Mi lente

 

“OLGA”: LAS DESDICHAS DEL DERECHO INTERNACIONAL

 

“Desgraciado el país que necesita héroes” replicaba a su discípulo, el Galileo de la obra teatral de Bertold Brecht.

 

Brasil el gigante sudamericano no ha sufrido las guerras de independencia del resto de América Latina, ni sus secuelas separatistas. Y quizás, por eso, logró el milagro de mantener la unidad de su enorme territorio. Se libró igualmente, para bien y para mal, de la fanfarria heroica con que se inauguraron las repúblicas hispanoamericanas.

 

La izquierda brasileña venera a una heroína singular, de la que yo siempre me he sentido impresionado por su increíble y triste historia. Se llamaba Olga Benario Gutmann y era una mujer bella, inteligente, hábil, audaz, políglota y polimorfa, que no era brasileña ni había vivido en Brasil más que una temporada. Ni falta que le hizo para dejar allí su inmortal impronta de “revolucionaria internacionalista”.

 

Olga Benario, padre brasileño y madre alemana, era judía alemana de clase media que, desde muy joven, tomó partido por el comunismo y, naturalmente, se adhirió al experimento soviético. A los quince años ingresa en la Juventud Comunista de Alemania. Y a los veinte, protagoniza y dirige un asalto a mano armada, en 1928, que la convierte en noticia de primera plana y la eleva al estrellato revolucionario. Junto a otros compañeros de militancia, irrumpe a punta de pistola en la cárcel de Moabit, un céntrico distrito berlinés, y rescata de la “justicia burguesa” a su novio y camarada, el dirigente comunista Otto Braun. Todo un derroche de intrepidez que se vio coronado por la fuga espectacular de ambos a la Unión Soviética. Sus fotos fueron circuladas por toda Alemania, se ofrecieron recompensas, los persiguieron como a Bonny & Clyde, pero los dos pudieron llegar juntos y felices a la tierra prometida.

 

El dúo de Olga y Otto, sin embargo, no resultó muy armónico. Ella era una mujer de acción y en muy poco tiempo se aburrió del escritor circunspecto. Olga era fiel a sus ideales y, con sus antecedentes de asaltante temeraria, no halló dificultades para llegar a ser oficial del Ejército Rojo y apparatchik destacada de la Internacional Comunista, más conocida por el acrónimo pasteurizado de Komintern.

 

Fue en el contexto de agit-prop e intriga internacional de esa organización, en el Moscú de 1931, cómo se cruzan las vidas de la audaz militante Olga Benario y el osado capitán Luis Carlos Prestes, bautizado por el novelista Jorge Amado con un nombre más literario que de guerra: El Caballero de la Esperanza.

 

Prestes había asombrado al mundo recorriendo de 1924 a 1926, con su columna de 1500 hombres, más de 25 000 kilómetros de la vasta geografía del Brasil. En ese gigantesco país —que no tendrá héroes homéricos, pero nunca le faltaron aventureros intrépidos, cangaceiros y zumbís de los palmares— el caballero andante brasileño consiguió poner en jaque al gobierno de Artur da Silva Bernardes durante más de dos años, hasta que la realidad del desgaste militar le aconsejó detener las andanzas de su aguerrida columna. Ordenó entonces el repliegue y cruzó con sus hombres la frontera con Bolivia, pasó unos años en Argentina, donde fue cortejado y cooptado por la élite de la Komintern, radicada en su sede regional de Buenos Aires. Y ya provisto de esas nuevas credenciales, hizo luego la ritual peregrinación a la meca del proletariado mundial. Lo recibieron en Moscú como a un héroe legendario y como a un líder del movimiento revolucionario latinoamericano.

 

El relato hagiográfico de Fernando Morais sobre la vida y milagros de Olga Benario, (una biografía novelada, escrita en portugués básico y con las inmensas lagunas propias de la literatura anterior al derrumbe del Muro de Berlín: se detiene en los detalles más triviales, pero le escamotea los hechos relevantes del período de ascenso del estalinismo) nos llega con cierto retraso a Cancún, en el ciclo de “Cámara Alternativa” de conocido centro comercial, con el título de “Olga”, filme del brasileño Jayme Monjardim. Película de excelente producción y realizada con buena manufactura.

 

El argumento se puede resumir en dos trazos: Moscú bien vale una moza y Olga, la camarada que se pasó de heroica. A Olga le asignaron la tarea de “atender” a Prestes durante su estancia soviética en calidad de consejera, amante ad hoc y enlace con la Komintern. Y con él se fue en 1934 a Río de Janeiro. Los dos se instalaron en Copacabana, con la falsa identidad de un acomodado matrimonio portugués en viaje de boda. Nadie llegó a sospechar que, junto con un nutrido equipo multinacional de conspiradores, fraguaban provocar el levantamiento de las fuerzas armadas en todo el país.

 

Confieso que la cuestión a mí nunca me ha quedado muy clara, excepto la convicción de que todo fue una barrabasada como operación de inteligencia y como misión especial de insurgencia concebida para un país de extensión continental. Pero sea como fuere, el caso es que la llamada intentona comunista de 1934 tuvo su día D y su hora H, aunque le faltó su plan B. Como era de esperar, falló estrepitosamente la improvisada revolución, menos proletaria que cuartelera y se quedó apenas en el intento golpista.

 

El único lugar donde llegó a prender la rebelión fue en la guarnición de Natal (Río Grande del Norte), una ciudad del nordeste muy pequeña, pero de playas idílicas y ñángaras testarudos. En poco tiempo, sin embargo, fue sofocado ese último reducto. Y el quijotesco Caballero de la Esperanza fue guardado a la sombra, con tiempo de sobra para rumiar su derrota. Si Prestes no alcanzó la estatura del héroe epónimo, fue porque le faltó la dimensión del mito. La vida le jugó una mala pasada. No tuvo la suerte histórica de morir joven y estuvo dando la lata hasta los 92 años. La mitología revolucionaria suele ser cruel con la vejez. No perdona las arrugas ni las canas.

 

Olga Benario, no pudo repetir su fuga espectacular de Berlín a Moscú. Fue detenida y encarcelada. La historia de la judía alemana distó mucho de terminar en un happy ending. Más aún, no pudo tener un final más trágico. Olga se convirtió en víctima de la brutalidad antisemita al ser deportada a la Alemania del III Reich. La internaron primero en el campo de concentración de Ravensbrück y, en 1942, terminó sus días en una cámara de gas en Bamberg. No logró sobrevivir a la caída del nazismo, pero en compensación se consagró como heroína internacionalista. Se volvió un mito.

 

Al gobierno de Getulio Vargas aún se le reprocha esa orden de deportación, ejecutada meses después del encarcelamiento. Indudablemente, distó de ser la mejor decisión. La convirtieron en mártir por obra de un error jurídico, que fue además un crimen político. A ningún régimen totalitario, sea del signo que sea, se le debe saciar el apetito con la entrega en bandeja de presas fáciles. Es simplemente criminal, aun cuando se tratara de una agente extranjera y pudiera alegarse además el relativo desconocimiento en Occidente, antes de 1945, acerca de los extremos de crueldad que alcanzó la vesania hitleriana

 

Olga Benario no debió nunca ser deportada a la Alemania nazi, sino cumplir la condena en Brasil, que en definitiva fue el lugar donde cometió el delito. Tampoco se puede pasar por alto el hecho de que Olga se hallara embarazada. Lo que significa que estaban condenando al mismo tiempo a una criatura que nada tenía que ver con la actuación de sus progenitores. Afortunadamente, la niña nacida en cautiverio pudo ser rescatada mediante la campaña internacional promovida por la abuela paterna y respaldada por personalidades como Romain Rolland y André Malraux.

 

Al parecer, fue el embarazo de Olga lo que llevó al gobierno de Vargas a tomar la drástica decisión de expulsarla del país. La legislación de la época favorecía a las madres extranjeras de hijos con padres brasileños. De modo que quisieron impedir a toda costa que, al nacer la criatura, se volviera indeportable y adquiriera privilegios en razón de su maternidad. Todo un crimen de lesa humanidad.

 

Algo positivo resultó, sin embargo, del triste final de la alemana. Los brasileños sienten aversión por las deportaciones. Y sus gobernantes, si bien no se destacan por la generosidad en la concesión del asilo político, hasta ahora habían sido cuidadosos en el trato a los perseguidos de otros países.

 

La regla la ha roto el actual gobierno de Lula con la reciente deportación sumaria de dos boxeadores cubanos, que intentaron escapar de Cuba para competir en el país de su elección.

 

La entrega exprés al régimen cubano de los pugilistas Lara y Rigondeaux—en respuesta a un exabrupto del Granma— ha devuelto a la actualidad la vieja historia de Olga Benario. Si puede considerarse criminal la repatriación de una conspiradora que ingresó a Brasil para desatar una revolución, mucho más dolorosa debe resultar la expulsión fulminante de dos boxeadores. No tiene por qué ser necesariamente desgraciado un país que no tenga héroes, pero sí empieza a serlo cuando se violan los principios del derecho de asilo internacional.

 

Autor: Rafael Fernández Pineda. Cancún, Quintana Roo. México.

fernandezpr@hotmail.com 

 

 

 

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