Recuerdos de vida.

Por Luis González.

¿Qué grandes paradojas tiene la vida?; ¡Qué maravillosa!; y ¡qué grandes sorpresas prepara!.

Esa mañana el día era brumoso, el sol tímidamente asomaba entre el smog y las nubes.

Era miércoles y la hueva de hacer las actividades cotidianas me embargaba.

Bajé del metro en la estación Miguel Ángel de Quevedo; tenía la firme intención de comprar algún buen libro.

Al salir al aire libre sentí una nostalgia profunda, me acordaba de alguien, ella, la mujer, que durante mucho tiempo ocupó mis pensamientos y ahora estaba convertida en un gran recuerdo.

Mientras caminaba rumbo a Gandi, un ruido cualquiera distrajo mi atención, volteé hacia la panadería Santo Domingo y de pronto como una alucinación apareció ella. Caminando con su paso felino, con su gracioso movimiento, con su escultural cuerpo y sobretodo con mis recuerdos.

Crucé corriendo y sin ninguna precaución avenida Universidad; y por mera suerte no me convirtió algún micro, en estadística.

Le dí alcance cuando doblaba la esquina; y sin decir agua va, le tomé la mano y me planté frente a ella y dije:

-¡Hola Lilia!, ¿te acuerdas de mí?.

La muchacha puso cara de sorpresa y dijo con su inconfundible voz:

Perdone señor pero no le conozco.

Yo argumenté:

Pero Lilia, soy Bruno.

La joven torció la boca y con tono de molestia contestó:

Señor, repito, no le conozco, y déjeme pasar.

Como era de esperar, yo puse cara de idiota y no supe que responder; sin embargo en lugar de soltarle y retirarme le tomé con más firmeza la mano.

En lugar de decir algo, simplemente levantó su mano libre y me plantó tamaño bofetada que aún ahora me duele.

El golpe me hizo reaccionar, pero tampoco le solté, estaba seguro que era ella y no quería dejarla escapar.

Con voz trémula argüí:

Lilia, soy Bruno, no quiero hacerte daño solo quiero que me conozcas; no es posible, que no sepas quien soy. ¿Te acuerdas de esto?.

Le mostré la mano donde tengo la enorme elevación subcutánea.

Ella, tiró fuertemente de la mano que yo le tenía retenida y dijo casi a gritos:

-¿En qué idioma tengo que decirle que no le conozco?, no soy la tal Lilia, así que quítese de mi camino o llamo a un policía.

Apenado me disculpé, mientras metía mi mano izquierda en la bolsa del pantalón con la enorme verruga embarrada en ella.

De nuevo me dirigí a la librería.

Mientras buscaba algo interesante en la estantería mi cabeza daba vueltas.

Estaba seguro que era Lilia, sin embargo ella lo había negado.

Un sin fin de evocaciones inundaron mi cerebro, evoqué las tardes en que juntos recorríamos Ciudad universitaria, las noches en que entre caricias ardientes contestábamos los trabajos escolares; recordé sus bellísimos ojos azules siempre optimistas, sus carnosos labios que algunas veces dijeron amarme y aquel triste día dijeron adiós.

Era ella, no cabía duda, sin embargo recordé sus facciones contraídas por el enfado y la cachetada me dolió en el alma.

Más recuerdos fluyeron y la nostalgia me invadió por completo.

Fui a la caja y pagué los 5 libros que se me habían atravesado; y mientras la señorita cajera me obsequiaba una cordial sonrisa junto con el cambio, la vi a ella, sonriendo, sentada en la explanada de Ciencias políticas.

En lugar de dirigirme a mi oficina para el trabajo diario, avancé sobre Miguel Ángel de Quevedo rumbo a San Ángel.

Ya en San Ángel me metí a un café para continuar gozando de mis penas.

Por lo visto era un día de mujeres bonitas, la chica que atendía la mesa se acercó con la carta en sus manos; pero me concreté a pedirle un café capuchino y una rebanada de pastel de chocolate.

Esto mientras mis ojos la observaban, al fijarme en sus piernas noté que eran unas piernas memorables, y por asociación de ideas mi pensamiento se trasladó a Cancún y me encontré con Lilia sentada en la arena y las olas mojaban sus pies y el viento despeinaba sus cabellos.

Todo lo que ocurría ese día tenía que ver con ella.

Saqué de mi bolsa una libreta y comencé a escribir cosas sin sentido.

Mi cabeza seguía girando en torno a Lilia.

En el momento en que más abstraído estaba con mis ideas alguien me tocó el hombro.

Miré y dije:

¡Lilia!, ¿Si eres tú?.

Ella preguntó:

¿Me puedo sentar?.

Claro tú siempre puedes.

Un poco repuesto de la sorpresa comencé a interrogarle:

-¿Porqué te negaste en la glorieta?.

-¿Porqué esa reacción?, pero sobretodo ¿porqué estas aquí?.

Contestó:

Si me dejas hablar te lo contaré todo.

Como sabes, cuando nos separamos me fui a Europa y regresé apenas hace un par de semanas.

Hoy la casualidad hizo que nos encontráramos.

Te vi antes que tú, pero no quería conversar contigo y por eso me negué.

Después que te disculpaste te seguí y ahora estamos platicando en éste café.

Entonces le interrumpí:

-¿Pero, porqué me seguiste?.

Ella agregó:

Te conozco y sé que investigarías con los amigos en común, sé que incluso hablarías a la casa preguntando por mí.

Tarde o temprano sabrías que regresé y me buscarías y sabrías que la de la glorieta era yo.

Te seguí para hablar contigo y volverme a despedir, pero ahora para siempre.

Yo le hablé de mis sentimientos, y le dije que todavía le amaba, que estaba en condiciones de ofrecerle esa felicidad que alguna vez soñamos.

Le expliqué, que no me había podido olvidar de ella y que sin importar el pasado podríamos comenzar de nuevo.

Ella, se puso de pie, y tomó mis manos con las suyas; y con los hermosos ojos azules llenos de lágrimas sentenció:

Te amo, y te he amado siempre, desde que te conozco no ha habido un solo día que no piense en ti.

Te amo al grado, que si alguna vez compartiera mi vida con alguien sin duda sería contigo.

Te amo y si no lo crees eres un rematado imbécil.

Te amo pero no puedo seguir contigo.

¡Tengo Sida!.

Aflojó sus manos y lenta pero inexorablemente se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.

Yo miré su hermoso cuerpo alejarse, llevándose en su muerte mi vida.

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