MI AMIGO PABLO

 

 Talvez… ustedes, tienen o han tenido un amigo llamado Pablo.

 

Mi amigo Pablo, era de estatura media, más bien gordito y muy inteligente.

Le gustaba el vino tinto, cantar y leer.

Aprendí muchas cosas con él, sobre todo a pensar.

Evoco a Pablo y siento su voz, su risa invadiendo este lugar y río con él.

No quiero levantar la vista del papel. Aprieto los sentidos para que permanezcan atentos mientras él recita a mis espaldas “El zoológico de cristal” con una voz ronca, profunda, su voz.

Y vuelvo a ser Laura “blue rousis “el personaje de Teness y Williams que él tanto amaba.

Pablo, era director de teatro y yo aspirante a actriz.

Después de atravesar por un exhaustivo examen: de expresión, dicción comprensión de texto etc., etc.; me presentaron a Pablo Zullo, un antipático señor de voz ronca que dirigía el grupo de jóvenes actores y principiantes.

-¿ha leído Tenessee Williams?

Me preguntó con un tono inimitable.

-no. Le respondí temblando y sintiendo que el calor me quemaba las mejillas.

Me torturaba las manos tratando de no ponerme colorada. Me había hecho el propósito de no enrojecer de hablar fuerte, con firmeza; pero la timidez anulaba el pensamiento y sentía que mi palabra carecía de valor.

-¿Ah asistido alguna función de teatro… ah leído algo…?

-sí.

Le respondí con un hilo de voz:

-“Sueño de una noche de verano…” ”El mercader de Venecia Las alegres comadres de windsor, La tempestad, El rey Lear, Hamlet, no lo terminé de leer. Los árboles mueren de pie, El jardín de los cerezos, Gaviota, La mal querida Y El Matrero de la bincha roja.

Esto fue dicho sin punto ni coma, sin respirar; en medio de un silencio cargado de tabaco negro.

No quería oír como se reían de ella; además, no le importaba.

No volvería a compartir absolutamente nada con ellos y dejó vagar el pensamiento:

Era marzo y el otoño bañaría de un dorado rojizo los viñedos.

Los duendes bailarían sobre los racimos yacentes en los canastos.

Era otoño… y el pito Juan, pelearía con el zonda.

Y el zonda arrastraría tierra con tanta fuerza hasta convertirla en nube.

Y el pájaro bobo lloraría aroma, junto con la menta y los eucaliptos ¿y su mamá ¿qué haría su mamá en ese instante?

Sintió que una mano le apretaba el hombro. Que una voz desconocida la llamaba a Laura.

Se puso de pie tratando de reconocer el lugar y el olor a tabaco negro la trajo a la realidad.

-trate de leerlo para el lunes.

Pero como ella no pensaba volver… le recibió el libreto y le dio las gracias (por educación).

Horacio se ofreció a acompañarla a la parada del colectivo.

Roberto tomaba un taxi y si ella quería podía alcanzarla hasta su casa.

Como no pensaba regresar les dio las buenas noches y se alejó con el libreto bajo el brazo.

Al lunes siguiente entraba en el estudio de Pablo quince minutos antes de comenzar el ensayo.

Así comenzó mi amistad con Pablo cargada de amor, de sinceridad, coincidiendo en algunas cosas, discutiendo por todas.

Pablo era porfiado, empecinado.

Cuando se le ocurría alguna una idea, que para nosotros era temeraria, a él le daba vueltas en la cabeza hasta darle forma, hasta convertirla en realidad.

Si mi presentación en el elenco no fue del todo feliz, mucho menos resultó el segundo ensayo.

Comenzamos con el “Zoo de cristal “: había que compenetrarse con la psicología de cada personaje, desmenuzar sus sentimientos, había que imaginar diversas circunstancias y actuar cual si fuéramos ellos.

Transformarme en Laura winfield no significaba gran esfuerzo:

Era una muchachita tímida, llena de vergüenza por su pierna corta y su enorme zapato ortopédico.

Acosada por su madre para que consiguiera un buen partido, pretendiendo que usara espantosos corpiños rellenos y así sería fácil pescar al candidato; pero ella pensaba en el unicornio de cristal y yo en el duende de la siesta.

Bastaba que Pablo levantara el tono de la voz para que surgiera Laura temblando tras las cortinas de gasa junto al zoo de cristal, su refugio.

Los ejercicios de improvisación me fascinaban: me sentía más suelta, despreocupada de la letra, podía actuar con naturalidad y dejar volar la imaginación; pero no dependía únicamente de mí si no de la inspiración de mi interlocutor.

En una oportunidad, me tocó improvisar con un actor que lo único que se le ocurría entre frase y frase era decir: “¿tomamos un café?”.

Después de la improvisación, Pablo nos entregó un libreto breve, un diálogo, con el cual me consagré.

Se trataba de una mujer frívola, lo único que importaba era ella y hablaba de ella, (ella) un marido indiferente que le respondía sin oírla.

Comenzaba el diálogo más o menos así:

-¿Cómo estuve querido? ¿¡Cómo estuve!?

-Bien.

-¿Y Martoncho? ¿¡Que te pareció Martoncho!?

Moviendo los dedos de los pies me preparaba para actuar con el Alfredo alcón del elenco.

Él se hallaba en escena y yo entraba por la izquierda al público gritando ¿cómo estuve querido? ¿Cómo estuve?

Cuando oí la réplica seca, segura:” bien” me aturdí y sin dudar continué:

¿Y Marchonto? ¿¡Qué te pareció Marchoto¡?

Lo que sucedió después, no lo sé narrar. Solo se, que se oían golpecitos en el escritorio de Pablo.

Qué un silencio raro caminaba por el escenario.

Alfredo Alcón se había quedado sin letra y yo en el centro de la escena: muda, inmóvil como una estatua, ridícula, sin saber que decir, que hacer.

Alguien dijo: “perdona” y dejó correr la carcajada.

Nos reímos mucho, sobre todo yo que no advertí con los nervios el furrio.

Desde ese día aprendí a reírme de mis errores (con la ayuda de Pablo).

Pero estoy hablando de mí y en realidad les quería presentar a mi amigo Pablo:

Ya dije que era director de teatro.

él amaba la carpintería y realizaba trabajos espléndidos.

Celoso de su mujer y de su hija como pocos.

Jugaba al fútbol y tenía dos grandes defectos: peronista y deboca.

Tengo que contarles esto por que de omitirlo no estaría hablando de Pablo: tan sensible, tan… buena persona tan… mi amigo pablo.

No se encuentra entre nosotros desde… no hace mucho tiempo.

Siento que debe estar leyendo a la luz de las estrellas cantando, uniendo su voz a la vibración universal.

Y estoy segura que cuando brindamos por él con vino tinto nos debe estar guiñando un ojo.

Invitados por la provincia de Chubut, viajamos en avión.

Discutimos para convencerlo. Él, qué siempre andaba entre las estrellas no le gustaba volar.

No emitió una palabra hasta después de aterrizar.

El sur tiene un embrujo de cielo azul y viento helado.

Tiene el rumor de pies descalzos.

El susurro de voces que claman con el viento:

“Patagonia. ¡Patagonia tierra nuestra!”

Y acongoja el silbar del viento y en los remolinos de tierra se presiente el paso del Mapuche.

Disfrutamos de una bienvenida, de una cena de mariscos y del hechizo que dejaba el aire.

Pablo nos citó a las nueve de la mañana para reconocer el escenario y ensayar.

Permítanme que continúe la historia ya que Betina se quedó suspendida en el recuerdo.

Y conocí a pablo y sé del esfuerzo, de la dedicación, de las ganas que puso para mantener vivo con un nivel satisfactorio este elenco de teatro y durante treinta años.

Es cierto, los había citado a las nueve de la mañana para -reconocer el escenario- los actores tenían que caminar el escenario. Estudiar las dimensiones. saber qué dificultades ofrecían las entradas y salidas a escena.

Lo que no hemos dicho, es que los actores eran ciegos, si, ciegos. Hacían teatro leído con desplazamiento en escena bajo la ajustada dirección de Pablo Zullo y el apoyo de su increíble mujer “Irma” (apuntador, maquilladora, consejera: “amiga“).

Los zapatos de Betina fueron siempre la preocupación de Pablo (altísimos)

Temía que en alguna ranura del piso de madera se le atascara el taco y perdiera el equilibrio, por eso al verla llegar, sin saludarla le gritó:

-¿Tenés otros zapatos?

-Sí, los viejos.

-Cámbiatelos.

Y ensayó descalza.

Este gran hombre, compenetrado con sus actores, sabía a donde estaban las dificultades y trataba de allanarlas sin lastimar a nadie. Por esa razón había marcado el piso de el escenario con tachuelas y trocitos de madera, ya que la boca era muy grande y siguiendo la marca con los pies los artistas podían desplazarse despreocupados del vacío, concentrados en la letra, viviendo el personaje.

Tras bambalinas: Pablo e Irma, a izquierda y derecha: llamando a los actores con apenas audible chasquido de los dedos en cada salida de escena. Deseándoles buena suerte:”mer” en cada entrada.

Después los aplausos, el público mezclándose con los actores…

Córdoba, (festival de teatro) Bahía Blanca. Comodoro Rivadavia. La Rioja. Mar del Plata. Teatros porteños e instituciones prestigiosas que conocieron este elenco y el empuje de su director que nunca saludó al público, porque consideraba que el trabajo era de los actores y ellos debían recibir el aplauso.

Así era mi amigo Pablo: humilde, indómito. Comprensivo y tierno: eso sí, terrible si alguien menos preciaba algún actor con la antipática palabra “pobrecito” entonces echaba sapos y culebras y costaba esfuerzos que olvidara el incidente. Ni el cigarrillo que le ofrecía Irma lo hacia sonreír.

Solo escribiendo un libro podría llegar a explicar lo que significó Pablo en mi crecimiento espiritual e intelectual: aprendí con él a disfrutar de la lectura y leer un poco más allá de lo que estaba escrito.

A disculpar errores ya que yo los cometía.

A gustar de la charla con amigos y de lo hermoso que resulta a veces perder el tiempo y no sentir la culpa.

Con la pérdida física de Pablo se agregó una cuenta más a mi rosario de ausencias y no voy a escribir más por que siento crecer un nido en el hueco de la mano y un pájaro multicolor se ha echado en él y despacito picotea la yema de mis dedos.

Y sé, que has venido a visitarme.

 

22/10/2005

 

Autora: betty Capella. Lanús, Buenos Aires, Argentina.

bettycapella@ciudad.com.ar

 

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