“VALIENTE” DE NEIL JORDAN: UN ALEGATO INCOMPLETO

 

Incriminada de cargar con un controvertido mensaje, “Valiente” (The Brave One, 2007), el último filme de Neil Jordan, traducido con más fortuna en España como “La Extraña que hay en ti”, (título inexacto literariamente pero que toma cierto sentido cuando se ve la película). Donde la protagonista se refiere a ella misma como a una “extraña” para intentar explicar sus acciones. Un “alguien” desconocido, escondido en el inconciente más profundo; o como una especie de alter ego vengativo, frío, violento, que reside en ella.

 

 Nacido en Irlanda en 1950, Neil Jordan es mejor conocido por haber dirigido la aclamada película “Juego de lágrimas” (The crying game, 1992). El cine de Jordan, en esencia poético, tiende a explorar los espacios que se abren más allá del estado normal de conciencia, con frecuencia recurriendo a elementos plásticos que remiten a lo onírico. Sus películas adoptan un punto de vista enteramente subjetivo en torno a un único personaje protagonista, muchas veces en clave irónica, que cuestiona con humor negro o cruel los valores establecidos y adquiere –conciente o inconcientemente- una postura iconoclasta. Con personajes que deambulan vulnerando lo establecido, como es el travestido de “Juego de lágrimas” y el transexual de “Desayuno en Plutón” (Breakfast on Pluto, 2005). En ambas, además de exponer las dificultades para subsistir del individuo “marginal”, explora temas de raza, nacionalidad, sexualidad, también muestra el conflicto norirlandés y el terrorismo del IRA en su época más cruenta, así como la xenofobia hacia los irlandeses que este conflicto provocó en Gran Bretaña.

 

“Valiente” se inicia con la presentación del personaje, una locutora de radio (interpretada por Jodie Foster, excelente, como siempre) que gusta de rescatar la memoria de Nueva York a través de su programa. Un día, paseando con su novio, con el que espera casarse pronto, tiene la mala fortuna de encontrarse, en la oscuridad de un parque, con una pandilla de jóvenes violentos. Tras la provocación llega la agresión, resultando asesinado el novio de la protagonista. Para su desesperación, la justicia parece no hacer nada, y su caso se mantiene en investigación como tantos otros. Pero en ella van progresando sentimientos encontrados, asociando el miedo, la impotencia y la rabia.

 

El rol de Jodie Foster es brutalmente creíble, consiguiendo sin mucho esfuerzo que el espectador se ponga de su parte en todo momento, constante del cine negro que juega con el espectador a “involucrarlo” en ese “juego de lágrimas” comprometedor. Es curioso que hace 30 años Foster interpretase a la niña-prostituta, amiga de un taxista obsesivo que pretendía limpiar las calles de escoria humana (Taxi Driver, de Martín Scorssece); ahora le toca el turno a ella. Pero en este caso no se trata de un “marginal” sino de una profesionista, culta, con arraigo y visión de su sociedad y con cierta influencia sobre ella: su voz que se escucha a través de los mass-media.

 

El “peligro” de la película de Jordan, llega cuando la protagonista se dedica a ajustar cuentas con los criminales, ojo por ojo. Por supuesto, no tarda en llegarnos una voz (Terrence Howard, como policía-conciencia de la sociedad) para decirnos que eso está muy mal, que eso es fascista, que la ley la aplican los jueces y los policías son los que atrapan a los criminales. Perfecto. Magnífico. Pero, ¿y si esos jueces y policías no cumplen con su cometido? Pero, ¿y si unos salvajes te asaltan en mitad de la noche, te roban, te dan una paliza, matan a tu pareja y, para colmo, no acaban en prisión? No hay que irse muy lejos para encontrar casos de injusticia intolerables, verdaderos insultos a la inteligencia humana. Supongo que todos hemos sabido del caso del enfermo mental que golpeó a una joven ecuatoriana en España; y sabemos de sobra la cantidad de cadáveres que han ocasionado los terroristas. Son casos como éstos, intolerables, los que provocan que dentro del cine, haya espectadores que estén a favor de la justiciera del film y que, fuera, haya también personas que lo estarían. Es un mensaje peligroso dicen. Yo diría que no lo es tanto como que haya criminales menores de edad en la calle, libres. Pero bueno, una cosa es el cine y otra la realidad. Desgraciadamente.

 

Jordan sorprende en muchos momentos, recurre a planteamientos de montaje, con flashes cegadores, movimientos de cámara y un ritmo en exceso contrastante a la hora de cambiar de plano. El film es casi impecable, sobre todo en el tratamiento visual, gracias a la labor de Philippe Rousselot en la fotografía, uno de los grandes aciertos del film, y que le aleja considerablemente del tufillo televisivo/impersonal en el que podría haber caído una película de estas características. Otro acierto es el montaje paralelo que nos muestra el camino que van recorriendo los dos personajes principales, el film resulta entretenido, se pasa volando, las escenas de acción están rodadas con elegancia e impacto. Pero quedan demasiados cabos sueltos.

 

De aquí podía haber salido una obra intensa, compleja y difícil de digerir. La falla, según Mi lente, es que el alegato esta incompleto por que se dan demasiadas concesiones al espectador.

 

La película nos pone en el lugar de Foster, con un arma, y nos pregunta qué haríamos. La relación que se establece entre la Foster vengativa y el Howard de la legalidad formal está muy lograda. Los dos actores son efectivos, aunque sus creaciones vengan un poco desdibujadas desde el papel. Mientras uno pretende imponer la justicia, el otro protege la ley. Viene a la mente el policía y el asesino de “Crimen y castigo” de Dostoyevski. El alegato sobre el Derecho natural y el Derecho positivo, el que está escrito y es imperfecto y el de la justicia. Pero… como ideal: ¿es válido que el asunto de la justicia, pueda entretener y proporcionar un rato de reflexión o un debate? No lo creo así. Sin embargo debo confesar que tengo más preguntas que respuestas.

 

“Valiente” contiene el mismo mensaje que cualquiera de las películas que se hacían en los 70 y parte de los 80 protagonizadas por Charles Bronson y demás repeticiones. Pero aquello eran productos única y exclusivamente para pasar el rato, realizados con poca convicción y con un aire fascista bastante preocupante, y que afortunadamente nadie las tomaba en serio. Ahora, con un director como Jordan dirigiendo, y poniendo a una mujer en el papel principal, la cosa cambia, y ese mismo mensaje llega de forma más cruda, y el aceptarlo o no, es evidentemente cosa nuestra. El filme soluciona unilateralmente el conflicto. En pocas palabras es “juez y parte”. Trataré de explicar.

 

La película se debate entre escenas muy interesantes y bien realizadas, y otras que no lo son tanto, y que casi rozan el absurdo y la incongruencia. Al primer grupo cabe citar cada una de las escenas en las que nuestra protagonista sale a hacer de justiciera, y al segundo grupo las escenas de corte íntimo, sobre todo las que tiene que ver con el personaje de Howard, cuyas reacciones por otro lado no están bien justificadas, sobre todo en la parte final.

 

Aunque el guión podría haber estado mucho mejor pulido, lo cierto es que el film logra transmitir la angustia de una persona que vive en la desesperación por aplicar justicia, y que estemos de su parte, aunque eso sea un error. Evidentemente, la cosa tiene truco. Para ello se nos pinta a unos maleantes de lo más vil, exagerando su maldad para que cuando la justicia sea aplicada no sintamos el más mínimo remordimiento por ellos.

 

En ningún momento se nos plantea la posibilidad de aplicar justicia con alguien menos malo, porque al fin y al cabo la película sólo trata de decirnos que la muerte sólo la merecen los muy, muy malos. Ante tal barbaridad, el director opta por jugársela al espectador de forma bastante convincente, logrando que éste desee lo que el personaje femenino hace. Viendo el film me recordé “Tiempo de Matar” donde se realiza la misma operación, y se coronaba con un discurso final de Matthew McConaughey de una ambigüedad moral impresionante pero a todas luces efectivo. También recordé del final de “Seven”, donde creo que todo el mundo en el lugar de Brad Pitt habría hecho exactamente lo mismo. Pues aquí ocurre igual.

 

Como dije antes, tengo mas preguntas: ¿para qué intentar hacer un alegato si ya tengo la solución?, si ya emití, de antemano, el veredicto; si ya dicté la sentencia y resolví el método ideal –liberando al verdugo de toda culpa- de ajusticiamiento.

 

Hacer una película fascinante, extraña por momentos -y ahí reside parte del peligroso atractivo, -que nos lleva de la mano por un camino que intentamos reprobar moralmente y no justificamos, racionalmente, en ningún momento: matar al “otro” con la anuencia del público mayoritario ¿No es esta una forma más de justificar a priori La Impunidad? ¿De convertirla en institución? ¿No estaremos dando salida por la puerta trasera al verdadero conflicto humano de la Justicia? Posiblemente no hay respuestas. Pero el ser humano requiere de mínimas certezas. El alegato está incompleto, merece la pena revisarlo, una y mil veces, en busca de tales certezas que hagan posible la vida.

 

Autor: Rafael Fernández Pineda. Cancún, Quintana Roo. México.

fernandezpr@hotmail.com

 

 

 

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