(“El Violín”, Columba Vértiz, revista
Proceso 01 Mayo 2007)
“El violín” a conseguido una notable
serie de premios en los más prestigiados foros cinematográficos. Sin embargo se
exhibió en el extranjero antes que en México, donde se filmó. Han tenido que
pasar dos años para salvar los “invisibles controles” de la programación, armar
un leve escándalo a través de la revista Proceso, -que la ha promocionado y
distribuido asociándose con Canana Films- para que podamos verla.
La censura en México tiene un negro
historial: periódicos, revistas, el teatro y la danza, las artes plásticas, la
televisión, hasta los “comics” y el cine han sufrido la imposición de una
censura, a veces disfrazada y muchas más veces, directa y francamente
represiva, violatoria de los derechos que nos concede nuestra Carta Magna. En
este espacio hemos comentado lo que sucedió con “La sombra del caudillo” de
Julio Bracho que se pudo exhibir 30 años después de su filmación. Aunque, de
manera “clandestina”, se pudo ver en cine clubes y universidades merced a una
copia en 16 mm que pudo esconder Bracho (se dice que el original en 35 mm fue
secuestrado por el ejército o por órdenes de la jerarquía militar, nadie lo ha
querido comprobar, ¿para que?)
Francisco Vargas Quevedo cursó estudios
de arte dramático en el INBA y en el taller de Hugo Argüelles; Comunicación y
Dirección en la Universidad Autónoma Metropolitana. Sus intenciones como
cineasta derivan en claras y valientes denuncias de carácter político: “Siempre
había tenido ganas de escribir un guión sobre la realidad oculta de México,
sobre lo que Luis Buñuel llamó Los Olvidados en 1950… esas voces olvidadas
recurren incluso a las armas… me inspiró una novela del violonchelista Carlos
Prieto… Me recordó toda la literatura en que la música y la guerra entran en un
peligroso juego dialéctico… Es una protesta por el México escondido… Es
increíble que la violación de los derechos humanos, la marginalidad, la miseria
de millones de personas, la represión armada, la carencia de democracia o de
justicia social sean los grandes temas ausentes de los discursos políticos”
(entrevista concedida a “la higuera.net” 2006)
Considerada como una obra maestra del
cine político nacional, “El violín” es el primer largometraje de Francisco
Vargas Quevedo y en total ha recibido 34 premios internacionales. Hace dos años
fue apoyada con el galardón SIGNIS y el de Casa de las Américas para su
producción.
En el largometraje de ficción –de cuyo
guión también es autor Vargas Quevedo-, don Ángel Tavira, octogenario músico y
campesino guerrerense, cuya actuación como Don Plutarco (un músico y campesino
participante en una guerrilla que planea levantarse en armas contra su
gobierno, Proceso 1541 y 1577), conquistó galardones en festivales de Cannes y
Brasil el año pasado considerándole como “mejor actor” a pesar de nunca haber
estudiado actuación.
El violín" mezcla un reino
latinoamericano de pesadilla con momentos de ternura. Las imágenes, en blanco y
negro, del drama entre soldados y guerrilleros, muestran que no hay salida para
los complejos personajes que no desean nada más que poder comer una vez al día
y que se les respete como personas.
Francisco Vargas logra mantener la
tensión en toda la película sin llegar a exponer una violencia desmedida aunque
sí que se alcanza a percibir la viciada y corrompida conciencia de los
poderosos sobre los débiles que intentan hacerse fuertes a base de valentía y
fe en la dignidad y la igualdad.
En este reino de pesadilla quién no es
duro como una piedra para soportar las cargas de la opresión termina muerto. El
protagonista piensa que puede evitar una masacre entre los suyos si entretiene
a los militares con su violín pero contrariamente al dicho popular "la
música NO amansa a las fieras". Como colofón la película se detiene con
afecto en la imagen de un niño, huérfano, que toca la guitarra y canta melodías
del pueblo vencido a la puerta de un café situado en medio de la pobreza.
Hay pasión y talento en esta película,
sobre todo en la exposición de que sólo la sangre de los inocentes puede hacer
que el poder cambie la manera de mostrar su dominio. Posición que no renuncia a
la Utopía y nos sumerge en una cruel encrucijada: vivir para morir por el ideal
o morir sin ninguna posibilidad de cambio en la vorágine de una realidad cada
vez más brutal e inhumana.
Quizá lo que asustó a quienes hicieron
que se retrasara el estreno de la película fue el miedo al cambio. Al peligro
que significa para el poderoso subvertir el orden existente el cual domina,
controla y manipula a su antojo y de acuerdo a sus intereses (La palabra
subversión, en si misma a adquirido, desde hace tiempo, una connotación
amenazante para los círculos del poder).
Todavía queda mucho que decir de esta
extraordinaria película. Pero, sin pretender ser simple, transcribo los buenos
deseos de la revista promotora:
“Que sea El violín la película que acabe
de una vez por todas con el miedo de saber quiénes y cómo somos” (Proceso, 29
de abril 07).
“EL VIOLÍN”: LOS LECTORES COMENTAN
Agradezco a los atentos lectores Adriana
Leija y Juan Antonio Miranda sus apreciaciones y el tirón de oreja a mis
errores y omisiones, vamos por partes:
Cannes
Adriana menciona que “María Candelaria”,
del “Indio” Fernández, había obtenido la Palma de Oro del festival de Cannes en
1946, sin embargo la Palma se entregó a todos los participantes por ser un
evento especial, en que se retomaba la actividad del festival. Como escribe
nuestra amiga, se premió doblemente a Gabriel Figueroa por su trabajo
fotográfico en “María Candelaria” y por “Los tres mosqueteros” de 1942, premio
que no pudo recoger a causa de la ocupación de Francia durante la segunda
guerra mundial.
Mea culpa: es verdad que se presta a
confusión lo que escribí sobre el premio obtenido por Carlos Reygadas; mencioné
al principio de la nota que obtuvo el Gran Premio del Jurado, después escribí
que: “compitió por La Palma de oro, obteniendo el mencionado premio”, me faltó
decir: líneas arriba. Un error imperdonable, Perdón.
El violín
Mucho muy interesantes los comentarios
del buen amigo Juan Antonio Miranda sobre la película “El Violín”. La visión
del director Francisco Vargas resulta inquietante. Según su opinión: “…nos
muestra como el ejército traiciona su raíz, la clase a la que pertenece, en
aras de un poder absurdo y violento que le confieren sus amos (los ricos y
poderosos) y que no le excluyen nunca de la misma servidumbre a que están
sometidos sus congéneres, a los que tortura y mata sin ningún beneficio para
sí… Tristemente este es el papel que los gobiernos autoritarios, que hemos
padecido y aun padecemos, en América Latina han dado a las fuerzas armadas:
Instrumentos del poder, aparatos represivos en aras de un mal entendido
principio de autoridad… lo malo es que gozan de impunidad…”
Comparto esta dura visión sobre nuestros
ejércitos con el amigo Juan Antonio.
Como expresé en mi comentario (Luces,
ed. 207), lo genial del violín es que a través de la, aparentemente simple,
anécdota se alcanza a percibir la viciada y corrompida conciencia de los
poderosos. Pero me atrevería a decir que el tratamiento que Vargas da a los
militares, fusiona el contenido humano de estos personajes y el poder omnímodo
del sistema que los atrapa en una trágica espiral de violencia. Poder que
corrompe, desnaturaliza y enajena a los seres humanos, así sean pueblo
explotado, servidumbre o militares; son todos una misma clase social que se
bifurcará en la ambigüedad y las contradicciones del régimen establecido.
El director hurga en lo profundo para
representar una realidad desnuda, sin afeites; Vargas recrea una sucesión de
imágenes que van de lo documental a lo simbólico, que nos obliga a ser testigos
de una realidad intemporal: ni la pobreza, ni la injusticia en el campo han
cambiado los últimos 30 años en México; alude a una realidad que, por cotidiana,
conocemos y sabemos. Entonces ¿Que podríamos concluir?
Quizá podríamos decir que la tragedia de
la clase humilde –más aun, la campesina- estriba en que, su enfrentamiento con
el poder real que la somete, depreda y aniquila nunca encontrará interlocutor
en la clase dominante sino en los testaferros desarraigados de su propia clase
(en la película, el encuentro con el cacique, se da en el terreno del
“comercio”, la usura y “las reglas que gobiernan”, nunca en el aspecto
social-humano). En la película se vislumbra, objetivamente, como se da el
proceso de desarraigo, con la historia del teniente que añora su pasado de
pobreza y de sueños e ilusiones abandonados.
El ejército es, en “El violín”,
consecuencia de una forma de injusticia perenne y cínica que pervive. No es un
poder en si. Como dice el amigo Juan Antonio, la milicia ha venido a ser
instrumento del poder; en la película logramos ver, de manera fidedigna, las
atrocidades que se cometen; participamos emotivamente del pesimismo y la
impotencia de ver al pueblo derrotado y a los transgresores impunes. La cara
del soldado, del militar nos despierta encontrados sentimientos y produce
indignación. Pero nunca vemos la cara del poderoso, que es más cruel que sus
testaferros, estos únicamente –como se dice en el argot militar- “cumplen
órdenes”. Empero, no hay disculpa, no se piense que Mi lente defiende a la
clase militar, como no lo hace Francisco Vargas, en su estilo directo consigue
conmover y delatar.
En “El violín” la denuncia es eficaz
porque está realizada con los recursos cinematográficos precisos. La valentía
del autor es ejemplar en un mundo, y un México, convulsionados por la xenofobia
y la violencia.
Lo más terrible de todo es que sabemos
que la realidad supera a la ficción. Los acontecimientos recientes en la Sierra
Zongolica, en Veracruz, la impunidad mostró la cara más feroz e inhumana del
“poder” que no tuvo empacho en defender cínicamente a sus testaferros. ¿Cambiar
todo esto? ¿Por quien empezaríamos? ¿Por cambiar al ejército o cambiar a sus
patrones?
Autor: Rafael Fernández Pineda. Cancún,
Quintana Roo. México.