UN SANTUARIO PARA EL BA’ATZ.
Por Juan José Morales
Hace poco viajé a Belice, ese país que tan cerca tenemos y tan poco conocemos, y ahí estuve en el llamado Santuario Comunitario de Babuinos, donde vive tranquilamente y a salvo de amenazas una nutrida población de mono aullador o saraguato, Alouatta pigra en la clasificación científica.
Esta área natural protegida, con centro en la pequeña población de Bermudian Landing, se halla 50 kilómetros al noroeste de la ciudad de Belice, a lo largo de las márgenes del río de ese nombre. Y resulta muy especial porque no se trata de una reserva que podría llamarse oficial, creada por decisión gubernamental, sino que es producto —como indica su nombre— de la voluntad, la decisión y los esfuerzos comunitarios de los propios habitantes de la zona, que optaron por mantener en la medida de lo posible la vegetación selvática de la zona y tomar otras medidas que garantizan la protección y conservación de estos animales.
Los resultados han sido excelentes. Cuando se estableció el santuario en 1985, había en el lugar unos 850 aulladores. A la fecha hay unos dos mil. Esto significa que en el área habitan ya más monos que seres humanos. Incluso, ha sido posible trasladar una buena cantidad de ejemplares a la reserva natural de Cokscomb Basin, en el sur de Belice, para ayudar a restablecer las poblaciones de esta especie, que habían sido diezmadas por una epizootia de fiebre amarilla.
El saraguato o aullador se conoce en maya como ba’atz y en la lengua creole de Belice como babuino, aunque los verdaderos babuinos son monos africanos de un género y una especie totalmente diferentes. Su nombre común deriva de los potentes gritos que emite para marcar su territorio, los cuales pueden escucharse hasta a kilómetro y medio o más en la espesura de la selva y que quienes no están familiarizados con ellos muchas veces toman por rugidos de jaguar o de puma. Es una de las seis especies de aullador que existen en América y su área de distribución abarca Chiapas, la península de Yucatán, Belice y el norte de Guatemala. Es un típico habitante de la selva, y por ello la deforestación lo ha afectado seriamente. En algunos lugares, incluso ha desaparecido.
Pero en 1981, los zoólogos encontraron un gran número de estos monos en los alrededores de Bermudian Landing y lograron convencer a los campesinos que participaran en su protección y conservación. Así fue como, cuatro años más tarde, con ayuda técnica y económica del Fondo Mundial para la Vida Silvestre, se creó formalmente el santuario, que comprende ya poco más de 50 kilómetros cuadrados. En su totalidad, se trata de tierras privadas, propiedad de un centenar de agricultores de ocho poblados, que aceptaron manejarlas conforme a las indicaciones de los científicos de la Belize Audubon Society, que les brinda asesoría técnica y realiza estudios en la zona. Y, por supuesto, al ser protegida la selva, se garantizó también la supervivencia de una gran cantidad de aves, mamíferos, reptiles y otros animales.
La decisión de proteger la fauna silvestre, por lo demás, no fue sólo un acto romántico. También ha beneficiado económicamente a los lugareños. Sin dejar de realizar sus actividades ganaderas, agrícolas y forestales ordinarias, obtienen ahora ingresos adicionales por atender a los paseantes que acuden a observar a los monos y a los cuales se recibe en un pequeño museo y centro de información y se les ofrecen caminatas diurnas y nocturnas por la selva, recorridos por el río y otras actividades. Pero —y esto hay que subrayarlo— los pueblecillos de la zona no se han deformado convirtiéndose en centros turísticos sino que conservan sus características y su ambiente. Ello ha sido posible porque, dada la cercanía de la ciudad de Belice, la mayor parte de los visitantes llegan sólo por unas horas. Son pocos los que pernoctan en el lugar.
Y aunque el propósito de esta columna no es hacer sugerencias a viajeros, no puedo menos que terminar recomendando a quienes visiten Belice que no dejen de darse una escapada a esta peculiar área natural protegida. Ciertamente, vale la pena conocerla, ver a los saraguatos entre el follaje y —sobre todo— escuchar sus sobrecogedores rugidos.