EL VIEJO

 

EL viejo entró como siempre, pisando fuerte y silbando como un pájaro siniestro.

La madre planchaba ausente junto a la ventana mientras sus tres hijas divertidas practicaban el geringoso.

-MAPARIPINAPA, ¿QUEPEREPES UPUN MAPATEPE?-

-¡BUEPENOPO APANAPABEPEL!-

La voz del viejo las atemorizó cortándoles la risa en seco.

Marilú, de tres años inesperadamente dijo: “BIEPE JOPO ZOPONZOPO…”

Marina y Anabel no pudieron retener las carcajadas, era una ingenua manera de vengarse de ese horrible viejo que ahora las miraba desde el umbral, alto, arrugado con la piel colgando como un escuerso.

Marina retrocedió nerviosa, altiva mirándola a los ojos con desprecio, Anabel corrió junto a su hermana pequeñita y el viejo gritó como un trueno endemoniado ¿Cuándo me dejan la casa?

 

“La casa no es suya”. Respondió Marina en el mismo tono aterrador.

Anabel y Marilú comenzaron a llorar.

La madre en tono suplicante le dijo: “váyase por favor”.

El señor Calcagno, jefe de la oficina de compras de la compañía Cafetera más importante del país: respetado, amable, era considerado por el personal como ejemplo de bondad y desinterés.

Como siempre estaba dispuesto a colaborar con todos; Isidora, recepcionista de la compañía le pidió si podía ayudarla formando el contrato de alquileres de una pequeña casa en las afueras de la ciudad como garantía.

Calcagno aceptó complacido y ahí comenzó el calvario de Isidora y sus tres pequeñas hijas.

El señor Calcagno visitaba todas las tardes a Isidora, llevaba golosina para las niñas y cuando no estaban las esperaba en la puerta o en la esquina…

…ya era imposible hacer nada sin el viejo.

Isidora regresaba de la compañía con el amable señor Calcagno, saludaba a las niñas y por las noches repetía su visita.

Isidora decidió poner punto final a esa absurda situación que perjudicaba a sus hijas y ponía en tela de juicio su conducta de mujer recién divorciada. Sí, hablaría con Calcagno esa misma noche, después pediría una semana de licencia en la compañía y todo sería como antes claro y simple, (pero no fue así)-

Isidora llegó, a la compañía con esa serenidad y fuerza que dan las grandes decisiones: sí estaba dispuesta a ordenar su vida y darles el bienestar que sus hijas necesitaban.

La campanilla del teléfono la sobresaltó

-“sí, ¡hola!”

“¿Isidora del Río?”

-sí

Preséntese en personal.

-¿sucede algo?

¡Se le comunicará…!

 

Sintió que el corazón le galopaba con fuerza…

Toda ella era un signo de pregunta, nunca la habían llamado de personal: su asistencia era perfecta, el trato con los compañeros cordial, no tenía enemigos, se desenvolvía correctamente en su trabajo ¿para qué la llamarían?

Cuando ella entró a la compañía ya hacía de esto dos años Marilú enfermó seriamente (escarlatina) y no faltó ni un solo día.

Le pidió ayuda a su hermana Ester que inmediatamente se instaló en la casita.

Marina y Anabel se portaron como nunca, colaboraron con Ester en los quehaceres de la casa y entreteniendo a Marilú con cuentos y canciones.

¡Cómo olvidar el día que Marilú enfermó y la llamaron con urgencia!

 No se atrevía a pedir permiso y fue la primera vez que acudió al señor Calcagno…

Al ver que Marilú jadeaba por la fiebre, la tía rezaba mientras le ponía compresas de agua fría, Marina tuvo una idea y se la comunicó a Anabel: “-Dejarían de ser pobres, ayudarían a Isidora…y empezaron a dar vueltas la tierra del jardín. Una vez preparados los surcos, humedecida la tierra, Marina abrió un gran paquete de fideos, llamados cintas y comenzó la plantación, felices esperaban el regreso de la madre: ¡no! Nunca olvidaría ese momento, la terrible fiebre de su hijita y la hermosa plantación de fideos en el pequeño jardín.

“La compañía ha decidido por razones de economía reducir el personal y…”

No pudo escuchar más. Se le nublaron los ojos y desfilaron de izquierda a derecha las caritas de Marilú esperando la muñeca pepona que los reyes distraídos dejaron en otros zapatitos y a ella le trajeron un jardinero de Jean. Anabel con sus ojos muy grandes y redondos las zapatillas blancas y Marina las cintas para el pelo…

… “Le daremos una buena indemnización.”

¿A dónde tengo que firmar?...

“¡Y otra vez Calcagno!”

 

Isidora, fue confirmada en su puesto con una categoría superior:( asistente del departamento de Relaciones Públicas de la compañía). –Era imposible hacer nada sin el viejo- Entraba y salía de la casa de Isidora como si fuera su propia casa, sin pedir permiso, silbando siempre mirando con burla.

Una tarde de Enero se encontraba Isidora con sus hijas en la placita del barrio jugando, cuando inesperadamente se presentó el viejo y obligó a Isidora a regresar.

Anabel y Marilú lloraban, Marina le arrojó una piedra y salió corriendo. Pronto las niñas olvidaron el incidente jugando y peleando se fueron a dormir.

 

El viejo se sentó a la cabecera de la mesa silbando, solo, Marina se acercó despacito a su espalda, en puntitas de pie y con fuerza dejó caer la enorme piedra que llevaba en la cabeza del viejo, que empezó a aplastarse lentamente mientras Marina reía enloquecida.

El viejo desapareció bajo el peso de la piedra, Marina reía y Anabel la sacudió enojada: “TOPONTAPA MEPE APASUPUSTAPATEPE”, Marina se sentó en la cama, se pasó la mano por la frente y volvió a dormirse. El viejo se encontraba solo, sentado a la cabecera de la mesa, ya no silbaba, pensaba… Marina se acercó en silencio y dejó caer la enorme piedra en la cabeza del viejo que empezó a achicarse, achatarse hasta desaparecer mientras Marina lloraba de risa, más chato, más risa, más plano, más risa.

“¡Tonta deja dormir!” Marina saltó y abrazó a su hermana:

“Contame que soñabas ¿era de miedo?”

Pero Marina no respondió.

Metió la cabeza bajo la almohada mientras un temblor extraño la sacudía, le dolía la panza, la cabeza y se puso a llorar despacito “no sabía porqué” pero lloraba, no podía parar de llorar y eso que no quería que Anabel la descubriera porque se pondría a llorar con ella y más fuerte.

¡Lloraba tan feo Anabel que daba risa, además era muy de noche para agarrarse de los pelos si ella se reía, pero tenía tantas ganas de llorar que si Anabel la descubría , si reía o lloraba no le iba a importar; QUEPE MEPE ¡IPIMPOPORTAPA!

¡Qué hermosas piernas! Marina sacó la cabeza de debajo de la almohada: ¡no, no soñaba! Era la voz del… ¿De quien es ese culito y esas…?

Se quedó sentada escuchando mientras las lágrimas le mojaban el rostro como agua caliente, quemándola.

¡Una punzada en el estómago y esa mezcla de odio y de celos quería que a ella le dijeran esas cosas que le daban vergüenza pero quería que se las dijeran a ella y también quería que el viejo se muriera!

Se inclinó fuera de la cama y vomitó.

 El viejo se enfureció al oír el tono suplicante pero firme de Isidora que le pedía a él, a Juan Carlos Calcagno.-El garante-, el dueño de la casa, que se fuera, “¿Quien se creía que era?” y empujó a Isidora que soltó la plancha al golpearse contra la pared.

Marina como un gato salvaje saltó aferrándose al cuello del viejo y le hincó los dientes en la cara…El viejo desconcertado por el inesperado ataque, arrojó a la niña al suelo que se quedó quietita sangrando.

Calcagno se asustó y corrió hacia la puerta de salida y desde allí gritó: ¡Y haber cuando me dejan la casa!

Isidora, no asistió a su trabajo, tenía que tranquilizar a las niñas sobre todo a Marina que no dejaba de temblar. Marilú le prestó a Marina su silla hamaca porque tenía una pupa muy grande en la cabeza y ese día no había que pelear.

Anabel, le prestó el libro de Simbad el marino que le había regalado su padrino y que Isidora tuvo que esconder para que las hermanas conservaran las trenzas.

Enero se hacía sentir con todo su rigor, sol ardiente, aire cálido.

El jardín de la casita de Isidora brillaba de colores y mareaba el olor del jazminero.

Marina no quiso abandonar la sillita de Marilú y pasó toda la siesta Hamacándose bajo la glicina hasta que llegó el viejo…

Isidora lo detuvo en el jardín, Marina saltó de la sillita pálida con la frente vendada…

La madre la tomó de la mano y le dijo que fuera hasta la mercería a comprar las medias para Marilú así podía estrenar los zapatitos que le trajeron los reyes.

 Aire cálido, sol ardiente.

La niña caminó por las calles de la ciudad ausente, sin rumbo, una fuerza misteriosa la empujaba, la arrastraba, no oye, no piensa, no siente: “¿La bocina? ¡Idiota! , ¿No oís?, ¿Sos ciega?” Marina abre los ojos grandes, muy grandes, mirando desde la ausencia de sus pensamientos y sigue empujada por la gente.

Isidora y Anabel recorrieron todas las calles del barrio en busca de Marina. Nadie la había visto. Anabel lloraba, Isidora rezaba.

La encontraron sentada en el umbral de un edificio con la mirada ausente y sonrisa estúpida.

 

Autora: Betty Capella. Lanús, Buenos Aires, Argentina.

bettycapella@ciudad.com.ar

 

 

 

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