UN RECUERDO DE MI INFANCIA.

 

Por Orlando Olivera.

 

Aquella noche le dije a la mamá.

-Mamá, mañana ¿me llevas al mercado?. -Si te dormís de una vez, sí. En ese tiempo yo tenía 4 o 5 años. Todavía no me daba cuenta de que yo era un niño diferente a los demás, y por supuesto no podía comprender lo que sentían el Papá y la Mamá cuando la gente nos miraba a mi hermano y a mí como si fuésemos bichos raros.

También para ese tiempo mi hermano ya estaba en el instituto. Él era el mayor. De manera que yo estaba prácticamente solo en casa. Es decir que yo Era el único chico.

Esa semana el Papá, trabajaba de noche y yo dormía como un rey con la Mamá. Por supuesto, no me dormía enseguida, me quedé calladito y lo más quietito que pude, hasta que el pícaro sueño me vino a visitar.

A la mañana, me despertaron los ruidos habituales de la marmolería. Mi casa, (mejor dicho las dos piezas que alquilábamos) estaba en una parte de la casa y la otra parte del terreno, pertenecía a una marmolería.

Camiones entrando o saliendo, el guinche, los martillazos en el yunque enderezando las láminas de acero que cortaban los bloques y los gritos de los hombres haciendo fuerza, ayudándose con la voz, no pudieron hacer otra cosa que despertarme.

Estiré los brazos y... ¿la mamá? ¡No estaba!, Se había ido al mercado. ¡Y no me llevó!. ¿llorar? ¿Para qué? Si no había nadie que me escuchara. Me vestí y me fui a la terraza donde estaba mi triciclo. Di un montón de vueltas, después fui a la alacena, le dí un mordiscón al salame, otro al queso y al final terminé por aburrirme.

¿Qué hacer? ¿Ir abajo a estar con la niña chicha? No, la abuelita se había ido al cielo y ya no era lo mismo. Yo iba cada vez menos.

¿Qué hacer? ¿Y si durmiese?... La Mamá, volvió del mercado y fue directamente a la cocina a dejar las cosas que había traído. Después fue a la pieza a cambiarse de ropa a empezar a hacer las cosas de la casa. Al no verme en la cama, pensó que estaría en la terraza andando en el triciclo. Cuando fue, yo tampoco estaba allí. La Mamá entonces, bajó a buscarme pensando que estaba con la Niña Chicha o en el baño.

El baño de nosotros quedaba abajo, esa era la contra que tenía. Para ir no había más remedio que pasar delante de las narices de los vecinos de abajo.

Cuando llegó, la niña Chicha volvía a su vez de la calle, y volvía sola. Sin mí. ¡Hay Chicha, buen día! ¿no lo vio al Nano? No lo encuentro por ninguna parte. Voy a ver si está en el baño. La mamá golpeó la puerta del baño y como nadie contestó, la abrió. No había nadie. ¿E Irene? ¿Está en el baño? Hoy no lo vi para nada, ¿dónde estará?. La Mamá entonces se alarmó de verdad. ¿Dónde podría estar?. -Arriba tampoco está. Yo no sé ¿qué pensar? ¿habrá salido a la calle?. ¡Hay no! ¡Dios mío!. -¡a lo mejor está en la marmolería! -no, cuando están trabajando, solo no va nunca por que le tiene miedo a los camiones, pero igual, voy a ir a preguntarle a Domingo. -A pesar de haber trabajado de noche, El Papá estaba en la marmolería haciendo horas extras que en ese tiempo se pagaban doble. La Mamá se metió directamente en el galpón de la marmolería. Al verla el Papá le preguntó.

¿Qué pasa? -El nano, no lo encuentro por ninguna parte. Arriba no está, con la Chicha tampoco, Se nota que esta mañana estuvo jugando con el triciclo, pero ahora ¡no sé dónde está! ¿Se habrá ido a la calle? Ayer lo llevé a la carnicería, ¿porqué no vas a ver? Es muy capaz de estar ahí.

La carnicería de don Humberto Locateli, estaba saliendo de mi casa, tres puertas a la derecha, era muy fácil ir. Además, el Papá iba casi siempre a ayudar a don Humberto porque conocía el oficio y algunas veces me llevaba un rato.

Él me llevaba a pasear más veces que la Mamá. Por supuesto, a Él también le dolía (como a la mamá) que la gente nos mirase, pero él lo superaba mejor que ella. Cuando la Mamá llegó a la carnicería, el cotorreo estaba en lo mejor. Después de saludar, preguntó: -¿Humberto, no lo vio al Nano?. Pensé que lo iba a encontrar acá pero veo que no está. No señora, ayer estuvo con su marido pero hoy no lo vi. Además, solo no viene nunca. ¿Qué pasó? -desde que vine del mercado que lo estoy buscando y no sé dónde puede estar. Tengo miedo que haya salido a la calle y se lo haya llevado alguien o que le haya pasado algo.

El concierto de frases alentadoras fue interminable. Todas las mujeres presentes sugerían algo. Humberto dijo: Señora, para mí, lo mejor, es avisar a la policía. El chico pudo haberse puesto a caminar. Se alejó de la puerta de la casa y después no supo volver.

El escritorio de la marmolería. Estaba en la parte de la casa, en la entrada. El ventanal daba al playón. Y de esa forma dominaba la entrada y la salida de los camiones y de la gente que entraba y salía. Por eso, cuando la Mamá volvió a entrar a la casa, Don Victorio Cambori (el patrón), la vió pasar llorando amargamente. La Mamá, subió, me volvió a buscar y al no encontrarme bajó corriendo. Ni siquiera se tapaba la cara. No le importaba que la vieran llorar. Fue otra vez dónde estaba el Papá. No hizo falta que hablara, era evidente, a mí me había pasado algo. -¡Hay Domingo, ¿no-se habrá ido con el Leyva a la estación?.

-No, se fueron muy temprano, antes de las siete Ustedes estarían durmiendo todavía-. -¿y si se vino para acá, y se cayó en un pozo?(Esa posibilidad los desconsoló. Era muy difícil que yo hubiera bajado solo al playón pero... El Papá se asomó a los cuatro pozos donde se juntaba la arena molida de las máquinas, No eran pozos muy profundos, pero para una criatura sí. Yo no estaba en ninguno de los cuatro. Quedaba el pozo de la bomba, pero el único que bajaba era el ayudante del capataz, Santiago milanni. El Papá fue al galpón a buscarlo y allí también encontró al capataz, Cacho Carburi. Cuando el Papá les contó lo que pasaba, se armó el alboroto. Milanni dijo: Ío estube tuta la matina kuí, sí lu bambino fuvesse benito, ío lo fuviese visto. Lu bambino non está abaco. Baje por las dudas, dijo el capataz. La orden del capataz le cayo mal al hombre, pero bajó igual. Lu Bambino non stáááa ¡caraco! Fue un grito de alegre alivio. Quizás ese gringo abría dejado hijos chicos como yo en Italia y se resistía a bajar por temor a encontrarse con una desgracia. Ese pozo tenía ¡dieciocho metros de Profundidad!.

En ese momento, en uno de los camiones que volvía de retiro, llegaba el Leyva. El Leyva, era un amigo de la infancia del Papá. Se vino de San Juan al poco tiempo de venir nosotros y ahora vivía en una de las dos piezas.

Cuando vio a la Mamá llorando y a la gente reunida alrededor del pozo de la bomba, donde estaba saliendo Milanni, se largó del camión y fue corriendo donde estaban todos. ¿Qué ha pasado Domingo? -Se nos perdió el Nano, Pensábamos que se había caído en un pozo, pero no. Para mí que salió a la calle y alguno se lo llevó. A lo mejor se juntó con otros niños y andará jugando por ahí. Yo voy a salir a dar una vuelta. Cuando veníamos, vi un montón de niños jugando. Capaz que esté con ellos. Sin decir nada más, así como estaba salió a la calle. Tomó por Santo Tomé hacia la avenida Nazca.

Encontró el grupo de chicos, pero yo no estaba con ellos. De todas maneras, y por las dudas, Le preguntó al más grande: ¡ché pibe! ¿No vieron por aquí andar a un niñito ciego? Los chicos se quedaron mirándolo y él siguió caminando. (no, no me habían visto.

La Mamá volvió a la casa, y al llegar a la escalera, la niña Chicha la abrazó, tratando inútilmente de consolarla. -Irene, ya va a ver cómo todo termina bien. Desde el cielo Mamá debe estar cuidándolo La Mamá aceptó el abrazo y las palabras de alivio y llorando siguió subiendo la escalera. Llegó a la cocina, sobre la mesa estaba el paquete con los seis churros que había comprado para atenuar la bronca que yo le tiraría por no haberme llevado al mercado.

La niña Chicha mientras tanto, entró a su casa, fue hasta el dormitorio, tomó el cuadrito de San Antonio y estampándole un beso lleno de emocionada fe, lo puso cabeza a bajo hasta que yo apareciera. ¡Qué milagroso que es San Antonio! ¿Quién dirá que no? Enterado por Cacho de lo que pasaba, Don Victorio hizo llamar al Papá.

Cuando lo tubo en el escritorio lo hizo sentar, y le dijo: Olivera, Usted se dará cuenta que buscar un chico perdido aquí, en Buenos Aires, es cómo buscar una aguja en un pajar. Sin embargo no podemos quedarnos con los brazos cruzados. En mi opinión, Usted tiene que dar parte a la policía. Tal vez, el Nene, se alejó un poco y si algún Policía lo vio, sin duda lo debe haber llevado a la comisaría. Pero así cómo le digo una cosa, le digo la otra. Yo estuve toda la mañana aquí y no lo vi pasar. De todas maneras, suba y cámbiese. Yo los voy a llevar a la comisaría para hacer la denuncia. No se olvide los documentos: Su Libreta, la de su Señora, la libreta de casamiento y si es posible, la partida de nacimiento del chico, no sea cosa que se les ocurra pedirla también.

El Papá no contestaba nada. Era como que se dejaba llevar. En ese tiempo era un hombre robusto sin ser gordo, ¡y muy fuerte!. Pero en ese momento parecía un hombre muy viejo. , Agradeció, y se levantó del escritorio. Al mismo tiempo llegaba el Leyva, y por la cara que traía, el Papá se dio cuenta de que volvía sin ninguna novedad. -¿Qué vas hacer Domingo? -Don Vitorio nos va a llevar a la comisaría a hacer la denuncia. Yo no sé qué hacer. ¿Cómo nos pudo haber pasado esto? El Leyva no le contestó nada. Juntos caminaron asta la escalera y empezaron a subirla. La Mamá, después de recorrer todo otra vez, entró en la pieza y rezó pidiendo un milagro. En eso estaba cuando escuchó el ruido de pasos en la escalera, y pensó acertadamente que eran el Papá y el Leyva.

El Papá entró a la pieza y el Leyva se quedó en el patio fumando. La supuesta desgracia también lo tocaba muy de cerca. En Buenos Aires, toda la familia que tenía éramos nosotros y se había encariñado con el Hugo y conmigo y nosotros con él. El Papá, se sentó en la cama al lado de la mamá, y le dijo: Tenemos que salir Irene, hay que ir a la comisaría y hacer la denuncia para que lo busquen. ¡vas a ver, como lo encuentran enseguida! No puede haberse ido muy lejos. Dios y la virgen nos van a ayudar a encontrarlo. Vamos, saca la ropa y no llores más.

Ahogándose de llanto, la Mamá se acercó al ropero y lo abrió. Sobre la ropa blanca, con las piernas dobladas, sentadito a lo Buda y durmiendo plácidamente, estaba yo.

 

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