SABIDURÍA ABORIGEN

 

                   Pensar que hace poco más de un siglo, a mediados de 1969, el hombre logró apoyar sus pies en el suelo lunar, en esa luna que por las noches se podía observar. Desde cualquier punto. Ahora el cielo gris satinado apenas podía verse desde la habitación de Diuco.

El jovencito Diuco de 12 años de edad, recién se levantaba, su padre ya se había ido a trabajar a la “Patagonian’s & Company” dedicada a la elaboración de alimentos seriados. La madre había llevado a los más pequeños al Centro Educacional. Luego se dirigiría a la asistencia médica para retirar los complementos dietarios asignados a la familia, los que se entregaban en raciones diarias. Diuco, ya estaba fuera del sistema escolar, debía cumplir con las obligaciones de supervivencia básicas familiares, a través de su organización, la “OSBF”. Todos los niños después de un par de años de educación general acelerada cumplían con esta función. Esa mañana se miró al espejo y sonrió, era de bellas facciones, de una intensa palidez con pecas numerosas y pelo cobrizo muy cortito. Sus ojos un poco rasgados de un extraño color grisáceo, tenían la pequeña chispa de la mañana esperanzada en que cada día sería un gran día.

Conforme al rol laboral, se iniciaba la jornada de recuperación acuífera, entonces tomó su mochila, la campera térmica de montaña y salió a las frías calles de agosto. Aún quedaba bruma de la mañana y parecía verse un poco el sol por entre los edificios, pero Diuco le restó importancia al pensar que todo era un reflejo de su imaginación. Se encontró con su amigo Johny Nehuén, que también pertenecía a la OSBF y con él realizaban juntos las actividades diarias. Los dos muchachitos caminaron por la seca vereda, recorrieron una y otra fábrica. Casi todas las empresas les habían entregado cápsulas de comida híbrida bastante aprovechable, que guardaron en sus mochilas, junto a los bidones vacíos.

Ahora comenzaba una larga caminata. Eran once kilómetros a pie hasta Oasisng. Allí iban todos los niños de la OSBF de la ciudad. Avanzaban entre las rocas volcánicas y las piedras filosas del camino árido. Ya cansados, algo deshidratados llegaron a la planta Oasisng. Había una larga cola de jovencitos esperando la ración de agua potable.

Mujeres vestidas de blanco recibían los bidones y les entregaban un nuevo envase esterilizado. En él, mediante una operación con censores digitales, le cargaban el tesoro milagroso del agua bebible. Luego los jóvenes emprendieron el regreso a casa.

Apenas Diuco ingresó a su hogar se higienizó con un paño de óleo. Todos valoraban el contenido del bidón. La madre preparaba la cena seriada y los niños se entretenían con la hipercomputer. De pronto se abrió la puerta de calle y ellos gritaron:

- ¡Llegó papá! ¡Vino papá!

Corrieron a abrazar al hombre cansado que se asomaba despacio al living.

- Yaaaa... Chicos dejen llegar a su padre. -Dijo la mamá.

- Está bien querida, no es nada, los disfruto ¿Quién tendrá el regalo de un recibimiento así?

Le hicieron unos mimos a su padre y lo dejaron relajar. Se oleogenizó y arropó cómodamente. Cuando la cena estuvo servida, unieron sus manos agradeciendo por los alimentos, destacando el milagro del agua clara que había en cada vaso. Diuco, se sintió sumamente satisfecho por esto y esbozó una sonrisa. Tomaron el complemento dietario cada uno de un color distinto de acuerdo a su edad y condiciones físicas. Comenzaron a ingerir el único plato diario de comida, casi verdadera; unos granos y vegetales, acompañados por las cápsulas de alimentos híbridos obtenidos por Diuco. Disfrutaron un poco de cosmosvisión y los niños se marcharon a la cama.

Diuco dormía en el tercer anaquel cucheta, por ser el mayor, y sus hermanos abajo. Las habitaciones eran pequeñas y apenas cabían las tres microcamas extensibles. Una vez que estuvieron listos se acercó el padre a contarles algo, cosa que a ellos les encantaba, especialmente a Diuco que profundizaba los sueños con los lugares descritos en esos relatos. Siempre los comenzaba de la misma forma:

- Esto me lo contó mi padre, y a él su padre y a él su padre y a él su padre, mi tatarabuelo Yaima. Yaima significa acequia, por donde corre el agua para riego de los cultivos. Contaba mi tatarabuelo Yaima, que su gente los mapuches de la Patagonia, eran morenos, de tez oscura...

-        ¿Y por qué nosotros no lo somos? –Interrumpió el niño.

-        Según dicen los científicos, es porque hace tantos años que no tenemos sol pleno...

-        Continúa papá, por favor -dijo Diuco- seguí...

-        Según contaba el tatarabuelo el lugar donde vivía estaba entre las montañas y era atravesado por un río. Ese pueblo se llamaba Valle Diuco, que significa del agua clara…

-        ¿Diuco? ¡Igual que mi nombre! -Interrumpió el niño.

-        Sí, tu nombre significa agua clara y te lo pusimos con tu madre para desearte la mayor de las riquezas, hijo mío, y que nunca falte el agua en tu vida.

- En antaño vivían en ese valle, aborígenes mapuches. Recolectaban frutos y Criaban ganado, sus mujeres tejían en telares con lanas que hilaban después de esquilar a las ovejas. Todo fue evolucionando, las ciudades estaban alejadas y no eran tan grandes como ahora, tenían algunas casas bajas, en muchas había plantas y animales. Existían lugares de colorida vegetación que lo llamaban plazas o parques donde los chicos podían jugar y los ancianos se recreaban y tomaban sol. Los jóvenes se encontraban en estos lugares y los adultos solían ir a pasear animales domésticos sujetados con una correa. ¿Cuántas cosas raras hacían, no? Los niños de las comunidades indígenas en cambio, donde vivían nuestros antepasados, jugaban en la montaña y subían a lo alto de los árboles. Convivían con muchísimos animales salvajes, de corral y de granja. Había árboles altos y muy verdes que daban frutos jugosos y frescos, los que se comían con total libertad. También había otros frutos que se cultivaban en la tierra. Crecían naturalmente las hortalizas, unas plantas similares a las de los invernaderos térmicos que tenemos nosotros. Cuando se levantaban en las mañanas el cielo se veía claro y limpio.

- ¿Estás hablando de otro planeta, papá? –Preguntó uno de los más pequeños.

- No, no. de esta misma tierra, pero en otras y variadas épocas. Todos los días veían salir el sol, que durante el día les daba luz y calor, tanto a ellos como a sus plantas. Los aborígenes consideraban que la naturaleza con sus recursos, el aire, el sol, la tierra, el agua, y todo representaba a su Dios. Así la adoraban y la protegían, cosa que no hicieron los demás.

- Y entonces… ¿Quién provocó ese desastre?

- Desde la llegada del hombre blanco, los conquistadores, los colonos, los religiosos, los militares, como posteriormente el turismo, y al final los inmigrantes junto a la población demográfica desmedida, al no tomar recaudo alguno dañaron absolutamente los recursos.

- ¿Y nadie les advirtió lo que sucedería, papá?

- Sí, claro. Los originarios de estas tierras, se cansaron de luchar por ello, aunque no los oían y cada vez fueron quedando menos, superados por las ambiciones humanas.

- ¿Es que no existieron gobiernos? ¿Nadie sabía en qué terminaría eso?

- A parte de los indígenas, quienes les siguieron después, no lo sabían.

Bueno creo que sí lo sabían, pero no eran totalmente consientes de que sus descendientes podían llegar a no tener agua para tomar.

- ¡Pero no la tenían que tirar! ¡Papá! ¿Por qué no la cuidaron?

- En realidad no lo sé hijo, los aborígenes trataron de hacerlo, viviendo lo mas naturalmente posible, pero los hombres evolucionados vivieron alimentándose de ese paraíso que tenían en la tierra y descuidando toda su flora y fauna. Los gobiernos del mundo entero no se preocuparon por concientizar a la gente. Muchas veces ellos mismos, con políticas destructivas, cometieron grandes daños a la naturaleza. Construían puentes o viviendas, desviando cursos de ríos y afluentes, talaban grandes plantaciones de árboles para abrir rutas, instalaban fábricas de papel contaminando los ríos, eliminaban especies animales y pensaban que nunca se terminarían. ¿Saben una cosa? Nuestros abuelos comían peces de lagos y ríos, carne de animales, tenían mucho hierro y vitaminas que les daba energía y vitalidad. Era tal cual lo vieron en la enciclopedia “Vida Terrenal”.

- ¿Tenían de todo en aquellos tiempos? ¿Eso viene a ser un paraíso perdido? –Le preguntó Diuco.

- Así es hijo, tenían todo, pero la codicia de los hombres, con la ambición de poder, las guerras, los intereses creados, destruyeron poco a poco todo. Esto antes se llamaba República Argentina y tenía su propia bandera celeste y blanca, pero hoy ya ven…En esta Colonia Patagónica Universal hay industrias de todos los continentes, se apoderaron de todo el territorio sureño, donde hoy quedan los últimos recursos naturales. Es el resultado de aquellas conductas de que lo que no se exterminaba, al menos se contaminaba. Así es que hoy los niños como vos tienen que dejar de ser niños para caminar todos los días once kilómetros a buscar un poco de agua fresca y seguir sobreviviendo.

Los mellizos no llegaban a entender nada de esas historias, aparentemente fantásticas, y se fueron quedando dormidos.

-        Es increíble que haya habido gente que vivió en un verdadero paraíso y ni siquiera se dio cuenta. –Comentó el niño.

- Así fue. Algunos hombres y mujeres vivían esperanzados en que algún día llegaría el paraíso a la tierra. Estaban tan cegados por los bienes materiales que no podían ver que ya habitaban en él. Convivían entre la vegetación hombres y animales, corría el agua fresca y era posible beber de ella cuantas veces quisieran. No faltaban alimentos de todo tipo, veían el sol cada día y pasaban las noches enteras sin alcanzar a contar todas las estrellas. Los enamorados se quedaban a la luz de la luna, porque el sol era tan fuerte que la iluminaba y su reflejo daba una luz tenue especial en las noches. Ahora quien desee verla, tendrá que embarcarse en el “CTSB” (Cosmos Tours Space Bus).

En el invierno caía un agua helada que le llamaban nieve y jugaban con ella sin necesidad de tener que tomarla para beber. ¡Les llovía agua para beber! ¿Podés creerlo, hijo mío?, Los habitantes de las ciudades, al igual que los gobiernos, se reían de los mapuches, pese a que algunos ecologistas contemporáneos sostenían las teorías aborígenes y les reiteraban que debían cuidar lo natural, porque sino algún día se terminaría aquella riqueza.

- ¿Los mapuches eran sabios, verdad? ¿Eran dioses?

- No, no eran dioses. Ellos sabían que sobrevivían gracias a la naturaleza que les daba todo y siempre pensaban en su hermano, el prójimo.

- ¿Y ahora dónde están esos mapuches, papá?

- Fueron exterminados igual que el agua, el aire puro, la vegetación, el…

- Papá, ¿por qué no volvemos a ser mapuches? ¡Quiero ser mapuche!

- Ya es tarde, hijo, muy tarde… En el siglo XX se fue gestando la debacle y durante las primeras décadas del siglo XXI a pesar de muchas denuncias y campañas, llegó la Apocalipsis de la naturaleza. ¡Nadie escuchó a los mapuches! Y lo peor es que los hombres aún no han aprendido nada…

Diuco, miró a su padre y lo abrazó. Ambos tenían en los rostros un gesto de dolor, porque para ese entonces estos hombres ya carecían del natural placer de poder derramar una lágrima.

 

Autor: © Edgardo González. Buenos Aires, Argentina.

ciegotayc@hotmail.com

 

 

 

Regresar.

 

 

1