SUICIDIO EN NOTRE DAME.
POR: JORGE PULIDO
LICENCIADO EN PERIODISMO.
CORREO ELECTRÓNICO:
A la edad de cuatro años, Antonieta Rivas Mercado, se arrojó al vacío desde la corniza de la ventana de su recámara, mientras su hermana Alicia contemplaba aterrada la temerária esena. La intrépida chiquilla cayó sobre uno de los domos de la capilla de la solariega casona paterna, y de inmediato, sin vacilaciones, saltó con felina agilidad hacia el patio trasero. Durante algunos instantes, su hermana imaginaba con los ojos cerrados a Antonieta tendida en un charco de sangre, casi moribunda.
Antonieta no era ni por casualidad la sombra de su hermana Alicia, ni tampoco se parecía a las demás niñas. En una fotografía color sepia, ella aparece a la edad de cuatro años con su vestido blanco ribeteado de olanes y con un ramito de rosas entre sus manos, con una enigmática expresión de melancolía y un asomo de tristeza en sus ojos almendrados. A simple vista, su cabeza ligeramente ladeada da la impresión de una profunda ensoñación, y al mismo tiempo se advierte en sus gestos una clara rebeldía contra los convencionalismos sociales de la época. No gozaba de una belleza singular. Sonreía como su hermana con la satisfacción emanada de las sedas, los encajes, los sombreros de tafetán y organdí, sin embargo, sus ideales personales se hallaban muy distantes de la frivolidad mundana.
SEÑORITA QUEDADA.
Antonieta fue la segunda de cuatro hijos del matrimonio formado por el arquitecto Antonio Rivas Mercado nacido en la ciudad nayarita de Tepic, el 25 de febrero de 1853, y Matilde castellanos Haaf, de sangre zapoteca y alemana.
Durante sus primeros años de vida, Antonio Rivas Mercado vivió en la calle de Damas y Cadena en la ciudad de México. Fue el menor de ocho hermanos y dos medias hermanas. Tanto su madre doña Leonor como sus hermanas: le prodigaban abundantes mimos al extremo de sobreprotegerlo. Su padre, don Luis Rivas Góngora era dueño de una empresa anglomexicana dedicada a la importación y exportación de mercancías.
Una vez concluidos sus estudios de primaria en Tepic, vino con sus padres a la ciudad de México. En 1864, cuando Antonio apenas tenía 11 años de edad, fue enviado por su padre a Francia para continuar sus estudios. Debido a su corpulencia y alta estatura, sus amigos de la escuela parisiense de arquitectura lo apodaron: "el oso".
Ya de regreso en nuestro país, a los 28 años de edad, se avocó a la edificación de la Universidad de Chapingo, del recinto del Museo de Cera de la Ciudad de México, y la aduana de la estación ferroviaria de Tlatelolco. También trazó los planos de la fastuosa mansión del general Manuel González, presidente interino de México en la época porfirista, ubicada en el rumbo de Peralvillo.
Tras encargarse de la construcción del teatro Juárez, en la ciudad de Guanajuato, Rivas Mercado recibió la encomienda de realizar el Monumento a la Independencia, que fue inaugurado por el General Porfirio Díaz el 16 de septiembre de 1910. durante la ceremonia conmemorativa del centenario del inicio de la guerra de independencia fungió como orador principal el poeta veracruzano salvador Díaz Mirón.
Durante 9 años fue director de la Academia de Arte de San Carlos y fue precisamente en ese tiempo que gestionó la beca para que Diego Rivera estudiara pintura en Europa.
Poco antes de cumplir los 40 años de edad, Antonio Rivas Mercado conoció a Matilde Castellanos Haaf en el Café Colón localizado en el paseo de la Reforma. Tres meses después la pidió en matrimonio a sus padres. En ese tiempo, ella tenía 26 años, y de acuerdo a las costumbres conservadoras de la época ya era considerada una señorita quedada.
Pocas pulgas.
A finales de la última década del siglo XIX, la familia Rivas Mercado se instaló en su nueva casa, en la tercera calle de Héroes 45, en la céntrica colonia Guerrero. su primera hija, María Emilia murió de manera prematura. Alicia, la segunda, nacida el día de Reyes de 1896, se convirtió así en un preciado regalo para la familia.
La residencia de los Rivas Mercado fue construída en un amplísimo terreno de la huerta de San Fernando, repleta de frondosos árboles antiquísimos, plantados siglos atrás por los misioneros franciscanos. La enorme reja de la entrada ostentaba las iniciales: ARM. Era una casona afrancesada de dos pisos con toques moriscos, muy característicos del estilo arquitectónico de Antonio Rivas Mercado. Además, al fondo de la casona edificó una capilla. Más adelante, construyó un tercer piso donde instaló su estudio con una terraza rodeada de macetones de bronce. También contaba con caballerizas. Para atender puntualmente cada una de las necesidades familiares, disponía de unos quince empleados: recamareras, cocineras, mozos, jardineros, dos caballerangos y un cochero, y varias nanas, que por lo regular duraban muy poco tiempo en servicio ya que Alicia, como hija única, cuando no la complacían ordenaba a su padre que las despidiera en el acto.
En 1900, al iniciarse la nueva centuria, el 28 de abril nació Antonieta Rivas Mercado. Por espacio de cuatro años, Alicia y Antonieta fueron las hijas consentidas de Matilde y Antonio. Después nacieron: Mario, el 1º de julio de 1904, y Amelia, el 3 de noviembre de 1908.
Para escapar un poco de la monotonía cotidiana, los Rivas Mercado solían viajar en Semana Santa o en la fecha del cumpleaños del patriarca, unas veces a Cuernavaca, otras a Querétaro o a Chapala. Los paseos más frecuentes eran a la hacienda del tío Ignacio Torres Adalid, (cuyo nombre lleva una de las calles de la colonia del Valle, en la Ciudad de México), en San Antonio Ometusco, en los llanos de Apan, en el estado de Hidalgo, sembrada de cientos de magueyales. Don Ignacio, hombre de pocas pulgas y refunfuñón, amasó una enorme fortuna como productor y vendedor de pulque al mayoreo. Surtía a las principales pulquerías de la capital y sus alrededores. Consideraba que todo en la vida se arreglaba con dinero. Usaba muletas a consecuencia de la poliomielitis. Su esposa, Juanita Rivas Mercado veía en Antonieta y en Alicia a las hijas que nunca pudo concebir. En sus visitas a la hacienda, mientras Antonio y Matilde paseaban a caballo, las dejaba revolcarse en el lodo, libertades que su madre jamás hubiera permitido; a tiempo, uno de los mozos avisaba a la patrona que los padres de las niñas venían de regreso y presurosa, la tía las bañaba y las vestía con ropas limpias en un santiamén.
Un día de tantos, mientras la tía Juana visitaba la casa que su hermano le estaba construyendo, cayó desde un andamio muriendo instantáneamente. Ese trágico suceso dejó una profunda huella en la vida de Antonieta.
Tras la muerte de la tía Juana, una prima de don Ignacio se hizo cargo de la casa. Refugio Prades, mejor conocida por propios y extraños como la tía Totis, reunía al atardecer a Antonieta, Alicia, y a sus primas: Lupita, Aurora y María Remedios, "la beba", para contarles la vida y milagros de los santos. Antonieta escuchaba esas historias con asombro e incredulidad. En su recuerdo quedó muy grabado el episodio de santa Genoveva cuando defendió con sus rezos la ciudad de París asolada por las hordas de Atila. "Qué bello era morir por una causa noble y sagrada, pero, sobre todo, vivir una existencia llena de batallas y de conquistas, de resistencia ejemplar a los ejércitos bárbaros".
DEMONIOS CAÍDOS.
En 1908, el arquitecto Rivas Mercado tuvo que trasladarse a Francia para darle los últimos toques a la construcción del monumento a la Independencia. Lo acompañaron en el viaje sus dos hijas: Antonieta y Alicia. Una vez instalados en el barrio latino de París, una amiga francesa de Antonio se hizo cargo de las niñas. Entre Antonieta y la tía Blanche muy pronto se entabló una estrecha relación de mutuo cariño y respeto recíproco. Así, Antonieta vió en ella a la madre que siempre quiso tener: dinámica, alegre, emprendedora y resuelta. Tenía, sobre todo, la gran cualidad de valorar todo lo que su madre le recriminaba. Ella fue quien descubrió en Antonieta sus evidentes aptitudes por la danza clásica.
La tía Blanche, sin perder tiempo la tomó de la mano y salió a la calle para recorrer diversas académias de ballet, hasta que encontró al profesor Soria, un hombre espigado y elegante de unos 50 años de edad, quien la puso a prueba. De inmediato la citó para el día siguiente en su estudio. El artista, ya retirado de la Ópera de París, estimó que en unos cinco años la chiquilla estaría en condiciones para debutar profesionalmente en los grandes escenarios dancísticos. Sin embargo, la carrera de Antonieta como bailarina pronto se marchitó. A comienzos de 1910, el patriarca anunció a sus dos hijas que debían regresar a México. Fueron inútiles las reiteradas súplicas del profesor Soria para que don Antonio le permitiera a su hija quedarse más tiempo en París, al cuidado de una familia honorable, para continuar con su formación artística.
Ya en la ciudad de México, una vez llevada a cabo la inauguración del imponente monumento a la Independencia, que lo consagró de por vida como el arquitecto oficial del régimen porfirista, don Antonio Rivas Mercado, a sus 57 años de edad, ante el estallamiento de la Revolución y la expatriación de Porfirio Díaz, se vió obligado a renunciar a la dirección de la Academia de San Carlos. A diferencia de otras familias acomodadas de la capital, los Rivas Mercado no tuvieron la necesidad de huir del país. La revuelta maderista no les ocasionó trastornos en su fortuna, que les permitió vivir de allí en adelante con pleno desahogo, ni tampoco se afectaron sus edificios ni vecindades, y como no eran dueños de tierras agrícolas no se vieron amenazados por las nuevas disposiciones legales.
También por esos días, Mario, el tercer vástago de la familia Rivas Mercado, convalecía de las severas fracturas ocasionadas cuando cayó de cuatro metros de altura desde la azotea de la casa. A este respecto comentó don Antonio: "se salvó de puro milagro... Yo no sé que extraña fatalidad nos persigue... Mientras que yo me encargo de levantar ángeles hasta las alturas, mis seres más queridos se despeñan como demonios".
Justo en la víspera de su primera comunión, Antonieta cayó desde un árbol. Para disimular los moretones de la cara, la niña se colocó la mano derecha sobre la mejilla a la hora de las fotografías, aparentando así su gran devoción por el acto religioso. No era la primera vez que Antonieta sufría un accidente de tal magnitud. Semanas atrás, mientras se ejercitaba en las barras paralelas del gimnasio de su casa, se golpeó la cabeza perdiendo el conocimiento durante varios minutos. Su hermano sostuvo más adelante que los trastornos nerviosos de Antonieta se originaron precisamente tras ese percance.
PACTO FATAL.
Un golpe más imborrable le propinó la vida cuando a la edad de 13 años, Antonieta tuvo que hacerse cargo del hogar tras la repentina separación conyugal de sus padres. Entonces, Matilde y Alicia hicieron maletas y justificando un viaje de placer partieron a Francia. La causa de la ruptura fue que Antonio comprobó con sus propios ojos que su esposa tenía un amante; y por si fuera poco, Matilde, con el propósito de ayudar a su hermano José, traductor de obras teatrales y bohémio empedernido, que se encontraba en graves apuros económicos, hipotecó a espaldas de su marido varias de sus propiedades.
Antonieta entonces se hizo cargo de mantener al corriente la contabilidad familiar, supervisar el pago puntual y exacto de las rentas que recibía su padre de las numerosas vecindades que poseía en el Centro de la Ciudad de México, y velar por la formación de sus dos hermanos pequeños. Por fin experimentó la tan anhelada libertad personal. Entraba y salía de la casa sin rendirle cuentas a nadie. Ordenaba a Ignacio, su chofer, quien mantuvo una fidelidad perruna por el resto de su vida, que la llevara en su rutilante Craysler, a sus clases, a los diversos y frecuentes eventos sociales a los que era invitada de honor, lo mismo que a tomar el té con sus amigas más cercanas. Esta libertad, poco usual en una adolescente de su edad y condición social, tan criticada por muchos, afirmó su seguridad personal, pero también emergió en ella un cierto despotismo. Todos se subordinaban ante esa damita precoz. Sin embargo, en el aspecto físico, Antonieta no maduró a la par de su carácter: era delgaducha, de busto insipiente y estrechas caderas, pero su altivez aunada a su indiscutible femineidad le daban un porte de elegancia y distinción.
Compartía con su prima María remedios, "la beba", sus más íntimas confesiones, Pasaban tardes enteras en la casona de Héroes platicando sobre los filósofos clásicos, haciendo ejercicios de yoga y meditación, practicando el himnotismo, o enfrascadas en largas sesiones de espiritismo. La beba era un poco mayor que Antonieta, pero ambas se entendían como si fueran de la misma edad. Desde entonces se estableció entre ellas una relación inseparable. La beba era una muchacha de ecepcional belleza: pelo castaño, ojos verdes, tez blanca y cuerpo exuberante. Sus padres la cuidaban como un tesoro; por eso en Antonieta ella encontraba una salida ideal a esa asfixiante sobreprotección.
En el saloncito de estilo oriental, las dos primas elucubraban cómo sería su vida futura, poniéndole condiciones a la vida, imaginándose al hombre de sus sueños, al príncipe azul que las llevaría al reino de la felicidad, y también llegaron a establecer pactos inviolables y secretos. Eran exigentes con la vida y con ellas mismas; su consigna personal era: "la muerte antes que la mediocridad".
Más adelante, en 1926, "la beba" abandonó a su esposo y a sus hijos para amar en la clandestinidad a Manuel Puig Cassauranc, destacado político mexicano, y en su momento Secretario de educación Pública durante el gobierno de Plutarco Elías Calles, de quien se enamoró perdidamente. La aventurilla extra conyugal duró muy poco tiempo; el amante se apartó de ella temeroso de arruinar de tajo su promisoria carrera política. Atormentada por la frustración, la prima de Antonieta se pegó un tiro en la sien.
INFIERNO CONYUGAL.
A los 17 años de edad, durante una kermés, Antonieta Rivas Mercado conoció a un apuesto ingeniero inglés, Alberto Blair, diez años mayor que ella y amigo de todas las confianzas de Raúl y Julio, hermanos menores de francisco I. Madero. Además de su atractivo porte y finos modales, la muchacha quedó prendada por sus valores espirituales. Era, sin lugar a dudas, el ideal de hombre capaz de llenar todas sus expectativas como mujer. Por su parte, Alberto se identificó con la personalidad y las aspiraciones de Antonieta. Era una muchacha culta, emprendedora, extraordinariamente madura para su edad, independiente y libre. Eso que los cautivó en un principio, fue, a los pocos meses de convivencia matrimonial, el motivo de su irremediable separación. Antonieta se enamoró de una rectitud espiritual que se convirtió en inflexibilidad e intransigencia; Alberto se enamoró de una libertad que a la postre ya no toleró en su esposa.
De su luna de miel en Chicago, Antonieta escribió en su diario personal:
"al principio fue una experiencia maravillosa en la que mi alma y mi cuerpo se fundieron en él; éramos uno en aquella comunión espiritual. Me sumergía en el éxtasis hasta perderme para despertar después, serena, reposada, disfrutando aún de aquel sueño seductor; pero él no sentía lo mismo, mi cuerpo para él era sólo eso: materia".
Ya de regreso, los continuos viajes de Alberto a Coahuila donde administraba los bienes personales de la familia Madero, le permitieron a Antonieta darse un respiro, tras lo cual tomó la determinación de separarse definitivamente de él. Alberto Blair no era el alma gemela con quien había soñado. Se enamoró de él engañada por su propia imaginación. No le dio muchas vueltas al asunto. Su moral en materia de desamor era contraria a las costumbres de la sociedad que se inclinaba por la sumisión y el sometimiento de la mujer, y que pregonaba: "esa es tu cruz, tienes que resignarte".
Antonieta habló con Alberto: "Ya no te quiero. Por favor, quiero que nos separemos. Si esto te duele, perdóname pero ya no soy feliz contigo". Él enfureció, y de inmediato le echó en cara que ella seguramente tenía un amante. A partir de ese momento vivieron ambos un constante infierno de dudas, reproches, verificaciones de horarios Y machacones interrogatorios sobre los pasos de su esposa.
Presa de la desesperación, pensó en el suicidio. "Si me muriera, Alberto se arrepentiría de las cosas que me dice, de todo lo que me hace padecer".
Antonieta, tras unas cuantas treguas, volvía a entregarse a Alberto muy en contra de su voluntad, y lo hacía con extrema repulsión, sin deseos íntimos. Muy pronto le sobrevino una fuerte depresión, la primera de la larga cadena que finalmente la llevaría a la muerte años más adelante. Así, narcotizada, permaneció en el hospital durante varias semanas. En medio de esa turbulencia, entre el llanto angustioso y el sueño inducido por los calmantes nerviosos, Antonieta recibió la noticia de su embarazo.
En enero de 1919, entre los propósitos de año nuevo, en un desplante de autoengaño y de ilusión por la nueva vida que latía ya en sus entrañas, Antonieta hizo las paces con Alberto. Donald Antonio nació el 9 de septiembre de ese mismo año. Su hijo, más que reconciliarla con su esposo, la reconcilió consigo misma y con la vida.
Más adelante, Alberto Blair, asociado con un amigo suyo, el sobrino del general Wright, dueño de numerosos terrenos al poniente del Paseo de la Reforma y Presidente de la compañía Sears en los Estados Unidos, se encargó de la construcción de la zona residencial de Las Lomas de Chapultepec. Blair y Antonieta, un poco más tranquilos, recorrían a caballo las enormes extensiones de aquellos terrenos, imaginándose sus calles asfaltadas, flanqueadas por árboles frondosos, y los jardines alrededor de las mansiones donde jugarían más adelante los niños regordetes y güeritos de las acaudaladas familias norteamericanas e inglesas. Antonieta, por su parte, se encargó de poner los nombres a cada una de las calles y avenidas de Las Lomas, y escogió las montañas más imponentes del mundo para bautizarlas.
Dos años más tarde, en 1923, agobiada por la intolerancia y los malos tratos de su marido, en complicidad con don Antonio, su padre, hurdieron un plan para viajar a Francia. Alberto, debido a sus compromisos de trabajo se encontraba impedido para abandonar el país, consintió el viaje a condición de que trascurrido un año, el arquitecto Rivas Mercado, su hija Antonieta y su heredero Donald Antonio, "el chacho", regresaran a México. Él sabía muy bien que con ese viaje se arriesgaba a que las relaciones entre ambos acabaran de enfriarse, aceptó pensando con cierto optimismo que tal vez un poco de distancia y de tiempo la ayudarían a recomponer su matrimonio.
Así pasó el tiempo. La estancia de los Rivas Mercado en Francia se prolongó hasta 1926. Antonieta y "el chacho" ya no se reencontraron con Alberto. Ambos volvieron a la casona paterna de la colonia Guerrero. Sin demora, Antonieta contrató los servicios de un par de abogados para tramitar su divorcio.
Por esos mismos días, don Antonio enfermó repentinamente. Con el paso de los meses su estado de salud se agravó cada vez más. El último día de 1926 "el oso", el gran arquitecto del porfiriato se desmoronó, quedó completamente inconsciente. Tres días después, Antonieta, Alicia, Amelia y Mario, instalados en la planta baja de la casa, de pronto escucharon tres timbrazos provenientes de la recámara de don Antonio, que en esos momentos se encontraba solo, inmóvil, postrado en su lecho de muerte. ¿Quién había tocado el timbre...? Los cuatro hermanos miraron a un tiempo a la enfermera, desconcertados. De inmediato subieron a la habitación del moribundo cerciorándose así de que él se hallaba completamente solo. Horas después, a las nueve y veinte de la noche, don Antonio Rivas Mercado falleció.
Ya sin timonel, Antonieta Rivas Mercado avanzó sin rumbo fijo, hacia un destino incierto. Invirtió su tiempo y su millonaria fortuna en favorecer la carrera de artistas en ciernes por aquellos días, que buscaban afanosos escalar los peldaños del reconocimiento social de su obra. Al mismo tiempo, se vió envuelta en tormentosas relaciones amorosas que finalmente la llevaron al suicidio.
AL BORDE DEL NAUFRAGIO
Ante los tormentosos pleitos por la herencia del patriarca, Antonieta dejó la mansión de la calle de Héroes para mudarse a una casa más sencilla en la colonia roma. Por esos días, sostuvo un efímero romance con el abogado Enrique Delumeau, prominente funcionario del gobierno de la Ciudad de México.
Aquel hombre no era nada discreto, a menudo alardeaba ante los demás de sus amoríos con Antonieta, lo cual a ella le irritaba de sobre manera ya que podía perjudicarla en el juicio de divorcio que por esos días aún estaba sin resolverse. Ella lo había aceptado en su vida simple y llanamente como un mal necesario, debido a que se sentía sola y deseosa, como cualquier otra mujer a sus 27 años, de Darle rienda suelta a sus más íntimas fantasías eróticas. Sin embargo, la relación con aquel hombre fue pasajera, duró apenas unos cuantos meses, hasta que llegó a su vida el pintor Manuel Rodríguez Lozano.
A su regreso de París, donde se inició en la pintura y montó varias exposiciones con el apoyo de Diego ribera y del diplomático mexicano Alfonso Reyes, Manuel Rodríguez Lozano se ganó la vida como maestro de dibujo en una secundaria de la calle de Dinamarca, en la colonia Juárez. Fue así como Antonieta, por sugerencia del escultor Germán Cueto, fue a buscarlo para que le diera clases particulares de pintura a su hermana Amelia.
Desde su primer encuentro, Antonieta quedó cautivada ante la personalidad de Rodríguez Lozano; no así el pintor quien le reprochó su trato altivo y despótico. En tono cortés pero firme le puntualizó que él era un artista y no uno más de los sirvientes de la casa. La observación penetró hasta lo más profundo del orgullo de Antonieta pero no menguó para nada su fascinación hacia el pintor.
Al paso de los meses, la residencia de Antonieta Rivas Mercado fue el punto de reunión de un grupo de escritores veinteañeros de la época como Xavier Villaurrutia, Salvador Novo y Gilberto Owen, amigos de Rodríguez Lozano. De este modo, Antonieta entabló una estrecha amistad con ellos convirtiéndose en su benefactora Cultural.
Poco a poco la proximidad entre Rodríguez Lozano y Antonieta Rivas Mercado fue cada vez más estrecha. Ambos trataban de curarse de sus respectivas heridas producidas por sus fracasos matrimoniales. Por esos días, Manuel sólo pensaba en la pintura; mientras que Antonieta rebozaba de inquietudes, quería escribir, hacer teatro, crear una editorial de libros, pero no sabía cómo hacerlo y Rodríguez Lozano comenzó a señalarle el camino.
Con respecto al intenso amor profesado a Manuel Rodríguez Lozano, Antonieta escribió en su diario:
"Me tendió la mano en el momento en que todo zozobraba en mi vida. Me levantó tan alto como su afán quiso llevarme. En mi alrededor todo se volvió armonioso y fuerte, sosegado y ordenado, limpio y luminoso. Toda mi dicha se la debo a usted, y quisiera decirle a todo el mundo: esto que ahora soy, lo hizo Manuel un día. Yo no era nada; sólo era el barro que esperaba ser modelada en el torno del amor. Soy algo más que su obra y por eso lo amo con pasión".
Meses más tarde, del brazo de Manuel Rodríguez Lozano, el dios de su paraíso terrenal, recorrió las calles de la Ciudad de México en busca de un local para instalar el Teatro de Ulises, la nueva empresa de sus amigos intelectuales. Ellos aspiraban a un teatro vanguardista, semillero de nuevos talentos de la actuación, con las limitaciones de los novatos pero con el espíritu profesional de los actores, directores de escena y libretistas destacados de la época. Así, dieron con una vetusta vecindad de dos pisos en el número 42 de la calle de Mesones, en el Centro capitalino. Allí se acondicionó de manera sencilla y funcional la sala teatral bautizada como "El cacharro", con capacidad para medio centenar de espectadores.
En breve comenzaron los ensayos con la dirección de Julio Jiménez Rueda, que por esos días ya daba destellos de su talento escénico. En la compañía de Los Ulises figuraron artistas como: Isabela Corona, que desde 1926 destacaba como declamadora; Lupe Medina, cantante operística, divertida y exuberante mujer; el escritor oaxaqueño Andrés Henestrosa, que recién acababa de llegar a la ciudad de México todavía hablando en zapoteco; Clementina Otero, una hermosa adolescente de quien se enamoró perdidamente Gilberto Owen; además de salvador Novo, Xavier Villaurrutia, y la propia Antonieta Rivas Mercado.
Muy a pesar de que no se cobraba por las funciones del Teatro de Ulises, sólo se pedía a los espectadores una propina para el velador, era muy escaso el público. La gente prefería asistir a la zarzuela y a las carpas populares. Finalmente, la empresa teatral se vino abajo, y no precisamente por los temblores que, como coincidencia se presentaron en tres ocasiones durante el estreno de alguna de las obras montadas por la compañía teatral, sino por el desinterés que, al mismo tiempo, dividió al grupo de intelectuales.
A partir de esa disolución, también de forma por demás inesperada e inexplicable para Antonieta, el pintor, su amante de tiempo completo, hizo mutis. Los días trascurrieron silenciosos. Para consolarse de ese abrumador abandono, ella tomó la pluma para tejer sobre el papel todos sus más románticos ensueños, sus fantasías más apasionadas. Sin embargo, esas ardientes cartas de amor allí se quedaron en la oscura soledad del cajón de su escritorio, en espera de que quizás algún día Rodríguez Lozano se enterara de cuánto lo amaba.
No pudiendo contener más esa torturadora ausencia del ser amado, Antonieta rompió el silencio. Por fin, cara a cara los dos idílicos personajes de la vida real protagonizaron, como en el teatro, uno de los pasajes más desgarradores de su propia historia. Él la necesitaba todavía, su acendrado narcisismo requería de sus reverentes halagos, su sola amistad le era imprescindible. ¿ Pero cómo decirle en esos momentos que su preferencia sexual era distinta....? ¿Cómo decírselo sin lastimarla...?
Sin embargo, la verdad ya no era ajena para Antonieta. Un día de tantos, poco antes de anunciar su llegada al estudio de Rodríguez Lozano, ella lo vió desde lejos acariciando con deleite y lujuria indescriptible los cuerpos pletóricos de sensualidad viril de sus jóvenes modelos que posaban desnudos para él, muy cerca de su caballete.
Antonieta no podía permitirse admitir otro fracaso en su vida amorosa. No hizo ni el menor intento por renunciar a Manuel, lo amaba, y seguiría amándolo desde su espiritualidad. Rendido, sin argumentos para apartarla de su lado, aceptó continuar de ese modo su relación tormentosa.
En 1929, México estaba envuelto en un torbellino político. El asesinato de Obregón y la persecución cristera alentaba la más angustiosa confusión entre la población de todo el país. Por su parte, Antonieta que seguía paso a paso cada uno de los episodios sociales y políticos del México post revolucionario también se vió inmersa en esa terrible vorágine.
Manuel Rodríguez Lozano tuvo una de sus frecuentes depresiones. Advirtió que dejaría en cualquier momento la pintura. El excéntrico artista manoteaba mientras sentenciaba: "yo me largo de México. Nada puedo esperar de este país de charros y villanos, de artistas politiqueros y farsantes". Entonces, eran por demás inútiles las súplicas de Antonieta para reanimarlo y convencerlo de que continuara a su lado. Lo cierto es que en el fondo esta era una nueva estratagema para librarse de Antonieta sin herirla. Ella, muy a su pesar, intuía el final de aquella tormentosa historia de amor. Ya no podía evitar su desenlace. Ya en la soledad de su mansión tomó pluma y papel para reprocharle a Manuel por escrito su injusto desdén:
Una nueva crisis depresiva recluyó a Antonieta en el hospital. Estaba completamente sola. Sus hermanos: Amelia y Mario, ya casados fueron a vivir al extranjero. La gente que la rodeaba, muy a pesar de su posición social encumbrada, le parecía fatua, superficial y llena de vanidades. Ella sabía que sólo la frecuentaban por su dinero y por el renombre de su padre ya fallecido.
Desvalida como estaba, agobiada por la incertidumbre de su destino, únicamente encontraba un aparente consuelo en escribir, escribir largas cartas dirigidas a Manuel en las que se dejaba ver una profunda melancolía y una gran autocompasión.
"Estoy sola en un mundo de amargura. No merezco nada, absolutamente nada. Por favor, se lo imploro: hágame saber que todavía estoy viva...".
Manuel respondió al llamado. No podía permitir que Antonieta se perdiera en el suicidio. Ella estaba totalmente resuelta a acabar de una vez por todas con su existencia. No admitía verse separada de Manuel. Si no podía recuperarlo como amante, se conformaba con tratarlo simplemente como amigo. En su lacónica misiva, ella anunció su despedida de este mundo y le encargó que velara por el bienestar de su hijo Donald Antonio, "el chacho", que se encontraba con su padre en los estados Unidos. Por fortuna, la presencia del pintor fue la señal dada muy a tiempo para evitar, por lo menos en esa ocasión, el inminente naufragio.
A BALAZOS.
En marzo de 1929, Antonieta Rivas Mercado tuvo su primer encuentro con José Vasconcelos, por esos días ex Secretario de educación Pública, quien acababa de regresar de su exilio en estados Unidos, y tras la dimisión de Plutarco Elías Calles, él venía dispuesto a postularse como candidato a la Presidencia de la república. Las referencias que Vasconcelos tenía de ella eran muy buenas, sin embargo, no coincidían con sus aspiraciones culturales en esos momentos. Estrechó su mano con cierto recelo; ¿qué podía esperar de esta millonaria culta y liberal? ¿qué le traería de bueno en esta nueva y arriesgada faceta de su carrera política? Se preguntaba a sí mismo con meticulosa curiosidad, mientras que Antonieta sólo se limitó a ofrecerle todo su apoyo, y que estaba dispuesta a invertir sus ideas, su tiempo y su dinero a favor de su candidatura. Él sabía de antemano que no tenía consigo todas las probabilidades de ganar en la contienda electoral, incluso, que sus opositores más recalcitrantes no se tocarían el corazón para matarlo; y así se lo comentó a Antonieta, ese medio día en la ciudad de Toluca.
Vasconcelos, de mediana estatura, robusto, ancho de hombros, ojos pequeños y labios gruesos, era un hombre resuelto en sus determinaciones, en el acto inició su campaña política en toda la República Mexicana. A partir de ese momento, Antonieta lo acompañó en todos sus recorridos, sin renunciar, ni por descuido, al amor idílico de Manuel Rodríguez Lozano a quien veneraba como si fuera su legítimo esposo en la vida real.
De la simple camaradería, la relación cada vez más estrecha entre el filósofo, escritor y político, y la ejemplar benefactora de artistas e intelectuales de su tiempo, se convirtió en amaciato. Fue en el canicular mes de agosto de 1929 cuando, de paso por la ciudad neoleonesa de Linares, Antonieta se entregó a Vasconcelos. Sin embargo, durante las sesiones de trabajo, los mítines políticos, las comidas y las entrevistas con los periodistas, nadie advirtió cambio alguno en el trato. Vasconcelos fue discreto; si bien, en otro tiempo, Serafina, su esposa que por aquellos días vivía en los estados Unidos, soportó sumisa las aventurillas de alcoba y los amoríos escandalosos de su marido, esta vez no permitió que trascendiera esta nueva relación con Antonieta Rivas Mercado.
Tras una sangrienta persecución a balazos emprendida por el régimen de Abelardo L. Rodríguez en contra de los vasconcelistas, Antonieta, un tanto desanimada de la causa y en gran medida atemorizada ante la posibilidad de convertirse en la próxima víctima, tomó sus maletas, cerró su casa de la calle de Monterrey 107, en la colonia Roma, y viajó de inmediato a los estados Unidos. Estaba decidida a iniciar una nueva etapa en su vida, sin sobresaltos de ninguna especie, desligada por completo de la política, sus turbias maniobras, sus corruptelas y viles traiciones. Su único y principal objetivo: florecer como escritora, un proyecto hasta ese momento postergado.
Durante su trayecto ferroviario hacia la frontera norte de nuestro país, cavilaba sobre su futuro inmediato, estructuraba planes, quería escribir una novela autobiográfica, buscaba olvidarse, por lo menos durante unos cuantos meses, del juicio de su divorcio y la custodia de su hijo, "el chacho". A ratos sonreía mientras vislumbraba en su interior horizontes promisorios para su vida, pero luego volvía a caer en depresión: lloraba con desconsuelo ante el fantasma de la soledad que le aguardaba allá lejos de su país, en tierras extrañas; tomaba calmantes que ya no le hacían ningún efecto. En el Paso, Texas, antes de cruzar la frontera, tuvo que falsificar la firma de Alberto Blair, su marido; de no hacerlo así, no hubiera podido salir del país. En ese mismo lugar se encontró con José Vasconcelos. La despedida entre ambos fue cordial pero no dejó de ser dolorosa. Él estuvo de acuerdo con las razones expuestas por Antonieta para alejarse de México y renunciar a la campaña vasconcelista.
A partir del 6 de octubre de 1929, Antonieta se instaló en Nueva York, en el hotel Comodore, ubicado en la calle 42 y la avenida Lexington. Pocos días después se mudó a un departamento en el décimo noveno piso de un rascacielos que contaba con alberca, salones de esparcimiento y todas las comodidades a las que ella estaba acostumbrada. Allá, en su autoexilio, pronto se reunió con antiguos amigos suyos como el pintor José Clemente Orozco, quien la introdujo a la elite cultural de la imponente urbe de hierro, y con el escritor Gilberto Owen que por esos días asumió un nuevo encargo diplomático. Más adelante entabló una estrecha relación con el poeta andaluz Federico García Lorca. En apariencia ella se sentía a gusto, pero extrañaba a Manuel Rodríguez Lozano quien rehusó caballeroso la invitación de acompañarla en Nueva York, y también a su hijo Donald Antonio que estaba en la casa de su hermana Alicia en la Ciudad de México. La nostalgia, precedida de la añoranza, flagelaban su espíritu. Con el paso de los días se hicieron más frecuentes los dolores de cabeza, perdió el apetito, y una nueva crisis depresiva la recluyó en el hospital.
Dos acontecimientos obstaculizaron repentinamente su recuperación: la estrepitosa caída de la bolsa neoyorquina de valores que precipitó a la ruina económica a muchísimos inversionistas que perdieron toda su fortuna en ese histórico crac, con lo cual se presentó una terrible ola de suicidios; y por otro lado, la noticia del gran fraude electoral ocurrido en México, que eliminó de la jugada política a José Vasconcelos.
Una vez reestablecida de la depresión, Antonieta regresó a México. Su estancia fue corta. Por esos días un nuevo fallo del tribunal aplazó por tiempo indefinido la sentencia de divorcio de Antonieta. La resolución del juez en esta ocasión fue favorable para Alberto Blair, quien fue exculpado del cargo de abandono de hogar; y desde ese instante, Antonieta y su hijo quedaron legalmente impedidos para salir del país sin el consentimiento por escrito de su marido. No obstante, con la complicidad de un funcionario de la Embajada del Reino Unido obtuvo dos pasaportes para viajar, junto con su hijo, a Francia.
LA CUENTA REGRESIVA.
En Francia se dió a la tarea de redactar los últimos capítulos de su relato sobre la campaña vasconcelista; luego, se trazó planes con un plazo de cinco años, entre los que se contaban: el aprendizaje del latín, griego, alemán y música; escribir tres libros sobre la maternidad; la creación de una obra de teatro inspirada en José León Toral, asesino de Álvaro Obregón; además de su novela, "Amantes", varios cuentos que hasta ese momento estaban en borrador, y publicar reseñas literarias en periódicos de Francia y Estados Unidos. A mediados de diciembre de ese mismo año, a dos meses de distancia de su prematura muerte, Antonieta Rivas Mercado escribió en su diario personal:
"Me siento bien en mi apacible retiro. Ahora sólo espero ver crecer a mi chacho que acaba de cumplir once años de edad".
Por esos mismos días sus recursos económicos vinieron a menos. Pidió dinero prestado a un amigo suyo. Su única tablita de salvación ante la carencia de fondos fue el anuncio de la inesperada llegada de vasconcelos a Francia. En su carta también le decía que la vida sin ella no tenía sentido. Ella estaba dispuesta a amarlo, sería su mujer pero no estaba dispuesta al sometimiento, que conduce irremediablemente al fracaso.
En cuanto Vasconcelos desembarcó en el puerto francés de Havre contempló con pesadumbre que antonieta no estaba allí para recibirlo. Poco después, ya instalado en un hotel parisino, le envió un telegrama. Tres días después, Antonieta traspuso el umbral del cuarto de José Vasconcelos. Justo, en ese momento inició para ella la cuenta regresiva de su vida.
Esa tarde, ambos conversaron sobre sus planes inmediatos. Él le expuso en detalle su proyecto sobre su nueva revista cultural: "La Antorcha". Ella, como una chiquilla traviesa lo sorprendió con el libro sobre la campaña vasconcelista. Luego, salieron a caminar juntos. Había dejado de llover y la neblina descubría ante los ojos de Antonieta una vaporosa cortina de desolación. Avanzaron sin prisa a un costado del río Sena. Al pasar frente a la catedral de Notre Dame, ella no pudo reprimir un leve y extraño escalofrío. Apretó el brazo de vasconcelos, y sin intuir siquiera lo que sucedería días después, caminó despreocupado mientras seguía hablándole de trivialidades.
Por la noche, ya en el cuarto del hotel, Antonieta le preguntó sin rodeos: "dime si en verdad me necesitas...". Mirándola fijamente a los ojos se limitó a responderle: "Ningún alma necesita de otra. Nadie, ni hombre ni mujer necesita más que a Dios; cada uno tiene su destino comprometido con el creador". Antonieta esperaba la respuesta de un hombre apasionado. No alcanzaba a comprender qué sucedía. Por qué se negaba a reiterarle la amorosa necesidad de su compañía, la necesidad de su cuerpo... Nunca lo supo. En ese instante su alma femenina se rompió en mil pedazos. Desde ese preciso momento se activó el mecanismo de una bomba de tiempo.
Al día siguiente, mientras Vasconcelos buscaba un diccionario de sinónimos en el interior de su maleta, de pronto cayeron al suelo varios objetos, entre ellos una pistola, un revólver negro calibre 38. ¿Qué hace esto aquí? Se preguntó a sí mismo con visible extrañeza. No se acordaba que al hacer el equipaje guardó la pistola que tiempo atrás, durante la campaña, le habían regalado en una visita a Mazatlán. Aunque no le gustaban las armas, aceptó llevarla consigo para repeler alguna agresión violenta, sólo en caso muy necesario. De inmediato la guardó en la maleta, olvidándose de ella de allí en adelante. Sin hacer ningún comentario, Antonieta observó paso a paso todo el episodio.
Más adelante, Antonieta que no disponía siquiera de los recursos mínimos para la subsistencia de su hijo y de ella misma, recurrió a José Vasconcelos para solicitarle un préstamo de dinero. Él le pidió explicaciones acerca de su situación económica. Quería saber a toda costa en qué se había gastado el dinero, dónde estaba la cuantiosa fortuna heredada por su padre. Su tono de voz trataba de ser paternal pero disfrazaba con evidente torpeza su irritación contra Antonieta. Ella prefirió ponerle punto final a ese inecesario interrogatorio con un hermético silencio.
No obstante, ella acabó confesándole que no tenía dinero ni para costear el viaje de regreso a México. José Vasconcelos le dio la mano a condición de que ella se lo reembolsaría en un par de meses. El barco zarpaba en unos diez días y ambos acordaron hacer la reservación a la mañana siguiente.
El día 10 de febrero, Antonieta, más que dispuesta a iniciar un nuevo capítulo en su vida, estaba comprometida con la muerte, con su propia muerte. Poco después, el cónsul mexicano en Francia, Arturo Pani tuvo conocimiento, en principio acerca del viaje de Antonieta y de su solicitud de una visa; y luego le comentó sus planes de suicidarse. Con sólo asomarse a los ojos de esa mujer, el diplomático advirtió que hablaba muy en serio. Pani trató de persuadirla de que, por ningún motivo, tenía razones suficientes para privarse de la vida. El suicidio sería como una traición a su padre que en vida siempre se preocupó por su bienestar y su superación. Ella se contestó a sí misma: "pero él ya no está en este mundo". En el fondo ella deseaba ser convencida de su desistimiento, sin embargo, había elegido a un interlocutor incapaz de hacerlo. Ni los argumentos acerca del sufrimiento que tendría su hijo la convencieron. Ella comentó categórica: "el chacho estará mucho mejor al lado de su padre; ella sólo le daba dificultades y desdichas". Ella entonces irrumpió en llanto. Pani pensó que ya la había convencido. Transcurridas dos horas y habiendo bebido Antonieta unos sorbitos de té, se despidió del Cónsul aparentemente más serena.
Una vez en la calle, Antonieta Rivas Mercado encaminó sus pasos hacia el hotel de Vasconcelos. Entró sigilosa a su habitación. Se deslizó hasta la maleta donde él había guardado el arma. La tomó sin vacilaciones y la escondió entre sus pertenencias.
Minutos más tarde se sentó ante la mesita de noche y redactó su carta póstuma donde le suplicaba a su amigo el Cónsul Arturo Pani que una vez consumado el suicidio antes del medio día, le enviara un telegrama con carácter de urgente a su hermano Mario para enterarlo de su decisión, y otro a Alberto Blair para que recogiera de inmediato y se hiciera cargo de allí en adelante de Donald Antonio. Después sacó otra hoja. Empezó a trazar la letra P de París; se detuvo... No tenía porque darle explicaciones a José Vasconcelos. Rompió la hoja en el acto. Sabía que de todos modos él se enteraría de lo ocurrido.
El 11 de febrero, Antonieta se dirigió a la catedral de Notre Dame. Caminó con paso firme unos 200 metros por la ribera del sena. Una vez en el atrio de la imponente iglesia, se detuvo unos instantes, y miró la fachada buscando entre la construcción y el cielo el rostro mismo de dios. Musitó un rezo. Entró en la catedral casi desierta a esa hora. En la penumbra bailoteaban las pálidas llamas de algunos cirios encendidos. Un par de beatas deambulaban por los pasillos y unos cuantos feligreses oraban de rodillas. Sus pasos resonaban sobre el piso mientras avanzaba hacia el altar mayor. Se sentó en el extremo izquierdo de una banca solitaria frente a la imagen de Jesús crucificado. Sin apartar su mirada de los ojos dolidos del redentor abrió su bolso de mano y sacó el arma. Con ambas manos tomó la pistola, colocó el frío cañón sobre su corazón y disparó. La detonación resonó en todo el santuario. En instantes, el cuerpo ya sin vida de Antonieta Rivas Mercado cayó pesadamente sobre la banca.
Como era de esperarse, la noticia del suicidio figuró en los encabezados de todos los periódicos parisinos. Luego de las averiguaciones de rigor, el comisario de policía quiso regresarle la pistola a su dueño; Vasconcelos la rechazó diciéndole que no era capaz de guardar ese triste recuerdo. Durante cuatro días, Antonieta estuvo alojada en una fría sala del servicio forense en espera de darle cristiana sepultura. Finalmente, el 16 de febrero de 1931 su cuerpo fue enterrado en el recién inaugurado cementerio de Thiais, ubicado a un costado de la carretera de fontainebleu. Un reducido cortejo acompañó al modesto féretro de pino hasta el lote 40, pasillo 11 tumba 46, sobre una avenida plantada de cipreses.
En 1936, cuando caducó la concesión de su tumba, sus restos fueron llevados a la fosa común.