Mi lente
SYRIANA
Gran cine político
En Los Tres Días del Cóndor, Robert
Redford le preguntaba a un oscuro personaje relacionado con las altas esferas
si EE.UU tenía un plan para invadir Oriente Medio. Mientras el número de muertos
y la amenaza de una guerra civil crece de forma imparable en el Irak ocupado
tras la segunda Guerra del Golfo y EE.UU y sus aliados vuelven sus miras hacia
el vecino Irán por la puesta en marcha de su programa nuclear a base de
enriquecimiento de uranio (lo que empieza a perfilarse en la mente de los más
pesimistas como la próxima excusa de una nueva intervención militar en la zona)
aquella pregunta que el funcionario contestaba con un despectivo "No sea
idiota" ha dado nueva credibilidad a ese desafiante "¿Lo soy?"
que Redford dejaba flotando en el aire.
Al final, va a resultar que algo bueno ha
surgido de estos tenebrosos tiempos post 11-S en los que la Administración Bush
nos ha sumido a todos: parte de Hollywood ha decidido recuperar su espíritu más
liberal y combativo casi como una necesidad y, con George Clooney como buque
insignia más reconocible – aunque no el único: ahí está Spielberg y su reciente
Munich para confirmarlo – parece que hemos recuperado parte de ese género de
política ficción que tanto contribuyó en los setenta a reflexionar sobre la
naturaleza del mundo en el que vivimos. Cine más necesario que nunca éste que
invita a abrir un diálogo, a debatir de forma enfebrecida a la salida de los
cines sobre el grado de realidad que una película de ficción como Syriana llega
a alcanzar sobre un tema tan complejo y en el fondo inabarcable para todos como
los diversos conflictos de orden político, religioso y, sobre todo, económico
se concentran en esa inestable zona del mundo.
Stephen Gaghan se ha propuesto superar en
Syriana el modelo que ya aplicó en Traffic al problema de las drogas en esta
compleja, densa aproximación a ese universo de intereses creados alrededor del
petróleo. Si en Traffic Gaghan se limitaba a apuntar de forma brillante (aunque
un tanto complaciente en su resolución final) el carácter poliédrico e
irresoluble de un problema mucho más abstracto de lo que parece al que no se le
puede hacer frente únicamente con la voluntad y con la fuerza de las armas, en
Syriana va mucho más lejos que eso y sugiere de forma contundente que elementos
aparentemente tan alejados unos de otros como la fusión de dos grandes empresas
petrolíferas con intereses en la zona, la actuación de un veterano y descreído
agente de la CIA dejado de lado por su propia agencia, la instrucción de dos
pobres desempleados pakistaníes en una escuela islámica, el empeño de un
reformista príncipe árabe de cambiar el status quo imperante durante siglos en
beneficio de su pueblo o la misión de un ambicioso abogado de encontrar trazas
de prácticas ilegales en la fusión de las dos empresas antes de que lo haga el
Departamento de Justicia están relacionados entre sí de forma muy estrecha. A
decir verdad, demasiado estrecha.
Si uno lo piensa detenidamente, Syriana no
cuenta nada que alguien con los suficientes conocimientos del mundo actual no
sepa. Pero sí resulta sumamente interesante la forma elegida por Gaghan para
contarlo. Syriana es una película densa, exigente en grado sumo por el
espectador, al que obliga a un ejercicio de concentración muy poco habitual en
el cine de hoy. La película se articula sobre una narrativa fragmentada en
varios hilos narrativos que se suceden de forma atropellada en la pantalla, sin
que haya un personaje con el que identificarse, se distinga entre quien es
importante y quien secundario – lo que es un claro indicativo de que todo lo
que se narra es esencial de una u otra forma para el problema que se está
abordando – y sin que se den excesivos datos personales o fondo dramático sobre
los protagonistas de los hechos que se narran. La información es abundante y no
filtrada, la acción salta de un escenario a otro de forma continua y el
espectador no hace sino recibir un inacabable flujo de datos que ha de ordenar
como buenamente puede sin más armas que su propio conocimiento previo de la
situación geopolítica de la zona – que el film le presupone, pues no se detiene
en mayores explicaciones – y su capacidad de análisis de la información
recibida.
La película carga especialmente contra la
posición de la administración americana, a quien le bastan simples operaciones
de lavado de imagen de cara a la opinión pública – toda la compleja trama
alrededor del abogado Jeffrey Wright, su investigación sobre la fusión y sobre
todo, sus relaciones con el Departamento de Justicia, son de lo más revelador a
este respecto[1] – mientras su brazo ejecutor maniobra para que nada cambie de
forma que atente a sus intereses en la zona. Ni siquiera los postreros (y no
del todo bien explicados) actos de personajes como el analista energético -
Matt Damon, solo correcto en un papel algo desdibujado sobre el guión en su
parte personal - que asesora al príncipe reformista Nassir o el veterano agente
de la CIA al que da vida con notable convicción un George Clooney espléndido
sirven para aliviar el peso de esa culpa forjada a lo largo de años de
intromisión constante en esa esencial área estratégica.
Syriana es una película incómoda tanto por
lo que cuenta como por la forma en lo que lo hace. Huye de estructuras
narrativas al uso y no establece demasiados juicios de valor – es una película
en la que domina la ambigüedad y la típica caracterización de buenos y malos al
uso simplemente no es aplicable – si bien no cabe ninguna duda de que, al final
del metraje, la película nos ha provisto de las ideas suficientes como para que
en la mente del espectador se fije que algo marcha francamente mal en un mundo
que permite de forma impasible que esa situación repleta de injusticias y
arbitrariedades subsista con el fin de seguir beneficiando a aquellos que más
provecho sacan de la misma, ignorando las impensadas y a menudo terribles
consecuencias que provoca. Aquel que se acerque a Syriana con la idea de que el
filme puede resolverle algunas de las dudas alrededor del eterno conflicto que
atenaza Oriente Medio o sobre el importantísimo papel que la Administración
americana juega al respecto se encontrará con una película que ofrece pistas,
si, pero que plantea aun más preguntas; una obra en la que predomina la
sensación inquietante de que por un lado posiblemente se acerca demasiado a la
realidad y que, por otro, solo muestra la punta del iceberg de unas prácticas
que con el tiempo ya se han convertido en inamovibles costumbres. No existe, si
atendemos a las tesis que expone el filme, posibilidad de solución alguna ya
que ni a EE.UU. principal cliente petrolífero del mundo, le interesa que cambie
el status quo profundo de las cosas, ni tampoco hay una voluntad verdadera de
cambio en países cuyos dirigentes no encuentran problema moral alguno en seguir
así el tiempo que sea preciso. Es un paisaje especialmente desolador que casa
bien con el tono áspero, seco, emocionalmente frío de la película. Sería
injusto pues pedirle a una película de ficción, aun tan bien construida y
documentada como ésta, que resuelva algunos de los aspectos más oscuros de un
conflicto de años en poco más de dos horas. Es cierto que Syriana puede
resultar confusa, que deja cabos sueltos y que puede resultar algo ambigua en
algunos de sus hilos narrativos, pero no es menos cierto que así de compleja y
resistente al análisis es la naturaleza del conflicto que aborda, por lo que no
caben reproches ante una decisión sin duda deliberada por parte de un cineasta
consciente y coherente en todo momento con su obra.
Más allá de consideraciones estéticas –
que la película es deudora en su forma de Traffic, la película dirigida por el
aquí productor ejecutivo Steven Soderbergh, es algo evidente y que Gaghan no
llega a ese nivel de brillantez formal pues también – , del buen trabajo general
de su reparto – además de Clooney, merecen menciones especiales el
deliberadamente ambiguo Jeffrey Wright, el veterano Christopher Plummer y el
siempre fiable Chris Cooper – y algún detalle más nada despreciable – Alexander
Desplat vuelve a hacer otro trabajo magistral al frente de la cuidada BSO –
queda una reflexión interesante sin respuesta aparente bajo toda la carga
política del filme ¿Por qué Gaghan desarrolla no menos de cinco relaciones
paterno-filiales, todas ellas problemáticas en mayor o menor grado, alrededor
de sus personajes? ¿Es acaso esa paternidad mal asimilada una forma más de
denunciar una irresponsabilidad general sobre un problema del que quizás
deberíamos empezar a hacernos cargo?
Autor: Rafael Fernández Pineda.
Cancún, Quintana Roo, México.