EL OCASO DE LAS SIETE QUILLAS.

Por Juan José Morales

De las cuatro especies de tortugas marinas que tenemos en aguas de la península, la mayor y más impresionante, y también la más gravemente amenazada de extinción es la tortuga laúd; Dermochelys coriacea como se le denomina científicamente, que por sus dimensiones resulta el mayor reptil marino del mundo. Los grandes ejemplares rebasan fácilmente los tres cuartos de tonelada y llegan a 2.7 metros de longitud total.

Se le llama laúd por la forma de su carapacho, que recuerda a ese antiguo instrumento musical. Pero también se le denomina pellejuda o de cuero, porque en lugar de la concha o carapacho del tipo común entre las tortugas, tiene una piel muy gruesa y resistente, correosa, de hasta tres centímetros de espesor y completamente saturada de aceite. A esa característica ─su caparazón correoso─ alude también el nombre científico de la especie: coriacea. Otros nombres comunes con que se le denomina en la península son tinglado y galápago. Lo de tinglado se ignora por qué, y lo de galápago probablemente por referencia a las grandes tortugas de las islas Galápagos, que sin embargo no son marinas sino terrestres y bastante distintas en su apariencia.

Igualmente se le conoce como chalupa por su tamaño y forma —que hacen pensar en una pequeña embarcación— y siete filos o siete quillas, por alusión a las crestas longitudinales, semejantes a quillas invertidas, que presenta sobre el lomo y están formadas por numerosos osículos o huesecillos embebidos en la gruesa piel y muy próximos entre sí.

Debido a las características de su caparazón, a la siete quillas o siete filos se le considera la más primitiva de las tortugas marinas. En las demás especies, la concha o caparazón está constituida por las propias costillas, que son muy anchas, de forma aplanada y tan próximas entre sí que se tocan, formando una especie de caja cerrada. Pero la pellejuda se quedó a la zaga de las demás en el camino de la evolución y nunca llegó a desarrollar esas costillas protectoras. Ha conservado el mismo aspecto de sus ancestros de remotas edades geológicas, las tortugas primitivas, que en lugar de verdadera concha tenían sólo una gruesa y resistente piel salpicada de osículos.

Esta especie habita mares tropicales y subtropicales de todo el mundo. Y si bien en aguas del Golfo de México y el Caribe es cada vez más escasa, los biólogos se sentían tranquilos porque en la costa mexicana del Pacífico era relativamente abundante. De hecho, ahí se encuentran dos de sus más importantes playas de anidación en el mundo: una en las cercanías de Tierra Colorada, en el estado de Guerrero. La otra, en Mexiquillo, Michoacán. En la primera, llegaban a congregarse hasta cinco mil hembras en la temporada de desove, y en la de Mexiquillo entre tres mil y cinco mil. En ningún otro país hay concentraciones de tal magnitud. De hecho, en 1980 se calculó que en las aguas mexicanas del Pacífico se hallaba el 65% de la población mundial de tortuga laúd, para entonces estimada en 75 mil hembras reproductoras.

Pero, por desgracia, en los últimos 20 años ha habido una severa declinación en la afluencia de hembras andantes. El número de hembras que llegan a desovar en Mexiquillo se redujo en más de 90%. Algo semejante se observa en Tierra Colorada y otras playas de anidación menos frecuentadas pero también importantes, como las de Agua Blanca y Los Cabos, en Baja California Sur, Playa Ventura en Guerrero y La Tuza, San Juan Chacahua y Cerro Hermoso en Oaxaca. Lo mismo ocurre del otro lado del mundo. Por ejemplo, en Malasia.

Este desplome en la abundancia de tortuga laúd lo atribuyen los científicos a una combinación de factores: el saqueo de huevos, la matanza clandestina de ejemplares para obtener aceite —al cual se le atribuyen propiedades medicinales—, la captura accidental por parte de buques pesqueros que la atrapan en sus redes y líneas de anzuelos, y la construcción de hoteles y otros establecimientos turísticos en sus antiguas playas de anidación.

Sea cual sea la razón, el hecho es que la tortuga laúd o siete quillas, la más antigua y primitiva de todas las tortugas aún existentes, está pasando por una situación crítica y no faltan quienes teman que esto sea el principio del ocaso de su vida como especie.

 

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