RETAZOS
DE MAGIA
Ella era alegre y hasta a veces parecía
feliz; aparentemente lo tenía todo: una casa, una carrera, una familia, y
buenos amigos. Estaba realmente muy cómoda pero nada bien, aunque de eso se dio
cuenta después de algún tiempo, cuando casi por casualidad descubrió que a su
vida le faltaba algo, le faltaba magia y entonces se propuso encontrarla o
armarla en cada cosa que hiciera.
Se decidió, cuestión de por sí difícil, a
desafiar al destino. Se levantaba bien temprano a caminar sin rumbo fijo a
buscar gatos negros para cruzarse con ellos, deglutió sandía acompañada con un
vaso de vino tinto, intentó elevar cometas con mucha cola -con medias de lana-,
miró un eclipse sin protección, gritó un gol del visitante en plena tribuna
local del club Bella Vista, interpretó una canción de la Bersuit de atrás para
adelante a ver si contenía mensajes del diablo, y a la siesta durmió bajo una
higuera. Nada, pero nada de nada.
Hasta que decidió colocar ese aviso en la
revista barrial. Ese en donde se solicitaba alguien para colaborar en la
búsqueda de magia, de aventuras.
Desde el preciso instante en el que lo
puso, la invadió una ansiedad por saber en forma inmediata quién contestaría.
Esa ansiedad se fue transformando en
obsesión, merodeaban a su alrededor imágenes, rosarios, velas, cabezas de ajo,
y hasta llegó a pisar con gusto el despojo metabólico de un animal al salir de
su casa, pero nada de nada. Revisó infinidad de veces el tono del teléfono,
hasta la medida de que ya sería imposible comunicarse con ella porque ese
aparato negro a disco, estaba todo el tiempo descolgado. Solo el hambre
punzante la despegaba del aparato y hasta las compras de alimentos para esa
pequeña conmemoración, eran tarea de su vecina de la derecha.
Pero una buena tarde de mucho frío, se
escuchó detrás del viento del sur y el caminar rápido de las cucarachas, el
timbre esperado.
Era el cartero que puso en sus manos un
sobre que ella tardó en abrir, porque mientras lo contemplaba muchos sentimientos
la invadían: a demás de la ansiedad que ya había pasado a ser una
característica de su personalidad, tenía miedo, curiosidad, pero sobretodo
muchas ganas de saber si ese sobre contenía algo de la magia que buscaba y
deseaba, aunque le quedaba muy claro que en gran parte dependía de ella
encontrarla. Si no lo lograba en forma absoluta, se conformaría al menos con
retazos de magia. Nunca esperó descubrir lo que vio dentro del sobre: era un
pasaje en avión al sur con una carta adjunta que decía: "vi el aviso que
publicaste en la revista y sé que buscás magia, ojalá en este lugar puedas
encontrarla".
Pesan todos los años de hacer siempre lo
correcto. Ni siquiera ir al casino para no arriesgar. Demasiado tiempo
cumpliendo con el mandato. Todavía recuerda el día y la hora exacta cuando
Miguel la invitó a recorrer México, no pudo olvidarse ni siquiera la presión
atmosférica de ese día. No volvió nunca más.
¿Qué hacer con ese pasaje que quien sabe
quién envió? Además hay compromisos que cumplir, turnos de pacientes para
atender, visitas programadas a familiares, muchas, pero muchas actividades que
cumplir. ¡Que difícil es desatarse!
Cuando el avión ingresó adentro de la nube
fue una experiencia placentera, cumplir un sueño de niña: atravesar nubes. La
compañera de asiento le preguntó si viajaba por negocios o por placer. "no
estoy segura", respondió. Insistió en la conversación preguntando por
cuánto tiempo "no tengo idea", contestó."Perdón, ¿acaso sabe
adonde va?" inquirió irónica, "no". El avión fue devorado por
otra nube. En una hora llegamos a destino auguró una voz cavernosa del que se
identificó como comandante de la nave.
Con los ojos cerrados, las fosas nasales
bien abiertas, los hombros relajados y las manos entrelazadas, sonreía; solo se
dejaban ver los molares, ya que los caninos e incisivos eran tapados por sus
arrugados y finos labios. Una electrizante energía recorrió su cuerpo de manera
incontrolada, el sueño de la infancia, la búsqueda, la magia, el viento en su
rostro. Al cabo de unos instantes nada más, sintió que su compañera se alejaba
y no le importó ni siquiera de curiosa, es que la magia no podía estar allí;
ella lo presentía, como tantas otras cosas en su vida, y acomodó su espalda con
movimientos rotatorios como para seguir disfrutando, en el preciso instante en
el que fue sorprendida por un sonido que levantó sus párpados violentamente y
descubrió en frente suyo la puerta de calle sin cerrar, mientras las ruedas del
avión carreteaban rápidamente.
Así, entre sueños primero, y mirando la
cordillera y el paisaje imponente que la naturaleza parecía revelarle casi como
una orden ante sus ojos después, pasó los minutos que la separaban de aquél
lugar en el que supuestamente encontraría la magia o en todo caso, los retazos
que tanto se había empeñado en buscar. No sabía cómo ni porqué pero la persona
que le envió ese pasaje, le impuso también un desafío; sí, para ella estar en
la patagonia era un reto a sus estructuras, a su monotonía, a su rutina, una
cachetada a las normas que siempre le marcaron debía seguir. Cuando publicó
aquél aviso en la revista barrial, jamás imaginó que sería el trampolín para
cumplir un sueño postergado por mucho tiempo; porque como le decía su padre
cuando todavía jugaba con muñecas: "lo maravilloso de los sueños no es
soñarlos sino concretarlos, porque nuestros sueños están ahí y tarde o temprano
nos despiertan para vivirlos". Ante esa inmensidad frente a la que ahora
se encontraba, solo una pregunta la inquietaba: ¿sería este el sueño que la
despierta para realizarlo, qué haría con la magia si lograba encontrarla?
Llegó a la recepción del aeropuerto, un
aeropuerto tan impersonal como todos los aeropuertos. Nada que ver con las
terminales de ómnibus de los pueblos, por ejemplo. El hombre engominado, de
dientes amarillos y un traje verde decididamente enfrentado al buen gusto,
sostenía un cartel con su nombre. Se identificó:
"vengo de parte de Miguel"
aclaró, ella se sorprendió" también de parte de Catalina, su amiga de la
infancia, y de Susana, su compañera de facultad" " no puede ser
exclamó, ¡ella desapareció!" "No, no desapareció, la llevaron ese
marzo" "como hizo para verlos" "no pregunte, además vengo
de un montón de conocidos suyos, vea la lista" allí figuran amigos del alma,
conocidos, algunos clientes y un montón de nombres más."Suba a la
camioneta que se hace tarde". Ella la abordó y la camioneta arrancó.
En la camioneta ella se encontró un poco
aturdida, es que no iban solos; otro hombre decididamente de mal gusto, estaba
con ellos. La conversación fue nula durante todo el viaje, ella intentaba decir
algo pero las palabras no podían romper el cerco de sus labios; los hombres
inmutables, casi paralizados, por decir que algún músculo debía controlar el
rodado. Ni siquiera podía verlos por el espejo, ya que no existía; solo veía
sus nucas desenfundadas. Luego de un viaje interminable donde se vieron las
estrellas, el sol, las nubes, la lluvia, el rocío, el viento, el granizo y la
nieve, con las botas blancas llegaron a una casa pequeña, de colores fuertes,
de madera blanda. Le traía recuerdos de la infancia, de la facultad y de
miguel.
Los hombres que la acompañaban
desaparecieron, o se escondieron, o algo así, comprendió. Esa casa pequeña, de
colores fuertes, de madera blanda era la infancia, la facultad, Miguel, y tantos
otros y tantos deseos, y tantas intensidades. De ninguna chistera ajena aparece
un conejo de verdad. Esa casa que pronto se desvanecería, era su territorio. En
el fondo, los viajes nunca son tan largos. La clave del universo no es
encontrar, sino saber dónde buscar.
Autora: María Eugenia Fabro.
Córdoba, Argentina.