PARÁBOLA

Por Saúl Orea.

Hay en la biblioteca de tiflolibros un pequeño tesoro titulado: "Tu yo sagrado" en el que su autor Waine J. Dyer, comienza exponiendo una bella parábola, según la cual, dos futuros bebés durante su vida intrauterina mantienen un diálogo acerca de su presente y futuro. Mientras Espíritu trata de explicar a su hermano Ego el plan divino para su vida, Ego le tilda de iluso y crédulo.

Espíritu ruega a su hermano que crea que hay otra vida distinta de la que están viviendo en el seno materno y llega a anunciarle que después del nacimiento hay vida y no solo hay vida llena de luz, sino que, además, verán a la madre cara a cara.

El texto no llega hasta el momento del alumbramiento, sino que, como sucede al ser humano, se queda antes de que se produzca el paso de la frontera, de modo, que Ego se queda con su incredulidad, sin admitir la existencia de un más allá luminoso contemplando cara a cara a la madre que le prodigará sus dulces solicitudes.

¿A qué me recuerda esta historia?

Ah, ya parece que empiezo a recordar: al hombre de mi cuento, le nacieron en una familia cristiana por el bautismo, pero no, por su devoción. A lo peor, creyeron o pudieron creer; pero lo de San Blas acabó con la fe de los padres y por eso, él no recibió educación religiosa.

No es que aquel matrimonio quisiera vengarse de San Blas por lo que les había hecho o, más bien, por lo que no les había hecho: solo se trataba de que ellos no querían imbuir en su hijito creencias que ellos no tenían, aunque siempre fueron respetuosos con la fe de los demás. Pero había sido demasiado duro para ellos, personas sencillas y no sobradas de cultura. De siempre habían seguido los ritos de su religión, si bien, nunca fueron fervorosos seguidores de las enseñanzas de la iglesia. En efecto, o lo habían sido, pero cuando la desgracia se abatió sobre la cuna del menor de sus hijos dejándole ciego, Manuel e Inocenta se sintieron necesitados de una ayuda que los médicos no les proporcionaban tras larga y decepcionante peregrinación por las consultas más afamadas, se sintieron tan desvalidos, que decidieron recurrir a San Blas, patrón de su pueblo y del que les habían contado intervenciones milagrosas. No está claro que los buenos esposos creyeran todas las historias que predicaba el señor cura del pueblo, no se sabe hasta donde creían, pero sí conocemos, hasta qué punto se sintieron necesitados del santo, que Manuel, albañil de oficio, ofreció a San blas un pacto: si el santo le devolvía la vista a su pequeño, él, de oficio, repararía y pintaría la hermita bastante necesitada de reparación. Inocenta, por su parte, haría la procesión del santo descalza y, por si era poco su sacrificio, prometió todo lo que se le ocurrió.

Todo en vano: Manuel, incluso, se adelantó a cumplir su parte en el trato, confiando en que San Blas cumpliría la suya; pero pasaron los meses y los años, y de lo dicho, ni me acuerdo –debió pensar el santo patrón del pueblo y, cuando llegó el día de la procesión, habiendo cumplido Inocenta la dolorosa promesa, y la luz no volvió a iluminar los queridos ojitos, sin que mediara declaración expresa, incluso muy probablemente sin que entre ellos hablaran del asunto, el matrimonio se apartó definitivamente de las prácticas religiosas.

El niño, pues, fue viviendo sin vida ritual, pero allá en el fondo de su corazón, latió permanentemente una inquietud que le hizo conocer doctrinas y religiones, sin que, por otra parte, hallara descanso para su alma, siempre indagatoria y siempre insatisfecha.

Se le dieron palabras que pretendían llevarle a confiar en distintos credos y se le ofrecieron supuestos planes de la divinidad respecto del ser humano. Toda su vida transcurrió en explosiones de gozo cada vez que creía estar a las puertas del gran descubrimiento y, dolorosas crisis cuando su razón se veía enfrentada a una fórmula que se le desvanecía. Jugó a lo largo de sus años, a ser agnóstico, incluso ateo pero tampoco estas actitudes le trajeron la paz interior. Conoció la angustia del alma que cree columbrar en la lontananza la patria celestial, pero a la que la constante mordedura de la duda, agita sin tregua en el vértigo de la dolorosa incertidumbre.

Así vivió largos años de su larga vida y, cuando se debatía en el temor a la muerte , dudando entre el temor al infierno y la angustia de presentir su total aniquilación, un venturoso día trajo a sus manos un libro que le hizo regresar a la doctrina que ya en su juventud, conoció y contempló como la única teoría digna de un Dios infinitamente justo, misericordioso y sabio pero de la que se había separado por rechazar algunos aspectos que le exigían una fe ciega o, al menos provisional que se le aparecían con el peso de lo dogmático: de lo has de creer simplemente porque yo te lo digo, en espera de que se te abran las luces que ahora no ves. Duro fue el distanciamiento de aquellas doctrinas, pero doblemente jubiloso, el reencuentro con la sabiduría eterna y cuyos puntos obscuros se le iluminaban ahora, con la ayuda de una providencial maestra que con sugerencias de sabias lecturas y prudentes consejos, trató de desbrozarle la llegada a un conocimiento de algo tan sencillo y luminoso que transformó su vida y que su maestra condensaba en una frase tan sencilla y transparente que, hasta él mismo, la había entendido: "Enamórate de ti ". Y, le bastó aceptar esta idea tan sencilla, pero que él nunca pudo situarla en el frontispicio de sus creencias; fue suficiente que, guiado por la sabiduría de su maestra se le hizo clara como la luz del día que él no había disfrutado, para que se le abrieran los ojos del espíritu y aceptara como diáfanas las ideas que años atrás no había podido digerir y hacer carne de su carne y sangre de sus sangre.

Por fin, tras azarosas andaduras, contempló como sabias e inmutables las doctrinas de reencarnación y Karma y aceptadas, pudo gozar el don inigualable de la serenidad y con ella, vio abiertas de par en par las puertas del más allá , en la certidumbre de que una vez supere el entrenamiento para el que vino al aquí y ahora, el más gozoso nacimiento le espera y lo acepta con la seguridad de que , al renacer a la otra mida del más allá, se verá cara a cara con la divinidad de la que él mismo, forma parte.

Al llegar a tan consoladora concepción de los planes divinos se sintió tan plenamente iluminado, que su vida se desliza entre acciones de gracias y peticiones fervorosas de ser constituido en canal de la universal energía para convertirse en un vehículo por el que discurran la sabias previsiones de la eterna sabiduría, con la esperanza de poder transmitir a alguno de sus hermanos la certidumbre de que, después del nacimiento nos encontraremos en la luz maravillosa que nos hará ver al ser supremo cara a cara, como esperaba el futuro bebé Espíritu frente a la empecinada incredulidad de su Hermano Ego.

 

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