TELEVISA NO APRENDE.
Por Eduardo Ibarra Aguirre.
Si algún periodista conoce bien las entrañas de Televisa, es Jacobo Zabludovsky. Forjado en la empresa de comunicación de habla española más importante del orbe, el hoy director del programa radiofónico de Una a tres, reflexionó el 28 de abril lo siguiente:
"Saquemos una lección de toda esta historia, y es que los medios masivos, la televisión en primer lugar, no son tan todopoderosos como suponíamos... El día del desafuero, para no detenerme en otros ejemplos, la televisión hizo como que estuvo pero no estuvo en el discurso de López Obrador en el Zócalo y en el inmediato debate de los diputados que votaron el desafuero. Transmitió pero no informó. La reacción adversa que tal conducta desató en la opinión pública debe haber sido como una voz de alerta para quienes deciden los contenidos de la televisión y también para quienes no logran el acceso a ella".
"La voz de alerta" pareciera no interpretarla todavía el heredero de Emilio Azcárraga Milmo --"En Televisa somos soldados del PRI"--, su hijo Emilio Azcárraga Jean. Como no la escuchó El tigre en 1988.
El joven magnate, uno de los 39 dueños de México, sólo descubrió que se podía saltar súbitamente de soldado a general de división y con mando de tropa. Es decir, desde la pantalla chica ejercer todo el poder de facto para influir en los rumbos por los que según él y sus estrechos intereses mercantiles debe transitar el país.
Lo anterior es completamente normal y comprensible, mientras toda nuestra arquitectura constitucional y jurídica, en particular la Ley Federal de Radio y Televisión no establezcan acotamientos muy claros al duopolio televisivo. Mientras la clase política de todos los colores siga a su merced, ya como clientes esquilmados y enseguida vituperados, ya como senadores incapaces de legislar soberanamente.
Lo que resulta inaceptable es que cotidianamente los locutores de la telecracia diserten sobre el Estado de derecho y simultáneamente actúen como fiscales que investigan, pretendiendo sustituir al Ministerio Público, y dicten sentencias a ciudadanos inermes, asumiendo papeles de jueces.
Tal fue lo que hicieron la semana pasada en todos los espacios noticiosos, destacadamente Joaquín López-Dóriga, el periodista que más bien actúa como político. Se entiende que como nadie representa la voz institucional de la empresa y del patrón, pero se excede y desacredita. El pretexto fue el lamentable paro cardiorrespiratorio que sufrió la conductora Mariana Levy y el presunto accidente automovilístico en que perdió la vida el nudista Edgar Ponce García.
El terrible mensaje que envían es que con los hombres y las mujeres de Televisa nadie se meta porque están por encima de leyes, reglamentos y prácticas ciudadanas. Y en el mejor de los casos lucran con su muerte.
Magnifican la inseguridad pública de por sí seria en el Distrito Federal y en todo el país. Pero no pueden desentenderse de su vital contribución con una programación que básicamente rinde culto a la violencia, la homofobia, la discriminación racial, la misoginia, el individualismo y el éxito a ultranza.