SOBRE UN CHORRO DE LUNA LA ROSA ROJA
Tenía la sangre demasiado caliente.
Ponía pasión, vehemencia en todo lo que hacía. En las reuniones secretas que se
realizaban en el subsuelo de la casa de Roberto Gil, su novio, los hombres la
escuchaban con respeto e interés.
La persecución a los periodistas era
despiadada. Había que destruir la idea.
Las botas se paseaban por la ciudad
martillando al pensamiento, para aturdirlo, para que durmiera un sueño sin
ideas, sin gritos, sin reclamos. Un sueño donde la palabra “libertad” fuese una
terrible pesadilla… pero, ¿Cómo lograrlo? Las botas estremecen sin encontrar la
droga que adormezca el pensamiento, que congele la idea, que enfríe la sangre
de Roberto Gil y de Luciana Roldán, su novia.
Podrían desaparecer en un abrir y cerrar
de ojos; pero las botas saben que hay mil pupilas sobre sus botas y que no solo
al país le rendirían cuentas.
Las botas se paseaban por la ciudad sin
luz, a oscuras, martillando el pensamiento y al asecho...
Luciana Roldán vestida como hombre había
dado un largo rodeo antes de penetrar en su casa, se sentía cansada, el día
había sido difícil; pero la noticia del vecino país: “iban a luchar juntos”…
era necesario mantener la información en absoluto secreto. Temía que la
felicidad se desprendiera de los poros, que la noticia la comunicara a los
gritos, que su corazón lanzara un aullido inquietando a las botas y decidió
bañarse en agua tibia a ver si conseguía serenarse.
No encendió ninguna lámpara.
Caminaba descalza envuelta en un toallón
sin hacer ruido. No sabía como vestirse. Quería sorprender a Roberto.
Jeans y zapatos planos… era lo que usaba casi siempre; va siempre.
Abrió el guardarropa y comenzó a mover las perchas: la blusa blanca… era buena
elección, le quedaba bien y hacía contraste con su pelo negro. Le pareció
ridículo ponerse una falda, ella peleaba con sus compañeros de hombre a hombre:
luchando hombro con hombro no iba a andar de señorita justamente esa noche.
En pocos minutos Roberto golpearía la
puerta y era mejor que un vestido, colocar el vino sobre la mesa y festejar la
buena nueva. Lo esperaría desnuda con el pelo suelto y el corazón brincando de
alegría.
Roberto Gil llamó a la puerta y entró en
punta de pie para no hacer ruido, le dijo que no imposible pasar desapercibido
cuando se tenía a la luna de enemiga. Ella no le respondió, llenó los dos vasos
con vino “brindo por la amistad del país vecino y por la lucha que emprenderemos,
eran buenas las noticias que traía, que había descubierto el lugar donde se
reunía y creía que lo estaban siguiendo: era juntos.”
La luna entró como si nada y con
descargo le tocó la punta de los pechos; entonces él la vio chorreando luna
cual diosa enigmática del tiempo.
Habían luchado juntos, juntos habían
huido.
Habían descubierto juntos la
conspiración del enemigo y juntos habían derrotado.
Él la admiraba con respeto; pero la
amaba por sobre todo sentimiento. Y entre tanta estratagema, luchas idas y
venidas había olvidado de mirarla.
Él sentía que emergía de un tiempo de
gritos y aullidos, de un tiempo sin Dios y sin silencio. Las manos de la diosa
salpicaron el rostro con el vino e inició una danza, una carrera, un hechizo y
en el paroxismo del deseo.
Aulló:” ¡libertad!” con tal vehemencia
que las botas se acercaron a dejarle una rosa roja sobre el pecho que chorreaba
luna.
15/09/04.
Autora: Betty Capella. Lanús, Buenos
Aires, Argentina.