LA SONRISA

Era un día de abril, cuando en un pueblecito pequeño de Santander, un joven postulante abría la ventana de su celda para observar el amanecer. La luz matinal se desperezaba entre las montañas y con ello comenzaba una jornada más en su vida.

En su mente, sólo revoloteaba la idea ilusionada de servir a Dios como Hermano Dominico: ¡que lejos estaba en ese momento! de los graves acontecimientos que le iban a ocurrir en ese día.

Al toque de campana, después de asearse y arreglar su habitación, bajó al coro de la iglesia para rezar los maitines, acudiendo más tarde al comedor para desayunar. La mañana transcurrió como siempre, estudiando y acudiendo a clase en el mismo convento.Después de comer, cuando se dirigía a pasear por el pequeño jardín, el padre Enrique, que así se llamaba el padre Maestro, acercándose a él le dijo:

- Carlos, esta tarde no vayas a trabajar con los demás postulantes, que a las cuatro quiero hablar contigo.

El, no se imaginaba en absoluto para qué sería, pues hacía unos quince días había quedado zanjado en una conversación el tema del problema de su vista que en una consulta rutinaria al oftalmólogo, éste le había dicho a Carlos, que tenía una enfermedad incurable en ambos ojos que le llevaría con el tiempo a una ceguera total; a lo que el joven no le dio importancia, ya que en ese instante le dijo el Padre Maestro:

- Eso no importa, ya que puedes ser un buen hermano para una cosa u otra.

A la hora que habían quedado, fueron ambos a pasear por el claustro de los Mártires. Hablaron un rato de cosas insignificantes, hasta que de pronto, mirándole seriamente le dijo:

- Carlos, hemos decidido la Comunidad y yo, que por motivos de tu pequeño inicio de pérdida de visión, debes irte del Convento y renunciar a ser Hermano Dominico.

En ese momento, el joven postulante sólo reaccionó con el silencio, continuando en solitario y con la mente desconcentrada su paseo por aquel claustro que nunca pudo olvidar. Tuvieron que pasar unos cuantos minutos, para que en su cabeza apareciese la gran pregunta trágica: "¿DIOS MÍO, POR QUE?".

Eran las cinco y media de la tarde aproximadamente, cuando Carlos salió a caminar por los alrededores del Convento.

Todo su ser, era un conglomerado de sentimientos de tristeza, amargura, desesperación, confusión, rebeldía e incomprensión. La idea del suicidio surgió altiva en su mente, con dos fórmulas golpeantes: Abandonarse de hambre en las montañas, o arrojarse a la vía del ferrocarril que surcaba por ahí cerca.

Fumaba, lloraba y se inclinaba al suelo desesperadamente, Pues su gran ideal se lo habían echado abajo, mezclándose a su vez, el fantasma trágico de la ceguera futura.

Sin saber cómo y porqué, y como si de un ser autómata se tratase, se dirigió al camerino de la Virgen: una vez allí, giró la Imagen que estaba mirando hacia la nave del templo.

Entonces, comenzó a dialogar con la Virgen de una forma interiorizada, y al principio lógicamente, como un monólogo casi exclusivamente compuesto de insultos e incomprensiones. Carlos, con lágrimas en los ojos y totalmente hundido se preguntaba y decía: "No hay derecho Madre a que Dios me mande esto, y menos aún, cuando yo sólo quería servir a los demás", "Todo esto es injusto", "Tú eres una mala Madre y él un mal Padre, pues no comprendo que queráis dejarme ciego, y encima me quitéis mi gran ilusión", "Sois unos canallas y unos malditos", "Mi vida está sin sentido y lo único que quiero es morirme", "¿Que hago yo ahora?", "Ya no sirvo para nada", "¿Cómo me presento así a mis amigos y conocidos?", "¿Por qué Dios mío, porqué?", "Hasta ahora creía tener Fe, pero ahora ya no la tengo".

Todas estas preguntas e interrogantes, se las repetía Carlos una y otra vez, sin dejar de mirar al rostro de la Imagen. Con la cara empapada en lágrimas y retorciéndose de rabia y desesperación, continuó allí bastante rato.

De pronto, y después de preguntarse infinidad de veces con ruegos y exigencias, que le respondiera la Virgen; vio Carlos con sus ojos enrojecidos por el llanto, "QUE LA IMAGEN DE LA VIRGEN SE SONREÍA CARIÑOSAMENTE".

De repente, al ver el joven postulante que la cara de la Imagen, que hasta entonces había permanecido seria y sin vida, comenzaba a sonreírse, sintió en lo más profundo de su ser una sensación de alivio y confusión al mismo tiempo, hasta que poco a poco se fue dando cuenta de lo que le quería decir esa SONRISA.

A partir de ese momento, el joven comprendió que la Virgen -que era más lista que él- le había insinuado con aquella extraña respuesta: QUE LA FELICIDAD NO ESTÁ EN SER O NO FRAILE, EN TENER BUENA VISIÓN O SER CIEGO, SINO EN CONOCERSE, QUERERSE Y DARSE A LOS DEMÁS, ASUMIENDO LAS REALIDADES QUE NOS ENVUELVEN HOY dándoles la importancia que en realidad tienen y no la que pensamos cada uno de nosotros, PARA PODER TRABAJAR EN CAMBIAR LAS MUCHAS QUE EL SER HUMANO PUEDE MODIFICAR.

Autor: Carlos Eslabón.

Talavera de la Reina, provincia de Toledo, España.

candi.sanchez@terra.es

 

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