PROMESAS DEL ESTE: ASOMARSE AL ABISMO
Me resulta asombroso que aun haya gente
que se sorprenda por el camino que ha tomado en los últimos tiempos la filmografía
de David Cronenberg. Y digo esto porque ya he leído en varios sitios opiniones
que tratan de apoyar su entusiasmo por “Promesas del Este” – como si la propia
película no se bastara y sobrara por si misma para defender su incuestionable
calidad- en una presunta deriva hacia la madurez de su director, iniciada con
“Una Historia de Violencia” hace un par de años y continuada ahora con esta
película, una cruda mirada a las mafias rusas cómodamente instaladas en las
trastiendas de nuestras sociedades occidentales. Y digo que me sorprende porque
creo que si rascamos un poco la superficie, “Promesas del Este” no dista tanto,
en el fondo, de muchas de las cuestiones que Cronenberg viene planteando a su
público desde que empezó su carrera: el cuestionamiento continuo de la
identidad de cada uno, que lo que verdaderamente nos defina sean nuestros actos
o nuestras intenciones; un análisis bastante preciso de las pulsiones básicas
que motivan al ser humano y la capacidad innata de cada individuo, más allá de razas,
religiones, nacionalidades, creencias o incluso mutaciones de ser capaz de
arruinarle la vida al prójimo por satisfacer nuestros más bajos instintos o por
llevar a cabo aquello que creemos que debemos hacer.
No, Cronenberg no ha cambiado tanto como
parece. Pero sí se ha hecho más maduro -o más perspicaz, si se prefiere- al
menos lo suficiente como para deslizar en el aletargado panorama del cine
actual un caramelo envenenado, en apariencia apto para el consumo de todo tipo
de público pero en el fondo cargado de una tremenda malevolencia y mala
intención. “Promesas del Este” esboza un retrato sórdido y desesperado de unos
seres que caminan peligrosamente cerca del lado más oscuro del ser humano. A
Cronenberg le basta con tirar del hilo de uno de esos casos que se dan con más
frecuencia de lo que se piensa en nuestra sociedad, el terrible destino de una
joven emigrante atraída con el señuelo de una vida mejor a un infierno de
drogas, prostitución y muerte para construir una magnífica historia sobre mafias
rusas, tradiciones familiares, violencia, amenazas, sacrificios y difusos
límites entre el bien y el mal que culminan en un final peculiar que, como pasa
a menudo en el cine de Cronenberg, puede muy bien no ser lo que a primera vista
aparenta.
En el centro de todo se sitúa la figura
del personaje magníficamente interpretado por un escalofriante Vigo Mortensen,
un chofer que intimida a todo aquel que se cruza en su camino con su sola
presencia a la vez que seduce con su apariencia de ángel maléfico tanto al
inteligente Padrino de la mafia a la que pertenece (un sobresaliente Armin
Mueller Stahl, feroz lobo con piel de inocente cordero tan capaz de provocar
terror como de inspirar ternura) como a su atolondrado y violento hijo (Vincent
Cassel, algo excedido, aunque el guión justifique los excesos de su personaje)
pasando por esa desgarrada y tenaz comadrona (Naomi Watts, actriz que brilla a
enorme altura) que con la vida de un bebé en juego y un diario que pide a
gritos justicia por otro, desata toda una tormenta de imprevisibles
consecuencias. Cronenberg maneja con habilidad el complejo material que pone en
sus manos el guionista Steven Knight, que ya mostró la parte más oscura de
Londres en “Negocios Ocultos” de Stephen Frears: la estructura argumental recrea
el triángulo <Padrino Mano de Hierro + Heredero prepotente + Subalterno
profesional más listo que el Hijo> que Sam Mendes pusiera sobre la mesa en
“Camino a la perdición” y se funde admirablemente con la precisa descripción de
ese mundo que se rige por sus propias y terribles reglas que no es sino una
puesta al día, con acento ruso, de lo que Coppola tan bien supo exponer en “El
Padrino”, dando a toda la película una atmósfera característica, ominosa, en la
que la violencia ronda de forma continua a los personajes y amenaza su
existencia.
Los personajes de la película de
Cronenberg, incluso aquellos como el de Naomi Watts que bordea peligrosamente
los difusos límites entre distintos mundos llevado en parte por su sentido de
la justicia y en parte por la fascinación que supone asomarse al abismo del
mundo que intuye, se conducen con una frialdad tan extrema que provocan en el
espectador una rebuscada sensación de desasosiego, el punto exacto donde
Cronenberg quiere ambientar su sórdida historia. No es ya el habitual desprecio
por la vida de los semejantes – a eso el cine nos tiene prácticamente
acostumbrados – sino la metódica y calculada lógica con la que rigen sus actos,
tan inapelables y carentes de referente moral que el de las reglas de su propio
universo. El desasosiego continuo del espectador, tan inerme ante la sordidez
de la historia como ante esa violencia que amenaza continuamente con
desplegarse a través de miradas, actitudes y provocaciones, es aun mayor cuando
Cronenberg la muestra finalmente en pantalla, en unos fogonazos de brutalidad
difícilmente soportables, de esos de los que uno querría apartar la mirada en
cuanto adivina la intención del director, por más que éste haya dejado claro
por donde van los tiros de su propuesta desde la durísima secuencia de apertura
en la barbería.
Para la historia queda además una
magnífica secuencia en unos baños turcos en la que Cronenberg consigue una
vibrante mezcla de repulsión, fascinación, fuerza y fragilidad: la terrible
violencia con la que se conduce el personaje de Vigo Mortensen, pura cuestión
de supervivencia, contrasta con la sensación de desamparo que produce que su
personaje se enfrente a esa situación extrema completamente desnudo, una idea
tan brillante como simple que provoca todo tipo de sentimientos en el
espectador, incapaz de apartar su mirada pese a la dureza de lo que Cronenberg
muestra que, insisto, no dista mucho de los puntos de vista a los que ha hecho
referencia – con elementos muy distintos, eso si – a lo largo de su filmografía.
Asistí a ver la película con amigos que
señalaban en contra de la película, ciertas debilidades argumentales en su
tramo final, marcado a fuego por uno de esos recursos narrativos que pueden
resultar forzados pero que en el fondo desvelan la verdadera intención de los
artífices de la película en su afán de plantear interrogantes mucho antes que
ofrecer respuestas al espectador. “Promesas del Este” es una de las mejores
películas de este 2007, con argumentos a favor de verla que dejan muy atrás los
escasos reparos que puedan ponérsele. Hay que tener la valentía de asomarse al
abismo al que Cronenberg nos invita porque esa valentía se ve ampliamente
recompensada con una generosa ración de buen cine elegantemente servido, ese
cine que emparenta tanto con las negruras del Clint Eastwood de “Mystic River”
o el mejor Scorssece, que me hizo recordar las añejas y sin embargo plenamente
vigentes películas de Sam Peckinpah.
Sin duda Cronenberg tiene mucho más que
comentar y prometo hacerlo en próximas entregas.
Autor: Rafael Fernández Pineda. Cancún,
Quintana Roo. México.