SABORES DEL ALMA

 

Caminaba sin rumbo por aquellas callecitas inolvidables venecianas perdiéndome cada dos por tres, pero sin importarme pues no me dirigía a lugar alguno. Me sentía extasiada por aquel novedoso espectáculo, no, no me imaginaba que sería de ese modo, tanta magia, tanto misterio me cortaban la respiración…Sí me tendría que sentar en algún café para recobrar el aliento.

Crucé un puentecito y caminé con paso lento por un pasadizo de balcones solitarios, el sol estaba casi cayendo dando un colorido azafranado a las construcciones del 1700 y aquel barcito con mesas debajo de unos pórticos atrajo mi atención. Me ubiqué en una mesa al lado de una pareja de mediana edad que parecían extranjeros. Mientras esperaba al camarero cómodamente sentada observaba un revuelo de palomas que se agitaban allí enfrente en una plazoleta de piedra con una bella fuente rodeada de ángeles renacentistas. Lamenté no tener mi cámara encima, me tendría que conformar con la imagen grabada en mis retinas y en mi alma.

Bebiendo un capuchino espectacular y con semejante escena frente a mis ojos me sentía una reina, “la Reina de Java”. “La reina dejaba todo tirado”, diría mi amiga Dense. ¿Por dónde andarían esas dos locas? Nos habíamos separado en La Piazza San Marco ya hacían varias horas. Dense y Melina andarían mirando vidrieras o tal vez paseando en góndola por el Canale Grande a las risotadas con los apuestos gondoleros. Eran dos simpáticas trastornadas pero adorables.

-Demasiado cultural tu tour, querida- me había dicho Melina en Firenze al salir de un museo.

–Hasta aquí llegó mi amor…ya no sé quién es Boticcelli ni Caravaccio, ¡esto es demasiado para mi neurona renga! De ahora en más vos con tus museítos y yo por mi ruta que está llena de italianos buen mozos. Y Dense, demás está decirlo, se le acopló. Así que ahí andaba yo por esa ciudad encantadora recorriéndola sola de punta a punta.

Pagué mi cuenta y decidí dirigirme hacia el punto donde me había separado de “las locas”, desde allí seguramente el atardecer sería un espectáculo imperdible.

Y así fue, estupendo, “un festival pal ojo diría Dense. Caminé hacia el hotel al compás de una banda callejera que acompañaba mi paso y que se perdió en una diagonal de la plaza, frente al hotel.

En la recepción encontré una nota de mis primas que decía: estamos haciendo compras en la feria del Rialto. Te estamos esperando. Hoy cocinamos.

Pregunté dónde quedaba la feria y al cabo de diez minutos estaba sentada en el Tragueto rumbo al Rialto. Durante el bello trayecto volvieron a mi memoria recuerdos de mi infancia, ahí estábamos las tres en el jardín de la nonna Pina sentadas a una mesita diminuta jugando al restaurante; probando las exquisiteces elaboradas poco antes por la gran cocinera Melina y su colaboradora Dense que era la encargada de entrar hurtadillas a la cocina de la abuela para sustraer algunos ingredientes. Melina adoraba entrar a la huerta para seleccionar personalmente cada tomate color rubí, cada pimiento color esmeralda y cada una de las hierbas aromáticas profundamente perfumadas.

Bajé del lanchón en ese punto y me perdí en una marea de puestos de frutas frescas y verduras multicolores. Me sentía un poco aturdida pues cada vendedor pregonaba a gritos su mercadería y estaba lleno de turistas.

Allí, a tres metros vislumbré a las chicas sumergidas entre endivias y maíz fresco tratando de hacerse entender en sus italianos cocoliches. Me miraron con alivio mientras me preguntaban:

-¿cómo diablos se dice pepino en esta lengua del Dante?

Y así nos agarró la noche rebotando de puesto en puesto y cargadas con paquetes y bolsas con olor a orégano.

-¿Me pueden explicar dónde y cuándo van a cocinar?

- Esta noche y en el restaurante de unos chicos que conocimos- dijo Denisse alegremente.

Después de bañarnos y arreglarnos en el hotel nos dirigimos al tal restaurante que quedaba cerca de allí.

Al llegar nos recibieron muy cordialmente un grupo de italianos simpáticos y gritones, dueños de ese bello local cerrado al público ese día martes, por eso habían aceptado con placer experimentar los manjares de las “primas Soldatti”.

Cada vez que se pronunciaba nuestro apellido recordaba con cariño al abuelo Lino, ese gran artista veneciano que emigró alguna vez para la Argentina.

Y así comenzó el show de ingredientes y aromas inolvidables.

Indudablemente las chicas tenían los genes de la abuela que cocinaba con mano de ángel, y yo del abuelo que me inclinaba por el arte.

Entré en la amplia cocina donde ya estaban dispuestas tablas de distintos tamaños, cuchillos y utensilios diversos para comenzar con el arte culinario. Melina con una seriedad ceremonial seleccionaba con sumo cuidado y yo diría que con amor cada uno de los componentes de quién sabe qué plato, ya que el menú, como siempre, era sorpresa.

Denisse, mientras tanto, lavaba unas maravillosas hojas de zapallo color naranja para luego rellenarlas con una aromática pasta de anchoas. Esa cocina era un festival de olores y colores. Se podía sentir una vibración casi mágica al observar a mis primas en el sólido manejo de esa maravillosa alquimia. En cuanto me descubrieron allí agazapada me echaron a los gritos, ese era un lugar sagrado y no se aceptaban intrusos.

Bebiendo un prosecco glorioso con los nuevos amigos y conversando sobre Venecia y sus carnavales esperábamos el arribo del banquete.

Pasó el tiempo casi volando y comenzaron a servir el antipasto con las ensaladas multicolores, las bandejas maravillosamente decoradas y los sabores realmente fascinantes, entre afrodisíacos y orgásmicos.

Fue una noche deliciosa que culminó con los dulces y una perfumada grappa italiana.

Volvimos al hotel cantando por las calles, felices y satisfechas.

 Cuando puse mi cabeza en la almohada recordé las palabras de nuestro abuelo: “los sabores quedan impregnados en el alma”.

 

Autora: Marcela Humano. Buenos Aires, Argentina.

marchumano@hotmail.com

 

 

 

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