LA PARÁBOLA

 

--Tengo la manzana. Soy la campesina; tú, el viajero.

Anna Alexandovna decía esas palabras a Ricardo, una tarde-noche septembrina. Los dos, sentados a la mesa del restaurante “Praga”, de Moscú, habían tenido ya una larga charla, acompañada de numerosos bocadillos y casi dos botellas de “Sovietskoe Champanskoe”. Dos horas antes llegaron al lugar, a sugerencia de ella, para cenar y conversar. Trascurría el octavo mes del reencuentro, durante el cual acudieron al teatro, visitaron museos o gozaron alguna sesión de un club de poetas jóvenes e iconoclastas, encabezados por Evgenii Evtuchenko.

Ya era insostenible el disimulo; los dos encontraron una argucia para aproximar sus definiciones, que en ambos semejaba una confesión. Sucedió el martes, día en que en el Teatro Gorki culminó la temporada shakespeareana de Moscú, con la representación de Ricardo III. Ella tomó la iniciativa, durante la conversación telefónica del día siguiente:

 --¿Sabe cómo me recibió Mischa cuando entré a casa, después de que nos despedimos? Con una sonrisa de oreja a oreja, exclamó: “Estuviste con Ricardo ¿verdad? Traes una cara de jovencita feliz que hace mucho no te veía”. Enrojecí: nunca me había hecho una observación igual... Completó Andriushka, el nietecito, quien al oír a su padre sólo dijo: “¿Saludaste a nuestro amigo?”

Correspondió el hombre, en su ruso levemente afectado por el acento andaluz.

--¡Y lo que me festejaron los compañeros, un guatemalteco y un mexicano, mis mejores amigos, a quienes encontré en el café del Instituto apenas regresé a la residencia! “¡Andas ido!, claro que visitaste a una diebushka, y por supuesto que es hermosa; de otra manera estarías sereno”. Mi favorita italiana, que en ese momento llegaba, sólo alcanzó a decir: “Me pondré celosa”.

 

No era aquella una relación sencilla ni un simple coqueteo. Se habían conocido diez años antes, y ya entonces su adolescencia era lejana: Ricardo, más que cuarentón, asistía como becario del Instituto de Ciencias Sociales, nombre bajo el cual se amparaba una escuela de cuadros, instalada en Moscú en 1962 por el Partido Comunista de la Unión Soviética para la difusión de su concepción marxista --el marxismo-leninismo—, persiguiendo la expansión de su línea política entre los partidos de los países capitalistas; Anna Alexandovna, que apenas llegaba a los 35, se desempeñaba en la enseñanza de la lengua rusa a becarios latinoamericanos; filóloga de profesión, heroína de la República Democrática Alemana, donde hizo la guerra a los 16-18 años, rebosaba salud y belleza.

El encuentro no fue buscado sino casual, a consecuencia del descontento de los becarios por el nivel de enseñanza del ruso durante casi diez meses, con escasos resultados. No era el caso de Ricardo: las lecciones de Liudimila, la prepodabatielnitza objetada, le eran también insatisfactorias, pero él tenía su propio proyecto: para estudiar y consultar directamente, en el idioma original, las obras de Lenin, emprendió un estudio esforzado del lenguaje desde su arribo a Moscú, ya en los salones de clase, escuchando grabaciones en cubículos especiales o mediante una lectura sin descanso. Hizo una confidencia a Anna: “Durante esos meses me rompí la cabeza contra la pared, para aprender el ruso: por lo menos seis horas diarias de estudio”.

Por ello, cuando la nueva profesora se hizo cargo del grupo, desde el principio hubo una corriente de simpatía entre los dos, pues podían conversar de manera casi libre. Establecieron una relación amistosa, por encima de la circunstancia académica, pues sus intercambios sobre literatura, poesía, música, establecían una saludable comunión cultural. Eso alivió las tensiones que producía a Ricardo su alejamiento de la lucha que trascurría en España, en particular en Granada, donde ocupaba una posición dirigente.

         Anna Alexandovna lo hizo su confidente; así, él conoció la participación de la mujer en la guerra, asistiendo como enfermera de Alejandro, su esposo, médico incorporado al servicio militar en la campaña desde Stalingrado hasta el Río Elba; supo del regreso a la natal Leningrado, sus esforzados estudios para alcanzar una graduación de excelencia en lingüística; del traslado a Moscú por petición oficial, al encomendarse a Alejandro tareas diplomáticas de postguerra, y del feliz arribo de Mijaíl, hijo de ambos.

Pero conoció también la angustia que embargaba a su amiga por el conocimiento de la próxima y segura muerte de su compañero, víctima de un cáncer terminal, lo cual empañó sus últimas conversaciones. La defunción del médico se produjo, apenas unos meses después de la terminación de la beca del militante español y de su regreso a Granada.

 

 

Cinco años más tarde el hombre volvió a Moscú. Había pasado ya la experiencia de la cárcel durante veinticinco meses por la participación en los movimientos huelguísticos en Andalucía. Pero, apenas pasadas las penalidades carcelarias, tuvo la satisfacción de ser nombrado miembro del Comité Central del Partido Comunista de España. Ahora asistía a la capital soviética como parte de una comisión invitada por el PCUS para discutir la elaboración de un texto fundamental del PCE, el Manifiesto-Programa que debatían los comunistas en el país, aun bajo la dictadura de Francisco Franco, y en la emigración. Casi a su arribo, en conversación con las que habían sido sus traductoras en el Instituto, se enteró de la muerte de Alejandro y buscó afanosamente un encuentro con Anna, hasta conseguirlo.

Ella había superado ya el trauma de su viudez y accedió –“con placer”— a la reanudación de la amistad. Las limitaciones de tiempo fueron muchas: Ricardo debía participar en reuniones y discusiones con teóricos y políticos del PCUS, que se empeñaban en contradecir –a veces gentilmente, otras con sequedad rasposa-- las nuevas tesis que elaboraban los españoles: sobre la dictadura del proletariado, acerca de la vía propia al socialismo, en torno a la política hacia los católicos, en derredor de la experiencia histórica de los países del “socialismo real”, etcétera.

Pero, al fin, antes del retorno a la patria, el militante español pudo encontrarse dos veces con la profesora. La víspera de su partida, presenciaron juntos un festival de música de Leningrado y, a la salida del salón de espectáculos del Hotel Rossía, recorrieron a pie partes del Moscú tradicional, hasta la calle Revolución de 1905, donde se hallaba el departamento en que la mujer vivía con su Mischa, casado ya a los 23 años, la compañera de éste y el nietecito recién llegado.

Él aprovechó el paseo para expresar sus inquietudes, primero con timidez, más tarde en confianza, pues advirtió que la mujer estaba dispuesta a conocer y explicarse sus sensaciones y los alcances del viaje.

--Refutan nuestras posiciones con argumentos de lógica formal y con citas de Lenin y de Marx, casi sin relación con la situación que enfrentamos —dijo él con enojo--. Hubo un momento en que un compañero del Comité Central, que fue profesor en nuestro Instituto y ahora dirige el partido en Granada, contrapuso a las citas otras de los mismos autores, pero con un sentido completamente diferente. A veces desesperamos porque no hay proposición novedosa del programa que no sea objetada. No nos invitaron para discutir, sino para ilustrarnos en lo contrario de lo que hemos elaborado con nuestra experiencia y el conocimiento de la teoría.

Hizo un alto; de nuevo meditó si era bueno que hablara así con Anna. Cruzaban entonces el Puente de Piedra sobre el Río Moscú, y ante una luminaria se detuvo para verla a los hermosos ojos grises. No tuvo dudas: la suave mirada lo invitaba a continuar.

--Las únicas posiciones razonables –continuó--, las tuvieron dos personas, que usted conoce bien: el historiador más concienzudo y serio del Partido, y el que fue mi profesor de filosofía. Con éste platiqué largamente, pues me invitó a cenar en su casa y terminamos desayunando. Le presenté nuestras conclusiones y demostré que correspondían con lo que aquí habíamos estudiado y aprendido, años atrás. Pero, claro --él lo dijo--, ése era otro momento; yo quise hacer más crudas sus palabras: aquélla era la época del deshielo con Jruschov y no de la cerrazón de Brezhniev; era el momento en que se avizoraba el socialismo con rostro humano y no la invasión de Checoslovaquia”.

--Y ¿cuál fue la conclusión de la plática con el filósofo?

Ricardo se hizo consciente entonces de que había largado a su profesora una parrafada de más de media hora en ruso, sin descanso y sin equivocaciones evidentes. Lanzó un gran suspiro y sin temor a hacer una revelación repitió la frase última de aquella conversación.

--Tii prav--, dijo.

--“Tu tienes la razón”, y él la concedió en la forma más cercana y cariñosa que puede hacerlo un intelectual ruso.

Fue ese momento, en el que, sin las ataduras de la vida académica, el militante español pudo advertir el grado de su admiración por la belleza de la mujer: alta, casi de su estatura; piel “mate raso”, esbelta y garrida; ojos y pelo grises. Leningradense por nacimiento y formación cultural, ostentaba el cierto porte aristocrático –ciertamente afrancesado-- que los grupos ilustrados del viejo Petrogrado.

Con tranquilidad, sin aspavientos, ella pronunció la frase contundente que puso fin a la parte política de esa conversación.

--Esto cambiará Rick –dijo-- ¡Tiene que cambiar, o se acaba!

Ante el edificio de departamentos de la calle Revolución de 1905, él quiso despedirse con un beso en la mejilla, como lo había hecho varias veces cinco años antes; ella lo detuvo: “Rick, soy abuela. No me podrá besar sino hasta que usted también lo sea”.

Por primera vez ella se negaba a recibir el ósculo amistoso, casi platónico, que marcaba la separación, antes de días, ahora de años. Y por primera vez ella lo nombraba con un apócope cariñoso: Rick. Anna se mostró presurosa para resolver uno de los dos asombros que había producido con su última frase.

--Sucede que aquí, las mujeres de mi generación estamos enamoradas del personaje de Casablanca, película que se exhibió con gran éxito en las salas cinematográficas de Moscú apenas el año pasado. Muchas nos vemos retratadas en Ingrid Bergman, en su idealismo, en su abnegación, y por fin, en su sacrificio. Y muchas anhelamos al hombre que encarna Bogart, enamorado hasta simular la perversidad, pero honesto con su pasado y vuelto hacia el horizonte humano, al que parecía haber renunciado.

--Por eso –dijo con una intencionada sonrisa--, para mí, su nombre, Ricardo, es Rick.

La vio a los ojos, mientras mantenía una de sus manos entre las suyas: la mujer que tenía ante sí, babushka a los 40 años, iluminaba con su lozanía casi otoñal la noche moscovita. Él, ocho años mayor, se asombraba por la cercanía que le manifestaba la intelectual soviética, “una mujer liberada”, aseguraba ella.

         El intento del militante granadino no ocultaba segunda intención. Dos circunstancias gobernaban su conducta hacia la lingüista: primero, su concepción –muchas veces desmentida por la vida práctica pero profundamente arraigada en la militancia hispana de los años de clandestinidad--, de la “pureza” de las mujeres de la generación soviética, que lo hacía detenerse ante cualquier propósito de asaltar aquel ícono; segundo, la misma presencia de Anna, su belleza, su gentileza, su cultura, le hacían recordar la frase sevillana: “ni con los clavos de Cristo”.

Más en Anna, la frase de rechazo y la justificación del apócope, ocultaban más de una segunda intención.

        

La siguiente visita a Moscú no tardó tanto, pero tampoco fue igual su motivo. Ahora el arribo de Ricardo tenía, más que nada, un contenido humano elemental: llegaba en silla de ruedas, pues en un descarrilamiento del ferrocarril Madrid-Granada había sufrido innumerables lesiones. En el accidente murieron 30 personas y más de 200 resultaron heridas. Apenas dos semanas antes había abandonado el hospital en su terruño.

         Ya instalado en el hotel del Callejón del Capintero, donde el PCUS recibía a los integrantes de las delegaciones de alto nivel de los partidos comunistas, no sin vacilaciones, hizo girar el disco telefónico, marcando las seis cifras que había guardado celosamente durante su ausencia y que lo comunicarían con el departamento de Revolución de 1905.

         --Vengo a someterme a una restauración, que no rehabilitación—, explicó, con humor negro a Anna, al recibir, sólo horas después de la llamada, su primera visita en el restaurante del hotel--. Los especialistas de Granada me dijeron con claridad: “Tú que puedes, gestiona que te atiendan en la URSS; han rehabilitado a veinte millones de baldados, ¡que no lo hagan con el veinte millones uno! Aquí, así como estás, te vamos a dejar torcido”.

El relato de Ricardo fue largo: mientras todavía se hallaba en el hospital, el secretario del PCE en Granada –“un dirigente español, antiguo profesor de filosofía en el Instituto”—, al escuchar la sentencia de los rehabilitadores, decidió proponer su atención médica, principalmente su rehabilitación, al Comité Central del partido soviético. Hizo valer sus viejas e íntimas relaciones con la dirección política, pues había sido uno de los niños españoles que llegaron a la URSS tras la derrota de la República. El resultado fue inmediato, no obstante las ya evidentes discrepancias políticas: a las dos semanas se recibieron la respuesta aprobatoria y los medios para trasladarse a Moscú.

Ricardo y Anna conversaron durante horas en el restaurante; tomaron allí los alimentos del medio día, en el hall hablaron de su vida personal durante los años de ausencia, pasearon por los jardines –ella conduciendo la silla— y, ya entrada la tarde, la mujer manifestó la necesidad de volver a sus tareas en la embajada de la República Democrática Alemana, donde se desempeñaba en todo cuanto se relacionara con el conocimiento y uso del alemán y el ruso.

         Al despedirse, le entregó un obsequio.

         --Es ésta una edición reciente, pero ya agotada, de la más completa compilación de pinturas europeas y rusas que se exponen en L’Hermitage; algún día tendremos oportunidad de comentarlas, o, ¿quién sabe? De recorrerlas en el propio museo leningradense.

         --No nos podemos despedir sin que yo le cuente: ¡Soy abuelo!— dijo Ricardo con una gran sonrisa en la que aún se advertían deformaciones por la fractura de la mandíbula--. Mi hija, la mayor, me ha dado ya un torerito.

         --Ahora sí que me puede besar. Y eso no sólo porque usted es dádushka, sino porque lleva el nombre de la ficción que amo: Rick.

         La cálida mejilla de Anna Alexandovna recibió el ósculo del granadino, quien a su vez sintió unos frescos y húmedos labios sobre su cara, al tiempo que ella le decía casi al oído:

         --Nos telefonearemos, si no todos los días, si, por lo menos, dos veces a la semana.

No había trascurrido aún una semana, cuando Ricardo, recibió la orden de su internamiento al Hospital Pushkin, en los alrededores de Moscú. “Dictatura brachetariata”, dijo en la comunicación telefónica con que avisó a la lingüista de la decisión médica.

         --Tenía que ser—, comentó Anna--. Lo visitaré tan pronto pueda.

 

Trascurrieron dos meses de rehabilitación en el nosocomio. Abandonó la silla de ruedas y gracias a la solidificación del peroné de la pierna derecha, comenzó a caminar con ayuda de muletas, se sometió a dolorosos ejercicios de recuperación del movimiento en los brazos, volvió a leer con facilidad el diario Pravda, pues el daño en su ojo izquierdo se superó rápidamente con ejercicios visuales y como resultado de la habilísima operación –así lo estimaron los médicos rusos-- hecha en el hospital de Granada, que restauró las fracturas de la órbita.

Al tercer mes hubo de decidir sobre la forma de continuar la recuperación. Él lo consultó con David, un camarada mexicano, también becario y por ahora huésped del hospital, para reponerse de una dolencia hepática, adquirida, según los médicos, durante el viaje México-Moscú.

--Llevo aquí dos meses, pero dentro de una semana me darán de alta y volveré a Instituto. ¿Por qué tú, que ya has estado en esa casa, no propones al PCUS que te trasladen a la residencia colectiva y te atiendan en la clínica que tienen en las mismas instalaciones? No necesito decirte lo buena que es y lo bien equipada que está; creo que es lo ideal para ti, pues estarías entre amigos y bajo una atención magnífica. Además podrás ponerte al día en el manejo del idioma, que seguramente se te habrá deteriorado.

Ricardo había pensado ya en esa solución, pero la idea de David lo estimuló ampliamente, y luego hizo la propuesta. En realidad, su pensamiento iba más allá de la pura rehabilitación: durante su estancia en el Hospital de Pushkin restableció relación con los profesores que habían trabajado con él diez años antes, e inquirió a las autoridades del Instituto sobre la posibilidad de su traslado, manifestándoles su preocupación por recuperar y superar el dominio de la lengua rusa y, sobre todo, su interés en realizar consultas con profesores y especialistas acerca de temas importantes de la teoría y la práctica política que a él le importaba estudiar desde las posiciones del PCE.

Dos veces recibió la visita de su amiga durante el internamiento en el Hospital. Pero fueron más frecuentes sus contactos a través del teléfono, cuando él recuperó su calidad de becario “especial” en el Instituto. Lunes, miércoles y viernes a las 6 de la tarde, puntualmente, la mujer esperaba sus llamadas en el departamento de la calle Revolución de 1905. Una tarde de esas, después de una rigurosa consulta médica, le cambiaron las muletas por dos bastones. Tomado del teléfono con ansiedad, gritó al oído de Anna:

--¡Ya no soy un inválido!

--Nunca lo fue, Rick--, repuso ella--. Pero ahora que ya puede caminar sin muletas, comenzaremos a andar Moscú, a visitar teatros... todo dentro del tiempo que le dejen su recuperación física, el estudio del idioma y los encuentros científicos.

         --¿Cómo haremos?

         --Desde ahora fijaremos un día a la semana para nuestro encuentro y el lugar apropiado para ello, cercano a una estación del metro, para arribar con facilidad, pero dentro de la zona cultural de la ciudad. El día será el martes y el lugar el monumento a Pushkin, cercano a la estación que lleva el nombre del poeta

 

Y así fue, hasta esa tarde en el Restaurante Praga.

Había pasado ya la primera hora de su encuentro; no se cansaban de conversar, pues hacían, a iniciativa de la mujer, una especie de balance de los meses de restauración: sus encuentros, en los que casi siempre abrían un paréntesis poético; sus goces en el teatro; la verdaderamente difícil intervención de Ricardo en la visita a los poetas de vanguardia donde él declamó “La muerte fue en Granada”, el poema de Antonio Machado dedicado al asesinato de Federico García Lorca. En esa ocasión “la Alexandrovna”, lo repitió, con la mayor desenvoltura, cuarteta a cuarteta, en ruso, pues él se excusó alegando que a los poetas no se les debe traducir. El incidente seguía produciendo alegría en ambos.

Más a esa primera hora le sucedió un hecho turbador: habían agotado la botella de “Sovietskoe Champanskoe”.

--Me veré obligada a pedir una segunda; nunca pensé que estas botellas contuvieran una porción tan pequeña del champaña que es nuestro orgullo nacional--, declaró Anna--. Y yo no me puedo pasar la siguiente hora sin alcanzar un determinado grado de embriaguez, pues necesito adquirir entusiasmo para darle una sorpresa literaria.

La lingüista marchó hasta la barra para asegurar que les sería llevada la segunda botella de la bebida. Desde allí hizo una seña a su invitado, avisándole que pasaría al tualet. Entre tanto un camarero portó el depósito de hielo para enfriar la bebida, la botella verde oscuro continente de la bebida y un platón con abundantes bocadillos.

En todas esas operaciones el camarero apenas levantaba la vista para semblantear al extranjero, pero al depositar el platón, se animó a preguntar:

--¿Bce po riadky?

--Impecable--, repuso Ricardo, mostrando que comprendía el sentido de la pregunta, pero no deseaba contestarla en el mismo idioma.

El regreso de Anna fue espectacular. Se había despojado del saquillo de su traje sastre y mostraba hermosos brazos, una camisa de seda blanca bellamente empitonada, un cuerpo erecto y unas manos que trazaban felices giros en el aire. Tomó asiento y en seguida dijo:

--Bebamos la primera copa de esta segunda hora y brindemos por que yo me atreva a recitarte la Parábola de la campesina y el viajero. ¡Salut!

--¡Me tuteas por primera vez en diez años! ¿Es una equivocación o el producto del champaña?

--No adviertas cosas sin importancia; de lo que se trata es de darme energía para decir la Parábola. Me he preparado a conciencia y nada me detendrá--. Bebió la copa, tomó entre sus manos las de Ricardo, e inició el relato.

 

Érase una campesina que, tras una década de viudez, había hallado al hombre que borraría esa época de soledad. Pero él se mantenía ignorante del afecto que despertaba en la mujer. Más aun, aunque le profesaba amistad y consideración y hasta admiraba su físico, parecía distante del deseo con que ella lo frecuentaba, cada vez que visitaba la población.

         Una anciana vecina suya, que gozaba del prestigio de mujer sabia y prudente, al escuchar en cierta ocasión, recién emigrado el viajero, el anhelo que la campesina cultivaba, le aconsejó, mientras le ofrecía un arbusto:

--Planta en tu huerto este manzano, cultívalo con agua que haya pasado por tus ojos y recibido tus lágrimas; el árbol te dará una manzana, una sola, bella, brillante, fresca, jugosa, y ofrécela a tu amado cuando retorne. Esa manzana le revelará tu amor y lo despertará en él. Y también dará otra, la de la ambición: es fea e incolora, ni siquiera intentes tocarla.

         --¿Y si existe otra mujer que anhele lo mismo que yo?--, preguntó la campesina, llena de esperanza pero también de angustia.

         --Ella no tendrá manzana alguna ni escuchará mi consejo--, contestó la anciana.

         La campesina siguió paso a paso la sugerencia de su consejera. El manzano creció rápidamente, pero no daba frutos; sabiendo que el viajero estaba próximo a arribar a la aldea, la mujer tomó en sus manos un cubo, lo llenó de agua en la que había lavado sus ojos y en el que habían caído inesperadas lágrimas, anegó la tierra que rodeaba el tallo del manzano e, intencionadamente, dejó pasar la tarde lejos de su huerto.

De regreso a la vivienda, cerró los ojos para no ver el manzano, pero al trasponer el umbral y abrirlos, recibió una sorpresa: sobre su lecho se hallaban, cuidadosamente colocadas, las más hermosas prendas que jamás hubiera visto. No eran vestidos lujosos pero sí bellos; sobre el fondo blanco lucían los bordados que combinaban el rojo y el amarillo en la región del pecho; la falda terminaba con cenefas brillantes. Un sencillo recado explicaba la presencia de las prendas: “Para que luzcas hermosa en el momento del encuentro. Así me vestí cuando hallé el amor”. Al pie, el nombre de la anciana.

 Al día siguiente, del árbol pendían dos manzanas, una roja, brillante, y otra “en la que no valía la pena poner la vista”. Tomó en sus manos la primera y aguardó el arribo del viajero. Al encontrarla en el umbral de la casa, bellamente ataviada, con los ojos encendidos y la alegría brotando de sus labios, el hombre sonrió, brillaron sus ojos, y tendió su mano hacia la manzana que se le ofrecía; la llevó a la boca, degustó su delicia y entró a la habitación tomado del talle de la amada, sin hablar una sola palabra.”

        

--Tengo la manzana. Soy la campesina, tu el viajero--, concluyó Anna.

En ese momento pareció perder la serenidad para caer en la turbación; suspendió el límpido, elegante fraseo con el que había acompañado cada uno de los momentos de la Parábola. Tomó las dos manos del militante español, las puso sobre sus ojos y así permaneció algunos minutos.

Ricardo estaba anonadado. Nunca en su vida le había ocurrido nada semejante. Él, por cierto, no era un mujeriego, pero no le faltaban experiencias concretas: dos “uniones libres”, la última, terminada sólo ocho meses antes de su arribo a Moscú; en la primera había procreado dos hijas, ya casadas ambas; en la segunda la separación se produjo sin ningún fruto infantil. A pesar de los meses de abstinencia pasados en Moscú, no había sentido la necesidad urgente de relación sexual.

         ¿Qué era lo que le sucedía ahora? Ante él una bella mujer le declaraba su amor y lo invitaba a compartir una experiencia vital, cuya particularidad prometía a los dos goces no imaginados.

Cuando Anna separó de su rostro las manos de Ricardo, sin soltarlas, sino al contrario, asiéndolas con más fuerza, rompió el silencio.

         --¡Pude recitar mi Parábola! No hablemos más ahora. No deseo escuchar una réplica masculina a mi alegoría. Pero sí quiero gozar contigo el paseo hasta la calle Revolución de 1905. Brindemos otra vez y marchémonos.

         --Anna, yo...

         --Rick, acepta mi propuesta; toma en cuenta el gran esfuerzo que hice: casi me desmayo. Lo que digamos ahora, no será ya tan bello, y hasta puede ser vulgar. Debemos marcharnos. Espera tranquilo, en tanto que yo, como invitante y mujer liberada que soy, saldo la cuenta.

         Muy poco hablaron esa noche. Caminaron muy juntos, como jóvenes enamorados; mantuvieron sus manos enlazadas durante casi todo el tiempo, en el bolsillo del abrigo de Anna. Divertidos, hacían crepitar bajo sus zapatos, las hojas doradas que el otoño moscovita arrebataba a los árboles del paseo. A cada cuadra, se volvían para verse de frente, acercaban sus mejillas como en una promesa y volvían a la ya prolongada marcha.

         --Dejemos que se tranquilicen las aguas, Rick, y veámonos el martes próximo. Te llamaré todos los días a las 6 de la tarde--, dijo Anna al llegar al pie del edificio de departamentos. Como puestos de acuerdo se dieron un tímido beso, en el que apenas los labios del uno tocaron los de la otra.

         A su regreso, Ricardo no pasó por la cafetería de la residencia colectiva; con nadie podría compartir aquella irrealidad. Anna Alexandrovna era la mujer más hermosa que en su vida había encontrado –no la más hermosa con la que hubiera tenido relación, sino la más hermosa que hubiera visto—, y aunque la admiraba y seguramente su sentimiento hacia ella era de amor, nunca hubiera imaginado siquiera lo acontecido aquella tarde. ¿Qué hubiera sucedido si ella no hubiera recitado la Parábola de la campesina y el viajero?

         Miércoles, jueves y viernes, fueron puntuales en las citas telefónicas. Ella reincidió en la idea de que el encuentro del martes se diera al pie del monumento a Pushkin. No pensaron en función teatral o cinematográfica alguna.

         --Esa tarde te haré tomar té cingalés, hecho por mí misma. He recibido apenas un paquete; ese té es mejor que el nuestro y el hindú--, le ofreció indicando, con ello, la intimidad en que ambos vivirían la cita anunciada.

         El sábado fue de fiesta para los dos. Permanecieron al teléfono más de media hora; ella con iniciativa cada momento más desplegada, recordando uno tras otro los momentos más agradables de su relación: el Ballet Kirov, de Leningrado, con Giselle; en el Bolshoi, con Mussorgksi en el Boris Goudonov; en el Teatro de la Ciudad de Moscú, la historia del amor de Bernard Shaw, en El Adorable Mentiroso; la disputa sobre pintura en la Galería Tetriakova; el teatro disidente con Master y Marguerite.

         --Repetiremos todo eso, ¿verdad Rick?

         --Sin falta.

         Pero el domingo no se produjo llamada alguna. El lunes a las 6 de la tarde, Ricardo esperó inútilmente. El martes por la mañana llamó al teléfono comunal del piso donde residía Anna. No obtuvo respuesta. Resolvió asistir a la cita en la plaza Pushkin, sin ningún resultado; la lingüista no concurrió.

         Presa ya de gran inquietud, Ricardo esperó aun el miércoles; ese día recibió un telefonema de Misha.

         --Hemos sufrido una desgracia. El domingo tuvimos que internar a mamá en el Hospital de Pushkin. Hoy la sometieron a una urgente y prolongada operación. No sabemos todavía el resultado. Me ha pedido que lo llame y le asegure que en cuanto tenga condiciones para comunicarse con usted, lo hará.

 

 

Ricardo decidió no esperar ese momento, sino verla en la misma semana. Varios compañeros suyos, españoles, lo habían visitado en el mismo hospital en los meses de recuperación; creía, por ello, que no sería imposible. El domingo se trasladó hasta la entrada del nosocomio, pero allí mismo se percató de las dificultades. Por lo pronto, la identificación que portaba era del todo desconocida por el personal de la entrada; ante su insistencia consultaron con autoridades superiores, sin resultado.

         --¡Ricardo, amigo, venga acá!--, era Misha el que lo llamaba; había terminado su visita a Anna, y emprendía el regreso a casa. El granadino le relató los incidentes en su intento por visitar a la lingüista. El muchacho dio la razón a los guardianes.

         --Este es un hospital para el aparato del Comité Central, sujeto a normas muy estrictas. Quien desee entrar debe comprobar el parentesco con la persona objeto de su visita. Usted no podrá hacerlo. Mejor espere la llamada de mi mamá; creemos que el miércoles ya podrá moverse con cierta libertad y quizá le llamará.

Juntos abordaron un autobús que los conduciría a la estación próxima del Metro. Cerca de la residencia colectiva del Instituto, en la parada Sokol del Metro, el hijo de la lingüista lo invitó a tomar un café. El militante granadino entendió que el muchacho quería conversar acerca de las relaciones entre él y Anna Alexandrovna. Mientras les servían el café y el coñac, pues en Moscú nunca se toma café sin coñac armenio, Misha inició la conversación.

         --De principio quiero decirle que de ninguna manera me preocupa la amistad que usted y mamá llevan. Al contrario, pues la he visto rejuvenecer en estos últimos meses; ella florece cada vez que se encuentran. Lo que sí me inquieta, tiene que ver precisamente con estos días de su enfermedad y operación. Después de la intervención quirúrgica tuvo un prolongado delirio en el cual comenzó a hablar de dos manzanas. Yo conocía ya la fábula que compuso para usted, no completa, pues no quiso recitarla hasta su fin ante otra persona que no fuera el objeto de su trabajo poético. Allí conocí su fantasía de una manzana que simbolizaba el amor. Pero ahora, en su delirio, habló de otra manzana, me parece que con pavor. ¿Usted sabe algo de eso?

Ricardo montó en alarma; en efecto, en la Parábola había una segunda manzana “en que no valía la pena poner la vista”, pues simbolizaba la ambición. La anciana del relato había recomendado con mucho énfasis a la campesina que “ni siquiera intentara tocarla”.

         --Mire Rick, el relato es una recreación literaria de una leyenda campesina de la región de Leningrado. Usted sabe como son esos relatos: llevan siempre una carga moral en la acción de los protagonistas, y casi siempre reflejan una opción entre el bien y el mal. Yo no supe si al término de su Parábola mi mamá haya introducido un elemento de este carácter.    

         El militante granadino trató de recordar todos los incidentes de su relación con Anna, sin encontrar nada que pudiera presagiar el pavor de la mujer ante la existencia de la manzana de la ambición, y lo dijo abiertamente a Misha.

         --Rick, quiero hacerle una confidencia que en este momento me da vueltas en la cabeza y tal vez ella nunca le expresó. Hace unos cuatro años, cuando aún no existía el Instituto y grupos de comunistas extranjeros viajaban a nuestra patria para recibir instrucción política, conocimos de la relación marital que establecieron en el seno de uno de esos grupos una profesora de ruso llamada Olga con uno de sus discípulos, Enrico, miembro del Comité Central del PCI; después de seis meses de iniciada, él regresó a su país y solicitó permiso para retornar a Moscú y enlazarse definitivamente con la prepodabatielnitza. Gracias al dominio del idioma Enrico podría obtener un puesto en la editorial oficial y vivir en la URSS. El permiso le fue negado, y entonces prácticamente huyó. Quienes los hemos conocido, sentimos pena por la situación de Enrico quien, de un dirigente promisorio en su país, ha pasado a ser una persona insignificante, supeditada.

         Misha se puso de pie. Habían terminado el café y el coñac y él se dirigió a la caja para pagar el consumo. Juntos emprendieron el camino hacia el Instituto. A los pocos pasos, el muchacho volvió a su relato.

         --Hace pocos días, cuando regresó del último encuentro con usted, le hice una broma: “Estás enamorada como quinceañera”. Me contestó: “Sí, y creo que por fin he conquistado el amor de Rick. Diez años no son pocos para un noviazgo, ¿verdad? Ahora realizaré mi amor; será por un tiempo breve, porque él tiene que volver a su patria, y yo no se lo voy a impedir. No seré otra Olga; ella puso su ambición por encima del objeto de su amor. Viviré este encanto de mi otoño y lo resucitaré cada año, cada semestre, o tal vez lo siga hasta España”. Lagrimeó un poco, pues era evidente que había tomado con usted, pero dijo: “Son las lágrimas del cubo con que riego mi manzano”.

         Llegaron a la puerta de entrada del Instituto. Allí Misha dijo:

         --Espere su llamada Rick. No se nieguen ni un minuto de felicidad.

 

A partir de entonces Ricardo esperó al pie del teléfono la llamada de las 6 de la tarde. Y, en efecto, el miércoles siguiente el teléfono llamó para él; mas no se trataba de Anna. Del aparato del PCUS le comunicaban que ese día se había recibido una carta del Comité Central de su partido. Por la noche conoció su contenido, pues un “propio” del partido soviético trasladó la misiva hasta él.

De hecho, se trataba de una disposición del CC, no de una recomendación.

Como seguramente él sabía, poco después de su partida hacia Moscú, en el mes de abril, se había producido un hecho notable de la etapa postfranquista que se vivía en el país: la legalización del Partido Comunista de España. Durante su ausencia habían ocurrido fenómenos extraordinariamente importantes, ya bajo la dirección estatal de Juan Carlos I, proclamado Rey de España, y de Adolfo Suárez, como jefe de gobierno en sustitución del fascista Arias Navarro, cuyo objetivo era mantener el franquismo a pesar de la muerte del Caudillo. De abril a septiembre se habían desenvuelto los acontecimientos por el rumbo del fortalecimiento de las alternativas democráticas, y eso hacía necesaria una acción pública de los comunistas españoles con el más alto contenido político, que estableciera firmemente la presencia del PCE en la marcha hacia la creación de un nuevo régimen político en España. Esa acción no podía ser otra que la realización del IX Congreso del Partido, primero que se celebraría en la legalidad desde 1932.

         Consecuentemente era necesaria la participación de todos los cuadros políticos en la movilización que ofrecería la reunión nacional. Su presencia era especialmente importante en Granada porque, como consecuencia de los últimos acontecimientos, fue necesario desplazar dirigentes hacia otras regiones de la península. Tenían entendido en el CC que ya su estado de salud no exigía la permanencia en Moscú, aunque los tratamientos deberían seguirse; esto –juzgaba el CC--, podría hacerse en Granada o en Madrid, contando ya con su presencia. En cuanto a su trabajo de orden teórico, habían recibido los primeros resultados. Sin duda esa actividad podría continuar en los meses siguientes.

         Le pedían que, cuando mucho, se tomara un par de semanas para trasladarse a Madrid, donde se decidiría, de acuerdo con él, la actividad en que empeñaría su esfuerzo.

 

--Casi se nos terminó el tiempo--, dijo Ricardo a Anna contestando la primera llamada, cinco días después del mensaje del CC.

         --¿Por qué dices eso, Rick?

         El militante español hizo un relato detallado de la carta recibida y de la situación existente en España, de los cambios ocurridos. Del plazo fijado por el CC, sólo le quedaban nueve días; todos los trámites ya habían sido hechos y sólo le faltaban dos elementales exámenes médicos que en nada cambiarían el proyecto.

         Ella, al otro lado de la línea telefónica, guardó silencio. Ricardo, con el temor de que se hubiera cortado la comunicación, insistió.

         La voz quebrada de Anna Alexandrovna dijo lastimeramente:

         --No, Rick... no casi se nos terminó el tiempo; se acabó del todo--. Yo no saldré del hospital antes de tu partida. Pero aunque saliera tendría que pensar muy bien si vale la pena culminar la relación como habíamos proyectado. La operación que me han hecho ha sido muy cruel. Ya no soy la misma que entró aquí hace veinte días. No sé, incluso si me reconocerías ahora; lo mejor es que no intentemos encontrarnos de nuevo.

Un silencio siguió a esas palabras. Ricardo, angustiado, reaccionó con energía.

--¡Escúchame Anna! No des por terminado lo que apenas comenzaba. Yo volveré en pocos meses; te buscaré. Debes entregarme la manzana de amor.

--No Rick. Yo sabía que esto podía sucederme, aunque nunca supuse que fuera tan pronto y repentino, ¡hasta forjé la ilusión de que contigo tal vez lo evitaría! Quise arrancarle a la vida un fruto luminoso. Fue una bella Parábola, pero debes resignarte: la manzana roja, hermosa que te ofrecí, ha empequeñecido por no haber sido entregada, y se asemeja a aquella en la que “no valía la pena poner la vista” por ser portadora de la ambición. En este día no puedo asegurar que atendí al consejo de la anciana prudente y sabia; no sé bien si acaricié o no la manzana rugosa, amarilla, de la ambición, ni puedo decir si lo que hoy sufro es la pena por anhelar una posesión ajena al amor.

         --Anna... te aseguro.

         --Escríbeme, Rick.

         --Quisiera verte por último...

         --Escríbeme, Rick...

         Por fin, sus últimas palabras:

         --La Parábola fue más real que la vida. Cortaré la comunicación: no quiero sufrir más el empequeñecimiento de mi manzana y de mi amor... Pishí Rick.

 

 

Por: Gerardo Unzueta.

México, Distrito Federal.

gerardounzueta@hotmail.com

 

 

 

 

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