ÓRDENES Y DESÓRDENES

 

                   Soplaban por el país vientos de elecciones nacionales y los medios informativos flameaban saturados de batallas interpartidarias. Mientras tanto nosotros cumplíamos actividades ajenas a ese tema, cuando en la mañana de aquel día de junio nos ordenaron alistarnos por un accidente aéreo. Éramos cuatro integrantes del Escuadrón de Búsqueda y Salvamento de la Fuerza Aérea Argentina.

Poco después aterrizábamos en la provincia de Mendoza con un Hércules C-130 para organizar la búsqueda. Pudimos saber que Un avión privado tipo ejecutivo, Lear Jet, con tres tripulantes y cuatro pasajeros que se dirigía a Chile, había sido declarado en emergencia sobre la cordillera de los Andes. No se trataba de un accidente más, éste resultaba significativo debido a que abordo viajaba un senador del partido oficial, candidato a Presidente de la Nación.

Habiéndose coordinado las acciones con el servicio chileno de salvamento, se trazó en la cartografía un cuadro de búsqueda, donde se suponía que el avión debía encontrarse. El interés político por conocer la suerte del senador, se hizo sentir rápidamente sobre nuestras espaldas. En el aeropuerto ya se habían agrupado a la expectativa los familiares y los medios periodísticos. Rastrillamos la zona hasta el atardecer sobrevolando las cumbres que oscilan en los 5.000 metros, sin haber observado ningún objeto extraño. Las presunciones de hallar sobrevivientes se diluían, pues en las noches invernales la temperatura en esa altitud desciende hasta unos 40 grados bajo cero.

El proceso de las operaciones era informado, paso a paso, al Ministerio de Defensa y desde allí a toda la cúpula gubernamental. Realizamos reiteradas incursiones durante tres jornadas, hasta suspender la búsqueda debido a las malas condiciones atmosféricas. Sujetos a las normas internacionales, debimos esperar la mejoría climática, porque la obligación era mantener la búsqueda del avión siniestrado durante diez días, o sea que debíamos continuar con el trabajo de salvamento. Y más aún, con la presión ejercida a través de los medios por los parientes de las víctimas y en forma directa del gobierno en general. Siendo la última oportunidad, el décimo día reiniciamos las tareas rastreando algunos indicios, debido a que el comando ordenó que vencido los plazos, se diera por terminada la búsqueda. Esa orden originó un drama entre los parientes, el Ministerio de Defensa, El Congreso Nacional y la Presidencia de la Nación, al insistir en que se prosiguiera la investigación.

Con incierta esperanza ampliamos el área de búsqueda y partimos a primera hora. Volando a considerable altura, captamos una señal radioeléctrica de emisión automática, que identificaba al avión perdido, y eso permitió establecer las coordenadas. ¡Ya lo teníamos! Mientras la ansiedad tensaba los nervios, abordo se agudizaron las vistas sobre llanos y elevaciones totalmente nevadas. De pronto el rescatista ubicado en la “burbuja de observación”, avistó un objeto colorido y cundió el alerta. Toda la tripulación se volcó al flanco derecho, donde se alzaban al cielo los picos más altos, con aspecto de un desierto blanco. Sobre una ladera pudimos observar puntos rojizos y con alegría a tres hombres agitando paños coloridos. ¡Hay sobrevivientes! Aquel grito retumbó una y otra vez dentro del avión y por todas las frecuencias radioeléctricas. Con señales de luces le hicimos entender que ya habían sido avistados, aunque aún faltaba la etapa más difícil: ¡rescatarlos!

Planificamos la recuperación sin dejar márgenes para errores: el acceso terrestre era prácticamente imposible por la nieve acumulada y la altura en que se encontraba la aeronave siniestrada. Emplear helicópteros en la cordillera siempre resultó extremadamente peligroso, pero habiéndose comprobado la existencia de sobrevivientes, urgía actuar, y así nos helitransportamos con dos aparatos Bell-212. Aproximándonos al lugar pudimos divisar las llamativas señales, varios asientos de color rojo colocados en cruz junto al avión, y en cuanto sintieron el rugir de las turbinas, tres hombres salieron a los saltos haciendo ademanes. Permanecer en vuelo estático a esa altura y con cambiantes corrientes de aire, era algo casi suicida, de manera que todo debía hacerse rápido y en movimiento. En el primer acercamiento dos rescatistas nos descolgamos por una cuerda de 12 metros y de inmediato la máquina ascendió venciendo las sacudidas. Ambos helicópteros se mantuvieron describiendo círculos sobre los restos del Lear Jet.

Mientras tanto, en pocos minutos examinamos a los supervivientes que, gracias a Dios, todos estaban con vida; evaluamos el panorama y establecimos las prioridades para evacuarlos: en primer lugar los pilotos porque tenían quebraduras en sus piernas, luego un pasajero con heridas varias y el mecánico de abordo que habiendo sufrido la fractura de su brazo izquierdo, pudo realizar algunas conexiones para activar el equipo emisor de las señales que permitieron localizarlos. Y los últimos serían los tres pasajeros que habían padecido politraumatismos y magullones, entre ellos el senador.

Le dimos el “listo” al primer helicóptero para que se aproximase y arrastramos a los pilotos heridos sobre sendos paneles a modo de camillas. En esos momentos el senador se alteró y gritaba que el primer evacuado debía ser él. Sin dudar, nos opusimos tenazmente, porque la prioridad la tienen los heridos por orden de gravedad. Él no lo entendía así e insistió a los gritos que con seguridad pronto sería el nuevo Presidente y por ende el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, de manera que debíamos acatar sus órdenes. Los pararrescates en operaciones asumimos la responsabilidad absoluta y ello nos faculta a ejercer el mando de la situación. Entonces ante la proximidad del helicóptero, hicimos oídos sordos a sus pretensiones. Colocamos el arnés a uno de los heridos y estábamos tratando de subirlo a bordo de la aeronave suspendida y hamacándose en el aire, cuando el legislador intentó colgarse, haciendo peligrar la maniobra por desestabilización. Mientras yo sujetaba a la víctima, mi compañero dominó al senador tal como se hace con una persona en peligro de ahogarse, con una trompada que, sumada a su debilidad, se desvaneció sobre la nieve. Todo se vio demorado y el clima comenzó a empeorar. Logramos embarcar a los cuatro heridos y emprender, con suma urgencia, el retorno con ambos helicópteros.

Así quedamos en el lugar los dos pasajeros, el senador y yo a la espera de la próxima incursión de rescate que sería, con mucha suerte, al día siguiente.

En la tragedia el avión se había deslizado por una ladera, desprendiendo alas y conservando el fuselaje bastante entero, el cual les brindó cierta protección. Abrigos propios, Alfajores, dulces, vinos y galletas habían sido utilizados para subsistir.

La mañana siguiente amaneció nevando con mucha ventisca, entonces traté de concienciarlos de que esto podría llevar varias jornadas más, de manera que al equipo con elementos de supervivencia lo manejaría con el mejor criterio hasta ser rescatados definitivamente. Había que luchar con la angustia y la impaciencia, y lo peor era contener al senador quien sólo quería ordenar e imponer su precedencia por el cargo que ostentaba, y además, el que supuestamente obtendría a futuro. Así intentaba arrebatar las raciones de víveres que yo había determinado, resaltando su categoría de pasajero VIP (Persona Muy Importante) y reclamaba que era imprescindible que se lo alimentara bien, pues el pueblo argentino lo estaba esperando. Todo en desmedro de los demás, incluyendo sus propios asesores que lo acompañaban. Mientras tanto manteníamos enlaces por radio con la base Mendoza, donde nos informaron que las condiciones meteorológicas eran negativas para volar; y que se estaban cuestionando las órdenes recibidas desde el Ministerio de Defensa, para efectuar la recuperación del senador en forma inmediata, lo que sería una verdadera locura. “Pero… ¿La persona que ordena sabe qué significa meteorología adversa?” -pregunté a los gritos-, y me respondieron: “Afirmativo, la señora ministra ¡es abogada!”

En varias ocasiones traté de explicarle al senador de que los pararrescates estábamos debidamente entrenados para actuar en estos casos, y que debía confiar en mí, aunque no logré mi cometido. Sí trató de seducirme con “un buen cargo” que triplicaría mi sueldo, si yo le prestaba la debida atención.

A las tres de la tarde me informaron que acababa de partir un helicóptero para intentar nuestra recuperación, a lo cual sugerí que no lo hicieran porque la meteorología en el lugar era demasiada hostil. “Órdenes son órdenes” fue la respuesta. Seguidamente inicié los contactos con el helicóptero para guiarlo a través de la radio y lanzando bengalas, ya que la visibilidad no era la mejor. La algarabía de los sobrevivientes se contrastaba con mi preocupación, pues estaba consciente de lo riesgoso de esa tarea. Cuando logró descender y aproximarse, el efecto de sus aspas produjo la inevitable pulverización de la nieve fresca anulando la visión. Lejos de acatar mis indicaciones, el senador corrió hacia el encuentro con la aeronave, como para asegurarse de ser el primero en embarcar. Las sacudidas que provoca el viento se asemejan a las olas del mar, y así, repentinamente el helicóptero se precipitó a tierra, accidentándose a unos cincuenta metros del punto de rescate. Los dos pilotos, un mecánico y tres pararrescates lograron salvar sus vidas, ya que el impacto fue a baja altura, pero no pudieron evitar serias lesiones y la temporal inutilización de la máquina de vuelo. Más allá de ayudarlos, le recriminé al piloto la operación “kamikaze” que habían cometido: “¡No puede arriesgarse la vida de los tripulantes en estas condiciones climáticas!” –le dije. “Órdenes son órdenes” fue la respuesta con resignación. Debido a la conmoción de ese accidente, el senador se desbarrancó bruscamente montaña abajo hasta detenerse en unas rocas. Cuando pude socorrerlo comprobé varias fracturas en sus huesos, convirtiéndose así en el peor de los heridos. Ante sus constantes quejidos debí asistirlo inyectándole una dosis de morfina. Afortunadamente, veinticuatro horas después se abrió el cielo dejando ver la llegada de otros dos helicópteros y se realizó la evacuación de toda la gente. Nuestra misión había terminado.

Una vez en el aeropuerto Mendoza, nos encontramos con los familiares de los supervivientes, de muchos curiosos y de todo el periodismo tratándonos como héroes por el exitoso rescate del legislador y por haber vencido el rigor de la cordillera de los Andes.

No obstante, el furor de aquella felicidad no duró mucho… El senador salvado no pudo participar de las elecciones por estar inmovilizado ante el grave estado de salud, habiéndose frustrado su ambición de ser el Presidente de la Nación. La cadena de mandos de la Fuerza Aérea fue desplazada por haber demorado el cumplimiento de la orden para recuperar al legislador. Todos los tripulantes que estuvimos involucrados en la operación rescate, fuimos inhabilitados para cumplir cualquier actividad aérea.

Así mis tres compañeros pararrescates, ignorando su futuro, hoy están hospitalizados reponiéndose de las heridas producidas durante la operación de salvataje; y yo aquí me encuentro en prisión preventiva a disposición de la justicia federal, por desacato a una personalidad legislativa, y por ende el responsable de sus graves lesiones sufridas. Con la seguridad de haber cumplido la misión bajo los reglamentos vigentes, reclamé el apoyo y mi defensa a las autoridades del Estado Mayor de la Fuerza Aérea, y me respondieron que las directivas fueron impartidas por la superioridad nacional y que al tratarse de un senador, simplemente… “Órdenes son órdenes”.

 

Autor: © Edgardo González. Buenos Aires, Argentina

ciegotayc@hotmail.com

 

 

 

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