PROS Y CONTRAS DEL TSUNICHÉ
Por Juan José Morales
Uno de los problemas a que se enfrentan las aves silvestres en las zonas urbanas es la falta de alimento. Al ser eliminada la vegetación nativa y sustituida —si acaso— por unos cuantos árboles de especies exóticas, se les priva de los frutos que constituyen su alimento natural. Como solución, un amigo sugiere —y él ya lo está haciendo en un área verde de su vecindario— sembrar en los parques, camellones y viviendas, árboles de guamúchil, o tsuniché como se le llama en maya —Pithecellobium dulce para los botánicos—, pues los frutos grandes, dulces y carnosos que esta leguminosa produce en abundancia en sus grandes vainas retorcidas en espiral, constituyen un magnífico alimento para muchas aves y son apetecibles para el ser humano. También, sus flores, de suave aroma, que parecen motas de color blanco verdoso, atraen a los colibríes.
La idea no es mala, aunque tiene ciertos inconvenientes. En efecto, este árbol, nativo de México, de hasta 20 metros de altura y tronco de 60 centímetros de diámetro o más, crece rápida y vigorosamente en una amplia región de la península de Yucatán —precisamente la porción donde cae menos lluvia—, así como casi a todo lo largo de la costa mexicana del Pacífico, en el extremo sur de la Baja California, en la cuenca del río Balsas y en sectores de Hidalgo, Querétaro y San Luis Potosí, desde el nivel del mar hasta 1 800 metros de altitud y en los más variados tipos de suelo. Fuera de México se le encuentra en Centroamérica, las Antillas y el extremo norte de Sudamérica y ha sido introducido a muchos países africanos y a las islas Hawai precisamente por la facilidad con que se adapta a diferentes condiciones ambientales, el clima seco y los suelos pobres, lo cual lo hace muy adecuado para programas de forestación y reforestación. Sirve también como mejorador de suelos, ya que —al igual que las demás leguminosas en general— posee en las raíces nódulos que fijan el nitrógeno atmosférico y enriquecen el terreno. Por ser un árbol tan ampliamente distribuido, se le conoce con una gran cantidad de nombres locales, tanto en lenguas indígenas como en español. En Cuba, por ejemplo, se le llama inga dulce y tamarindo chino, en Guatemala jaguay y madre de flecha, en El Salvador mangollano, en Nicaragua espino de playa, en Colombia gallinero y chirimango, en Venezuela yacuré y en Ecuador tierra espina.
Como árbol de sombra, el tsuniché o guamúchil es excelente y se acostumbra sembrarlo en los potreros, pues conserva su follaje todo el tiempo y además el ganado puede ramonear sus hojas y frutos. Desde el punto de vista maderable, en cambio, es poco apreciado, ya que su madera, dura y pesada, es quebradiza. Sólo se le usa en la construcción de viviendas rurales y, principalmente, como leña y para fabricar carbón. Pero no le faltan sino más bien le sobran usos medicinales tradicionales. De hecho, a todas las partes del árbol, desde las semillas hasta la corteza, se les atribuyen propiedades contra las más diversas enfermedades.
Tiene sin embargo un par de inconvenientes que deben tomarse en cuenta y que han limitado su utilización en zonas urbanas: su savia es irritante y sus ramas son espinosas. Esto no significa mayor problema en el campo, e incluso representa una ventaja ya que permite formar cercas vivas que ni el ganado ni la gente intentan atravesar para no lastimarse con las espinas. En un parque eso puede ser una molestia, aunque no precisamente un peligro.
Estos son, pues, los pros y los contras del guamúchil o tsuniché. Puede propagarse sin mayores dificultades, crece con rapidez aún en suelos pobres y pedregosos y durante la temporada de secas, no necesita mayores cuidados y atenciones, es nativo de la región —o, para ser exactos, es nativo de por lo menos 25 estados de México—, sus frutos y sus flores ofrecen alimento a las aves y da sombra todo el año, pero sus espinas pueden lastimar a alguien.
Habrá que analizar sus ventajas y desventajas y decidir si conviene usarlo de manera generalizada en programas de reforestación urbana.