Sara: el amor que salva

Por. Saúl Orea.

Naime en su juventud, por diversos caminos, todos retorcidos, acabó cayendo en las garras de la adicción al consumo de la cocaína. El proceso, como suele

suceder, no fue algo que se manifestara de un día para otro: comenzó por tomar esporádicamente y, cuando de la noche a la mañana. descubrió que se le

había convertido en su más apremiante necesidad, se encogió de hombros diciéndose que lo dejaría en cuanto le diera la gana. Por el momento, lo real,

es que mientras pudo, se financió por sus propios medios la dosis esporádica que de manera muy insidiosa fue haciéndose cada vez más apremiante, hasta

llegar a ser la principal de sus necesidades.

En su desvalimiento para conseguir la dosis diaria, llegó a las mayores indignidades: incluso, a robar las pocas joyas que su madre conservaba como recuerdos

de sus mayores o como testimonio de algún rapto de amor de su marido.

Jaime no era un ser desaprensivo, sino un alma débil y, en definitiva, un enfermo dependiente que sufría cada vez que incurría en algún acto inmoral, a

la luz de su conciencia.

Su vida fue arrastrándose entre cada caída en su indignidad y el consiguiente arrepentimiento; llegó, incluso a pensar seriamente en la necesidad de su

suicidio, pero siempre una mínima esperanza de rehabilitarse le proporcionó la coartada para demorarlo de un día para otro, de un mes para el siguiente,

sin que los propósitos de cambio fueran suficientemente decididos como para que buscara la solución a su adicción que, por lo demás, tan solo en su fuero

interno reconocia como una verdad aplastante.

Ya se sabe que el infierno está empedrado de buenas intenciones y la vida de Jaime se empedraba con los buenos propósitos y las caídas sucesivas. Por ellas

acabó perdiendo el confortable empleo y teniendo que depender económicamente de sus padres que le brindaron su apoyo generoso, pero inútil.

Promesas incumplidas, toda clase de engaños, inimaginables estrategias para conseguir de sus padres ayuda en mil proyectos de rehabilitación, fueron las

armas que Jaime empleó para ir trampeando, pero sin poner verdadero empeño en volver a la normalidad.

Abusó tanto de sus padres y hermanos, que acabó por tener que desaparecer de la familia y emprender la última recta de su carrera hacia la cárcel.

Prisión preventiva por tenencia de drogas y, posible tráfico de estupefacientes, dieron con Jaime en las manos de la ley y en las largas horas de inacción

y síndrome de abstinencia, le sumieron en profundo bache de depresión.

Para entonces su vergüenza era escasa y, ante la necesidad, de nuevo recurrió a la familia que, como él esperaba, acudió en su ayuda y sus padres en el

locutorio, derramaron Lágrimas de dolor y bochorno ante la degradación del hijo. żde qué les había aprovechado tratar de sostenerlo evitando que pudiera

llegar al delito? También lloró Jaime viendo llorar a sus padres y, con verdadero sentimiento, se prometió cambiar de vida cuando le devolvieran su libertad.

Contribuyó a dar firmeza a su decisión un hecho aparentemente trivial, pero que para Jaime constituyo un asidero a la vida: se trataba de una chica joven

que, por no se sabe bien qué caminos había conocido la dirección postal de Jaime y le había escrito una carta sencilla, pero que para el muchacho tenía

la virtud de hacerle gozar de la solidaridad de alguien que, sin conocerle, le brindaba su amistad y la emoción que llegó a experimentar a la hora que

en la prisión se repartía el correo. Fue poco a poco, ocupando su mente de manera indudable; y fue de este modo, lenta, como él llegó a interesarse por

su amable corresponsal a la que saludaba como apreciada madrina: con esto se procuraba alentar haciéndose a la idea de la costumbre de los soldados, de

tener su madrina de guerra. Pasaron los días y fueron y vinieron cartas cada vez más personales, menos distantes y Jaime y Sara fueron haciéndose mutuas

confidencias en las que por parte del ahijado se hicieron cada vez más manifiestos los deseos de cambiar de vida. Él inició un tratamiento de desintoxicación

y Sara al conocerlo tuvo la mayor alegría de su joven vida.

Transcurrieron dos años y Jaime fue puesto en libertad y se planteó la realización de un sueño que había alimentado durante noches de insomnio y soledad:

Conocer a Sara; en todo el tiempo que duró la correspondencia, para ambos, ni siquiera se había planteado la necesidad de intercambiar fotos: para Jaime,

una mujer que se expresaba en la forma en que lo hacía Sara, necesariamente debía ser la más hermosa del mundo. Para Sara, nunca había deseado conocer

el aspecto físico de su ahijado porque estaba cierta de que el arrepentimiento por la vida pasada y los excelentes planes de vida que manifestaba Jaime,

eran suficientes para no querer otra manifestación de lo que habría de ser la vida de su amigo y no precisó de mayores demostraciones.

Tan pronto tuvo ocasión Jaime habló de Sara a su madre y le pidió ayuda para viajar a la ciudad donde vivía la joven. Vencidasalgunas vacilaciones, la madre

no podía olvidar las veces que le había engañado con falsos proyectos, acabó la buena mujer por facilitarle los medios dinerarios para el viaje.

Y Jaime y Sara se conocieron y no tuvieron otro remedio, que aceptar que las anticipaciones que a ambos les habían hecho los respectivos corazones, se confirmaban

en la presencia física: eran como hechos a la medida el uno para el otro. De la primera entrevista, una resolución sacó Sara: en lo que de ella pudiera

depender, aquel hombre no volvería a la drogodependencia ni a la cárcel.

Y le prometió amor y se juraron que, por nada del mundo podrían separarse. Y todo discurrió por los mejores cauces; Jaime vigilante para no caer en

la antigua vida, huyendo del contacto con los antiguos colegas. buscó y consiguió no sin esfuerzos, un trabajo que le permitía ofrecer una vida en común

a Sara y lo hizo, previa información a la muchacha de que era seropositivo. Él cumplió con su deber de lealtad diciendo su situación y ella, enamorada

irremediablemente, aceptó los riesgos añadidos que esta noticia aportaba a su unión y fijaron la fecha de la boda, que sería absolutamente sencilla como

correspondía sus posibilidades económicas.

Matrimoniaron ante el señor Juez y comenzó para Sara la vida más azarosa que hubiera podido imaginar. Durante el primer año, Jaime fue un modelo de ciudadano,

una delicia de marido tierno, apasionado y amante solícito y dulce, Pero, poco a poco, Sara comenzó a notar que su marido se desviaba mínimamente al principio,

pero más y más perceptiblemente a medida que transcurrían los días. Jaime estaba recayendo en la droga y ella se había prometido no permitir que esto sucediera;

estaba dispuesta, costara lo que costase, a impedir una nueva prisión de su amor. Y siguió una lucha denodada por conseguir su propósito y hubo arrepentimientos

y recaídas y la abnegación de Sara estuvo a prueba en incontables ocasiones.

Sara indagó en todas partes los medios aplicables para la curación de Jaime; que, sobrio o bajo los efectos de la enemiga, mostraban su amor y respeto a

la muchacha tierna y solícita que, ni siquiera le mostraba el natural enojo que le habían de causar sus intemperancias. Cuidó con atenta vigilancia para

evitar las situaciones en las que Jaime pudiera sentirse en la tentación. Indagó por todas partes los medios idóneos para la curación de su amado y, al

Fin supo de un centro en el que les admitirían a ambos y, aprovechando un momento de los arrepentimientos de Jaime, ingresaron los dos.

Ni siquiera en aquella institución pudo sosegar la irreductible Sara: también de allí se escapó Jaime y solo la solicitud de la mujer pudo rescatarle una

vez más.

Pasaron allí siete largos años, pero al cabo de ellos, pudieron reanudar la vida como ciudadanos normales y hoy, Sara puede contar con merecido orgullo

que llevan quince años de convivencia feliz. Es cierto que ella ha tenido que renunciar a la maternidad, pero se siente completa al poner en Su amado Jaime

las ternuras que hubiera podido dedicar a sus hijos si los hubiera tenido, pero a los que, con su renuncia, les había librado de nacer contaminados por

el mal de su padre.

Fue y sigue siendo una lucha desesperada, pero Sara dice con el más bello gesto, que la vida con Jaime da sentido a cuanto han padecido y bendice la hora

en que se propuso salvar de su autodestrucción al amor de su vida.

Saúl Orea

saulorea@ono.com

Alicante (España)

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