SECRETO EN EL JARDÍN
El milenario sol naciente tendía su manto sobre el territorio perteneciente al Honorable Palacio del Emperador Lyn Chuk Ching. Resaltaban los vivos colores de las cabezas de dragones, en lo alto de cada columna frontal. Diez mil voces de pájaros trinaban señalando la calma del amanecer en el corazón del Japón. El hijo del Cielo, como era habitual, recorrió el interior del Palacio observando los diseños arquitectónicos y los detalles que impregnaban hasta el último rincón. Lucía un brillante kimono de seda, de colores similares al estandarte que lo distinguía. Al pasar era saludado por los súbditos con la cortesía de rigor. Arrojaba alimentos a dos feroces panteras negras, sus preciadas mascotas, a cambio de oírlas rugir. Más tarde se encaminó al inmenso jardín, paraíso de mariposas. En ningún momento abandonaba su Sagrado sable de Samurai, largo y filoso adornado también con dragones y cintas rojas, portándolo al frente, precediendo cada paso. Dos de sus fieles servidores lo acompañaban respondiendo hasta la mínima pregunta.
Mientras avanzaba iba acariciando las flores con sus largos y sensibles dedos. Eran muchas las personas con vestimentas típicas, que dedicaban su vida al embellecimiento del jardín. Junto a la cascada que alimentaba el estanque, Omaryk se encontraba manipulando un ábaco. Era el joven encargado de la conservación de los exóticos peces multicolores, que al pasar, como recitando, le informó la cantidad existente. Siguiendo el camino, en sitios precisos, palpó el contorno de cuatro esculturas enfrentadas a los puntos cardinales. En un marco de flores escarlatas, rodeadas por flamencos, percibió a Auroraky meditando como dormida. Era una bella poetisa, que endulzaba sus versos con la beldad de su voz. El emperador, como digno gesto de humildad, besó su mano al tiempo que ella se arrodillaba a sus pies.
Detrás de frondosos arbustos emergían rítmicos gritos de los guardias que ejercitaban artes marciales. Prosiguiendo el paseo, en otro sector, protegida entre las palmeras, estaba Mity, con su garganta endiosada jugando con voces y acordes. Se detuvo por un largo rato, a reflexionar bajo los cerezos en flor, disfrutando el delicado aroma, inmerso en la ancestral sabiduría. Luego emprendió el regreso, culminando su rutinario paseo. En íntima y silenciosa ceremonia guardó una vez más, el gran secreto imperial atesorado por la sagrada costumbre. Sobre un paño aterciopelado con la imagen del sol, apoyó con delicadeza el preciado sable de samurai. Sustituto del bastón blanco.
Autor: Edgardo González - Buenos Aires - Argentina