RÉQUIEM DEL VIEJO CAZADOR

 

                   Caía el atardecer y el sol se desvanecía en reflejos sobre el semblante del viejo don Tralcatufe, a quien la inacción del silencio le permitía mantener latente cada momento de su pasado. En la ladera del cerro Loncohué, muy cerca del Antuleufú (Río del Sol, emerge de la nada el rancho con gruesas paredes de adobe y piedra, amparo de don Tralcatufe. Un viejo nómada buscavida, descendiente de aborígenes mapuches y nacido en ese lejano lugar de la provincia de Río Negro; se lo conoce por los rayos de mil amaneceres amontonados en la frente y un ímpetu como el torrente de los deshielos. De su arenosa voz pueden desprenderse más silencios que cantos y palabras, aunque suele contar vivencias a los jóvenes de su comunidad, concientizándolos sobre la preservación del cóndor.

Siendo muy joven y como honrando a su nombre Tralcatufe (cazador) se dedicó a la captura de víboras que canjeaba por centavos para la elaboración de antiofídicos. Esa inquietud lo llevó a la zona de San Luis a cazar jabalíes empuñando un cuchillo, y después hacia la selva mesopotámica, en la tierra guaraní, dedicándose a la cacería de yacarés. Un trabajo que rendía bien, pero que no pudo soportar ante el clima tan diferente a su comarca natal. Ya en Tucumán, sobrevivió pelando cañas de azúcar hasta convencerse que eso no era para él.

Por ser un varón errante y de alma solitaria, siempre tuvo ocasionales compañeras, aunque nunca una esposa y de hijos… vaya uno a saber los que han quedado en el camino.

Arribó a Chilecito, provincia de La Rioja, y allí trabajó varios años en los socavones de la mina “La Mexicana” a 4600 metros de altura. Lo hizo hasta que entre tantas voladuras con dinamita sufrió un accidente, entonces optó por trabajar por su cuenta y se fue a la vecina región de Talampaya (en lengua quechua, árbol del río seco). En un refugio que supo ser un antiguo puesto serrano, el viejo de pocas palabras se instaló encontrando prácticamente todo lo que necesitaba: agua pura del río, una huerta, algunas llamas y un puñado de cabritos.

Comenzó a trabajar de baquiano, como guía de turistas en esa zona similar a un inmenso desierto rojo donde se vive la sensación de pasar por el túnel del tiempo. Pueden hallarse fósiles de moluscos, insectos y plantas que surgieron durante esa explosión de vida animal que fue el triásico, cuando la zona estaba cubierta de lagos y grandes ríos. Allá donde hoy se observa un zorro gris escabulléndose detrás de unos arbustos, en antaño transitaron los primeros dinosaurios. Desde hace 2500 años quedaron petroglifos cincelados con figuras de animales domésticos, morteros, formas geométricas e insólitos dibujos que algunos los definen como marcianitos.

Más tarde se abocó a guiar gente hacia el sur, a la Quebrada del Cóndor. Había que escalar hasta lo más alto del cerro para ver las espléndidas aves sobrevolando la cabeza de los visitantes, tan cerca que, instintivamente, los curiosos no pueden evitar encoger los hombros y amagar agacharse. A este animal rapaz diurno también se los llama cúntur, según la lengua quechua. Para llegar a este balcón natural de paredes escarpadas hay que avanzar por un camino pedregoso y en subida, hasta la localidad de Pacataza y finalmente, Santa Cruz de la Sierra, sin abandonar el territorio riojano.

El viejo don Tralcatufe sabía indicar cómo enfilar a paso lento hacia la cima de los cerros. La travesía debe hacerse siguiendo una angosta huella que serpentea la montaña. El paisaje llano es de aspecto lunar, salpicado de rocas gigantescas que aparecen desparramadas entre algunos Cactus, quebrachos, molles y chañares.

Tantos esfuerzos para llegar a lo alto de la Quebrada del Cóndor valen la pena. Al verlos pasar, siempre al ras de la montaña, se puede distinguir la cabeza arrugada, el plumaje negro con orlas blancas e incluso la cresta carnosa que cubre la cabeza de los machos. Y el tamaño casi intimidante que muestran con las alas desplegadas: hasta tres metros de la punta de un ala a la otra. La impresión al observar el primer cóndor es la de estar frente a un terodáctilo. A veces llegan a juntarse hasta 40 cóndores planeando en bandada entre los desfiladeros y precipicios de granito negro, en cuyos pliegues y grietas anidan, y donde las hembras ponen solamente un huevo cada dos años.

El trabajo del baquiano es bastante sacrificado. Comienza cuando amanece y termina con la puesta del sol y para cumplirlo hay que vivir prácticamente en lo alto de la montaña. Le sucede como a esos domadores recios que nunca tuvieron un caballo suyo. El guía andino es así, doma el misterio y se queda dormido sobre su mula de piedra solitaria. El viejo repetía sin cesar que esos animales eran una especie al borde de la extinción. Los persiguieron creyendo que eran depredadores, dañinos, pero la morfología del cóndor no corresponde a la del ave cazadora, por lo cual es imposible que mate para comer. De hecho, sus uñas no tienen punta y el cuarto dedo no está desarrollado, o sea que con sus patas no puede levantar ninguna presa. Es un animal absolutamente pacífico y carroñero. La población más numerosa del cóndor andino que se distribuye a lo largo de la Cordillera, es la que se encuentra en la Argentina. Además, La Rioja declaró reserva natural esa zona, como el hábitat natural del cóndor.

Ya desgastado ante las interminables jornadas donde más de una vez Tralcatufe fue sorprendido allá arriba por el atardecer, y donde lo abordaba la noche confundiendo el brillo de la luna con la pobreza del candil. Ante todo eso, más el paso del tiempo y la aparición de arrugas y algunos dolores, decidió partir de regreso a la tierra mapuche que lo vio nacer. Así don Tralcatufe emprendió la marcha con su vieja mula, tal como lo hizo por muchos años ingresando sereno en la montaña, mientras miles de piedras lo veían subiendo con un jadeo esperanzado y en un descenso silencioso. Fueron demasiados los años que anduvo solo con su mula entre las alturas y el viento. La bestia sumisa lo llevó con serenidad, uniendo su destino de sacrificio al de su amo. Fue alejándose lentamente de Talampaya para atravesar el lindero e imponente Valle de la Luna (Ischigualasto), en la provincia de San Juan.

Antes de partir, el viejo se propuso continuar la lucha para asegurarse la supervivencia del ave voladora más grande del mundo. Fue así que, contrario a lo que siempre había profesado, tomó cuatro huevos y envolviéndolos en un lanudo cuero de llama se los llevó como emigrantes a su terruño. Él conocía mucho la escasa reproducción de las aves, aquellas que tanto apreciaba.

Para llegar debió cruzar la inmensa espina dorsal de piedra, donde se confunden cadenas de montañas, raudas nubes y remolinos de nieve. Y una tarde cualquiera, junto al animal de carga, arribó a la provincia de Río Negro para quedarse en su rancho en la ladera del cerro Loncohué. Se reencontró con su gente dedicada a la crianza de ganado caprino y otros lanares, en aquel paraje que pareciera estar olvidado más allá de la imponente Cordillera del Viento.

Con la ayuda de las aves de corral logró empollar aquellos huevos y así comenzó la proliferación de los cóndores rionegrinos, los que ya son de interés nacional.

Ahora, el viejo mapuche espera a la sombra de un pehuén, que Ngenechen (Dios) algún día lo guíe para seguir hurgando en las infinitas alturas. Quién sabe, tal vez allá en las alturas, junto a las almas de los cóndores y las estrellas, sepan cuidarlo con el mismo amor a la naturaleza que él llegó a conocer. Cargando ochenta y tantos años sobre sus espaldas, hoy reposa el cazador con las manos duras y vacías, como franco testimonio de su vida. Dispersos a su alrededor yacen los nidos donde continúan reproduciéndose aquellas aves. Al fondo, recortadas en el horizonte, aparecen las cumbres nevadas de las montañas, y en el cordón azulado de los Andes, puede apreciarse el sobrevuelo de los majestuosos cóndores… ¡el de sus cóndores!, el eterno orgullo de don Tralcatufe.

 

Autor: Edgardo González. Buenos Aires, Argentina.

ciegotayc@hotmail.com

 

 

 

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