TESORO ISLEÑO
Apenas habían pasado las seis
de la mañana y esperábamos ansiosos para embarcar en la lancha. Nuestro grupo
compuesto por Fredy, Rocío, Emiliano, Macarena, Araceli y yo, permanecíamos frente
al muelle de la empresa Cacciola en el Puerto Tigre, tratando de ultimar
detalles de la excursión, pero no era fácil porque esa noche ninguno había
pegado los ojos. Iniciamos la navegación por el delta a través del río Luján y
cruzando el Paraná de las Palmas, nos internamos en el Río de la Plata rumbo a
la isla Martín García. Desembarcamos en el antiguo muelle y nos dirigimos hacia
el camping para instalar las carpas. Nos invadía una extraña sensación, porque
cada árbol, casa, ruina, tumba, piedra, todo, todo era historia pura. Lo que
llamó más mi atención fue un par de cañones herrumbrados con una pila de balas
de hierro, apuntando al río en forma amenazante. En el sector de acampe
funcionó la Escuela de Grumetes de nuestra Armada. Lo más atractivo era el
mástil ornamentado con una vieja batería antiaérea y el Pabellón Nacional izado
al tope. Llenos de felicidad armamos el campamento entonando canciones, nos
sentíamos acompañados por una densa cantidad de pájaros trinando en natural
libertad. Un hombre de la Prefectura Naval, nos informó que estábamos en tierra
impregnada de historia, sobre un museo donde no se podía dañar nada. Esa isla
era una reserva natural de flora y fauna, que debíamos protegerla y por otro
lado, cuidarnos de algunos animalitos traviesos como las víboras, lagartos y
alimañas. Al atardecer decidí observar en detalles los cañones cercanos al
muelle. Lo hice solo ya que al resto del grupo, este tema no les había
interesado. Admirado frente a una inerte pieza de artillería, pensé en las
acciones que habría cumplido, cuántas naves habría destruido, y las bombas
quién sabe dónde las fundieron… La boca del cañón tenía un tapón de madera que
me atreví a sacarlo para saber qué misterios guardaba. Mientras lo intentaba me
sorprendió un grito con acento francés:
- ¿Qué hace jovencito? ¡No toque el
armamento!
Giré y encontré a un marino pomposamente
vestido con uniforme francés de época, muy elegante, apuntándome al cuello con
una filosa espada. Me asusté pero no dejé de preguntarle quién era:
- Soy el Capitán Kaziola, Oficial de
Guardia.
- Pero Usted es francés y este lugar es
argentino ¿Qué tiene que hacer aquí?
- Estoy al mando del galeón Carrefour, y
comisionado para proteger los valores, el tesoro de esta isla. ¡Y no me
importan las banderas!
La palabra “tesoro” me hizo estremecer,
sentí que esta podría ser la gran oportunidad de mi vida, entonces comencé a
dialogar con él, en voz baja, en términos muy, muy amistosos y tratando de no
reírme ante su fino acento francés con tonito bastante afeminado…
- Dígame Capitán D’Artagnan, Pata de
Palo, Garfio, Ojo de Cuero o como se llame: ¿Usted me puede mostrar o guiarme a
ese tesoro pirata?
- En primer lugar no soy pirata, no me
llamo D’Artagnan, y no tengo garfio, pata de palo, ni Ojo de Cuero. Por lo
tanto exijo respeto, ¡Absoluto respeto! ¿Entendió, jovencito maleducado?
Sintiendo el frío del punzante acero en
mi pecho, sumado a una enérgica voz, y la mirada con el ceño fruncido,
comprendí el mensaje. Le pedí las disculpas por haberlo menoscabado. No era
ningún… ningún filibustero.
- Con respecto al tesoro, hacerlo
conocer a jóvenes como usted ¡Es un placer! Seré vuestro anfitrión, tiene
quince minutos para reunir a sus amigos y luego partiremos.
- No, no, de ninguna manera. Ellos
tienen muchas tareas… prefieren leer o quizás dormir… y estas cosas no les
interesan. Mejor voy solo, en todo caso después les cuento que me encontré un
tesoro para mí…
- Bien, en marcha, pero no olvide llevar
en la maleta su egoísmo y la avaricia, espero que pueda cargar todos los
valores del tesoro usted solo. Iremos hasta el faro.
Mientras caminábamos el marino europeo
me explicó que integraba un grupo de gente que tuvo el honor de pisar la isla,
sin tener en cuenta la época, origen, banderas ni edad, que ellos sólo poseían
ideales. También me habló sobre la flora, me comentó sobre los animales que
conservaban, como eran los ciervos, flamencos y otros, pero en realidad no me
interesaba nada, yo sólo quería llegar al tesoro. Al ingresar en el faro me
sorprendió encontrar personas de variadas nacionalidades, las que me saludaron
sonrientes. Se trataba de los encargados de la señal luminosa que permanecían
de guardia, eran gringos de todos los tiempos… Yo no entendía nada, pero me
causó gracia porque el faro hace muchos años que está inactivo, o sea que ellos
están “al reverendo cuete”. No pude contener una carcajada, porque esos tipos
no tenían una vela, ni siquiera un fósforo. El marino francés, elevando su voz,
me hizo callar y me dijo:
- Estos hombres están aquí por su responsabilidad
en el trabajo.
- Sí, sí, claro mi capitán, muy
cumplidores. Pero el tesoro ¿Dónde está? ¿Cuándo me lo piensa mostrar?
- Ya lo tendrá, sea paciente jovencito,
en eso estamos. Se necesita observar al andar, prestar atención y tomar
conciencia.
Después nos dirigimos a la zona de
playa, ahí había unos hombres tirando de una red de arrastre sumergida en el
río. Nos unimos a ellos y yo me entusiasmé creyendo que sacaríamos un enorme
arcón rebozante de joyas de oro, pero era un cardumen de bagres amarillos.
Enojado le pregunté al Capitanesco por qué o para qué nos habíamos esforzado,
por esa porquería, si a mi no me gusta el pescado, y él, defendiendo a los
pescadores del Mar Dulce, me respondió en forma cortante:
- Por solidaridad...
Luego nos acercamos al Barrio Chino, lo
que en realidad era un burdel. Comencé a mofarme del aspecto frívolo y
provocativo de las meretrices. El oficial marinero sin disimular su molestia,
me zamarreó y me gritó preguntándome por qué lo hacía, a lo que le respondí:
- Pero mi capitán… ¿Es que usted todavía
no se ha dado cuenta que son unas miserables prostitutas?
- ¿Y tú quien eres para juzgar? Para
ellas no es un vicio, una diversión o enfermedad, para ellas es una desgracia
de la vida, por estar desamparadas, el no tener un respaldo afectivo, un hogar,
una familia. Lo que merecen es comprensión, respeto y en todo caso compasión.
Esas palabras me enternecieron, entonces
me acerqué a una voluptuosa dama para pedirle disculpas… y ya que estaba…
arreglé como para conocer la casita por dentro… total…
El Capitán naval puso en alto su espada
y con recia voz me gritó:
- ¡Alto, jovencito! Creo que se ha
olvidado nuestra misión, la del tesoro, como también que ha venido con amigos y
en particular con su dama prometida.
- ¿Y eso qué tiene de malo?
- Que simplemente Usted les debe lealtad
y fidelidad.
Habiendo pasado ese momento de
frustración, continuamos el camino hasta la cárcel y la cantera donde había
presos con trajes rayados, ridículos, trabajando como bestias cortando adoquines.
Le pregunté al marino anfitrión para qué me traía a ver esa gentuza cavando sus
propias fosas, o acaso ellos cavarían para hallar el tesoro, y él me respondió:
- Trabajan forzadamente buscando su
libertad, su rehabilitación, están pagando culpas. Cuando menos merecen esa
oportunidad o quizás hasta haya algunos inocentes que merezcan el perdón.
¡No pegaba ni una! El Capitán francés,
siempre enojado, no podía entenderme, yo quería conocer el tesoro ¡El tesoro y
nada más! Posteriormente llegamos a la Residencia de la Comisión Mixta del
Tratado del Río de la Plata, en cuyos portones flameaban las banderas de
Argentina y Uruguay, mientras paseaban por los imponentes jardines, los ex
presidentes Yrigoyen, Perón y Frondizi, en calidad de detenidos, confinados. No
logré contenerme y les grité:
- ¡Me gusta, por inútiles! ¡Esto les
pasó por ser fachos, tiranos, zurdos, conservadores, nazis comunistas, gorilas!
El oficial anfitrión volvió a enojarse y
me calló diciendo:
- ¡Silencio, ignorante! ¿Qué está diciendo?
Estos hombres están aquí por defender sus ideas, los han traído quienes no
saben vivir en democracia, los que han vulnerado la Constitución y la voluntad
del pueblo. Estos líderes son víctimas de quienes no respetan a las
instituciones y menos aún la investidura del Presidente de la Nación.
Una vez más debí disculparme, pero en
esta oportunidad con los excelentísimos presidentes difuntos. ¡Estaba mejorando
el nivel! Seguidamente, avanzando por una calle observé en la parte posterior
de un comedor, a verdosos lagartos que revolvían los tachos de residuos
buscando comida. De inmediato tomé un palo y me lancé al ataque, para
despedazarlos… Pero la espada apoyada en mi garganta, calmó mi agresión
instantáneamente, al tiempo que el oficial francés, bastante nervioso, me dijo:
- ¡Hay que aprender de las bestias! Los
animales sólo se matan para comer.
- Bueno, de acuerdo, total… los lagartos
no me caen bien. ¿Sabe que pasa? Lo que sucede es que ya estoy cansado y aún no
he visto nada de ese maldito tesoro.
El Capitán Kaziola apoyó su mano en mi
hombro diciéndome que ya era hora de terminar con este asunto y me indicó que
lo siguiera. Interpreté que me llevaría directamente al bendito tesoro, y muy
contento, aproveché la oportunidad para agradecerle su atención, manifestándole
que como “Guía de Turismo” era todo un lujo. Fue así que ingresamos al despacho
del Gobernador de Islas, en un caserón colonial que lucía el patio central
cubierto por cerámicas negras y blancas en forma similar a un inmenso tablero
de ajedrez, un aljibe en el centro y macetones floridos en los rincones. Ahí
encontré a una especie de bucanero con ropas de servidumbre, calvo, barbado,
petiso y gordito panzón, que me saludó cortésmente con marcado acento español.
No pude contener la risa y pregunté:
- ¿Y este gallego porcino quién es? ¿De
dónde lo sacaron?
Haciendo sonar un puñetazo en la mesa,
mirándome fijamente y muy serio, él mismo fue quien me respondió:
- Atended aborigen, pertenezco a la
tripulación del barco de Don Juan Díaz de Solís, me llamo Martín García, soy el
primer habitante de esta isla, desde 1516 y eterno responsable de su
conservación, en consecuencia soy el custodio del gran tesoro…
- ¡Hubiésemos empezado por ahí, buen
hombre! ¿Entonces será Usted quien me mostrará ese tesoro? Porque me han
paseado por lugares insólitos, pero aún no he visto valor alguno.
- Sin embargo pequeño hereje, el
Capitán, nuestro guardián, le ha mostrado muchos valores… Usted pudo haberlos
tomado de inmediato.
- ¡Mentira! ¡Son mentiras! De haberlos
visto los habría cargado, los tendría encima.
El gordito español Martín García me
observó detenidamente en silencio durante un minuto, luego con voz de padre,
pausada y apacible, agregó:
- Jovencito, Usted No tiene capacidad
para llevarse los “valores” si antes no deja de lado lo que ha traído a esta
isla…
- Oiga, yo aquí no traje nada.
- Sí, sí, Usted ha traído varias cosas:
falta de respeto a los mayores y a todo lo existente, egoísmo, avaricia, falta
de compañerismo, mala educación, deslealtad, etc. Nuestro Capitán le ha
enseñado algunos valores, pero verdaderos “valores humanos”, los que componen
nuestro más preciado “tesoro”. ¡Los mínimos que una persona de bien debe
poseer! Como son el respeto al prójimo, lealtad, fidelidad, solidaridad, amor a
la naturaleza, comprensión, compasión, responsabilidad y entre otros mas, el
valor para perdonar.
Ese reto fue demasiado para mí, me
asombró y enmudecí. Quedé anonadado…sentí que estaba condenado… creo que me
desvanecí… Pero sorpresivamente, un grupo de presos me cargó en una vagoneta
arriba de los adoquines y me arrastró hasta donde estaban mis compañeros, los
que se mostraban muy enojados. Ellos me sacudían reprochando mi actitud
mientras tanto el Capitán francés ordenaba que me carguen en su Galeón, el
Carrefour, para ser trasladado y dejarme abandonado en las Islas Malvinas. Me
sentía muy mal al ver a mis amigos y en especial a mi novia Araceli, empujando
la vagoneta hacia el río al tiempo que todos exclamaban:
- ¡Rápido, rápido, a embarcar!
¡Arrástrenlo hasta la embarcación o perderemos el viaje a la isla!
En el preciso momento que me arrastraban
comencé a despertar… aún estaba en el muelle de Tigre… y sólo atiné a gritar:
- ¡Tengo los “valores”, ya los tengo!
¡Pero yo no quiero ir a Malvinas, ni tampoco que me lleven al Carrefour!
Autor: © Edgardo González. Buenos Aires,
Argentina.