“EL PATITO FEO”

 

Como parte del compromiso de seguir impulsando al amor a los libros, la Secretaría de Cultura, a través de la Biblioteca de la Casa de la Cultura de Cancún, el jueves 14 de febrero, en el espacio “Circulo de Lectura para Niños” presentó la lectura del cuento “El Patito Feo” del escritor Hans Christian Andersen, basado en la publicación de Fernández Editores del año 1989, mismo que forma parte del fondo de consulta para niños en la biblioteca de esta institución.

Como es costumbre, la titular de la misma, señora Isabel Flota Medrano nos relató sobre “El Patito Feo” que: “La mamá pata había escogido un lugar verdaderamente hermoso para hacer su nido: era un rinconcito bien abrigado entre la hierba junto al foso que rodeaba un viejo castillo”.

“En aquel lugar tranquilo la pata empollaba pacientemente sus huevos. Estaba ansiosa de ver nacer a los patitos porque empezaba a aburrirse; siempre estaba sola, pues sus compañeras, en lugar de ir a visitarla, preferían chapotear todo el día en el agua”.

 

“Por fin empezaron a abrirse los huevos, uno tras otro y de ellos salieron unos graciosos patitos amarillos que enseguida saltaron fuera del nido”.

-¡Qué grande es el mundo!

-¡Que sol tan caliente!

-¡Y que hambre!

“Mamá pata se disponía a conducir a los recién nacidos a explorar los alrededores, cuando se dio cuenta de que en el nido quedaba un huevo más grande que los demás, aún cerrado. Suspiró contrariada”.

“En ese momento llegó una pata vieja muy experta y quiso ver el huevo. A mi parecer es un huevo de pavo. En ese caso va a ver problemas pues a los pavos no les gusta el agua, no aprenden a nadar y tienen mal carácter, déjalo querida y ocúpate de los patitos que se ven simpatiquísimos”.

“Pero mamá pata no aceptó el consejo y siguió empollando. Y su constancia fue premiada: unos días más tarde el huevo se abrió y salió un animalito gordo, tosco y muy feo, con las plumas grises en vez de amarillas”.

“Para asegurarse de que el último nacido era un pato, lo llevó al estanque, lo vio nadar con desenvoltura y suspiró aliviada”.

“Todos la felicitaron: sus hijos eran verdaderamente hermosos…menos uno.

-Es gordo y torpe- opinó el pavo.

Parece tonto, comentaron las gallinas. El cerdo no dijo nada pero con un gruñido dio su desaprobación”.

“En los días siguientes las cosas empeoraron, todos los animalitos competían para perseguir a la criatura. El pobre patito crecía solo, sin recibir cuidado alguno y despreciado por todos; las gallinas no desaprovechan la oportunidad de picotearlo, hasta la sirvienta que les llevaba de comer a los animales, lo pateaba”.

“Y llegó un día en que ya desesperado, el patito feo escapó para alejarse de sus perseguidores”.

 

“Entonces el patito huyó del corral. De un revuelo saltó por encima de la cerca, con gran susto de los pajaritos que estaban en los arbustos, que se echaron a volar por los aires.

 

“¡Es porque soy tan feo!” pensó el patito, cerrando los ojos. Pero así y todo siguió corriendo hasta que, por fin, llegó a los grandes pantanos donde viven los patos salvajes, y allí se pasó toda la noche abrumado de cansancio y tristeza.

 

“A la mañana siguiente, los patos salvajes remontaron el vuelo y miraron a su nuevo compañero.

 

-¿Y tú qué cosa eres? -le preguntaron, mientras el patito les hacía reverencias en todas direcciones, lo mejor que sabía.

 

-¡Eres más feo que un espantapájaros! -dijeron los patos salvajes-. Pero eso no iimporta, con tal que no quieras casarte con una de nuestras hermanas.

 

“¡Pobre patito! Ni soñaba él con el matrimonio. Sólo quería que lo dejasen estar tranquilo entre los juncos y tomar un poquito de agua del pantano.

 

“Hacia el crepúsculo llegó a una pobre cabaña campesina. Se sentía en tan mal estado que no sabía de qué parte caerse, y, en la duda, permanecía de pie. El viento soplaba tan ferozmente alrededor del patito que éste tuvo que sentarse sobre su propia cola, para no ser arrastrado. En eso notó que una de las bisagras de la puerta se había caído, y que la hoja colgaba con una inclinación tal que le sería fácil filtrarse por la estrecha abertura. Y así lo hizo.

 

“En la cabaña vivía una anciana con su gato y su gallina. El gato, a quien la anciana llamaba “Hijito”, sabía arquear el lomo y ronronear; hasta era capaz de echar chispas si lo frotaban a contrapelo. La gallina tenía unas patas tan cortas que le habían puesto por nombre “Chiquitita Piernascortas”. Era una gran ponedora y la anciana la quería como a su propia hija.

 

“Cuando llegó la mañana, el gato y la gallina no tardaron en descubrir al extraño patito. El gato lo saludó ronroneando y la gallina con su cacareo.

 

-Pero, ¿qué pasa? -preguntó la vieja, mirando a su alrededor. No andaba muy bien de la vista, así que se creyó que el patito feo era una pata regordeta que se había perdido-. ¡Qué suerte! -dijo-. Ahora tendremos huevos de pata. ¡Con tal que no sea macho! Le daremos unos días de prueba.

 

“Así que al patito le dieron tres semanas de plazo para poner, al término de las cuales, por supuesto, no había ni rastros de huevo. Ahora bien, en aquella casa el gato era el dueño y la gallina la dueña, y siempre que hablaban de sí mismos solían decir: “nosotros y el mundo”, porque opinaban que ellos solos formaban la mitad del mundo, y lo que es más, la mitad más importante. Al patito le parecía que sobre esto podía haber otras opiniones, pero la gallina ni siquiera quiso oírlo.

 

-¿Puedes poner huevos? -le preguntó.

 

-No.

 

-Pues entonces, ¡cállate!

 

Y el gato le preguntó:

 

-¿Puedes arquear el lomo, o ronronear, o echar chispas?

 

-No.

 

-Pues entonces, guárdate tus opiniones cuando hablan las personas sensatas.

 

“Con lo que el patito fue a sentarse en un rincón, muy desanimado. Pero de pronto recordó el aire fresco y el sol, y sintió una nostalgia tan grande de irse a nadar en el agua que -¡no pudo evitarlo!- fue y se lo contó a la gallina.

 

-¡Vamos! ¿Qué te pasa? -le dijo ella-. Bien se ve que no tienes nada que hacer; por eso piensas tantas tonterías. Te las sacudirías muy pronto si te dedicaras a poner huevos o a ronronear.

 

-¡Pero es tan sabroso nadar en el agua! -dijo el patito feo-. ¡Tan sabroso zambulliir la cabeza y bucear hasta el mismo fondo!

 

-Sí, muy agradable -dijo la gallina-. Me parece que te has vuelto loco. Pregúntale al gato, ¡no hay nadie tan listo como él! ¡Pregúntale a nuestra vieja ama, la mujer más sabia del mundo! ¿Crees que a ella le gusta nadar y zambullirse?

 

-No me comprendes -dijo el patito.

 

-Pues si yo no te comprendo, me gustaría saber quién podrá comprenderte. De seguro que no pretenderás ser más sabio que el gato y la señora, para no mencionarme a mí misma. ¡No seas tonto, muchacho! ¿No te has encontrado un cuarto cálido y confortable, donde te hacen compañía quienes pueden enseñarte? Pero no eres más que un tonto, y a nadie le hace gracia tenerte aquí. Te doy mi palabra de que si te digo cosas desagradables es por tu propio bien: sólo los buenos amigos nos dicen las verdades. Haz ahora tu parte y aprende a poner huevos o a ronronear y echar chispas.

 

-Creo que me voy a recorrer el ancho mundo -dijo el patito.

 

-Sí, vete -dijo la gallina.

 

“Y así fue como el patito se marchó. Nadó y se zambulló; pero ningún ser viviente quería tratarse con él por lo feo que era.

 

“Pronto llegó el otoño. Las hojas en el bosque se tornaron amarillas o pardas; el viento las arrancó y las hizo girar en remolinos, y los cielos tomaron un aspecto hosco y frío. Las nubes colgaban bajas, cargadas de granizo y nieve, y el cuervo, que solía posarse en la tapia, graznaba “¡cau, cau!”, de frío que tenía. Sólo de pensarlo le daban a uno escalofríos. Sí, el pobre patito feo no lo estaba pasando muy bien.

 

“Cierta tarde, mientras el sol se ponía en un maravilloso crepúsculo, emergió de entre los arbustos una bandada de grandes y hermosas aves. El patito no había visto nunca unos animales tan espléndidos. Eran de una blancura resplandeciente, y tenían largos y esbeltos cuellos. Eran cisnes. A la vez que lanzaban un fantástico grito, extendieron sus largas, sus magníficas alas, y remontaron el vuelo, alejándose de aquel frío hacia los lagos abiertos y las tierras cálidas.

 

“Se elevaron muy alto, muy alto, allá entre los aires, y el patito feo se sintió lleno de una rara inquietud. Comenzó a dar vueltas y vueltas en el agua lo mismo que una rueda, estirando el cuello en la dirección que seguían, que él mismo se asustó al oírlo. ¡Ah, jamás podría olvidar aquellos hermosos y afortunados pájaros! En cuanto los perdió de vista, se sumergió derecho hasta el fondo, y se hallaba como fuera de sí cuando regresó a la superficie. No tenía idea de cuál podría ser el nombre de aquellas aves, ni de adónde se dirigían, y, sin embargo, eran más importantes para él que todas las que había conocido hasta entonces. No las envidiaba en modo alguno: ¿cómo se atrevería siquiera a soñar que aquel esplendor pudiera pertenecerle? Ya se daría por satisfecho con que los patos lo tolerasen, ¡pobre criatura estrafalaria que era!

 

“¡Cuán frío se presentaba aquel invierno! El patito se veía forzado a nadar incesantemente para impedir que el agua se congelase en torno suyo. Pero cada noche el hueco en que nadaba se hacía más y más pequeño. Vino luego una helada tan fuerte, que el patito, para que el agua no se cerrase definitivamente, ya tenía que mover las patas todo el tiempo en el hielo crujiente. Por fin, debilitado por el esfuerzo, quedose muy quieto y comenzó a congelarse rápidamente sobre el hielo.

 

“A la mañana siguiente, muy temprano, lo encontró un campesino. Rompió el hielo con uno de sus zuecos de madera, lo recogió y lo llevó a casa, donde su mujer se encargó de revivirlo.

 

“Los niños querían jugar con él, pero el patito feo tenía terror de sus travesuras y, con el miedo, fue a meterse revoloteando en la paila de la leche, que se derramó por todo el piso. Gritó la mujer y dio unas palmadas en el aire, y él, más asustado, metiose de un vuelo en el barril de la mantequilla, y desde allí lanzose de cabeza al cajón de la harina, de donde salió hecho una lástima. ¡Había que verlo! Chillaba la mujer y quería darle con la escoba, y los niños tropezaban unos con otros tratando de echarle mano. ¡Cómo gritaban y se reían! Fue una suerte que la puerta estuviese abierta. El patito se precipitó afuera, entre los arbustos, y se hundió, atolondrado, entre la nieve recién caída.

 

“Pero sería demasiado cruel describir todas las miserias y trabajos que el patito tuvo que pasar durante aquel crudo invierno. Había buscado refugio entre los juncos cuando las alondras comenzaron a cantar y el sol a calentar de nuevo: llegaba la hermosa primavera.

 

“Entonces, de repente, probó sus alas: el zumbido que hicieron fue mucho más fuerte que otras veces, y lo arrastraron rápidamente a lo alto. Casi sin darse cuenta, se halló en un vasto jardín con manzanos en flor y fragantes lilas, que colgaban de las verdes ramas sobre un sinuoso arroyo. ¡Oh, qué agradable era estar allí, en la frescura de la primavera! Y en eso surgieron frente a él de la espesura tres hermosos cisnes blancos, rizando sus plumas y dejándose llevar con suavidad por la corriente. El patito feo reconoció a aquellas espléndidas criaturas que una vez había visto levantar el vuelo, y se sintió sobrecogido por un extraño sentimiento de melancolía.

 

-¡Volaré hasta esas regias aves! -se dijo-. Me darán de picotazos hasta matarme, por haberme atrevido, feo como soy, a aproximarme a ellas. Pero, ¡qué importa! Mejor es que ellas me maten, a sufrir los pellizcos de los patos, los picotazos de las gallinas, los golpes de la muchacha que cuida las aves y los rigores del invierno.

 

“Y así, voló hasta el agua y nadó hacia los hermosos cisnes. En cuanto lo vieron, se le acercaron con las plumas encrespadas.

 

-¡Sí, mátenme, mátenme! -gritó la desventurada criatura, inclinando la cabeza hacia el agua en espera de la muerte. Pero, ¿qué es lo que vio allí en la límpida corriente? ¡Era un reflejo de sí mismo, pero no ya el reflejo de un pájaro torpe y gris, feo y repugnante, no, sino el reflejo de un cisne!

 

“Poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno salga de un huevo de cisne. Se sentía realmente feliz de haber pasado tantos trabajos y desgracias, pues esto lo ayudaba a apreciar mejor la alegría y la belleza que le esperaban. Y los tres cisnes nadaban y nadaban a su alrededor y lo acariciaban con sus picos.

 

“En el jardín habían entrado unos niños que lanzaban al agua pedazos de pan y semillas. El más pequeño exclamó:

 

-¡Ahí va un nuevo cisne!

 

“Y los otros niños corearon con gritos de alegría:

 

-¡Sí, hay un cisne nuevo!

 

“Y batieron palmas y bailaron, y corrieron a buscar a sus padres. Había pedacitos de pan y de pasteles en el agua, y todo el mundo decía:

 

-¡El nuevo es el más hermoso! ¡Qué joven y esbelto es!

 

“Y los cisnes viejos se inclinaron ante él. Esto lo llenó de timidez, y escondió la cabeza bajo el ala, sin que supiese explicarse la razón. Era muy, pero muy feliz, aunque no había en él ni una pizca de orgullo, pues este no cabe en los corazones bondadosos. Y mientras recordaba los desprecios y humillaciones del pasado, oía cómo todos decían ahora que era el más hermoso de los cisnes. Las lilas inclinaron sus ramas ante él, bajándolas hasta el agua misma, y los rayos del sol eran cálidos y amables. Rizó entonces sus alas, alzó el esbelto cuello y se alegró desde lo hondo de su corazón:

 

-Jamás soñé que podría haber tanta felicidad, allá en los tiempos en que era sólo un patito feo”.

Fin

 

El autor de este bello cuento es Hans Christian Andersen, escritor y poeta danés, famoso por sus cuentos para niños, entre ellos El patito feo. Nació el 2 de abril de 1805 en una familia muy pobre, de forma que hasta tuvo que dormir bajo un puente y mendigar. Era hijo de un zapatero instruido pero enfermizo de veintidós años, y de una lavandera varios años mayor que él, de confesión protestante. Andersen le dedicó por su pobreza “La pequeña cerillera”, y también “No sirve para nada”, fue un niño muy querido. El padre adoraba a su hijo y a él se debió seguramente la pasión del pequeño Hans por el teatro, ya que le fabricó un teatrillo y unas marionetas para las que el niño cosía la ropa.

Toda la familia vivía y dormía en una pequeña habitación. Hans Christian mostró una gran imaginación desde temprano, que fue alentada por la indulgencia de sus padres y la superstición de su madre. En 1816 su padre murió y Andersen dejó de asistir a la escuela. Se dedicó a leer todas las obras que pudo conseguir, y se decidió por convertirse en cantante de ópera siendo rechazado, pero fue admitido como alumno de danza en el Teatro Real de Copenhague.

El rey Federico VI, se interesó en el extraño muchacho y lo envió durante algunos años a la escuela de Slagelse y en el año de 1827 Hans Christian logró la publicación de su poema “El niño moribundo”. Al año siguiente Andersen ingresó a la Universidad de Copenhague. A partir de 1829, desarrolla su carrera como escritor.

Entre sus más famosos cuentos se encuentran “El patito feo”, “El traje nuevo del emperador”, “La reina de las nieves”, “Las zapatillas rojas”, “El soldadito de plomo”, “El ruiseñor”, “El sastrecillo valiente” y “La sirenita”. Han sido traducidos a más de 80 idiomas y adaptados a obras de teatro, ballets, películas, dibujos animados, juegos en CD y juegos de niños. En su honor, desde 1956 se concede, cada dos años, el premio Hans Christian Andersen de literatura infantil y, desde 1966, también de ilustración. En 1976, el Astrónomo Nicolás Chernykh bautizó en honor a este escritor al Asteroide 2476 con el nombre de Andersen.

Hans Christian Andersen, falleció el 4 de agosto de 1875.

 

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