¡Pesan Muchísimo! Mi Experiencia en Esquís

Por Gerardo J. Corripio Flores

email: gera1027@intermatsa.com.mx

Corría el Viernes 28 de Enero de 1994; estaba afuera en un monte con un montón de nieve bajo mis pies sintiendo cómo el frío calaba mi cara. En mis pies traía un par de pesados esquís que parecieran como si les hubieran metido pesadas piedras en mis pies. Mientras esquiaba, oía como la nieve hacía ruido al paso de mis esquís y mi instructor detrás de mí enseñándome cómo controlar mis movimientos. Para cuando supe iba literalmente volando por la nieve sintiéndome como un ave volando por los aires agradeciéndome a mí mismo que me habían dado la oportunidad de llegar hasta ese momento, gracias a una llamada telefónica tres semanas antes. del principio me rehusé a ir pues tenía miedo por ser la primera vez que viajaba sólo sin mis papás. Sin embargo me hizo cambiar de opinión el saber ¿cómo es esquiar en la nieve? por lo que la tarde anterior, (el 27 de Enero), llegamos mis papás y yo al aeropuerto donde estaban llegando mis demás compañeros, seis para ser exactos, dos de nosotros ciegos totales y los demás con resto visual si no mal recuerdo, así como los cuatro voluntarios que nos acompañaban.

Para las siete de esa fresca noche me había despedido de mis papás y estábamos en el avión con rumbo a Denver, Colorado. Llegando ahí destino cerca de las nueve y media, una camioneta del aeropuerto nos llevó el último trayecto de hora y media hasta Winter Park, Colorado, a 11400 pies sobre las Montañas Rocosas. Nada mas bajarnos de la camioneta era como entrar en otro planeta: Había nieve por donde quiera, oyendo cómo crujía tras mis pasos entre la camioneta y la entrada al hotel; el frío era tan intenso que el aire que respiraba se congelaba tras salir de mi nariz.

A la mañana siguiente luego de desayunar, otra camioneta nos llevó al área de esquí cerca de las doce para que se nos equipara con nuestros esquís y que se nos asignara un instructor vidente a cada uno de nosotros.

Nada mas me puse mis esquís y me sentía como si mis pies tuvieran piedras enormes adentro. Parecía un niño que apenas empezaba a caminar mientras me tambaleaba en la nieve pues me costaba trabajo mantener el equilibrio mientras mi instructor me enseñaba lo básico para empezar a esquiar.

Al poco tiempo cuando había adquirido suficiente confianza, estaba volando literalmente por la nieve, cayéndome seis veces ese primer día pero disfrutándolo tan inmensamente que al pasar las tres horas cuando era tiempo de volver a la recepción para reunirme con mis compañeros y los voluntarios, no quería terminar de esquiar! pues se me había hecho poquísimo tiempo! Eso sí, ¡jamás se me olvidará que tenía los dedos de los pies tan congelados que al rato me dolían horrible! sensación que tenía miedo que jamás se me quitara, cosa que gracias a dios no pasó, pudiendo volver a sentir mis pies un rato después.

Esa noche, nos llevaron a otra área de nieve donde nos metían en una rueda de hule, semejante a las usadas en las albercas, para ir rodando por la nieve en ésta cuesta abajo en una colina; ¡ahí me sentí más libre aún! como si fuera en una montaña rusa! Oía cómo crujía la nieve bajo la rueda de hule sintiendo el aire pasar por mi cara conforme alcanzaba más velocidad. Ya abajo, nos agarrábamos de un hilo para subir de nuevo la colina donde descansábamos un rato y ¡otra ves volar hasta abajo!

Al día siguiente tuvimos suerte porque esquiamos todo el día, con descanso para comer de doce a tres si no mal recuerdo. Ese día, recuerdo vívidamente la sensación de libertad como si estuviera volando, que sentía mientras esquiaba: el ruido de la nieve crujiendo bajo mis esquís, cómo reflejaba la luz del sol en la nieve, la sensación del aire frío en mi cara, en fin jamás había sentido lo que sentí esos dos días de esquiar.

Por fin ese Domingo tomamos el avión de regreso a casa llegando sanos y salvos de una aventura que jamás se me olvidará. Me gustó tanto que si me llegasen a preguntar si quisiera esquiar, sin pensarlo dos veces les diría que sí.

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