RESCATE DE LOCURA

 

                   En los montes tucumanos, durante un atardecer de verano, varias personas observaron a un avión envuelto en llamas cuando se estrellaba sobre un cerro. Ya caía la noche y muy poco podía hacerse, los lugareños sabían que llegar a ese sitio, con mulas y personal experto les llevaría prácticamente un día entero. Alertada la Fuerza Aérea, destacó un equipo del Escuadrón de Búsqueda y Salvamento para cumplir con esa noble tarea. Muy temprano comenzó a sobrevolar la zona un avión Hércules, desde el cual detectaron algunos objetos dispersos y estimando que fuesen los restos de la aeronave, se le ordenó al Sargento Ricardo Marchesi lanzarse en paracaídas y verificar la existencia de sobrevivientes. Las variaciones del viento lo hicieron descender bruscamente, impactando sobre el cerro en forma un tanto violenta. Emprendió la operación de búsqueda con parte del equipo deteriorado, y precavido porque era muy difícil avanzar en ese terreno ante la irregular pendiente de la ladera, la vegetación agreste y las piedras que se desprendían. Pasadas varias horas, una llamada del pararrescate indicaba que había observado algo, que había novedades. Esto reavivó la curiosidad y esperanzas de todos. Agitado y con la voz entrecortada transmitió:

       Tengo a la vista una criatura, pequeña, pero no puedo acercarme.

Las preguntas saturaban la onda radial:

       ¿Está con vida? ¿El cuerpo de la madre está cerca?

       El pequeño está herido, tiene una piernita sangrando, su madre parece estar bien, pero en estado de shock, tratando de protegerlo.

En el Puesto de Comando, instalado en la comisaría de la villa, la totalidad del personal se llenó de felicidad y festejaba que había sobrevivientes. Entre ellos había un médico que tomó intervención en el asunto:

       Soy médico y ante la emergencia me haré cargo, sé que Usted está capacitado como paramédico. ¿Dígame, la criatura tiene ropas, está protegida del sol?

       ¿Ropa? No, no, doctor. “Tobías” apenas si tiene unos pelitos y está resguardado por unos arbustos.

       ¿Dijo Tobías? ¿Pudo identificarlo?

       No. Acabo de ponerle el nombre de mi sobrino, porque es igualito ¡Es precioso!

       Tiene idea, ¿qué edad puede tener ese tal Tobías?

       No soy idóneo en esto, doctor, pero creo que tendrá dos meses de vida.

       Por favor acérquese y tome su pulso, los signos vitales.

       Por ahora es peligroso, es imposible acercarme, sería una actitud suicida.

       Entiendo las dificultades, pero debemos hacer hasta lo imposible…

       Trataré, doctor, seguro que trataré de hacerlo. Me parte el alma sentirlo gemir, no puede moverse ¡Pobre Tobías! ¡Es desesperante!

                   Ricardo pidió silencio y tiempo para arrimarse a Tobías. Explicó que la madre de esa criatura estaba alterada, que no comprendía bien lo que sucedía, sólo trataba de contenerlo, pero algo raro le pasaba porque se negaba a amamantarlo. Atemorizada no llegaba a comprender que el muchacho pretendía ayudarlos. Al final pudo lograrlo y nervioso, emocionado se comunicó:

       ¡Estoy junto a Tobías, lo logré!

El médico intrigado, le preguntó:

       ¿Rápido, dígame cómo está, qué tiene?

       Un poco afiebrado, doctor, pero lo peor es una herida con un elemento punzante que atraviesa su muslo. Con respecto a su mamá, aún hay algo peor que me impresionó: a su lado hay una víbora negra destrozada, señal de que la madre se defendió, pero fue alcanzada por una picadura antes de matarla. Eso explicaba que por temor a envenenarlo, le negara el pecho a Tobías.

El Comandante de la Operación Rescate, entró en la frecuencia y dirigiéndose al Sargento Ricardo Marchesi, le ordenó:

       Sargento, indique las coordenadas de su posición, enviaremos un helicóptero de inmediato para su evacuación.

       ¡Negativo, Comandante! Es imposible que un helicóptero pueda operar, hay vientos muy fuertes. La solución es muy difícil, por ahora, y esperar es riesgoso, pero también bajarlos es imposible ya que tengo un brazo dañado y no podré cargarlos. A ella le inyectaré un antídoto que tengo en el equipo. Espero que resulte efectivo y que no sea tarde.

       ¿Y con el hijo, con Tobías que piensa hacer, Sargento?

       Ya he tomado una decisión, lamentablemente Lo someteré a un ligero sacrificio, pero dejará de sufrir muy pronto… lo siento por él y su madre… se me parte el alma de dolor, pero creo que será lo mejor…

       ¿Se ha vuelto loco, qué le pasa? –Gritó el Comandante- ¿Qué piensa hacer?

       Yo soy el médico y en nombre de la medicina le recuerdo que…

Se lo pudo escuchar a Ricardo repetir lloriqueando varias veces ese nombre caprichoso de Tobías y se interrumpió la comunicación.

Cundió el pánico entre los oyentes, y estimaron que lo habría afectado la altura, pero mucho no se podía hacer. Se intercambiaban preguntas… ¿Qué quiso decir, Ricardo? ¿Sacrificio? ¿Eutanasia? ¿Muerte, crimen? Le ordenaron a la patrulla terrestre que apurara la marcha. Aunque sabían que igual llegarían tarde.   Pasado un largo rato y en forma sorpresiva se oyó al pararrescate con palabras entrecortadas, aparentemente por la deficiente carga en las baterías. La situación se tornó tan confusa como todos los diálogos. De lo alto del cerro se recibió algo así:

       Lo siento… tuve que atar a su madre… pero ya está… ya lo hice.

       ¡Por favor suelte a esa madre, déjese de embromar! –le ordenaba el Comandante- ¿Pero cómo está Tobías, responda, por favor?

       Sangrando un poco… pero ya… dejó de sufrir…

       ¿Pero están con vida, qué pasó, Marchesi?

       Ahora se acercaron algunos familiares, los viejos, y parece que me quieren matar…

Quedaba tan claro como evidente que el experto en salvamento había enloquecido. Era inadmisible que los familiares de las víctimas estuviesen con anterioridad, esperando en el lugar del accidente… No obstante intentaban hilvanar sus palabras. El joven prosiguió:

       Tengo mis manos ensangrentadas, es muy poco lo que puedo hacer, me duele el brazo… he cumplido con mi deber, sus familiares deben entenderme, espero que no me ataquen… porque yo no uso armas

En ese momento volvió a interrumpirse el enlace radioeléctrico. Todo el mundo atento junto a la radio, bajo una extrema tensión nerviosa. Luego de varias horas retornó la onda sonora e irrumpió la voz de Ricardo en un grito lleno de alegría:

       ¡Bravo, bravo! ¡Tobías está caminando!

Eso sembró mayor desconcierto, porque si estaba con vida podía ser, pero caminando con dos meses de edad… algo no andaba bien… el pobre hombre Estaba sufriendo alucinaciones.

       Ya desaté a su madre que reaccionó bien y ahora los tres estamos abrazados ¡Hurra! ¡Ja, jaaa, jaa!

El Comandante trató de hacer razonar al hombre que sin dudas estaba bajo una crisis emocional, diciéndole:

       Sargento Marchesi, tranquilícese que pronto llegará la patrulla terrestre para ayudarlo. La misión ha terminado, la Fuerza Aérea confirmó que el avión no existió, que fue un globo con propaganda comercial y sin tripulante alguno. Todo está bien, cálmese. ¿Recibió?

       Si, si, Comandante. Pero no hay apuro, porque mientras se recuperaban madre e hijo, mis pacientes, construimos una cueva utilizando mi puñal y arrancando piedras, entre todos le metíamos pata para sacar tierra. Ahora estamos juntos, inclusive los familiares, dentro de un refugio seguro. Además excavando apareció una vertiente de agua, algo que escaseaba por aquí. ¡Esto es sensacional!

       Entiendo que la operación ha sido un éxito, lo felicito Sargento.

       ¡Ja, jaaa, jaaa! –Ricardo se rió a carcajadas-.

       Bien, Sargento. ¿Puede contarme de qué se ríe? ¿Qué es lo que le causa tanta gracia?

       Estoy feliz, he cumplido la mejor misión de mi vida. ¡Salvé a Tobías y a su madre divina! ¡Me siento padre de esta familia! ¡Jaa, ja, jaaa!

Tratando de llevarle la corriente como a cualquier desequilibrado mental, el Comandante continuó dialogando con él:

       Me alegra que se sienta feliz, que haya cumplido con su deber, lo felicito Sargento. ¿Pero podría decirme si esas personas, la mujer, el bebé y sus familiares tripulaban el globo inflado con gas?

       Perdone Comandante, no quisiera faltarle el respeto ¿Pero Usted se ha vuelto loco? ¿Tripulantes en garrafa, dijo? ¿De qué personas me está hablando?

       Tranquilo Sargento, tranquilo, me pareció escucharlo decir en algún momento, que encontró a un niño llamado Tobías, a su mamá junto a otros parientes… y que le construyó una casita de varias habitaciones con agua corriente… -respondió el Comandante irónicamente-.

       ¡Jaaaa, jaaa, jaaa!

La intensiva forma de reírse provocó hilaridad y todos comenzaron a reír, pero nadie sabía por qué. Hasta que el joven Ricardo Marchesi pudo calmarse y trató de explicar lo sucedido:

       La criatura a la que llamé Tobías, es un cachorro de lobo, un verdadero lobato, sin ropas y con corto pelaje, que tenía una enorme espina clavada en su piernita, y su madre una loba hermosa que no me dejaba tocarlo hasta que le convidé un chocolate y la sorprendí atándola de las patas, así pude inyectarla a ella y al pequeño extraerle esa porquería que lo lastimaba. Luego les di de comer caramelos de supervivencia, equivalentes a una buena comida, para que recobraran fuerzas. Los viejos lobos de la manada me rodearon en una actitud amenazante, pero cuando el pequeño Tobías se incorporó y desaté a su madre, tan buena como mi abuela, a quien llamé Raksha, todos saltaron sobre mí a juguetear y lamerme con una hermosa expresión de gratitud, que aún no ha terminado. ¡Jaa, ja, jaaa! ¡Me hacen cosquillas, ja, jaa, jaa!

Analizando la mala interpretación de los hechos y un tanto avergonzado por el papel tan ridículo que hizo, el Comandante intentó poner las cosas en su lugar, y le recordó:

       Está bien, Sargento, pero no olvide que está cumpliendo una misión militar.

       ¡ja, jaa, jaaa!

       ¡Sargento, exijo respeto y seriedad! ¿No sabe hacer otra cosa más que reírse?

       ¡Jaa, jaa, jaa! Si, si. Lo que aprendí fue a hablar como Tobías. Escuche, escuche, como hace el bebé: ¡Aauuuuuuuuuuu, auuuuuuuuuu!

El Comandante se ofuscó ante los disparates manifestados por el Sargento Ricardo Marchesi, que lo hizo sentir herido en su espíritu militar. Arrebatando el micrófono, muy nervioso se dirigió al subordinado como si estuviesen en medio del combate, gritándole:

       ¡Atención! Sargento Usted me ha faltado el respeto, se ha burlado de la Fuerza Aérea, porque Usted fue comisionado para salvar vidas humanas y se ha dedicado a curar “nanas” y revolcarse con perros sucios y salvajes. ¡Lo que está haciendo es una animalada! Lo pondré en un calabozo y lo enfrentaré a un Consejo de Guerra… ¡pediré que lo fusilen! ¡Y que con su cadáver hagan un paquete y se lo sirvan a los malditos lobos! ¿Me entendió, Sargento?

       Su transmisión salió entrecortada, pero igual lo entendí y desde ya le agradezco que haya ordenado “panqueques para a mis benditos lobos”. ¡Muchas gracias, Comandante!

El estado de alteración que padecía el Comandante, se agravaba a cada instante, hasta olvidarse de las reglas militares. En consecuencia, sin dejar de gruñir, saltaba pisoteando su gorra y siguió profiriendo gritos:

       ¡Basta, termínela, ya me cansó! ¡Cuerpo a tierra! Usted me provoca calambres, si estuviera aquí le rompería una botella en la cabeza…

       Es Usted muy atento, Comandante. Hay mucho ruido en la frecuencia, pero me agrada que se preocupe, aunque ahora no tengo hambre y acepto que me espere con una botella de cerveza. Tengo a Tobías en mis brazos ¡Esto es maravilloso! ¡Tiene unos ojitos preciosos, si Usted los viera Comandante!

       ¡Maldito Sargento! ¡Usted es un inconsciente!

       Si, seguro que estoy contento y soy un valiente.

       ¡Basta, basta! ¡Salto de rana! ¡Ordenaré que lo ametrallen y que le arrojen bombas los aviones!

-        Tengo poca batería, no escucho bien, pero ¿Usted dijo bombones? ¡Gracias, Comandante, me encantan!

El Oficial de Mando se arrodilló aullando como un lobo, mientras golpeaba sus puños en el suelo, y repetía una y otra vez:

-        ¡No puede ser, no puede ser! ¡Lo mataré, lo mataré como a un endemoniado perro!

La Operación se convirtió en un manicomio, en un rescate de locura. Pero esa insólita comunicación se oía en una amplia zona y había muchos organismos en alerta por la emergencia, entre ellos se encontraba el Ente Provincial de Protección de la Fauna, la Dirección de Parques Nacionales y la Cruz Roja Argentina y todos reaccionaron exaltados felicitando al valiente pararrescate. Por otro lado, el Comando en Jefe de la Fuerza Aérea ordenó que le completen el uniforme del Comandante con un reglamentario “chaleco de fuerza” y se lo aísle, poniéndolo bajo resguardo psiquiátrico, y que al valeroso Sargento se lo condecore con una medalla por Destacado en Acto Heroico. La patrulla terrestre que acudió al cerro, demoró en convencer a Ricardo que debía bajar dejando a esos lobos en su hábita natural. Luego de abrazar y besar reiteradamente a Tobías y a cada uno de ellos, llorando accedió a descender. Cuando llegó al pueblo se encontró con una multitud de lugareños que lo esperaban entonando una canción: “Aquí está, ya volvió, es Ricardo que al Tobías lo salvó”. Lo rodearon muchas personas, niños curiosos con miles de preguntas, Pero hubo una que lo conmovió: ¿Qué sentiste en el cerro? Y quebrándose en lágrimas, respondió:

-        Me impactó el valor y la pasión que demostró Raksha para cuidar un hijo ¡Es un ejemplo de madre! y me duele haberla abandonado y dejar en las faldas Del cerro, a mi pequeño hijo peludo, a mi querido Tobías… ¡Pero volveré, ya volveré a vivir con ellos!

Un oficial de Gendarmería que se acercó apresuradamente, lo interrumpió diciéndole:

-        Sargento, un radiomensaje de la Fuerza Aérea informa que se accidentó un avión en la selva misionera, cerca de Cataratas del Iguazú. Debe presentarse para acudir al lugar de inmediato.

Ricardo Marchesi, sensibilizado, se desesperó y comenzó a correr entre el gentío… mientras gritaba:

-        ¡Rápido, abran paso! ¡Esto es una emergencia!

Al pasar le preguntaron:

-        ¿El avión que cayó es grande? ¿Hay muertos, heridos, personas sobrevivientes?

-        ¿Pero que les pasa, en qué piensan? ¿No se dan cuenta que al caer un avión en la selva pudo lastimar a algún mono, y quizás ahora esté dolorido como sufrió el Tobías? ¡Vamos, vamos, abran paso, insensibles! ¿O ustedes me quieren volver loco?

 

Autor: © Edgardo González. Buenos Aires, Argentina.

ciegotayc@hotmail.com

 

 

 

Regresar.

 

 

1