LA VIUDA MISTERIOSA.
Por Irma Guadalupe Vela Meza.
Esto pudo suceder en cualquier poblado del estado, pasó hace mucho tiempo y pocos recuerdan con claridad los verdaderos acontecimientos. Lo cierto es que en alguna ciudad del vasto estado de Veracruz, a una callejuela de la zona céntrica, aún se le sigue llamando "El callejón del Conde". Hoy en nuestros días, desafortunados noctámbulos afirman haber visto la enorme silueta de un hombre, que con la espada en mano, los ha obligado a huir despavoridos en sentido opuesto a él. También es verdad que los hombres que han visto al fantasma del conde, tienen en común que son trasnochadores libertinos, especialistas en seducir a jovencitas inocentes. Trataremos de remontarnos al origen de la leyenda y darle forma a la historia que la origino.
I
Él se encontraba de pie frente al parque de "la madre", esperaba verla una vez más. Todos la llamaban la "viuda misteriosa"; según las malas lenguas, murmuraban que había ayudado a morir a su esposo y que éste, venía desde el más allá para enfrentarse con los que intentaran cortejar a su viuda.
Hacía cuatro años de que el conde Don Miguel Torres de la Fragua viniera a este pueblo con su joven y hermosa esposa para fungir como ministro jurídico, a escasas semanas de haber ocupado el cargo, murió misteriosamente mientras dormía. Muchos insinuaron que fue envenenado, pero el médico del conde, afirmó que la defunción se debía a causas naturales.
No obstante, el populacho se atrevía a suponer que la esposa se las arregló de alguna manera para provocarle la muerte. Don Miguel nunca se quejaba de ningún malestar, poseía una complexión regia, a pesar de sus cincuenta y tantos años de vida. ¿Cómo era posible que hubiera muerto en el lecho?.
Además, por si fuera poco, Doña Sara María no había derramado una sola lágrima por el difunto durante las exequias fúnebres. Únicamente dio a conocer su duelo por la indumentaria que empezó a usar a partir de aquel día y por el hecho de que las puertas de su casa se cerraron para todos. No se le volvio a ver en lugares públicos, excepto los jueves, que visitaba al Santísimo y los días de celebraciones religiosas. En tales ocasiones, asistía al templo del Sagrario para presenciar los oficios, oculta tras las celosías que separaban a las religiosas del resto de los concurrentes.
Actualmente los títulos nobiliarios carecían de valor entre la nueva sociedad liberal, no obstante, el conde y su esposa se habían comportado como si nada hubiera cambiado, los lugareños les seguían llamando conde y condesa, más bien, como si fuera un apodo que como si fuera un rango de nobleza.
Los solteros más prominentes, se disputaron la suerte de cortejar a la viuda.
En el casino español, mientras se jugaba a los naipes, se realizaban apuestas respecto al caballero que lograra conquistar el corazón de la condesa. La inigualable belleza y juventud de la dama en cuestión, eran el principal motivo que animaba a los lagartones de todas las edades a participar en el reto.
Pronto empezaron a desistir en la empresa, la viuda no recibía a nadie en casa, los atrevidos que intentaron saltar las tapias de la casona para introducirse clandestinamente, fueron asustados por un terrible espectro que con espada en mano los obligó a desistir. Incluso algunos pretendientes fueron heridos al intentar enfrentar al espíritu infernal. La apuesta seguía en pie, una talega de monedas de oro esperaba al vencedor. Otros intentos se vieron frustrados puesto que aquellos que interceptaban el carruaje de la dama y lograban cruzar dos palabras con ella, por la noche desaparecían misteriosamente y no se volvía a saber nada de ellos.
Por todo esto, los caballeros optaron por olvidarse del asunto y la empezaron a llamar "la viuda misteriosa". A sus veinte años, Sara María estaba destinada a la soledad.
Oculto entre el follaje de los arriates del parque, Sergio esperaba la llegada de la viuda misteriosa. Durante cuatro años había sido fiel a la cita. Todos los jueves, al derredor de las seis treinta de la tarde, aguardaba pacientemente la salida y el retorno del carruaje de Sara María para ver a distancia el grácil cuerpo que descendía de él. Una cuarentona y su esposo se encargaban de atender todas las necesidades de la misteriosa dama. La pareja hablaba estrictamente lo indispensable cuando asistían al mercado o cuando tenían que efectuar alguna diligencia encomendada por su patrona. Jamás decían nada referente a ella y evitaban relacionarse con el resto de la comunidad.
Ya se acerca el carruaje, se escucha el tintineo de los ejes y el chasquido de los cascos de los caballos contra la húmeda piedra de la calle. Sergio suspira, dirige la mirada hacia el lugar por donde ha de llegar su amada. El cochero baja del pescante, abre el pesado portón de hierro y tira de los caballos para introducirlos al jardín frontal de la casona. Antes de que Mario cierre el portón, ayuda a las mujeres a bajar del carruaje. La primera es Concha, se apresura corriendo al pórtico para abrir la puerta principal. La figura de Sara María es visible ahora. Una delicada sombra negra es todo lo que Sergio logra ver por escasos segundos. Eso es suficiente, lo ha sido por cuatro años. Pronto las cosas habrán de cambiar, pronto podrá estrechar a su amada entre los brazos.
—Señora, ¿desea que encienda los candelabros del salón?.
—Mario, esta noche no. Estoy cansada, dile a Concha que haga el favor de subirme un tazón con leche a mi alcoba y que me espere ahí. Mantente alerta, en el caso de que requiera de tu ayuda, te lo haré saber. Por ahora, puedes retirarte.
Mario le entregó la palmatoria y se retiró. Sara María se detuvo al pie de la escalera de mármol que conducía a las habitaciones de la planta alta. Por primera vez en cuatro años, no deseaba enfrentarse con el espectro que la aguardaba. Suspiró profundamente y se dio ánimo para afrontar lo irremediable. Veinte peldaños y unos metros, la separaban de él. Recorrió lentamente el trayecto, antes de girar la perilla de la puerta, golpeó suavemente con la esperanza de no oír la respuesta. Un ronco gemido se escuchó, a Sara María le dio un vuelco el corazón y antes de penetrar en la alcoba se volvio a poner la máscara de indiferencia que por cuatro largos años la había ayudado a enfrentar aquella situación.
—Mi señor, permite que instale la luz para saber qué deseas.
Dejó la palmatoria en una mesa y encendió los candelabros de la habitación para que la luz le permitiera observar al hombre que se encontraba en el lecho. Pronto se instaló a su lado, le tomó la rígida mano y con una voz dulce le preguntó:
—¿Deseas comer?
Los ojos del hombre se movieron, era el modo en que se hacía entender. Ella supo lo que él deseaba. Asintió con un leve movimiento de cabeza y dijo mientras le acomodaba el cabello:
—En un momento vuelvo, iré a mi habitación para ponerme la camisa de dormir. Le besó la frente y se miraron por unos instantes fijamente. Sara María vio la desesperación en los ojos del conde. Sabía lo mucho que ese hombre la amaba y lo difícil que era para él estar postrado en aquella cama. Incapaz de moverse, de hablar, su lecho era una cárcel. Al principio, cuando la parálisis lo atacó, aún podía hablar y mover con cierta dificultad la mano derecha. Ahora sus ojos lo mantenían en contacto con la gente que le rodeaba. Mediante ellos, se hacía entender. El amor que le profesaba a su esposa lo llevó a fraguar un siniestro plan para protegerla. Si su hermana y cuñado supieran que se encontraba vivo, exigirían a Sara María administrar sus bienes alegando que él estaba incapacitado para hacerlo. Seguramente la despojarían y a él lo envenenarían. Muriéndose, facilitó las cosas para su esposa. Todos sus bienes habían pasado de inmediato a manos de ella y nadie podía hacer reclamaciones porque el testamento estaba cuidadosamente redactado. Sara María fue la única hija de un conde venido a menos. Don Miguel siempre mantuvo una estrecha amistad con sus padres, cuando ambos murieron se hizo cargo de la huérfana. Al ver que su enfermedad era progresiva, decidió casarse con ella para que fuera más fácil heredarla. Toda su familia se opuso, él los ignoró. Su querido sobrino Sergio le había vuelto la espalda, indignado a causa de los celos. Lo llamó libidinoso y a Sara María le dio el epíteto de "mujerzuela". El conde se percató de que Sergio estaba enamorado de la cándida Sara María y de que ella también lo estaba, poco tiempo después de la boda. La mortificación provocó que su enfermedad se agravara antes de que él pudiera hacer algo por remediar la angustia de los jóvenes. Ahora aguardaba un milagro que reuniera a Sara María con Sergio.
—Mi señor, he vuelto. Seguiré leyéndote el libro que te gusta tanto. Cuando me canse me recostaré a tu lado, sé que no te gusta estar solo. Pero…¿qué es lo que intentas decirme?. Tienes varios días de estar inquieto, me alarmas, quisiera saber que es lo que te preocupa.
El conde decía a través de los ojos:
—Busca a Sergio, él te ama, quiero que ambos sean felices. Busca a Sergio, te ayudará y resguardará.
—Por favor mi señor, me angustia verte tan ansioso. Trata de calmarte, escucha… voy a leer, concéntrate en la lectura.
—Sí, querida, tu dulce voz me devolverá la paz por ahora. Eres muy buena, que hubiera sido de mí si tú no hubieras estado aquí para cuidarme. Los ojos de Don Miguel se llenaron de lágrimas, Sara María se apresuró a secarlos y cubrirle los párpados con tiernos besos. Si era verdad que no lo amaba como hombre, lo trataba como hubiera tratado a su propio padre. El conde estaba consciente de ello, sabía que Sara María jamás lo podría amar como amaba a Sergio, aún así, sus sentimientos no se veían afectados.
Esa joven inocente, dulce y risueña, lo respetaba como a un padre sin darse cuenta de que su sola presencia bastaba para perturbar a cualquier hombre.
Deja que mi corazón te diga
con el silencio de una palabra,
con la luz de una mirada,
con la caricia del pensamiento;
lo que siente y lo que anhela,
cuando languidece por la honda pena,
causada por este amor que no llega
y devasta mi ser con su ausencia.
mis manos no te tocan,
mis ojos no te ven,
mis oídos no te escuchan,
el viento no me trae el aroma de tu piel.
¿Dónde estás?
¿Porqué te ocultas?
¿Tornarás tu andar por el camino andado?
¿Volverán mis ojos a verte?
¿Mis oídos a escucharte?
¿Mis manos a tocarte?
¿Mis labios a besarte?
¿Dónde te ocultas?
Amor amado, elipsis de vida…
La pausada voz de Sara María se entrecortó mientras evitaba un sollozo que ahogó en la garganta. Miró a su esposo tratando de recuperar la cordura y sonrió candorosamente:
—Perdona la interrupción, me temo que hoy me siento algo indispuesta.
—Mi querida niña, sé lo que te pasa, sufres por la ausencia del amor, por mi culpa eres una flor marchita, nunca beberás el néctar del verdadero amor. Ese estúpido sobrino mío es un necio, si yo me hubiera dado cuenta de lo que sentían, te hubiera casado con él en lugar de atarte al lecho de un moribundo.
Una sombra se había deslizado silenciosamente dentro de la habitación, sin que el conde y Sara María se dieran cuenta. La puerta de la terraza estaba abierta, el misterioso visitante se ocultó detrás de los cortinajes contemplando atónito lo que ocurría.
—No puedo seguir leyendo, me recostaré a tu lado. Será mejor que ambos descansemos, mañana no tengo que salir, estaremos juntos todo el día.
—Gracias amada niña, pasas mucho tiempo a mi lado, el único afán que tengo para seguir viviendo es verte feliz al lado de Sergio.
—Será mejor que cierre la puerta de la terraza, la noche está fresca y parece que lloverá.
Sara dejó el libro sobre el sillón y se encamino hacia la terraza para cerrar la puerta de doble hoja. Súbitamente se detuvo a unos cuantos pasos del lecho porque advirtió la presencia de un intruso en la habitación. Él salió de su escondrijo y se precipitó para alcanzar a sostenerla en brazos antes de que cayera desmayada. La depositó delicadamente sobre la cama, al lado de su esposo. Mudo ante el descubrimiento que acababa de hacer, contempló admirado al hombre que yacía ahí. El conde reconoció al intruso y trató de comunicarse con él. Sus esfuerzos fueron vanos, Sergio no pudo entender lo que Don Miguel deseaba decirle con los ojos. Lo único que advirtió fue la desesperación en los ojos del hombre y sacó sus propias conclusiones.
—Pobre tío Miguel, ¿qué te ha hecho esta mujer?. Todos pensábamos que habías muerto. ¡Cómo no entré antes en esta habitación!... ¡Cuantos años de sufrimiento te hubiera evitado!.
—¡No Sergio!... ¡No pienses mal de Sara!... ¡Ella me ha cuidado con esmero!.
Incapaz de comprender los pensamientos del tío, Sergio miró con desprecio a la joven.
—Pensar que tengo cuatro años de rondar esta casa con la esperanza de recuperar tu amor, soy el espectro del jardín, he asustado a todos los pretendientes que osaban seducirte. Cuando aceptaste casarte con mi tío, me di cuenta que eras una interesada, ibas tras su dinero, aún así, al enterarme de que habías enviudado, mi corazón se renovó con la esperanza de recuperarte. ¡Me arrepiento!.
—¿Sergio?... ¿qué haces aquí?.
Le preguntó Sara confundida mientras se incorporaba.
—Te he descubierto, esto es peor que un asesinato. ¡Has retenido a mi pobre tío contra su voluntad!... ¡Lo has hecho pasar por muerto para quedarte con sus riquezas!.
—¿Eso piensas de mí?... ¿Tan baja estima me tienes?
Herida ante la actitud del joven, Sara dio rienda suelta al resentimiento que tenía en contra de él por no haberle propuesto matrimonio antes que Don Miguel.
—¡Todo ha sido idea de tu tío!... ¡No tienes ningún derecho para venir a ofenderme en mi casa!. ¡Márchate ahora mismo o llamaré a Mario para que te eche a patadas!.
—¡La que saldrá de esta casa serás tú!... ¡Daré aviso a las autoridades!... ¡Eres una criminal!.
Sara abrió desmesuradamente la boca y los ojos, jamás hubiera creído que el plan de su esposo la pudiera involucrar en semejante problema. El conde se agitó, un ronco murmullo salió de su garganta. Sara se inclino sobre él y trató de confortarlo.
—Mi señor, tranquilízate, Sergio no puede hacerme daño. Todo saldrá bien, Don Joselino le explicará a Sergio lo que tú y él planearon para protegerme de los buitres que forman parte de tu familia. ¿Quieres que Sergio se aproxime para que te pueda ver a los ojos?
—Sí, sí, ponlo frente a mí.
—Tu tío desea hablar contigo. Un parpadeo es sí, dos quieren decir no. Hazle las preguntas que quieras.
Sergio se colocó al lado de Don Miguel, tomó su mano y en señal de respeto la besó. Después prosiguió con su interrogatorio.
—¿Es verdad que el hacerte pasar por muerto ha sido idea tuya?.
—Sí… ¿qué esperabas?... tu padrastro y mi hermana son unos buitres que sólo deseaban que muriera para heredar. Tú no lo sabes y Sara nunca te lo dirá… ¡El desgraciado de tu padrastro intentó forzarla!. ¡Oh Dios mío!... ¡Permíteme hablar aunque sea por una sola vez antes de morir!.
—Tío, por favor no te alteres, no ha sido mi intención ofender a tu esposa. Las circunstancias me han llevado a sospechar de ella. Dime, ¿estás bien atendido?.
—Sí… idiota, esta mujer es un ángel, nadie me hubiera cuidado como ella lo ha hecho. Ni siquiera tú, que has sido como un hijo para mí. Avergonzado, Sergio bajó la cabeza por unos instantes para meditar. Luego miró a Sara que se encontraba de pie a su derecha y pensó:
—Te sigo amando, sí, lo sigo haciendo para mi propio pesar. Nunca imaginé que embobarías a mi tío haciéndolo perder la cordura, tanto, como para proponerte matrimonio. ¡Te hubieras negado!... ¡Si en verdad me amabas le hubieras dicho que tu corazón ya tenía dueño!. Los pensamientos de Sara también giraban en torno del mismo tema y su corazón latía agitado mientras sus mejillas se sonrojaban:
—Oh Sergio, en contra de mi voluntad te sigo amando. ¿Porqué tienen que ser las cosas así?. Acepté la propuesta matrimonial de Don Miguel porque tu padrastro intentó hacerme perder la honra en tres ocasiones. Concha se dio cuenta y se lo dijo a tu tío. Él sabía que estaba enfermo, no podría defenderme. Si moría, yo quedaría a merced de tu padrastro. No podía perder tiempo buscándome un esposo. Decidió que lo buscara yo cuando enviudara, no pensó vivir cuatro años más. Me satisface saber que gracias a mis cuidados, él todavía está entre nosotros. Porque no deseo volverme a casar. El único hombre que amo no me corresponde, me desprecia, se atrevió a llamarme mujerzuela. Esperé inútilmente que volvieras de tu viaje de estudios y me propusieras convertirme en tu esposa. Pasaste un mes en casa y te volviste a marchar sin decirme nada. Seguramente tus padres te convencieron de lo que murmuraban a espaldas de tu tío… ¡Decían que era su amante!.
—Sigues tan hermosa como siempre, tus ojos aún tienen ese destello de inocencia… ¡qué mujer tan hipócrita!... ¡eras la amante de mi tío y atendías a mis palabras de amor!.
—Me basta verlos, para saber que se siguen amando. Las intrigas de mi hermana y de su marido, han hecho que estos jóvenes sufran. ¿Por qué Sergio tuvo que dar crédito a tales infamias?. Quiero disculparlo creyendo que a sus veinte años carecía de la madurez suficiente para sobreponer su amor a las intrigas. Ahora tiene veinticinco, es todo un hombre, espero que recapacite y se dé cuenta de las cualidades de Sara. ¡Lo que diera por dejarlos reconciliados antes de morir!.
—Tío, si esto ha sido tu voluntad, guardaré el secreto. Esta misma noche abandonaré el pueblo y retornaré a la hacienda de mis padres.
—¡No!… ¡No!…. ¡Quédate al lado de Sara!.
—Mi señor, no entiendo. Deja que Sergio se marche, él ha dado su palabra. Nadie sabrá lo que sucede en esta casa. Por favor deja que se vaya.
—No… no… y… no.
—Está bien tío, acataré tu voluntad. Permaneceré aquí y que sea lo que Dios diga.
—Pero… ¿quién lo atenderá? Conchita y Mario apenas pueden con las tareas de la casa. Si te quedas tendrás que hacerte cargo de tu persona. Nadie te llenará la tina para el baño, ni te planchará, lavará, en fin… será mejor que te alojes en otra parte. Si quieres podrás venir todos los días a visitar a tu tío.
—Mi tío desea que me aloje aquí. ¿Verdad que sí?.
—Sí, sí, quiero que los dos vivan bajo el mismo techo. ¡Jajajajajajaja!... ¡Será divertido ver cómo ustedes dos siguen disimulando su amor.
Sara frunció el ceño al constatar que el conde no permitiría que Sergio se marchara.
Sergio se percató de la incomodidad de Sara y consideró en silencio los pormenores de la situación.
—Tal vez debería aceptar la proposición de Sara, lo mejor para los dos sería que yo no me instalase en la casa. Me resultará difícil contenerme para no tocarla. Es la mujer de mi tío, está prohibida para mí. Por mi tío y únicamente por él, me quedaré aquí. Siempre lo había querido como a un padre, hasta que esta mujerzuela se interpuso entre nosotros.
—Sergio, te instalaré en el cuarto de huéspedes. Haz el favor de acompañar a tu tío mientras te preparo la habitación.
Cuando Sergio se quedó solo con Don Miguel, se atrevió a preguntarle:
—Tío… ¿ella lo ama?.
—-Sí. Pero no como tú te imaginas, grandísimo necio.
—¿Ha sido una buena esposa?.
—No… ha sido una magnífica hija.
—Ah... ¿Cómo puede amarte y no ser una buena esposa?.
—¡Idiota!... ¡Haz bien tus preguntas!.
—Oh tío, debes perdonarme, antes de aceptar tu hospitalidad, quiero que sepas que… amo a tu mujer, después de saber esto… ¿quieres que me quede bajo tu techo?.
—Sí… tú no sabes que ella también te ama y que yo estoy dispuesto a que ambos se den cuenta de ello antes de morir.
—¡Cómo!... ¿qué pretendes?... por favor, deja que haga lo que Sara propuso. Me instalaré en otro lugar y vendré todos los días a visitarte.
—¡No!... Quiero que ambos estén juntos.
—¿Sabes cuáles eran mis intenciones?. Me introduje en esta casa con la finalidad de seducirla. Aún así… ¿quieres que me quede?.
—Sí. Confío plenamente en Sara, jamás lograrás sus favores mientras yo esté con vida.
—Debo reconocer que estoy sorprendido, ella te trata como si realmente te amara. Cuando me enteré que se había casado contigo, los odié a los dos. Ahora que he sido testigo de su devoción por ti, me logró conmover. Estoy a punto de creer que me equivoqué al juzgarla, también de los sentimientos que albergué en tu contra durante estos cuatro largos años. Haré todo lo posible por hacer que no nos arrepintamos de vivir los tres bajo el mismo techo. Por ahora lo que más nos debe preocupar, son las habladurías. Mi traslado a esta casa será comentado por todo el pueblo, no puede pasar desapercibido. Debo informarte que me he vuelto un próspero comerciante, poseo un gran almacén y estoy por inaugurar otro en el pueblo vecino.
Mañana hablaré con tu amigo, el doctor Joselino. Deseo estar bien informado con respecto a tu enfermedad, tal vez podamos consultar otros médicos. Si es necesario, te llevaré a donde ellos se encuentren o los haré venir.
—Sergio, la habitación está lista. Le prestaré esta camisa de dormir, es de su tío. Mañana puede ir por el resto de su ropa.
Sergio miró alternativamente a Sara y a su tío, al ver que ella le señalaba la salida, comprendió que era hora de dar las buenas noches y retirarse a la habitación que se le había asignado. Cuando él se hubo marchado, sentándose sobre el lecho, al lado de su esposo, Sara se lamentó:
—Mi señor, creo que no es prudente alojar a tu sobrino en nuestra casa, su permanencia aquí puede provocar murmuraciones. Mi honorabilidad ha quedado en entredicho gracias a las denuncias de tu hermana y su esposo. Ambos afirmaron que te había asesinado, de no ser por la declaración de Don Joselino, seguramente en este momento estaría en la cárcel. Gracias a Dios que no se les ocurrió abrir la tumba, mi situación hubiera empeorado al comprobar que estaba vacía. Hazme caso, deja que Sergio se marche y evitemos los problemas que su estancia en esta casa nos puede traer. ¿Le puedo decir mañana que se marche?
—No… Su permanencia aquí es muy importante para mí y espero que pronto lo sea para ti.
—Mi señor, no sabes la pena que me infringes con tu terquedad.
El conde cerró los ojos dando por terminado el diálogo.
Sara se envolvió en una manta y se acurrucó a los pies de su esposo.
Sergio no podía dormir, la proximidad de Sara alteraba sus sentidos. Nunca la había visto en ropas de dormir y el tener que alzarla en brazos cuando se desmayó, despertó en él un sentimiento que creía olvidado. Decidió inspeccionar el resto de las habitaciones, le llamó la atención el hecho de que Sara le hubiera dado la recámara que daba a la calle. Si pretendía que pasara inadvertido, esa habitación era la menos indicada.
—De las cuatro habitaciones que posee la planta alta, tres están ocupadas. Una es la del conde, otra la de Sara y… si el tercer cuarto lo ocupo yo… ¿qué diantre hay en el otro?. No me quedaré con la duda, ahora mismo voy allá para averiguarlo.
Sergio salió de su habitación con la firme resolución de descubrir los secretos que envolvían la existencia de Sara.
—¿Qué significa esto?... este escritorio es una mesa de trabajo, parece el de un escritor… ¡Ah!... la persona que está haciendo esto ha dedicado muchas horas de su tiempo para concluir la traducción de este libro. Por lo que veo también se dedica a elaborar ornamentos sacerdotales, estas estolas, casullas, purificadores, túnicas y demás accesorios; corresponden a las vestimentas sacerdotales.
Sergio perdió la noción del tiempo examinando minuciosamente la traducción del libro que había sobre el escritorio. Estaba sumamente concentrado en la lectura, que cuando la puerta se abrió, no se percató que lo habían descubierto.
—¿Qué haces aquí?... ¡No tienes ningún derecho a registrar mi casa!.
—Lo siento, no podía dormir, decidí ver que había en este cuarto. ¿Quién está efectuando esta traducción?. Es muy buena.
Sara desvió la mirada, y sentándose en un sillón que se encontraba apartado del escritorio, se dispuso a comunicarle cuál era la actual situación del conde:
—La fortuna de tu tío se evaporó a seis meses de su muerte. Esto que ves aquí, es lo que he estado haciendo para solventar los gastos de la casa y de la enfermedad de mi esposo.
—¡Eso no puede ser!... ¡La fortuna de mi tío era cuantiosa!... ¿Qué hiciste para despilfarrarla en unos meses?.
—Siempre tienes que pensar lo peor de mí. En fin, haz las averiguaciones pertinentes. Pocos meses antes de nuestra boda, tu tío invirtió casi todo su capital en mercancías que tres navíos acarrearían desde la China. Dos de los bajeles naufragaron y uno jamás llegó a puerto, así que se cree que fue interceptado por piratas. Eso no fue la ruina total, aún quedaba la hacienda. La sequía, las torrenciales lluvias, las heladas y ventiscas, terminaron con animales y cosechas. Cuando todo esto ocurrió, mi esposo ya estaba postrado a causa de su enfermedad. Cada día, su salud empeoraba, no quise preocuparlo con tantas calamidades. Intenté afrontar los problemas, debo confesar que no lo supe hacer, caí en manos de unos charlatanes que me estafaron. Gracias a las traducciones y la costura, hemos salido adelante durante estos últimos años. Te suplico que no comentes con tu tío nada de esto, ten en cuenta su precaria salud.
—Así que ahora resulta que eres una abnegada esposa y que debo admirarte.
—Me importa un comino lo que tú y tu familia piensen. La única persona importante para mí, es mi esposo. Por su bienestar estoy dispuesta a todo. Sus días están contados, tú no se los vas a amargar. Ahora, haz el favor de salir de esta habitación, tengo mucho trabajo y me importuna tu presencia.
—La cabra tiende al monte, tus modales no han mejorado desde la última vez que nos vimos.
II
—La viuda misteriosa ya no vive sola, Don Sergio Molinar Torres se ha instalado en su casa. ¿Sabe usted?... es el sobrino del difunto conde.
—Es una calamidad para nuestros planes, mi patrón desea a esa pollita. Está dispuesto a pagarnos cinco talegas si se la llevamos a la hacienda. Ahora que su esposa se marchó a la capital para las fiestas de la temporada, él se podrá dar vuelo con la viuda durante varios días.
—¿Qué hará después con ella?. Me figuro que no podrá retenerla por mucho tiempo cuando su esposa vuelva.
—Eso no es asunto nuestro. Tal vez la arroje en algún lupanar de la zona.
—¿Quién es el cliente?. ¿Es un ricachón conocido?.
—Será mejor que no te enteres, por lo menos hasta que hallamos terminado con el trabajito. Mira, aquí hay un anticipo. El jefe quiere a la viuda en su hacienda este fin de semana.
Sergio llevaba poco más de dos semanas viviendo en la casa del tío. Desde los primeros días pudo enterarse de que todo lo dicho por Sara era verdad. Su actitud había cambiado, ahora la respetaba y estaba dispuesto a enmendar los malos tratos que le infligiera en el pasado.
—Tío, estoy arrepentido de mi proceder. He sido muy injusto contigo y con Sara. ¿Crees que algún día ella me llegue a perdonar?.
—Sí. Lo hará porque te ama, ella es una mujercita sencilla, no sabe guardar rencores.
—Quisiera volver el tiempo atrás, quisiera jamás haberla ofendido con mis celos y dudas. Eso no es posible, ahora tengo que reconquistar su amistad. Es lo único a lo que puedo aspirar mientras sea una mujer casada. Espero que eso perdure por muchos años más. Estoy convencido del amor que te tiene, el sólo ver la forma en que te mira y atiende me basta para constatarlo.
Sergio interrumpió sus palabras, cuando Sara penetró en la habitación portando una charola con los alimentos para su esposo. Sergio se acomidió de inmediato a prestarle su ayuda. La sonrisa de ella fue más elocuente que una palabra. El conde se percató de ello y sintió gran alegría. Podía descansar en paz, las cosas estaban por culminar con la reconciliación de las dos personas que él amaba. Durante dos días, su estado se había agravado, Don Joselino les advirtió que posiblemente esta vez no se restableciera. Las oraciones y esfuerzos de Sara, lograron que el conde volviera del umbral de la muerte.
—Hoy está muy bien, se ha salvado, estoy segura que tenemos conde para mucho rato –le dijo Sara a Concha al entrar en la cocina para preparar los alimentos de su esposo–. Concha respondió mostrándose pesimista:
—La mejoría del moribundo es el preámbulo de la muerte. Algunas personas enfermas de gravedad, tienen unas horas de lucidez y alivio antes de morir.
—Concha, eres nefasta. El conde estará bien, ya lo verás.
—No se haga ilusiones, él tiene la mirada de la muerte en el rostro.
Sara intentó ignorar las insinuaciones de la sirvienta. Ese día estuvo alegre, dedicó a su esposo afectuosas sonrisas, bromas, arrumacos y canciones. No le importó que los criados y Sergio la vieran hacer de bufón para alegrarle el día al conde. Sin darse cuenta, sus niñerías y bufonadas mantenían la atención de Sergio fija en ella y encendían más su atracción.
El conde se dio cuenta, decidió que era tiempo de permitir que la catrina se entendiera con él y una mañana mientras Sara le intentaba dar la medicina:.
—Mi señor… ¿qué te ocurre?... ¿te sientes mal otra vez?... Por favor, abre los ojos, tienes que comer.
—Sara, él no abrirá los ojos… se ha ido.
—¡No!... ¡No es cierto!... ¡El médico vendrá y él se pondrá bien!. ¡Concha, ve en busca de Don Joselino!.
—Sara, es inútil. ¿Escuchaste el estertor?. Significa que ha terminado de sufrir.
—¡Mentira!... Él no me puede abandonar… ¿Qué será de mí sin él?.
—Tienes cuatro años de estar prácticamente sola, él no podía hacer nada por ti.
—Te equivocas, él era mi refugio, mi fortaleza, no recuerdo a mi padre, mi madre murió cuando yo tenía cinco años. Él fue mi padre y madre. Ahora no tengo a nadie, estoy sola.
—No desesperes, Mario, Concha y yo jamás te abandonaremos. Siempre estaré a tu lado, puedes confiar en mí, jamás olvidaré todo lo que has hecho por mi tío.
—¿Tú?... tú me desprecias, me has llamado mujerzuela, crees que soy una arpía.
—Perdóname, estaba equivocado. Permíteme rectificar mis errores, déjame demostrarte que estoy realmente arrepentido.
Un llanto convulsivo doblegó la resistencia de Sara. Sergio la trasladó a su recámara y con la ayuda de Concha la obligó a beber un somnífero. Entre él y los criados, amortajaron al conde para darle sepultura en el huerto de la casa. Don Joselino le indicó que ése había sido el plan final del conde. Por último le entregó una carta a Sergio.
—Esta es la última voluntad de tu tío, es una carta póstuma. Me pidió que después de haberlo sepultado, te la entregara personalmente. De ti depende que su última voluntad se realice.
Al marcharse el médico, Sergio se introdujo en el despacho del tío para leer el contenido de la carta.
—Estimado sobrino, espero que esta carta aclare nuestra situación. Mi matrimonio con Sara ha sido una farsa, me vi obligado a fraguar esta patraña para protegerla de las garras de tu padrastro. Sabía que mi enfermedad pronto me dejaría impedido para velar por ella. Jonás estuvo a punto de ultrajarla en tres oportunidades. Afortunadamente, la inesperada llegada de tu madre en una ocasión y de Concha, en las otras dos, lo evitaron. Nunca arreglé un compromiso matrimonial pensando que tú serías el candidato perfecto, no sabía que ustedes ya se habían adelantado a mis planes. Cuando hiciste caso a las calumnias de Jonás y de mi hermana, te marchaste sin preguntas ni explicaciones. Supuse que me había equivocado con respecto a tus sentimientos hacia Sara, y ella a su vez pensó que tu corazón pertenecía a otra mujer. Estaba desolada y los acosos de Jonás se tornaban más frecuentes. Mi enfermedad también avanzaba, tú no respondías mis cartas. Tuve que tomar una resolución drástica y permanente. Cuando volviste, nos encontraste casados. Al ver tu consternación, me di cuenta del error que ambos cometimos. Tú, por dejarte poseer por los celos, y yo, por no confiarte mis preocupaciones a tiempo. Cuando leas esta carta no sé cuanto tiempo habrá pasado, aún así, quiero que sepas que Sara nunca te ha dejado de amar. Soy testigo de ello, lo sé porque la he visto llorar por tu culpa durante muchas noches. Espero que puedas enmendar tu error y que ambos sean felices. Tienen mi bendición para casarse.
—Soy un miserable, todo este tiempo he vivido aborreciéndolos sin querer escuchar sus razones, los celos y la ira me cegaron el entendimiento. Esta carta fue escrita al mes de que se casaron, pobre tío, en ese tiempo todavía podía hablar y escribir. Para cumplir con su última voluntad tendré que volver a ganarme la confianza de Sara. ¿Me perdonará?. Será mejor que vaya a ver como se encuentra, el sedante puede dejar de surtir efecto y lo mejor para ella es estar acompañada. Pobre muchachita, cuánto has sufrido y yo sin saberlo. De ahora en adelante las cosas van a cambiar, me encargaré de poner en su lugar al libertino de Jonás.
Sergio entró en la habitación de Sara, se dio cuenta de que aún dormía profundamente. La recámara estaba iluminada mediante una lámpara de queroseno, no era necesario que se aproximara al lecho para constatar que dormía. La tentación fue muy grande y no pudo reprimir el deseo de abrir el pabellón de la cama para contemplarla mejor. Sus cabellos sueltos estaban esparcidos sobre las almohadas, la manta le cubría precariamente la cadera dejándole las piernas a la vista. La delgada camisa de dormir permitía ver los pechos que subían y bajaban al compás de su pausada respiración. Sergio tuvo la audacia de rozar un dedo contra ellos. Sara suspiró y movió la cabeza cambiándola de posición, pero no despertó. Sergio se inclinó sobre ella, le dio un delicado beso en los labios y la arropó. Luego salió de la habitación tan silenciosamente como había entrado.
A la mañana siguiente:
—¡Don Sergio!... ¡Mario!... ¡Vengan pronto!... ¡Auxilio!... ¡Doña Sara no está en su habitación!.
—¿Qué sucede?... ¿Dónde pudo ir?.
—¡Ay Don Sergio!... ¡la he buscado en el cuarto de trabajo y en los aposentos del conde y no está!. ¡Todas sus cosas están aquí!... ¡ella nunca baja sin haberse bañado y arreglado!... ¿Dónde puede estar?.
Los criados y Sergio recorrieron toda la casa buscándola y llamándola. Desesperados volvieron a la recámara de Sara para intentar pensar qué era lo que había ocurrido.
—La manta de la cama no está.
—Señor, mi esposa tiene razón, la señora Sara seguramente se envolvió en ella, porque su bata de dormir se encuentra en la percha. También debe andar descalza, sus chinelas de ante están al pie de la cama.
—Mario, Concha, algo terrible ha pasado aquí. Miren el piso, hay rastro de lodo. Alguien entró por la terraza, esa persona se llevó a Sara.
—¿Quién pudo ser?... ¿por qué lo hizo?.
—Concha, Don Sergio, miren aquí hay algo. Estas cuerdas están rematadas con garfios de hierro, seguramente fueron usadas para bajar a la señora por la terraza.
—Mario, vayamos al jardín, veamos por dónde saltaron la tapia.
Así lo hicieron. Gracias a sus observaciones, dedujeron que dos hombres estaban involucrados en el rapto y gracias a Concha supieron quién estaba detrás de todo.
—Mire usted Don Sergio, encontré este papel entre las plantas.
Sergio leyó el papel y exclamó:
—Se trata de un mensaje, gracias a Dios conozco la garabateada letra del remitente.
—¿Usted cree que podamos encontrar a la señora antes de que le hagan daño?.
—Concha, así lo espero. Mario, por favor acompáñame y si tienes algún arma tráela contigo.
Afortunadamente para Sara, sus criados sabían que le gustaba madrugar y que lo primero que hacía al levantarse era tomar un baño. Cuando Concha entró en su habitación para prepararle el baño eran las cinco treinta de la mañana, los bandidos les llevaban hora y media de ventaja y como decidieron trasladar a la viuda en un coche cerrado, la marcha sería más lenta para ellos.
Cuando Sara despertó, se encontraba encerrada en un coche que marchaba apresuradamente, dando tumbos por un camino irregular. Se asustó y pensó que Sergio era el causante de su infortunio. Intentó abrir las puertas y se percató de que estaban cerradas por fuera. Las ventanas también lo estaban, el interior del carro se encontraba obscuro y sin ventilación.
—¡Que fácil resultó robarnos a la viudita!.
—¡Mira que tiene el sueño pesado!... ¡Jajajajajaja!... ¡Ni siquiera se despertó cuando estuviste a punto de dejarla caer!.
—Fue un accidente, como es tan ligera… me confié. Espero que nos paguen bien por el trabajito, la muchacha vale oro. En un burdel podríamos ganar mucho dinero, aunque ya no es virgen, estoy seguro que muchos desearían gozarla.
—No digas sandeces, si traicionamos a Don Jonás nos irá muy mal. Ese tipo es de lo más vengativo que te puedas imaginar.
—¿Estamos trabajando para él?. Si me lo hubieras dicho antes, no me hubiera involucrado. ¿Te imaginas lo que nos habría hecho si fallamos?.
—Todo salió bien, pronto cobraremos nuestro dinerito y nadie sabrá el paradero de la viuda misteriosa. ¡Jajajajajajajaja!... ¡será otro misterio!.
—Oye, hablando de cosas misteriosas… ¿viste que los criados y Don Sergio enterraron algo en el huerto?.
—Sí, creo que era un cadáver. Será mejor que se lo contemos a Don Jonás, tal vez nos pague un extra por la información.
Los gritos de Sara provocaron que los hombres detuvieran el carro, lo abrieran para maniatarla y amordazarla. Cuando se dio cuenta, les rogó que no lo hicieran, la falta de aire la asfixiaría. Los hombres sintieron compasión, le ordenaron que se mantuviera en silencio y le dijeron que al menor ruido que emitiera le cubrirían la boca sin importar si se ahogaba o no. Sara les prometió que no volvería a gritar y aunque el frío le empezó a calar, no se atrevió a pedirles una manta.
Mario y Sergio rebasaron a galope tendido el carro, no querían perder tiempo, supusieron que los truhanes habían entregado a su víctima. Los pillos tampoco sospecharon que los hombres que llevaban tanta prisa iban en pos de ellos.
—Don Sergio, ¿qué decía la nota que Concha encontró?.
—Decía que la viuda misteriosa tenía que estar en la cabaña del "Mono Blanco" este fin de semana.
—¡La cabaña de Don Jonás!.
—Así es, fue una bendición que tu mujer encontrara el papel. Jonás se llevará una sorpresa cuando lleguemos.
—Don Sergio, sinceramente espero que lleguemos a tiempo.
—Ese camino es muy transitado, será mejor que acortemos el tiempo por un atajo, es peligroso, pero valdrá la pena. Jonás no se saldrá con la suya. Esta vez, seré yo quien ponga un alto a sus depravadas disipaciones. Siempre ha utilizado la cabaña para reunirse con sus amantes, esta vez ha ido demasiado lejos pretendiendo ultrajar a una mujer decente.
Cortando camino por el atajo, llegaron a una planicie rodeada por frondosos abetos. La cabaña estaba a la vista, un empleado había encendido la chimenea, ansioso entraba y salía a cada rato. Era evidente que su patrón aún no había llegado. Mario se ocultó entre el follaje y Sergio se arrastró por la parte posterior de la cabaña para introducirse clandestinamente en ella. Para descanso de Sergio, Don Jonás llegó:
—¡Maldito frío!... ¡Pascual!... ¿dónde está Sara?.
—Señor, todavía no han llegado con ella, mandaron un mensajero diciendo que ya la tenían y que venían en camino.
—Dame una botella de coñac, necesito algo para entrar en calor. Espero que esos estúpidos no me hagan esperar mucho.
El criado le entregó la botella de coñac y un vaso, Jonás prescindió de él y empezó a beber directamente de la botella. Sergio esperaba ansioso el momento preciso para hacerle saber que se encontraba en la cabaña. Cuando el sirviente abandonó a su señor y se dirigió hacia el establo, Sergio, como una sombra lo siguió y tomándolo por sorpresa lo golpeó en la cabeza. Se apresuró a maniatarlo y amordazarlo, dejándolo entre la paja para que se resguardara del inclemente frío. Después volvió a la cabaña y sorprendió a Jonás:
—¡Jonás!... ¡qué gusto verte por aquí!... ¡no esperaba encontrarte!... ¿a que se debe tu presencia por este lugar?. No es temporada de caza.
—¿Sergio?... ¿tú aquí?. ¿Qué pasó con el almacén que ibas a inaugurar?. Pensé que andabas muy ocupado.
—Decidí venir a la cabaña para descansar, la inauguración puede esperar. ¿Qué son estos papeles?.
—Nada importante, alguien me ha pedido un préstamo y he redactado estos documentos para proteger la inversión.
—¿Inversión?... esto más bien parece un despojo. ¿Quién es la persona que firmará estos papeles?.
—Mira, es una mujer, quiero proteger su honorabilidad, por eso es que no te puedo decir su nombre. ¿Sabes?... soy un caballero, pero no puedo resistir los encantos de ciertas mujeres. Confieso que esta mujer me ha envuelto con sus artimañas, es muy provocativa y a cautivado mis sentidos. Afortunadamente, estoy profundamente enamorado de mi esposa y le daré una buena lección a esa arpía.
—¿Cómo se llama la arpía?.
—No la conoces. ¿Qué más te da?.
—Creo que sí la conozco y la estimo demasiado, como para permitir que tú le sigas haciendo daño. Estoy enterado de que has sido la causa de su ruina económica y que ahora pretendes ser el causante de su ruina moral.
—¿Cómo puedes defenderla después de lo que te hizo?. ¡Es una mujerzuela!... ¡Embaucó a Miguel y desdeñó tu amor!.
—Eso no es cierto, tú provocaste con tus falsos rumores que ella se viera obligada a aceptar la descabellada idea de mi tío. También envenenaste el corazón de mi madre y el mío para que ambos nos pusiéramos en contra de ella. Por suerte, he descubierto tus mentiras y no estoy dispuesto a permitirte que le sigas haciendo daño. Aléjate de Sara, de lo contrario te arrepentirás.
—Vamos Sergio, no te pongas así a causa de una cualquiera. Mira, ella se me ofreció varias veces, incluso cuando ya estaba casada. Claro que la rechacé, pero uno no es de piedra, tanto va el cántaro al agua, que acaba por romperse.
—¡Mentiras!... ¡eres un infame!. ¡Lárgate ahora mismo, antes de que olvide quién eres!.
Como Jonás era un cobarde, rápidamente se puso en pie para calzarse los guantes, colocarse el abrigo, el sombrero y la bufanda. Se fue tan de prisa, que olvidó los documentos que había llevado para obligar a Sara que le cediera la única propiedad que le quedaba, la casa en la que actualmente estaba viviendo. Recientemente Sergio se había enterado que Jonás mediante engaños y fraudes causó la ruina de la joven.
Pocos minutos después de que Jonás partiera, llegó el carro que transportaba a Sara María. Desde su escondite, Mario vio a los dos hombres que bajaron del pescante y sacaron del interior a su patrona, envuelta en una delgada manta. Al mismo tiempo que salía de entre los árboles apuntándoles con una pistola en cada mano, Sergio hacía lo mismo desde la casa.
Ataron a los plagiarios; mientras que Mario los encerraba en el establo, Sergio atendía a Sara. Estaba morada por el frío y presentaba síntomas de fiebre. Acercó un sillón a la chimenea, le dio a beber licor y la envolvió en todas las mantas que encontró. Mario puso agua a calentar para que metiera los pies y las manos en ella, Sergio le frotó las extremidades y el cuerpo para reactivar la circulación sanguínea. Ella deliraba a ratos, llamando siempre a su esposo y llorando por el desamor de Sergio. Él intentaba consolarla, hacerla entender que estaba a salvo y que jamás se volverían a separar. Al ver que empeoraba, los hombres decidieron abandonar la cabaña y trasladarla a un hospital. Acondicionaron el interior del carro de los bandidos lo mejor que pudieron, cambiaron los famélicos caballos por otros que Jonás tenía en el establo y dejando a los tres cautivos abandonados a su suerte, partieron a escape.
El descenso del monte del "Mono Blanco" no fue fácil, la temperatura seguía bajando y el viento helado zarandeaba peligrosamente el vehículo. Sergio entregó su abrigo y capa a Mario, para que se resguardara ya que él sería el conductor. Tenía más experiencia para maniobrar en las pendientes. Instalado dentro del carro, sostuvo a Sara entre sus brazos, alentándola y confortándola.
Un repentino trueno produjo que los animales se asustaran, empezaron a correr sin control, Mario intentó frenar la carreta, pero la cuña del freno se rompió. En un intento por detener a los caballos, Sergio depositó a Sara sobre el colchón de plumas que habían introducido al vehículo y salió por una ventana para subir al techo. Desde ahí se lanzó sobre la mancuerna que unía a las bestias y tiró con todas sus fuerzas de las crines. Poco a poco, los animales aminoraron su loca carrera, hasta que se detuvieron.
—Mario, despacio, que llevo prisa.
—Si señor, iré más despacio, estamos a veinte minutos del pueblo.
Tal y como Mario dijo, el pueblo pronto se vislumbró. Desde lo alto de una colina, se veían las pequeñas casas de techos rojos y paredes blancas, dispuestas simétricamente a lo largo de las calles. Las torres de una iglesia destacaban por encima de todas las construcciones, la plaza de armas con su kiosco al centro y el palacio municipal estaban invadidos por multitud de personas que se dieron cita para presenciar la quema de fuegos pirotécnicos debido a la fiesta patronal.
Dentro del kiosco, la banda municipal interpretaba variadas melodías, mientras que en el atrio de la iglesia, algunos danzantes interpretaban bailes prehispánicos.
—Mi amor, mi reina, hemos llegado al pueblo. Pronto te atenderá un médico y te sentirás mejor.
Sergio decía esto mientras la rodeaba entre sus brazos y hundía la cara entre sus cabellos para besarle la cabeza. Sara alzó la cara para intentar verlo y sin querer, queriendo, sus labios se rozaron. En vez de evitarse, como sugería la estricta moral de Sara, ambos se buscaron y sellaron el nuevo encuentro de sus labios con un prolongado y ardiente beso.
Cuando se apartaron, Sara le preguntó casi sin aliento:
—¿Por qué?. ¿Qué significa esto para ti?.
—Te amo, nunca te he dejado de amar. Aunque por celos te ofendí, mi corazón siempre ha sido tuyo. ¿Me podrás perdonar algún día?.
—Te perdoné desde hace mucho tiempo.
—Eso quiere decir que… ¿me amas?.
No hubo respuesta, Sara volvió a perder el conocimiento a causa de la fiebre.
El pequeño sanatorio del pueblo contaba con uno de los mejores médicos de la región. Fue inevitable que el médico le practicara una traqueotomía a la enferma, porque su estado siguió empeorando. Gracias al corte en la tráquea, pudo respirar mejor y al cabo de una semana, con la lógica molestia de tener un tubo insertado en el cuello, Sara se restablecía lentamente.
Sergio estuvo siempre a su lado y no escatimó ningún instante para demostrarle lo que sentía por ella.
Colmada ante tales demostraciones de amor, la enferma hizo todo lo que el médico le indicó para reponerse y corresponder a su amado con la misma intensidad.
III
Sergio hizo traer a Concha para que Sara estuviera más cómoda. La casa del conde permaneció cerrada durante la ausencia de su propietaria. El pequeño huerto, las aves del gallinero, una vaca lechera y su ternero, quedaron bajo la atención de uno de los mozos de mayor confianza de Sergio.
El médico dio de alta a su paciente en menos de ocho días, pero sugirió que no viajara por el momento. Entonces, Sergio alquiló una pequeña vivienda para que su restablecimiento fuera total. El aire de la montaña, mezclado con el aroma del bosque, fortalecería su salud y cuando retornaran a casa, Sara estaría mas resignada para aceptar la muerte de su esposo. Sergio se hospedó en una posada para evitar murmuraciones, Sara todavía no aceptaba casarse con él, por respeto al conde, deseaba esperar un año más.
—Para toda la gente, hace años que enviudé, pero tú y yo sabemos que no es así.
—Estoy seguro de que desde donde esté, mi tío desea vernos juntos. ¿Para que darle largas al asunto?. Nos amamos, debemos casarnos lo antes posible. ¿Es que a caso dudas de mis sentimientos?.
—No Sergio, nunca volveré a dudar de ti. Pase lo que pase, siempre estaremos juntos, nada ni nadie nos volverá a separar. Empezaremos a efectuar los trámites de nuestra boda en cuanto volvamos a casa, y que la gente diga lo que quiera, a fin de cuentas, siempre han murmurado de mí. Les daremos otro motivo para comentar: ¡la viuda misteriosa se casa con el sobrino de su difunto esposo!.
—Veo que recobras tu buen humor, eso quiere decir que pronto retornaremos a casa.
—¿Qué pasará con Don Jonás?. Tengo miedo que intente algo en nuestra contra.
—No temas, es un cobarde, no volverá a importunarnos.
—Y tu madre… ¿qué dirá de nuestro matrimonio?. ¿Me llegará a aceptar?.
—Si lo hace ganará una buena hija y muchos nietos. Si no lo hace, perderá a su único hijo y no disfrutará de su descendencia.
—No Sergio, tienes que ver por ella, por su bienestar, es tu madre y haga lo que haga, merece tu respeto y cariño.
—Tienes un corazón de oro, soy un hombre muy afortunado.
—Ambos lo somos, porque pudimos sortear los obstáculos que las envidias e intrigas de tu padrastro pusieron en nuestro camino.
Sergio le tomó la cara entre las manos y se inclinó para depositar un beso en sus labios. Como se encontraban paseando por un sendero poco transitado, se atrevió a prolongar el beso y acompañarlo por un estrecho abrazo. Sara María no opuso resistencia, por lo contrario, rodeó el cuello de Sergio con sus brazos y se alzó sobre las puntas de los pies. Sergio deslizó sus manos lentamente por el talle de ella, sintiendo su reducida cintura y mas abajo, la redondez de sus caderas. Antes de que se detuvieran a pensar, se encontraron tumbados sobre el prado tocándose mutuamente a través de la ropa. El trino de un pájaro campana los volvió a la realidad:
—Me resulta difícil explicarte, pero jamás nadie me ha tocado ni besado como tú lo haces. Entre Don Miguel y yo sólo hubo una relación fraternal, en realidad fuimos como padre e hija.
—Lo sé, no necesitas darme más explicaciones.
—Sergio, esto no puede ser aquí y ahora, debemos volver a casa.
—Mmmmmmmmmmmm, tienes razón. Esto sucederá hasta que estemos casados y te prometo que será maravilloso.
Muchos días antes, cuando abandonaron a los raptores en la cabaña de Jonás, Mario había informado al alguacil que podía arrestarlos porque se encontraban atados en el establo. Cuando los policías llegaron al lugar, no encontraron a nadie. Se presentaron en la hacienda de Don Jonás, pero él negó todos los cargos. Sin sospechosos y sin pruebas, la denuncia no procedió.
Lo cierto fue que los tres hombres se hallaban ocultos en la misma hacienda. Para librarse de la ira de Jonás, los hombres que entraron en la casa de la viuda, le dijeron que algo extraño había tenido lugar aquel día.
—Figúrese usted patrón, entre los criados y Don Sergio enterraron al muerto en el huerto de la casa.
—¿Están seguros de que se trataba de un hombre?.
—Quien sabe si era hombre o mujer. De lo que estamos seguros es de que no era un animal.
—¿Podrían identificar el lugar exacto en donde ocultaron el cadáver?.
—Claro que sí, lo pusieron al pie de un almendro.
—Creo que haremos una visita a la casa de la viuda misteriosa para averiguar qué es lo que esconde en su huerto. Tal vez la policía se interese por descubrir la identidad del muerto.
El retorno de Sergio y Sara María al pueblo se vio empañado por un sobresalto que recordarían toda su vida.
Sara quiso ver el sitio en donde descansaban los restos de Don Miguel. Acompañada por Sergio y sus fieles sirvientes, se arrodilló para rezar por él. La oración se vio interrumpida por los gritos de una turba enfurecida que amenazaba entrar violentamente en la casa. El alguacil y sus hombres lograron contenerlos frente al portón de la entrada principal. Don Jonás, encabezando una decena de hombres, penetró en la casa. Mientras el alguacil se dirigía respetuosamente con sombrero en mano a informarles el asunto que les había traído, Jonás animaba a la plebe.
—¡Es una bruja!... ¡Ay que quemarla!.
—¡Que se marche!... ¡No queremos brujas en nuestro pueblo!.
—¡Que la ahorquen!.
—¡Mejor que la apedreen!. ¡Hay que lincharla!.
—¿Qué pasa?... ¿por qué esa gente me grita así?.
—Me temo que mi padrastro está detrás de todo esto. No temas, veamos qué pretende.
—Señor, señora, unos hombres afirman que ustedes asesinaron a una persona y que enterraron su cadáver en este huerto.
Las dos parejas palidecieron, sabían que era verdad que el cuerpo del conde yacía allí. Estaban perdidos, no podían evitar que excavaran y encontraran el cuerpo. Nadie les creería que el mismo conde había planeado todo.
Mario y Concha se tomaron de la mano, mientras que Sergio envolvía entre sus brazos a Sara María y apoyaba el mentón en su cabeza. Ella se dejó envolver entre aquellos fuertes brazos y descansó la cabeza en el fornido pecho de su futuro esposo.
—Señores, hagan lo que tengan que hacer. Nosotros permaneceremos en espera de los resultados.
—Señor, Don Sergio... ¿no piensa oponerse?.
—Señor alguacil... ¿serviría de algo?.
—Retrasaría un poco la investigación, pero en breve volveríamos con una orden para revisar toda la propiedad.
—Cumpla con su deber, si llegara a encontrar lo que busca, entablaré una demanda en contra de nuestro acusador. Poseo pruebas irrefutables de que Don Jonás mediante negocios y trámites fraudulentos, ha despojado a la señora Sara de los bienes que heredó de su difunto esposo.
—Sea pues, pongamos manos a la obra y a ver qué encontramos.
Sara contempló entristecida, como el hermoso huerto que con tanto esmero cuidaron Concha y ella, era destrozado en menos de tres días. Para asombro de los habitantes de la casa, el cuerpo del conde nunca fue hallado. Nunca supieron en donde fue a parar. Lo cierto es que, Don Jonás, fue encontrado muerto pocos días después de este suceso. Mientras Sara María y Sergio celebraban el baile de su compromiso matrimonial, Jonás se emborrachaba en la soledad de la biblioteca de su casa del pueblo. Los criados que le acompañaban, solamente escucharon los gritos de terror.
—¡Auxilio!... ¡Socorro!... ¡El espectro infernal ha venido por mí!.
Cuando los sirvientes acudieron, lo encontraron muerto. Tenía los ojos abiertos y el rostro contraído de miedo. El médico dijo que murió a causa de la bebida, también aludió a que seguramente sufría de alucinaciones por la misma causa.
La madre de Sergio se arrepintió de haber tratado mal a Sara y de haber colaborado con Jonás para separar a los jóvenes. La señora poseía un carácter débil y se dejaba manipular por su esposo. Sabía que él le era infiel, que bebía mucho, que no era honrado, pero le importaba mucho guardar las apariencias y soportaba heroicamente la maldad de su cónyuge.
Cuando Sara y Sergio se casaron, abandonaron el pueblo y establecieron su hogar en un pueblo enclavado en la montaña. Con el tiempo, la suegra y la nuera llegaron a sentir verdadero afecto la una por la otra y los cinco hijos que el matrimonio tuvo, consolidó el lazo familiar.
FIN.