SOY VERDE.
SOY VERDE COMO EL VALLE.
Hola les quiero contar algo que ocurrió hace muchos años, tantos que no sé si podré recordar todo tal y como sucedió.
Resulta que esa mañana me levanté muy temprano, mamá había dicho la noche previa que iríamos a la sierra de Huatusco, para reunirnos con papá. Él estaba en un campamento con mis hermanos y unos chicos.
Mamá preparó una canasta con víveres y nos dirigimos junto con mis otras dos hermanas mayores a la central camionera. Ahí compró cuatro pasajes en un camión guajolotero que paró en todos los pueblos habidos y por haber antes de llegar a nuestro destino.
Siempre que viajábamos, ninguno de mis hermanos se quería sentar conmigo. Mamá era mi compañera de asiento y acostumbraba llevar una buena provisión de bolsas de plástico para que yo las fuera usando por el camino.
El transporte se llenó tanto, que la gente colgaba por las puertas abiertas, hubo necesidad de que algunos viajaran en el techo. Había quienes llevaban gallinas y puerquitos, si los llevaran cocinados todo hubiera estado bien, pero los traían vivos y entre los apretones y refregones, los animalitos hacían gran alboroto.
Cuando mamá vió mi palidez y que hacía viscos, me proporcionó la primera bolsita para que depositara en ella, el desayuno ingerido y no digerido.
Después de cinco bolsas y tres horas, llegamos por fín a nuestro destino. En el kilómetro sepa la bola de la carretera a no se donde, mamá pidió al conductor que nos permitiera bajar. Me deslicé entre sudorosos traseros hasta la puerta, una vez que bajé del camión volví a respirar.
Contemplé el lugar. ¡Qué verde era!. Frondosos árboles verdes, pasto verde, plantas verdes, piedras cubiertas de moho verde. Pensé que me volvería yo también verde. Tal vez, era un bosque encantado, con gnomos, duendes y hadas verdes.
Nos apartamos de la carretera y empezamos a internarnos en el verde valle; entre cuestas y hondonadas, entre rocas y árboles.
Era mi primer encuentro con el reino del verdor. El duende de los bosques me lanzó un hechizo para toda la vida, me enamoré a la edad de seis años de su habitad y hasta la fecha sigo enamorada del verde.
Subimos una más de tantas lomas, contemplamos el campamento con sus multicolores tiendas de campaña. Ahí estaba papá, con su ropa de excursionista, rodeado de muchachos, blandiendo un cuchillo de monte, disponiendo un espacio para encender una fogata. Retiraba el pasto con gran cuidado para volverlo a plantar cuando apagara el fuego; era costumbre dejar el lugar tal y como lo habían encontrado.
Bajamos de la loma por una de las pendientes menos empinadas y nos reunimos con él. Después de muchas recomendaciones generales, vinieron las individuales, exclusivas para mi.
-No te alejes del campamento, hay coyotes, serpientes, arañas, barrancos, no comas nada de lo que veas, por muy apetitoso que te parezca, no toques los hongos son venenosos, mantente cerca de tu madre.
-Sí, sí, sí, sí, sí, sí, sí, sí, sí, sí, ajá.
Después de asegurarle de que obedecería, salí corriendo cuesta abajo y cogí tanta velocidad que frené con una espectacular machingüepa. Luego, me tendí en el pasto boca arriba, contemplé las copas de los árboles, me levanté e hice precisamente lo que papá no quería que hiciera. Me fui por mi cuenta a recorrer ese mágico lugar.
-Gnomos, duendes, hadas. ¿Dónde están?.
Pronto la abundante vegetación me envolvió, ya era parte de ella, me convertí en uno de los habitantes de aquel sitio. ¡Ya era verde!.
Las mariposas revoloteaban a mi derredor, los pájaros no se asustaban a mi paso, las hormigas rojas no me picaban cuando las ayudaba a transportar su carga, subiéndolas a la palma de mi mano. Estaba sola y no había serpientes, ni coyotes. Estaba sola y no tenía el menor miedo.
Tuve sed y el saltarín arroyo me brindó sus frescas aguas. Quise jugar y un enorme árbol me ofreció una liana para columpiarme, sentí hambre y recordé que traía un chocolate en la bolsa de la blusa. Por la tarde, antes del crepúsculo, decidí que ya era hora de regresar al campamento, seguramente mis padres estarían preocupados. No sabía cómo volver, opté por seguir el curso del arroyo, alguna vez me dijeron que las personas siempre se establecen cerca del agua.
Si iba mal encaminada, los desaforados gritos de mamá me hicieron tomar el camino correcto.
Cuando la vi, se hallaba subida en una gran roca, en lo alto de una loma, gritando mi nombre a voz en cuello.
¿Para que tanto escándalo?. Yo había disfrutado cada instante desde las diez de la mañana que llegamos, hasta las cinco de la tarde en que nuevamente me reuní con la familia. No se porqué tiró de mi cabello, cuando me vió, no se porqué papá tiró de mis orejas cuando me vieron, no se porqué andaban con machetes en mano abriendo brechas para internarse en la espesura y buscarme.
Durante varios años seguimos regresando a aquel lugar. papá y mamá terminaron por acostumbrarse a mis incursiones solitarias, dejaron de preocuparse por las serpientes y las jaurías de coyotes. Sabían que me había convertido en uno de los misteriosos habitantes del lugar.
Un día, se marcharon y me dejaron aquí. No sentí miedo, sabía que nos volveríamos a reunir.
Ahora ellos ya están conmigo, son parte de la tierra, son verdes como yo. Estamos nuevamente juntos, formamos parte del paisaje, somos la hoja del árbol que se mueve con el viento, el pasto que acaricia tus pies descalzos, el tallo de la flor que la eleva para que la puedas contemplar, el húmedo musgo que se adhiere a las rocas. Estamos aquí, todos reunidos en el valle verde.
Fin.
Autor Irma Guadalupe Vela Meza.