PALOMAS Y GORRIONES...

Por Marie Diaz.

Jugaban en el parque los niños mezclados entre mascotas y juguetes, entre risas, gritos y algún llanto, con la intervención conciliadora de madres, abuelas u otros adultos que acompañaban a los niños.

Allí entre migas, sol y agua de la fuente estaban los pájaros que habitualmente viven en la ciudad, esos que con naturalidad llamamos citadinos: gorriones y palomas.

Los pájaros del campo son diferentes, son de muchos colores y más grandes y también más pequeños, mamá dice que es porque son del campo, ¿es cierto eso, abuela?

Si, dijo la abuela.

Y, ¿ por qué estos no van con aquellos al campo? Aquellos parecen más contentos, ¿verdad?, pregunta la niña.

Estos pájaros son de la ciudad dijo la abuela, ellos han nacido aquí y no conocen otra vida, seguro que no saben que hay otra vida y otras cosas fuera de la ciudad.

Y ¿por qué no saben?. Ellos podrían ser amigos como yo con María y los otros niños, replica la niña.

Las cosas son diferentes y los pájaros viven en los lugares a que pertenecen y estos son de la ciudad, ellos solo saben vivir aquí, le responde su abuela. Y ¿por qué?, dice la niña.

La abuela, toma la pequeña mano y dice: ellos llegaron aquí hace muchos años cuando esta ciudad no existía, llegaron otras personas desde muy lejos, ellos querían encontrar otras tierras muy lejos del lugar donde vivían y entonces cruzaron los mares y traían en sus barcos muchas cosas y entre ellas estaban las palomas y los gorriones.

Ellos igual que aquellos hombres vinieron de España, después vinieron otros, y en sus viajes llevaban unas cosas y traían otras. Soltaron aquí a los pájaros y aquí hicieron sus nidos y nacieron sus pichones y con el pasar del tiempo hubo mas casas y más gente, la ciudad creció y también nacieron muchos hijos de los primeros pájaros que aquellos hombres trajeron y por eso es que no conocen otra vida y su lugar es la ciudad.

Ah, dijo la niña, pero, sabes abuela, a mí me parece que los pájaros del campo están más contentos y a mí me gustaría que se conocieran y fueran amigos, como María y yo y los otros niños del campo.

Y se alejó un poco para darle a los gorriones las migas de su merienda, y hablaba cosas que la abuela no escuchó: el diálogo de la niña con los gorriones... la vio correr, sonrió y mirando a la niña recordaba otra niña, otros tiempos.

Se dijo para sí: aunque pase el tiempo, la esencia es la misma.

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