¿EN QUÉ MUNDO ESTAMOS?

 

Cuando me pongo a pensar en el año 2005, me vienen a la mente tantos acontecimientos entonces producidos: terremotos, tsunamis y huracanes que, entre otras cosas, fueron capaces de llevarse al hermoso Cancún. Realmente qué, pero qué increíble todo lo que ocurrió no hace mucho; qué impresionantes las escenas para quienes las vieron. ¡Cuánta destrucción!

No soy supersticioso; no soy tampoco de aquellos que andan hablando de fechas y horas acerca del fin del mundo, pero, sí creo que es necesario reflexionar y plantearse ciertas preguntas ante la magnitud de tales acontecimientos. ¿No habrán sido estos algún signo expresivo de la naturaleza? ¿No habrá habido en ellos algún tipo de mensaje que debiéramos haber captado? ¿No habrían sido una invitación a nosotros, para que hagamos una toma de conciencia sobre nuestras conductas y nuestra relación con la naturaleza misma?

Pienso que ante la magnitud de acontecimientos como los producidos en el mencionado año, tendríamos que haber hecho un alto en el camino de nuestras vidas para ponernos a reflexionar acerca de nuestras conductas, de nuestras actitudes para con nosotros mismos y para con los demás. Si no lo hemos hecho, todavía estamos a tiempo, y bien podríamos aprovechar la ocasión para también preguntarnos: ¿En qué mundo estamos?

Imaginémonos por un instante que el mundo de hoy es un escenario redondo y muy grande; pensemos que sobre ese gran escenario se lleva a cabo una gran obra, que a lo mejor nos podría recordar aquel Gran Teatro Del Mundo de Calderón De La Barca. Pues, resulta que en aquella obra, no solo somos espectadores; somos actores y en cierta medida autores de las diferentes escenas que marcan el día a día, y de las que a veces nosotros mismos nos horrorizamos. Cada uno tiene un papel que es imposible dejar de cumplir en el reparto de la vida, pero, necesitamos aprender a ser conscientes de aquello para estar a la altura de nuestras circunstancias y responsabilidades personales, así como sociales. De allí, lo útil que podría resultar el preguntarnos en qué mundo estamos.

No hace falta abrir los ojos para ver que nunca antes se tuvieron tantos medios como los que hoy se tienen. En la actualidad, como nunca antes, nuestra imaginación es capaz de volar hasta alturas que ningún águila o cóndor hubiese sospechado alcanzar. Soñar, y soñar acerca del futuro en forma ilimitada, hoy ya no solo es posible si no fácil.

Los avances tecnológicos generan en la gente toda una serie de expectativas e ilusiones, acerca de la posibilidad de lograr la satisfacción. Ah, cómo serán esos avances, y los prodigios de hoy, que el futuro mismo aparece como una de esas mercancías fetichistas que se promueven para el uso y consumo de la gente. Sirve como recurso que es explotado por algunos políticos quienes lo usan, sin el más mínimo escrúpulo, cual si fuera una goma de masticar que no puede faltar en sus discursos.

¿Qué no hubiese podido soñar o proyectar hoy un Julio Verne, con todos los medios que ahora existen? ¡Cómo no tuvo en su tiempo la ayuda de las computadoras, de las comunicaciones por correo electrónico y de los satélites!

La fuente de los avances y prodigios actuales está ubicada sin duda en el centro de la civilización post industrial, la cual ha alcanzado los niveles de desarrollo que conocemos, como resultado de saltos impresionantes, producidos en el marco de un devenir caracterizado por una dinámica, que le exige a dicha civilización revolucionar permanentemente hasta revolucionarse a sí misma. Dicho sea de paso, si esta dejara de revolucionar, dejaría de ser lo que es, y perdería la posición de dominio que conserva en lo que hoy se ha dado en llamar La Globalización.

La proyección de tales avances y prodigios, a través de los modernos medios de propagación, como la radio, la televisión, los periódicos, el cine y el internet que cubren al mundo entero, no hace más que dejar perplejos, anonadados, con la boca abierta a propios y extraños. Llega a despertar en algunos un sentimiento de respeto y admiración ilimitados por los inventos, las creaciones, los descubrimientos, las formas de pensar, y hasta las formas de vida que los civilizados nos muestran y ofrecen.

Vivimos en medio de un asombro que parece no tener cuando terminar. Si hoy aparece algo nuevo, mañana aparecerá algo que lo habrá de remplazar, y entonces lo nuevo se habrá vuelto obsoleto sin tener tiempo de hacerse viejo. ¡Qué es esto! ¿A dónde estamos?

Por mi parte, ya tendría que haberme acostumbrado al hecho real de poder estar sentado en este instante frente a mi computadora, escuchando el tenor del texto que aparece en la pantalla mediante una voz metálica, que me lee. Ya debería tomar como algo normal, natural, la posibilidad que hoy tengo de navegar por internet pese a mi falta de vista, para visitar todo un universo de información así como de conocimientos que hace unos cuantos años no me hubiese atrevido a si quiera imaginar como algo alcanzable para mí, por mí mismo, pero, no logro salir del asombro frente a tanta maravilla que hoy se me ofrece, y me pregunto: ¿Qué otras maravillas más no vendrán?

Sin embargo, hay un refrán que bien se le podría aplicar al mundo actual, en medio de todo lo maravilloso que pudiese ofrecernos. El refrán en mención dice: “No todo lo que brilla es oro”. Pero para descubrir aquello hay que tener los pies firmes sobre la tierra y la cabeza bien puesta sobre los hombros, antes que en alguna otra parte desde la cual no se pueda ver.

Tanta maravilla junta tiene su antítesis; no es ajena a un mundo plagado de profundas contradicciones, que se pueden percibir al observar las inmensas diferencias que hasta ahora existen entre unos pocos que tienen acceso a “todo” y una gran mayoría que tiene acceso a poco, a casi nada, o a nada, no obstante todos los medios y recursos tecnológicos y el conocimiento con los que se cuentan.

Si nos ponemos a observar, veremos que pese a todo lo que hemos caminado a lo largo de la historia, todavía nos falta mucho por andar como humanidad incluso en los países ricos, y modestamente a veces tiendo a pensar que más bien estaríamos yendo como el cangrejo, para atrás. ¿Cómo así? Es que se ha producido una inversión de los valores, en una magnitud tal, que invita a pensar y a poner las cosas al revés, en contra de su naturaleza. Por eso se cree que cuando se va para atrás se estaría yendo para adelante, y no faltan los que se oponen a las verdaderas transformaciones, asumiendo una actitud reaccionaria de pasión por el atraso frente al progreso.

Aquel viejo éxodo, del cual tanto hemos oído hablar y leído en los textos bíblicos, parecería estarse dando entre nosotros hasta la actualidad. Las antiguas estructuras del viejo Egipto no habrían hecho otra cosa más que modernizarse, tecnificarse, para en el fondo seguir siendo las mismas, aunque creamos lo contrario. Los cambios producidos en tales estructuras no han sido más que cosméticos, y si de algo han servido ha sido para mantener el orden, hoy globalmente establecido en la nueva Babilonia.

Aunque parezca mentira o fantasía de algún ilusionista de plazuela, el mundo daría la impresión de no poder liberarse de viejas cadenas y de plagas que en su momento estuvieron dirigidas al Faraón, pero que hoy se estarían renovando, y se tornarían en contra de la humanidad misma, promoviendo males en ciertos casos de tipo irreversible, que cobran un gran número de vidas, como es el caso del síndrome de inmunodeficiencia adquirida por citar un lamentable ejemplo. Continuamos viviendo en medio de circunstancias muy parecidas a las que se daban cuando el pueblo judío, con Moisés a la cabeza, atravesaban el Mar Rojo. El Faraón se ahogó en aquel mar, pero, otros vendrían a remplazarlo y los problemas de entonces parecerían estar ahí, hasta hoy, vivitos y coleando.

En lo material, son más que muchos los que tienen sed de justicia social, y permanecen marginados de la civilización, hundidos en el fango de la miseria más absoluta sin salud, sin la tan necesaria educación. Están a merced de la fatalidad, y lo único que poseen es la condición de ser totalmente vulnerables a cuanto mal se les pudiese presentar. Las mujeres, los niños, y las personas con limitaciones físicas, sensoriales, así como mentales, se constituyen en los sectores de mayor vulnerabilidad entre los vulnerables, en la barbarie donde los estados están al servicio de minorías privilegiadas.

¿Cuántos son los hambrientos que habitan en el mundo de hoy? ¿Y qué decir de los desnutridos? ¡Pues no hace falta ir al África para encontrarlos! No. ¡Están aquí no más! ¡Están a la vuelta de la esquina de los grandes resorts, en los que las sobras de los buffets a lo mejor se botan! Y se mueren de hambre porque hay mucho pan, pero en muy pocas manos.

En cuanto a lo espiritual, en el mundo de hoy también hay grandes necesidades que, curiosamente, se presentan en forma paradójica allí donde más poder económico existe, y ponen de manifiesto algo que no siempre se percibe: el dinero no es para nada el Maná del Cielo. Es tan solo una mercancía, que el ser humano se ha encargado de elevar a la categoría de ídolo, dando lugar a la magnitud del culto que gran parte de la humanidad le rinde. Se le adora, algunas veces sin límites, como si el dinero fuese un “Dios” y como si con él se pudiese poner fin a un vacío interior que sin embargo ningún ídolo terrenal, ninguno, ha podido llenar.

Seguimos siendo (nos guste o no) idólatras, y si las minorías que lo tienen todo ¿todo? experimentan un profundo desasosiego, es debido a ello precisamente. Los ídolos nunca llenan; solo dan la impresión de estar haciéndolo, y lo trágico es que seguimos cayendo en su trampa. No faltan quienes se ven hundidos en un feroz y penumbroso pozo llamado depresión; no son pocos los que se desorientan al sentirse decepcionados por los “Dioses” paganamente creados y que, en consecuencia, no tienen los poderes que los humanos mismos se encargan de atribuirles.

Hay una confusión que hace propicia la propagación de ideologías totalmente equivocadas y en ciertos casos destructoras, las cuales llevan a muchos por los caminos de un fanatismo seudo religioso, que puede llegar a niveles alucinantes de delirio, alentados por una plaga de vendedores de la “verdad” y el ”futuro” que se nos presentan por el camino, cual salvadores, buscando clientes entre los desorientados e ignorantes. Para aquellos vendedores: ¡Que viva la confusión! Y es que como bien dice otro refrán: “A río revuelto, ganancia de pescadores”.

La prédica, la contemplación y la profecía baratas, que en medio del mundo actual salen como pan caliente, se han constituido en una impresionante posibilidad de negocio para más de un aventurero que, de repente, haciendo de ejemplar varón y pastor en su propia -¿iglesia?- termina de millonario. Así missmo, han dado lugar a una industria de la metafísica, que crece y crece como respuesta a una gran demanda de productos, que se da en campos como el intelectual, el artístico, el de la salud alternativa e incluso el del turismo. Tales productos son buscados para ver si con alguno de ellos es posible sentirse mejor, o menos mal, de acuerdo con las capacidades del bolsillo de cada uno. No todos tenemos el suficiente dinero como para irnos a la India en viaje turístico para escuchar al gurú no sé cuantos, y llorar, gemir, saltar, sudar, cantar, y no sé si hasta excitarnos con su prediquita, como lo hacen quienes después de ello vuelven a sus países de origen gritando ¡qué paz!, ¡qué paz!, bajo los efectos de una penosa sugestión que muy pronto se esfuma pese a lo que se pudiera haber pagado por aquel viajecito.

Hemos llegado al siglo 21 en menos de lo que dura un abrir y cerrar de ojos; el siglo 20 ya se fue, y si hubiese podido llevarse las desgracias que también en él se produjeron se las hubiese llevado, para ser recordado por sus prodigios, hazañas e incluso histerias colectivas, como las que se daban cuando sus Beatles hacían cantar, bailar y delirar a los jóvenes de entonces, quienes venimos a ser los tíos y en algunos casos los abuelos de hoy.

Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que en el fondo, como dice la canción de Julio Iglesias, La Vida sigue Igual. Hasta hoy podemos percibir las huellas negativas de aquel siglo 20, que no haría otra cosa más que sumarse a los siglos anteriores, los cuales parecen venir a refugiarse entre nosotros luego de haber cumplido su papel en el escenario principal de la historia. Allí están las marcas de sus dos guerras mundiales que, entre otras cosas, también fueron causa de ceguera, como ocurriría en los conflictos que tuvieron lugar en Latinoamérica, donde por cierto no deben haber faltado aquellos que perdieron la vista.

Sí, la vida sigue igual; da la impresión de repetirse, y lo constato cuando por ejemplo me pongo a revisar las noticias sobre lo que está ocurriendo en Irak y en general en aquellas zonas donde hay conflictos. Mientras estoy oyendo acerca de ello, me doy cuenta que mi hijo está en su dormitorio escuchando la canción People Lets Stop The War, que fue grabada por el legendario Grand Funck por la época de Vietnam, pero que tiene vigencia hasta hoy y quién sabe hasta cuándo. ¿Por qué? Es que todavía hay guerras que deben parar. ¡People lets stop the war ¡No more blindness!!

Frente a las escenas de una actualidad como la nuestra, y sobre todo frente a el asombro así como el desconcierto que pudiesen haber en nosotros, me parece estar escuchando la voz de algún bisabuelo bien intencionado, quien podría estar queriendo decirme: “No te asustes nietito pues lo que hoy está sucediendo es casi lo mismo que sucedía cuando yo era jovencito”. Y a propósito de aquel bisabuelo, me pregunto cuál pudiera ser la reacción suya y la de sus contemporáneos frente a los avances actuales. ¿Qué haría él al ver la facilidad con la que hoy nuestros niños hablan con tal o cual amigo o con sus abuelos, sin importar la parte del mundo en la que este se encuentre? ¿Qué le ocurriría a la abuelita si hoy le dijeran siéntate frente a la computadora para que le veas la cara a tu nueva nieta que acaba de nacer en Francia?

Pero al mismo tiempo, y de paso, me pregunto qué podrían decir los viejos hoy, frente a la vigencia tan, pero tan curiosa, de la letra de un tango que ellos bailaban y que parecería haber sido escrito por Armando Dicépollo ayer o quizás esta mañana, luego de poner la C N N para ver las noticias. Seguramente aquellos viejos nos dirían que no queda otra que verificar el Cambalache en el que estamos viviendo y del cual resulta difícil poderse apartar, pero, entonces cabría la pregunta al estilo de la animadora de televisión Cristina: “¿Será cierto eso?”. Y a lo mejor el bisabuelo insistiría: “¡Claro, hijito!”.

La humanidad, efectivamente, daría la impresión de seguir revolcándose en el merengue aquel, al que el tango se refiere. Cualquier intento de dar un paso para ponerse de pie y caminar se torna cada vez más complicado, por el egoísmo que se da en la lucha del día a día. “Todo vale”, según los pragmáticos. Lo malo se ha ido perfilando como bueno, lo ilícito como lícito, lo bajo en alto, y los vicios privados han tomado el rango de “virtudes” públicas que le permiten a cualquier facineroso o pirata obtener el título de Sir. ¡Pero qué cambalache!

Al expresar la forma en la que yo veo al mundo actual mediante estas líneas, sé perfectamente que no estoy descubriendo nada nuevo. No son pocos los diagnósticos que se han hecho al respecto y no deseo incidir sobre lo mismo. Sin embargo, a partir de lo ya planteado, quisiera invitar a la reflexión, y contribuir a identificar un contexto concreto en el que debemos enfocar toda una problemática íntimamente relacionada con nosotros: la de la ceguera. Sus implicancias son de tal magnitud, que no podemos limitarnos a verla como una simple cuestión o asunto de oftalmólogos, de educadores, o rehabilitadores, en forma aislada, excluyente. Debemos situarla en lo complejo de una realidad, como aquella en la que nos ha tocado vivir, para conocerla y saber cómo actuar al momento que se presenta.

¿Cuál es el significado de la ceguera en el mundo contemporáneo, en el que estamos? ¿Qué representa? ¿Es la ceguera cosa de pobres? Tales interrogantes bien podrían servir de motivo guía para empezar a profundizar en un tema como este que tanto nos atañe y que a mí me llamó la atención, como materia de estudio, desde cuando estaba en la universidad.

 

Autor: Luis Hernández Patiño.

Lima, Perú.

enfoque21_lhp@yahoo.es  

 

 

                           

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