ATAGONIA
ATRAPANTE
Desde Toronto, en la lejana y norteña
Canadá, un día de invierno llegó a visitarme mi amigo Edy, y luego de pasearlo
por la Ciudad de Buenos Aires, decidí hacerle conocer nuestro sur argentino, a lo
largo de toda esta costa y emulando de alguna manera lo que Darwin hiciera
mucho antes que nosotros. Así, iniciamos un viaje a uno de los más hermosos
paisajes de la Argentina.
Una linda mañana partimos ansiosos rumbo a
la Península Valdés, con la expectativa de observar a las ballenas de la
especie franca austral, las estrellas indiscutidas de las costas de la
provincia del Chubut, donde año tras año se arriman para aparearse y dar a luz.
En varias oportunidades yo había recorrido esos caminos y tenía conocimientos
de que unos 600 de esos gigantes del mar llegan puntualmente todos los años.
Sabía que desde fines de mayo se las podía ver ensayando ágiles piruetas, a
pesar de sus miles de kilos, mientras sus inconfundibles alaridos resuenan en
el cielo abierto de la Patagonia Argentina.
Cuando arribamos a Puerto Madryn me reuní
con un viejo residente del lugar y un gran amigo oriundo de Ucrania, don Román,
quien se ofreció a transportarnos con su camioneta 4x4 a lo largo de nuestra
travesía, pese a sus ocupaciones. Él estaba trabajando para los festejos del
aniversario de la ciudad, y nos contó que el 28 de julio de 1865, ciento
cincuenta galeses desembarcaron en esas costas a bordo del buque
"Mimosa", escapando de la opresión inglesa del oeste de Gran Bretaña,
y bautizaron a la ciudad en homenaje a Love Jones Parry, barón de Madryn en
Gales.
En el momento de partir de excursión le
comenté que me gustaría ir a Puerto Pirámides por la Palaya del Doradillo, él
se sorprendió y me dijo que por ahí eran dos horas más de trayecto y como la
ruta es de puro ripio, llegaríamos con los huesos destrozados. El viejo
insistió en hacer lo que por ahí llaman la vuelta del perro, es decir,
llevarnos desde el puerto hasta el extremo sur de la bahía, lugar conocido como
El Indio. Mezclando sonrisas y cara de malo perseveré en mis deseos hasta
convencerlo, pues yo sabía que desde El Doradillo resultaba posible ver cómo se
aparean, amamantan a sus crías o juegan con éstas durante horas.
Edy no dejaba de admirarse ante las
imponentes imágenes naturales. Disfrutábamos cada instante ya que ese show
suele durar hasta la primera quincena de septiembre, pues cuando los ballenatos
ya están en condiciones de nadar hacia la boca del golfo, si uno quisiera
apreciar de cerca estos cetáceos de sangre caliente y hasta 40 toneladas,
habría que embarcarse en alguna lancha desde Puerto Pirámides, antes de que se
alejen definitivamente mar adentro en busca de alimento.
Pacientemente, yo le iba explicando a Edy
todos los detalles, debido a que no dominaba bien el idioma español y, encima
el acento gringo de don Román, eran todo un problema. Pero en esa comarca
existe un buen ejemplo, ya que su población se destaca por ser buena gente,
hospitalaria y cortés. Los visitantes además de encontrarse con la gente
nativa, pueden tratar con otras de origen galés y una comunidad aborigen
mapuche, comprobando una sana convivencia entre pueblos de culturas diferentes.
Comparamos en los mapas que la Península
Valdés es como un enorme yunque, unido al continente por su lado más estrecho.
Para dar la vuelta terminamos recorriendo unos cuatrocientos kilómetros de ruta
pedregosa y polvorienta. ¡Y así quedamos! Una vez que estuvimos dentro de la
Reserva Faunística Provincial nos desplazamos con suma precaución. El baqueano
Román iba explicando y Edy fotografiaba absolutamente todo. Contemplábamos el
continuo ir y venir de embarcaciones en pos de las ballenas, por lo que
resultaba imposible creer que no fuesen molestadas con semejante acecho.
Para sorpresa de Edy, si bien las ballenas
eran los mamíferos marinos más fotografiados, no eran los únicos habitantes.
Atravesando el camino Desde Punta Delgada a Punta Norte, observamos a los
elefantes marinos que retozan a lo largo de las costas, y verlos en plena época
de cortejo amoroso es un espectáculo inolvidable. Mientras nos detuvimos a
tomar un chocolate caliente preparado por don Román, admirábamos a los machos
adultos de elefantes marinos cómo se adueñan de un sector de la playa formando
su harén con cuantas hembras les sea posible. Los tres visitantes nos quedamos
impresionados ante los gruñidos, bravuconadas, falsa indiferencia y furiosos
resoplidos que los lleva a dilatar las narices de sus trompas, como haciendo
gala de su apodo de elefantes. Entre tanto, oíamos a las crías balando como
corderos, y que muchas de ellas corrían el riesgo de ser aplastadas por los
machos en celo. Aunque nosotros nada podíamos hacer porque no olvidábamos que
éstos pesan unas tres toneladas, hasta ocho veces más que una hembra adulta y
miden unos seis metros, superando unas tres veces el largo de sus compañeras.
Luego de haber agasajado a Edy con un
exquisito guisado de cordero, nos dirigimos a la lobería de la península donde
conviven unos 15.000 lobos marinos. Cifra que en otras épocas era eliminada en
menos de una temporada de faenamiento, lo que los llevó al borde de la
extinción. Entre 1917 y 1953, se mataron a garrotazos 260.000 animales, en
especial hembras a punto de dar a luz, ya que la piel del nonato se cotizaba
tres veces más. Nuestro viejo amigo nos contaba que con la espesa capa de grasa
se obtenía aceite, que a su vez se utilizaba como combustible de lámparas,
lubricante o materia prima en la industria de pinturas, jabón y alimentos.
Aquella caza indiscriminada había dejado eternos vestigios, los que pudimos
observar cuando incursionamos en Punta Norte. Allí había calderas de hierro
utilizadas para derretir la grasa, cueros desparramados entre los arbustos de
la costa y millares de huesos que hoy blanquean las playas como testigos de las
matanzas.
En ese viaje hacia Punta Norte también
vivimos otros asombros: en el recorrido pudimos ver guanacos, peludos,
martinetas, gatos monteses y ñandúes. Andando unos cien kilómetros desde la
ciudad de Trelew, en la provincia de Chubut, a través de un vistoso camino de
ripio en la que asoma la belleza indómita de la estepa patagónica, nos
encontramos con la reserva natural Punta Tombo, que según nos comentaba don
Román, es la que alberga la colonia de pingüinos más grande de la tierra, y que
las 210 hectáreas que forman esta pingüinera fueron declaradas "área
protegida" por el Gobierno de la Provincia. Allí nos acercamos a los
pingüinos Magallánicos que se distinguen por lucir un característico doble
collar blanco y negro en el cuello y a ambos lados del pecho, los que se
demostraban indiferentes a nuestra presencia. Mi amigo canadiense se entusiasmó
fotografiando a una pareja de pingüinos de Magallanes dormitando a la sombra de
un arbusto. Siguió parapetado tras la vegetación, capturando imágenes de otro
que limpiaba un hoyo que sería su nido; y a un par de metros, también registró
a una yunta de pingüinos entregados al rito amoroso. Nos explicaron que en
plena temporada de apareamiento la concentración supera el medio millón de
estas aves. El viejo Román nos indicó que pasando unos ochenta días después del
emplume, los pichones ya están en condiciones de valerse por sí mismos.
Entonces se lanzan al océano para alimentarse solos y no regresan hasta el año
siguiente. Pero también acotó que muchos se pierden por culpa de las hélices de
algún barco, en las redes pesqueras, en las fauces de alguna orca o entre las
mandíbulas de un tiburón. Seguimos junto a uno de los senderos que penetran por
esta reserva de pingüinos, y Edy enloqueció de emoción al ver un territorio
predilecto de otras aves marinas, como las skúas y los petreles gigantes, y en
el que también campean a sus anchas las maras y los guanacos. Don Román le
advirtió a Edy que evitara acercarse demasiado a los animales, que no
interfiriera en su intimidad. Pues si lo hiciese, los propios pingüinos se
encargarían de advertírselo con su contoneo amenazante, ya que bastante trabajo
tienen con las aves de rapiña y los zorros, que tratan de depredar los huevos y
las crías. El impasible canadiense, no pudo contenerse de ponerles la mano
encima a unos pingüinos y pronto aprendió la lección con varios certeros
picotazos de las aves palmípedas, lo que inevitablemente provocó nuestra risa
burlona.
Así continuamos recorriendo la reserva
natural, donde convive una gran variedad de especies autóctonas de la flora y
fauna, siguiendo el vivo paisaje del valle inferior del río Chubut. Pusimos
rumbo a la ciudad de Trelew ya que nuestro amigo canadiense se mostraba ansioso
por penetrar en el fascinante legado de la tierra de los dinosaurios, ante lo
que don Román y yo le habíamos ilustrado. Visitamos el Museo Paleontológico
Egidio Feruglio que muestra una línea de tiempo hacia el pasado, desde los
primeros humanos hasta el inicio de la vida en el planeta, destacándose el
argentinosaurus y el carnotaurus como los grandes protagonistas de este viaje
al mundo prehistórico. Personalmente no dejaban de impresionarme esos 30
dinosaurios y la fabulosa colección de 5000 piezas paleontológicas que pudimos
ver.
Al cabo de una semana y después de haber
explorado aquel asombroso rincón sureño, debíamos emprender el regreso. Nos
despedimos de don Román y yo me preparaba con poco entusiasmo, pero mi amigo
Edy estaba anonadado, embargado por la fascinación y se negó a embarcar en el avión,
gritando emocionado: "¡No Buenos Aires, no Canadá, mi quedar!" Edy se
había trasladado unos cuantos kilómetros al sur de su país y varios milenios al
pasado, donde Conoció la oración del silbido, su altar de silencio y el lugar
donde nació la naturaleza. Mucho no pude decirle, pues para él ya era una
decisión tomada: Al igual que el viento, la soledad y el frío, Edy pasará la
vida eterna en la Patagonia Argentina.
Autor: Edgardo González.
Buenos Aires, Argentina.