SUEÑO JURÁSICO
Aquella
noche regresé muy cansado, la jornada laboral bajo el reinante calor me había provocado
el agotamiento. A pesar de la refrescante ducha y el ventilador, el insomnio se
apoderó de mi alma. Después de dar tantas vueltas logré dormirme entrando la
madrugada y rápidamente comencé a soñar.
Sentí que me introducía en el túnel del
tiempo deslizándome entre luces coloridas a gran velocidad, hasta desembocar en
una especie de tobogán. Así arribé a un bosque impresionantemente hermoso.
Caminando pude llegar a un valle rodeado por cerros, un lugar espectacular.
Sobrevolaban bandadas de pájaros trinando fascinantes melodías, pero de repente
desaparecieron como impulsados por una onda expansiva. Desde las cimas apareció
persiguiéndolos un ave monstruosa de enormes dimensiones, agitando el pico y
sus alas… Un escalofrío cubrió mi cuerpo y traté de esconderme.
Intentaba alejarme cuando sentí temblar
el suelo, pues quebrando árboles se desplazaba una inmensa criatura semejante a
una súper jirafa verdolaga… El terror comenzó a dominarme. Basándome en mi
entrenamiento militar tomé una ametralladora para defenderme de esos monstruos,
pero como sucede en todos los sueños… ¡el arma no funcionaba! Entonces decidí
desaparecer de ese lugar con urgencia, me fui deslizando hacia el bosque en
busca del túnel, pero el terreno se hacía cada vez más extenso, las piernas se
movían en falso y me costaba demasiado caminar.
Cuando el pánico había acelerado al
máximo mi palpitar, sorpresivamente encontré a un hombre inconfundible, era él,
mi amigo Daniel jugueteando con un tremendo monstruo verdoso que tenía unos dos
mil colmillos en sus fauces. Le grité desesperado que se alejara, que esa
bestia se lo comería. Dany me sonreía haciendo señas que me acercara a él.
Presentí que se había vuelto loco, que intentaba suicidarse. Involuntariamente
aparecí junto a Daniel, quien sin borrar la sonrisa de sus labios me repetía
que esos animalitos prehistóricos eran inofensivos, no gustaban de la carne
humana y que además la mayoría eran herbívoros, por lo tanto nosotros jamás
seríamos su comida. Mientras señalaba a varias bestias saboreando árboles como
quien come bananas, algo impresionante.
Mi inconsciente me recordaba que estaba
soñando pero no entendía qué hacía Daniel dentro de mi sueño. Se lo pregunté y
con una carcajada me respondió que él nunca entró en mi sueño, sino que yo me
había introducido en su vida, en su propio mundo… Miré alrededor y extrañado le
pregunté:
- ¿En tu vida? ¿En tu mundo? ¿Pero… en
qué planeta nos encontramos?
- ¡Jaa, Jaaa! Esta es la mismísima
tierra, sólo que nos encontramos en el período jurásico entre los tiernos
dinosaurios, gracias a este Señor,…
Daniel hablaba haciendo gestos como
palmeando la espalda de algún acompañante que yo no veía. El miedo y el
desconcierto no me permitían entender qué ocurría.
- ¿De qué señor me hablás, Dany? –Le
pregunté en tono burlón-.
Un velo de seriedad cambió su rostro y
pausadamente trató de explicarme la situación:
- Si
hubieses leído “El Principito” sabrías que “lo esencial de la vida es invisible
a los ojos”. Este Señor que está a mi lado es Dios, es quien me brindó la
bendita oportunidad de llegar aquí, es quien me protege, es quien sabe cómo
hacerme sentir la felicidad hasta los huesos. Él comprendió cuánto necesitaba
estar en este paraíso, lo mucho que amo a estos animalitos, y ahora pretendo
quedarme para siempre con ellos… ¡Si el Señor lo admite!
En ese momento quedé anonadado observando la alegría de los bichos
gigantescos que corrían y saltaban alegres como niños, pisoteando los árboles
como si fuesen margaritas y aparecían a montones por doquier. Daniel excitado
por la emoción, se movía señalando y detallándome las especies: ¡Esos
grandulones son los tirannosaurus rex! ¡Mirá los pajaritos pteradáctilos! ¡Mirá
qué simpáticos son los diplodocus! ¡Cuidado con aquellos velociraptores que son
medio revoltosos!...
El descomunal bullicio de los saurios
vociferando, la tierra que temblaba y la polvareda que levantaban, me pusieron
muy nervioso. Intenté despertarme pues sabía que estaba soñando, me esforzaba
para abrir los ojos, pero era imposible cualquier movimiento. Apenas tuve la
posibilidad le grité a Daniel que regresáramos, que abandonáramos ese sueño
infernal. Una vez más Daniel borró la sonrisa y mirándome fijamente como si
fuese mi padre, expresó:
- Escuchame muchacho, vos estás soñando,
esstás en un mundo irreal, despertá y cuando lo desees volvé a tu dimensión
natural… ¡Yo no puedo alejarme de aquí! No puedo porque no quiero, este es mi
mundo, es mi vida, yo nací en este espacio y pretendo quedarme nada más que
hasta la eternidad. Se lo he suplicado a Dios desde mi corazón, y este Señor me
permitió llegar, me concedió la alegría del alma, además me protege y como
habrás podido notar no me deja solo un instante.
Daniel se acercó a un nido con enormes
huevos y palmeándolos con ambas manos, insistía explicándome que ahí había un
futuro el cual pretendía compartir, luego me abrazó despidiéndose y agregó:
Despertá hermano, regresá a tu mundo de
fantasía. Yo me quedaré aquí en mi realidad tratando de divulgar esta vida, a
estos magníficos animales, mis bebotes verdes. Me dedicaré a perpetuar estas
imágenes sensacionales, por lo que en cualquier momento podrán encontrarme
dibujando dinosaurios por doquier, pero dibujando con mi corazón... ¡Y guiado
por la mano de Dios!
Dedicado
con afecto a Daniel Trentini, a quien considero mi amigo y compañero de los
Talleres Especiales de Artes Plásticas del Museo Eduardo Sívori de Buenos
Aires, por su vocación que supera cualquier discapacidad. Es un fanático de los
dinosaurios, los que perpetúa en calificados dibujos sobre láminas que se
exhiben en distintas exposiciones. Valla mi humilde reconocimiento a su afán
perseverante, que sin dudas lo conducirá al éxito.
Autor: ©Edgardo González. Buenos Aires,
Argentina.