"La primera aventura"
Es asombrosa la forma conque lo vivido puede parecernos extraño e incluso como puede desaparecer de la cabeza.
Años enteros con miles de vivencias pueden perderse; a menudo veo niños que van a la escuela y no pienso en mi propia época escolar.
Veo estudiantes de bachillerato y no recuerdo que yo también lo fui.
Veo como los mecánicos van a sus talleres y los frívolos empleados a sus oficinas y he olvidado que un día recorrí el mismo camino, que llevé la misma bata azul y la misma chaqueta de escribiente con los codos resplandecientes.
En la librería observo sorprendentes librillos de versos escritos por jóvenes de 18 años publicados por la editorial Océano de Montevideo y no pienso que yo mismo una vez escribí versos parecidos y que también caí en la trampa del mismo cazador de autores jóvenes. Hasta que en un momento ya sea en un paseo o en un viaje, en tren o en una noche oscura aparéese en mi mente una etapa totalmente olvidada de mi vida brillantemente iluminada como una obra de teatro con todos sus detalles, con todos sus nombres, lugares, sus ruidos y olores, esto es justo lo que me ocurrió la pasada noche, se me apareció un episodio de mi vida el cual en el momento de vivirlo estaba seguro que no lo olvidaría jamás pero que había quedado renegado al olvido más absoluto durante años, exactamente igual como se pierde un libro o un cortaplumas al que primero se hecha en falta y al cabo de un tiempo se olvida hasta que un día aparece en un cajón entre trastos viejos y de nuevo nos pertenece.
Tenía 18 años, estaba a punto de acabar mi periodo de prácticas como aprendiz de mecánico, hacía poco que tenía la convicción de que no llegaría lejos en este oficio y que quería cambiar de rumbo
Mientras buscaba la ocasión de decírselo a mi padre seguía en la empresa medio arto y medio contento como alguien que ya se ha despedido y que todos los caminos le están esperando.
En aquel tiempo teníamos en el taller un ayudante cuya cualidad más relevante era su parentesco con una rica y bella dama del pueblo. Esta joven viuda de un industrial vivía en una pequeña villa, poseía un coche elegante y un caballo de montar y se la consideraba altiva y ecéntrica porque en lugar de asistir a las reuniones de señoras cabalgaba, pescaba, cultivaba Tulipanes y tenía perros San Fernando.
Se hablaba de ella con envidia e irritación sobretodo desde que se sabía que en Maldonado y Mar del Plata lugares donde viajaba seguido solía ser muy sociable.
Desde que su sobrino primo estaba con nosotros ella ya había visitado tres veces nuestro taller, saludaba a su pariente y dejaba que le enseñáramos nuestras máquinas. Su aspecto siempre era espléndido y me impresionó profundamente ver aquella mujer alta y rubia, tan elegante pasear por el taller llena de hollín con la mirada curiosa y haciendo preguntas graciosas con su rostro fresco e ingenuo como una niña pequeña. Nosotros con la ropa de trabajo llenas de grasa y las manos y cara manchada de negro teníamos la impresión de que nos visitaba una princesa.
Esto no cuadraba con nuestras ideas social demócratas cosa que siempre reconocíamos en cuanto se iba.
Un día durante el descanso para merendar el ayudante se acercó a mí y me dijo.
--¿Quieres venir el domingo ha visitar a mi tía?, te ha invitado.
--¿Me ha invitado?, si te burlas de mí te hundo la cabeza en el cubo de agua.
Pero era verdad me había invitado para el domingo por la tarde podíamos volver ha casa en el tren de las 10 y si queríamos quedarnos hasta más tarde quizás nos prestaría el coche. Relacionarme con la dueña de un coche de lujo, ama de un mayordomo, dos criadas, un cochero y un jardinero era algo que chocaba con mis principios de entonces pero esto sólo se me ocurrió después de asentir con entusiasmo y preguntar si sería correcto ponerme el traje de los domingos que era de color crema.
Hasta el sábado viví un estado de alegría intensa y excitación, luego el miedo se cernió sobre mí.
¿Qué iba ha decir? ¿Cómo me debería comportar? ¿Cómo hablaría con ella?.
Mi traje del cual siempre había estado orgulloso se hallaba de pronto lleno de arrugas y manchas y los cuellos estaban todos deshilachados, además mi sombrero era viejo y desgastado y nada de esto no podía apalear ninguna de mis tres piezas más valiosas, un par de zapatos de punta fina, una corbata roja brillante de seda y unos anteojos con montura de níquel.
El domingo al anochecer el ayudante y yo fuimos andando ha Maldonado y me sentí enfermo de emoción y nerviosismo, la belleza surgió ante nosotros estábamos delante de una reja bordeada por pinos y cipreses exóticos y los ladridos de los perros se mezclaban con los sonidos de la campana del portón; un mayordomo nos dejó entrar sin decir una sola palabra. Tratándonos con altivez y casi sin apartar el gran San Bernardo de nosotros que intentaba alcanzar mis pantalones. Miré mis manos con temor hacía meses que no estaban tan pulcras la noche anterior las había lavado durante media hora con keroseno y jabón. La dama nos recibió en el salón ataviada con un sencillo vestido azul claro, nos dió la mano y nos pidió que tomáramos asiento la cena estaría servida en unos instantes, me preguntó.
--¿Es usted miope?.
--Un poco (le respondí)
--¿Sabe que los anteojos no le favorecen?.
Me los quité y los guardé poniendo una expresión porfiada.
--Además ¿usted puede ser de los rojos verdad?, (preguntó a continuación).
--¿Se refiere a un social demócrata?. si por supuesto.
--¿y por qué?.
--Por convicción.
--Entiendo, pero la corbata si que es bonita; bien vamos ha cenar seguramente tendrán apetito. En el salón continuo estaba la mesa puesta con tres cubiertos con excepción a tres copas de tamaño diferentes no vi nada contra mis temores que pudiera ponerme en un aprieto. Una sopa de seso, pollo desguazado, verduras, ensaladas y tarta eran cosas que podía comer sin hacer el ridículo y los vinos los servía la misma dueña de casa.
Durante la cena habló casi exclusivamente con el ayudante y como la buena comida tuvo un efecto agradable junto con el vino pronto me sentí ha gusto y bastante seguro de mí mismo Después de la cena nos llevaron las copas de vino al salón y cuando me ofrecieron un puro excelente que para mi sorpresa a fue encendido con una vela roja y dorada mi bienestar se incrementó hasta convertirse en puro placer.
Entonces me atreví a ver la dama tan elegante y hermosa que me sentí orgulloso de estar en un hermoso espacio de un mundo distinguido que tan solo conocía gracias ha algunas novelas y folletines.
La conversación se fue animando y me sentí tan audaz que osé hacer bromas sobre los anteriores comentarios de la señora referentes a la social democracia y la corbata roja.
--Tiene razón (dijo sonriendo) no traicione sus convicciones pero debería llevar su corbata un poco más derecha.
Estaba inclinada delante de mí y arreglaba mi corbata con ambas manos, de pronto sentí un temor profundo cuando ella introdujo dos dedos por la abertura de la camisa acariciando suavemente mi pecho. Cuando levanté la vista aterrorizado volvió ha hacer presión con los dedos al tiempo que me miraba fijamente a los ojos
¡Oh dios! ¡oh dios! pensé mientras mi corazón latía con fuerza y ella daba un paso atrás simulando examinar mi corbata, sin embargo volvió a mirarme de forma seria e intensa
asintiendo despacio un par de veces con la cabeza.
--¿Podrías ir a la habitación de la esquina a traer la caja de los juegos? (le dijo a su sobrino que ojeaba una revista) ve hazme el favor.
El se fue y la dama se acercó a mi despacio con una mirada radiante.
--Ey tú (dijo bajito y con suavidad) eres un encanto.
Al mismo tiempo acercó su cara a la mía y nuestros labios se unieron silenciosos y ardientes una y otra vez; la abrasé y se apretó contra mí con tanta fuerza que aquella mujer alta y hermosa debió de hacerse daño pero ella solo buscaba mi boca y mientras me besaba sus ojos se humedecieron y brillaron como los de una jovencita.
El ayudante volvió con un juego, nos sentamos y jugamos a los dados apostando bombones, ella conversaba animadamente y bromeaba cada vez que lanzaba los dados pero yo no podía decir ni una sola palabra; respiraba con dificultad, de vez en cuando su mano jugueteaba con la mía o se posaba sobre mis rodillas.
Sobre las 10 el ayudante decidió que debíamos irnos.
--¿Usted también desea irse? (preguntó mirándome).
Yo no tenía ninguna experiencia en asuntos amorosos y tartamudeando dije que seguramente ya era tarde y me puse de pie.
--Pues bien (dijo ella).
Y el ayudante se dispuso ha marchar, yo le seguí en el camino a la puerta pero cuando él la cruzó la dama me cogió nuevamente fuertemente del brazo y me apretó contra su cuerpo y al salir me susurró. -Se prudente por favor, se prudente. Esto tampoco lo entendí.
Nos despedimos y corrimos hacia la estación, compramos pasajes y el ayudante subió al tren, pero en aquel momento yo no necesitaba la compañía de nadie, subí el primer escalón y cuando sonó el primer silbato del tren salté el andén y me volví. La noche era completamente oscura, aturdido y triste recorrí el largo tramo de carretera hasta llegar a la casa pasando por delante de su reja y su jardín como un ladrón.
Una noble dama me amaba, ante mi se abrían paisajes de ensueño y cuando por casualidad encontré los anteojos de níquel en el bolsillo, los tiré a la cuneta.
El domingo siguiente el ayudante fue invitado nuevamente ha comer, pero yo no, y ella tampoco volvió al taller.
Durante los tres meses siguientes fui ha menudo ha Maldonado los domingos por la tarde o por la noche me detenía ha escuchar delante de la reja que rodeaba el jardín, oía los ladridos de los perros y el viento entre los árboles exóticos, veía luz en las habitaciones y pensaba.
--Quizás me vea alguna vez, me tiene cariño.
Un día oí las notas de un piano suaves y arrulladoras y lloré apoyado en la pared pero el mayordomo nunca más me invitó ha pasar ni me protegió de los perros y nunca más la mano de la dama me acarició ni su boca rozó la mía; sólo en sueños lo viví otra vez; sólo en sueños.
Entrado el otoño abandoné el oficio de mecánico, colgué para siempre la bata azul y me fui lejos a otra ciudad.