Cuando veía con mis ojos físicos, tenía el gran placer de viajar a Cuernavaca y hacer mis paseos de rutina. Primero iba a visitar a mi abuelo árbol, que es un gran Laurel que se encuentra en la Avenida Madero. Cuando iba llegando a donde él se encuentra, veía sus ramas inmensas, ya cortadas por alcanzar los cables de luz, veía su inmensidad, sentía envidia de que él puede llegar al cielo, cuantos años tendrá, no lo sé, pero lo que Si sé es que son muchos. Llegaba junto a él, lo saludaba y le pedía permiso para subirme sobre sus raíces que reventaban el pavimento de tan fuertes y poderosas, para después acercarme y abrazarlo. Lo abrazaba y obviamente no alcanzaba a abarcarlo con mis brazos, pegaba mi frente y todo mi cuerpo a su gran tronco, le saludaba y le hablaba, le pedía me cuidara y me protegiera, y yo sentía su inmenso abrazo. Posteriormente bajaba a una barranca que se encuentra dentro del parque Profirió Díaz, es una hermosa barranca, que tiene dispuesto un pasillo, para que se camine por ella, hay muchas escaleras y se baja a gran profundidad. Se supone que esos caminos, los hicieron los pobladores de Cuernavaca, cuando la época de los cristeros, y utilizaban esta especie de pasadizos, para pasar por debajo de la tierra de un lugar a otro sin ser vistos. Es uno de los más bellos atractivos turísticos de Cuernavaca. El bajar a las profundidades de la tierra y sentir la naturaleza en su forma plena, donde la mano del hombre aún no ha podido destruir ni deformar es realmente hermoso. Podía disfrutar de toda la variedad de flora de nuestra bella Cuernavaca, las flores, las hojas de las enredaderas, los árboles naciendo de la roca, la humedad, pequeños ríos corriendo, los animalitos que se pasean, como ardillas, mariposas, pajarillos, pecesitos, era una gran vista, fascinante y abrumadora. Aunque ya tenía yo problemas de visión, me las ingeniaba para seguir paseando por mis queridas barrancas, ya había perdido la visión de mi ojo izquierdo y me habían operado seis veces más el ojo derecho. Sólo me quedaban dos dioptrías de visión en mi ojo derecho, pero aún así me las ingeniaba para seguir paseando por ahí, pero un día mi ojo no aguantó más, se volvió a desprender la retina y otras tres operaciones no pudieron salvar nada de visión. Cuatro meses de larga espera, sin saber si se podría salvar algo de visión. Por fin se llego a la conclusión final, no volvería a ver jamás con mis ojos físicos. Todo me dolía, pero lo que más me dolía es no volver a ver a mis amados árboles y a mis queridas barrancas. Tenía que ir a Cuernavaca, enfrentar a la familia y notificarles la noticia, pero eso no era tan doloroso como él volver a ir a ver a mi abuelo árbol y a mis queridas barrancas. Pasó un año hasta que tuve el valor de pedir que alguien me acompañara a hacer mi recorrido. Mi hermana sabía quién era mi abuelo árbol, toda mi familia lo sabía, a todos los llevé algún día a conocerlo. Fue el día de mi cumpleaños, llegamos junto a él, lo toqué con mis manos y con cuidado me subí a sus raíces, me abracé a él con todo el amor del que soy capaz y le dije: "Por fin volví, querido abuelo". Le pedí a mi amado árbol, tomara de mi toda la energía que no me servía para avanzar y seguir adelante y le pedí me proporcionara toda la energía de todos mis amados árboles, para tener la fuerza y el valor para seguir adelante en este nuevo entrenamiento y en esta nueva forma de vida. Sentí su amor, su grandiosidad, su cariño, su amor. Mi abuelo árbol supo transmitirme lo que le pedía, me transmitió todo su amor, toda su fuerza, toda su energía. Prometí visitarlo de nuevo y no tenerlo tan abandonado. Posteriormente nos dirigimos a la barranca, bajamos hasta lo más profundo de ella. Y en ese momento no necesité de ojos físicos para poder ver y sentir su inmensidad. Podía sentir con todo mis sentidos lo que me rodeaba. Todos los poros de mi piel se conectaron con la energía de la barranca, él olor que me llegaba del agua, de las flores, de las plantas, de la hierba mojada, el sol, tocando mi cuerpo, los sonidos de los animales, del viento, el canto de las aves. Me fundí con la energía de la Madre Tierra, fuimos un solo ser. Hablé con mi querida Madre Tierra, le agradecí el que me cobijara con su energía, ella me respondió con amor, un viento rozo mi cara y el canto de los pajarillos me saludaba. El llanto baño mi rostro, y mi corazón se llenó de gozo, volver a estar en ese maravilloso lugar y ahora disfrutarlo de diferente manera me hacían muy feliz. Le preguntaba yo a la Madre Tierra si tendría yo el valor para seguir adelante con este nuevo entrenamiento, es decir con esta nueva forma de vida. Y la Madre Tierra me contestó cuando me tocó cruzar un puente colgante al que le faltaba una tabla. Al empezar el puente, le faltaba una tabla y mi hermana me dijo que tendría que dar un paso largo para poder llegar a la tabla que estaba más adelante. Primero di un paso y mi pie no tocó nada, sentí el vacío bajo mi pie, lo que tanto había temido toda mi vida, estaba enfrente de mí, no sentir nada bajo mi pie, volvió a ser el intento y alargué más el paso, por fin mi pie toco la tabla, me aferré al alambre que sirve de pasamanos y me atreví a dar él paso, mi pie tocó la tabla y después di otro paso, ya estaba yo en él puente colgante, empecé a cruzar y el puente se movía, empecé a sentir como mi cuerpo se movía para un lado y para el otro y como brincaba, sabía que debajo de mí estaba el vacío, en ese momento interpreté el mensaje de la Madre Tierra. Yo sería capaz de seguir adelante, yo podría cruzar todos los puentes colgantes que hubiera en mi camino, yo podría lograr lo que me propusiera. Ahí estaba ella, acompañándome, dándome su energía, enviándome su poder, mi corazón cantaba de gozo, no tuve miedo, tuve la certeza de poder estar con mis grandes amores, sabía que los había reencontrado, y ahora los percibía d e manera distinta, pero no menos hermosa, ahora los disfrutaba machismo más. No nada más somos un cuerpo físico y una mente, hay dentro de nosotros un corazón, un espíritu que canta de gozo cuando nos acercamos a nuestros hermanos árboles o a nuestra gran Madre Tierra. Mi reencuentro con la Madre Tierra y mi abuelo árbol, me dieron la certeza de que esta nueva forma de vida, es distinta, pero no es menos hermosa. Vero Aguilar