrisa de oreja a oreja. ¿Qué
la trae por acá? Vine a visitar a mi padre, ya sabe cuanto tiempo llevamos sin
vernos. ¡Lo sé! Dijo el peón con esa sonrisa bastante falsa, ¡pasaron diez años
desde que vino a visitarnos! pero venga, no se quede ahí parada. Suba en mi
camión que la llevo, me imagino que todo esto es una sorpresa... Efectivamente,
quiero darle la sorpresa a mi padre, por eso le pido que me deje en el campo, a
una distancia razonable de la casa, para que mi padre no oiga el camión y yo
pueda sorprenderlo. Como usted quiera, señorita. Y ambos emprendieron el viaje
hacia la gran estancia de don Pedro Molina.
Cuarenta minutos después, los árboles de algarrobo, los sauces y
los pinos, comenzaron a distinguirse desde la cabina del camión. Estamos
llegando, señoriíta, dijo el peón. ¿Quiere bajar ahora? Puedo dejar el camión bajo
uno de estos árboles y acompañarla si usted así lo desea. no se preocupe en
acompañarme, dijo Ana con toda su dulzura. Conozco suficientemente bien la
estancia de mi padre aunque haga años que no la visite. Ana bajó del camión y
comenzó a caminar. Parecía que en la estancia el tiempo no había transcurrido.
Aún le parecía sentir el olor del cordero que asaron en la navidad que
celebraron con toda su familia, incluso su madre que todavía vivía en esos
tiempos; reconocía a cada árbol en su lugar, recordaba lo que solía escribir en
sus troncos cuando era pequeña; escribía para sus amores de la adolescencia,
que generalmente era uno diferente cada año. Escribía cartas bajo aquellos
árboles, mientras miraba el cielo azul de Montevideo y disfrutaba el aire fresco
de los árboles en los calurosos meses de verano.
Estos pensamientos trajeron una nueva idea a su mente: metió la
mano en su bolsillo y encontró su agenda; arrancó una de las hojas y con su
inseparable lápiz negro escribió lo siguiente:
Dejo mis tierras y todo lo que contienen
a mi hija Ana Molina, mi verdadera hija y única heredera.
Se dirigió con paso lento hacia la cocina de la estancia, en donde
sabía que su padre pasaba la mayor parte del día. Al cruzar la tranquera vio un
hacha colgada de un tronco junto a una pala y otras herramientas; estaba
decidida, se acercó al tronco y tomó el hacha.
Ahora con un peso adicional en sus manos los pasos parecían
costarle aún más. Sentía el pasto desquebrajarse bajo sus pies, sentía las
últimas hojas caídas en el otoño deshacerse a cada paso... Se acercó muy
lentamente a la cocina y vio las brazas en el fogón, un trozo de queso sobre la
mesa de madera y una botella de vino vacía junto a dos vasos. Su padre estaba
sentado en su mecedor, durmiendo la siesta de cada tarde.
Ana entró con el hacha en la mano y se paró ante su padre. Toda su
vida pareció presentársele ante sus ojos: las peleas durante las noches, los
gritos, las palizas a ella y su madre, la pila de botellas rotas después de las
fiestas que organizaba su padre con sus amigos también alcohólicos... Puso el
hacha tras de sí y habló a su padre con voz firme y arrogante: Hola, padre,
vine a visitarlo.
pedro se despertó al instante, y al ver a su hija una sonrisa un
tanto amarga se dibujó en su rostro. ¿Has venido, hija? dijo con un tono algo
alegre y a la vez afligido. ¿por qué no enviaste una carta? Ana frunció el seño
y dijo: ¿Para qué padre? ¿A caso me hubieses hecho una fiesta para recibirme?
Esta vez Pedro dejó ver una sonrisa rabiosa, una sonrisa que tanto detestaba su
hija desde pequeña. Vine a visitarlo padre, pero antes de que discutamos como
siempre lo hemos hecho quiero que me dé un recuerdo de su parte. Quiero tener
algo suyo para toda mi vida, y lo quiero conseguir sin que estemos peleados; le
prometo que jamás volveré a pedirle ninguna otra cosa.
El padre, saliendo de su estado somnoliento quiso pararse y dar un
abrazo a Ana. No se moleste padre, dijo Ana. Quédese sentado y escriba su
nombre completo en este papel. otra vez utilizando su astucia, Ana dobló el
testamento que había escrito en su camino a la cocina y se lo presentó a su
padre junto al lápiz negro. ¿Ese es el recuerdo que quieres de mí, hija? dijo
Pedro admirado; estaba totalmente seguro que ibas a pedirme la mitad de mi
estancia, o una de las barras de oro, o cualquier otra cosa... siempre has sido
tan ambiciosa como tu madre que solo me quería por mi fortuna... No discutamos
de cosas pasadas, padre, dijo Ana, solo escriba su nombre y no le pediré más.
Con cierta desconfianza, pero viendo que las intenciones de Ana no
eran de pelea ni de avaricia como siempre había sido, Pedro tomó el lápiz y el
papel y apoyándose sobre la mesa escribió su firma. Cuando giró en su asiento
para entregarle el papel a Ana, vio que algo más estaba escrito y se dispuso a
leerlo. ¡no padre! Gritó Ana con terror y a la vez inteligencia, para
distraerlo y hacerlo volver. ¿qué pasa...? pedro no alcanzó a formular la
pregunta. Ana sacó el hacha de detrás de su espalda y dio un certero golpe en
la nuca de su padre, quien cayó con gran estrépito sobre la mesa de madera. Un
chorro de sangre brotó ensuciando la pulida madera de algarrobo de la magnífica
mesa de la cocina. Ana corrió con el papel hacia la puerta en donde el peón
miraba la escena con gran asombro. No puedo creer esto, señorita, dijo el
hombre tomándola del brazo, ¡acaba de matar a su padre! Con el asombro, el peón
olvidó que solamente había agarrado un brazo de Ana, y que en la otra mano aún
tenía el hacha. El desafortunado hombre la atrajo hacia sí y en ese momento
ella tiró el hachazo con todas sus fuerzas y una gran precisión. la cara del
peón se transformó en dos caras, divididas por la afilada hoja con la cual
tantos trabajos había realizado en la estancia.
Ana soltó el hacha y corrió hacia la puerta. Ahora tenía que
elaborar el tercer plan. Debía salir de la estancia, y además tenía que
conseguir ayuda para hacer desaparecer los cadáveres. Luego tenía que viajar a
Buenos Aires sin que nadie lo notara y así la policía de Uruguay nunca
sospecharía que llegó a la estancia de su padre, puesto que el avión se había
estrellado. Luego de un tiempo, dejaría ese testamento con la firma de su padre
y otro similar con su propia firma, dejándole todos los bienes a su hijo que en
ese momento tan solo tenía diez años.
1-6-2008
Autor: Mauro Muscari. Buenos Aires,
Argentina.