OBSESIÓN
NOTA: Cualquier parecido, o similitud con hechos de la vida real, o nombres de personas, es solo coincidencia.
Todas las personalidades, así también como la historia que se relata a continuación, "es ficción".
Obsesión.
Doris, vive en una hermosa ciudad, como muchas, en un edificio de 12 pisos, ella estaba alojada allí desde hace unos 30 años cuando debido a un accidente automovilístico perdió la vista, siendo muy joven (a los 25 años), quedándose con sus únicos bienes el apartamento en el cual reside actualmente, una pequeña pensión y su jovi, sus artesanías en cerámica las cuales con el correr del tiempo se convirtieron en su razón de vida.
Con sus jóvenes 55 años estaba bastante entusiasmada con la llegada a la ciudad de un cirujano oftalmólogo, el cual traía consigo nuevas técnicas no conocidas en el país, ella tenía la esperanza de volver a ver, pues debido al accidente sus retinas y córneas fueron dañadas considerablemente, estando lejos de soportar una operación de recuperación con la tecnología actualmente conocida.
Adoraba sus artesanías en arcilla, pero lo que mas anhelaba era poder ver aunque fuera por escasos segundos, sus muñecas, esas muñecas creadas con sus propias manos, diseñadas con el corazón, con el alma, pero en la oscuridad, en una horrible oscuridad en la cual estaba sometida hace 30 largos años.
El profesional llegaría a la ciudad al día siguiente, por lo cual ella ya había reservado hora para esa fecha, pues el doctor estaría en el país solamente una semana.
Consultó su reloj braille, eran las 22 PM. Se sentía cansada pero no tenía sueño, estaba muy excitada por lo que sucedería al siguiente día con la consulta médica, según el currículum del doctor éste ya había obtenido barios resultados positivos con casos similares al de ella.
Se dirigió a la gran ventana, que comunicaba al balcón, esta estaba casi todo el día y gran parte de la noche abierta debido al calor que reinaba en el lugar, aun estando en el piso numero 12 la temperatura se hacía insoportable, avanzó lentamente, siempre le tuvo miedo a las alturas, y mas allí en ese lugar que si bien era bastante amplio, las barandillas protectoras no medían mas de 1 metro.
Se apoyó lentamente en la baranda, levantó la cara como observando al cielo, ella recordaba cuando era mas joven, pasaba horas mirando el cielo y las estrellas, entre tantas de ellas, había elegido una que la había escogido como suya, recordaba que era grande, muy hermosa, y brillaba abundantemente, estaría allí todavía?
Se sonrió, se tenía mucha confianza, y estaba segura que pronto lo sabría, muy pronto; solo dependería de mañana.
Cerró los ojos, esos grandes y amarronados ojos, se volvió, entró en la habitación, serrando la puerta detrás de ella
Caminó lentamente hasta la pieza donde trabajaba con la cerámica, giró el pestillo, y espaciosamente comenzó a desplazarse hacia las estanterías donde estaba la gran colección de muñecas. Las tocó, las acarició, lentamente, palpando cada centímetro de sus cuerpos, sonreía, se decía a si misma, pronto las veré, pronto, ¡muy pronto!
Por un momento, su cara se entristeció, ¿y si no fuera así?, ¿si su ceguera no tuviera cura?; no, no, no, mejor no pensar, mañana será otro día, y la última palabra la tendrá el doctor.
Se sorprendió, estaba allí de pie, hablando con unas muñecas de porcelana, como si estas la escucharan, retrocedió lentamente, echó la última mirada, esa mirada intuitiva, sin ver, pero sintiendo en lo más profundo de su ser, luego serró la puerta, y se dirigió a su dormitorio, necesitaba estar descansada para el gran momento.
Un sonido agudo, e intermitente penetró por sus tímpanos, despertándola, adormecida silenció aquel infernal ruido , y pulsó el botón mágico para que este le hablara la hora, emocionada escuchó, son las 7 A M.
Saltó de la cama y lo más rápido posible se metió debajo de la ducha, necesitaba despejarse, pues la cita con el médico oftalmólogo era a las 9 a m, tan solo faltaban 2 horas, y tendría que desayunar aún.
Estaba nerviosa, muy nerviosa, demasiado tal ves, pero era lógico volver a ver si fuera posible no era poca cosa.
No perdió su tiempo en elegir la ropa, se puso un vestido bastante sencillo, unas sandalias, cogió su historia médica, y salió del apartamento rumbo al ascensor.
Cuando este abrió su puerta en planta baja, allí como todos los días, se encontraba Ramón, el portero, siempre atento; así lo era con todos los habitantes de aquel edificio, pero con ella era más gentil.
--Buenos días, señora Doris, (saludó Ramón).
-- Buenos días, (respondió Doris, con su encantadora sonrisa).
--Ramón le ofreció el brazo, para guiarla hasta la salida, ella lo tomó y el la acompañó hasta la parada de taxis, que se encontraba en la esquina de la cuadra, la avenida se hallaba bastante concurrida, pero aún así estaba holgada de tiempo.
Doris, consultó el reloj, eran las 8,30, llegaría a tiempo, en taxi no pondría más de 20 minutos.
El chofer al verlos llegar, le abrió la puerta del coche, y Doris luego de despedirse de Ramón ascendió al vehículo.
-- Buenos días señora, (saludó el chofer), ¿hacia donde nos dirigimos?
-- Avenida Libertador, número 2246, (respondió Doris).
Comenzó la marcha, ella estaba nerviosa, demasiado, trataba de disimular, pero su corazón latía a mil por hora, respiró profundamente y se reclinó en el asiento trasero tratando de no pensar en la entrevista con el doctor.
Entrecerró sus ojos, no supo cuanto tiempo estuvo así.
-- Llegamos, señora, (dijo el chofer con voz amable), ¿la acompaño?
-- Si, por favor, (respondió ella).
Era un edificio sobre una avenida muy transitada, pero el consultorio se encontraba en planta baja, hasta allí la acompañó el taxista, entraron, se dirigieron a recepción en la cual se hallaba una chica detrás de un impecable escritorio.
-- Buenos días, (la saludó el taxista), la señora tiene una sita con el doctor, (le dijo este).
-- Buenos días señora, (respondió la recepcionista), pase por aquí, tome asiento por favor, en 5 minutos el doctor la atenderá, usted es la señora Doris, ¿verdad?
-- Si, así es, (respondió ella ,), tratando de disimular su nerviosismo, volviéndose a despedirse del amable chofer tras pagarle la factura, luego tomó asiento, y esperó, ansiosa, impaciente, insoportablemente impaciente!
No estuvo mucho tiempo en la espera, repentinamente se escuchó por el intercomunicador una voz grave, pausada que preguntaba.
--señorita, ¿la señora Doris, ya llegó?
--Si doctor, (respondió la secretaria), ¿la ago pasar?
--si, por favor.
--Por aquí, señora Doris, (le dijo la chica), tomándola del brazo y conduciéndola por un pasillo.
Llegaron a una puerta, que estaba abierta.
--Adelante, (dijo la misma voz grave), tome asiento y permítame la historia médica, soy el doctor Bonabita.
Doris apenas pudo pronunciar un mucho gusto doctor, debido al nerviosismo que traía, y tomó asiento en un cómodo sillón.
Así estuvieron unos cuantos minutos, en silencio, mientras el oftalmólogo estudiaba la historia de Doris.
--Bueno, bueno, bueno; (dijo el doctor rompiendo el silencio), tenemos aquí un caso un poco difícil, no quiero engañarla, sus retinas y córneas, están bastante dañadas por las muchas intervenciones ya hechas, pero, ay posibilidades de éxito.
Doris al escuchar esto se incorporó en el sillón, ansiosa y dijo.
--No importa doctor si ay pocas posibilidades, le pido por favor que lo intente, ¿qué debo hacer?
--¡Tranquila!, señora, (dijo el doctor, viendo la emoción de Doris), debo antes que nada chequear su vista, venga, pase a la camilla, veremos como está eso.
Doris se recostó en la camilla, el doctor estuvo barios minutos con distintos aparatos observando sus ojos mientras a la vez hacía anotaciones en una carpeta.
--¡Listo!, (le dijo el doctor), puede volver al sillón para estar más cómoda, y le paso a explicar lo que se puede hacer, y lo que no se puede.
Doris temblaba, ni ella misma se conocía, respiraba profundamente para tratar de calmarse, pero hasta el momento no le estaba dando resultado.
El doctor Bonabita volvió a tomar la palabra.
--Bien señora, con la nueva tecnología que hoy por hoy contamos, lo que podemos hacer es un implante de ambas partes, o sea retinas y córneas.
--¿Dará resultado doctor?, (interrumpió Doris emocionada), ¿podré ver nuevamente?
--Bueno, (dijo el doctor), ay buenas posibilidades, aunque nada es seguro, ay mucho daño y lamentablemente el resultado real se verá luego de la operación, si usted quiere hacérsela, claro.
--si, si, claro que si, (dijo Doris), ¿cuando?
--Antes debo de decirle algo, señora Doris, si ay éxito, dentro de este éxito, puede suceder dos cosas.
La primera es que usted recupere la vista de por vida, con los cuidados necesarios, ¡claro!
Pero la segunda posibilidades que recupere la vista parcialmente solo por algunos minutos, este riesgo existe por el debilitamiento de los nervios ópticos.
--Entiendo, doctor, pero aún creo que vale la pena intentarlo, ¿no cree?
--Si doris, no pierde nada, y usted tiene un organismo bastante fuerte, ay muchas posibilidades de tener éxito. Luego el doctor continuó explicando a Doris detalles técnicos que ella no entendía, ni se preocupaba por entender, la emoción era tan grande que solo ansiaba que pasara el tiempo y de esta manera poder ver los resultados.
--Bien, doctor, ¿usted fijará la fecha para la intervención?, (preguntó doris nerviosa e impaciente).
--La podemos llevar a cabo, el jueves en la tarde, para más seguridad voy a consultarlo con mi secretaria, espéreme un minuto por favor, (dijo Bonabita mientras se retiraba del consultorio).
Allí quedó Doris, con la esperanza a flor de piel, soñaba con ver, sus muñecas que durante años las estuvo creando, y que jamás nadie las había visto, y ahora sería ella quien las disfrutaría visualmente.
También pensaba en su estrellita, esa maravillosa estrellita que ella había elegido como propia.
En realidad, esa estrellita, no la había elegido ella sola, la eligieron ambos, es decir, pedro su antigua pareja y Doris, que con el accidente y la pérdida de la vista también lo perdió a él, y con él todas las ilusiones que puede tener una mujer, en los futuros proyectos de vida creados entre ambos.
Se hacía trampa para no pensar en Pedro, pero en el fondo todavía lo quería, y tal ves, el deseo de recuperar la vista para ver la estrellita, sea solamente una excusa para volver a ver a su amado.
El médico entró en el consultorio, sacándola de sus pensamientos.
--Bien, señora, (dijo el doctor), el jueves a las 4 p m se realizará la operación, pero antes deberá hacerse un chequeo previo con respecto a su salud, si tiene cobertura médica le anoto lo que tiene que hacerse y trate de tener lo todo listo antes del jueves, pues el día anterior necesito el resultado de los estudios que le voy a mandar a hacer.
--Si, no se preocupe doctor todo estará listo para el jueves.
--Bien Doris, aquí tiene lo que debe hacer, la espero el jueves a la hora señalada, para la operación.
--Una pregunta doctor.
--si, dígame.
--Luego de la intervención, ¿cuanto tiempo necesito para saber si resultó la operación?
--Se recupera}rá rápidamente, pero es buena su pregunta porque me olvidaba decirle que hasta el sábado no se podrá quitar los parches de los ojos, y el viernes ya vuelvo a mi país, de todas maneras luego de la intervención, le daré las indicaciones que deberá realizar cuando llegue el momento de quitárselos.
Doris se despidió del oftalmólogo, y comenzó a desplazarse por el largo pasillo, llegó a la recepción, sintió voces, indudablemente ya se encontraban más pacientes esperando para ser atendidos por el doctor.
--Permítame acompañarla, (le dijo la recepcionista).
Fueron ambos hasta la puerta de salida, traspasaron esta, Doris sintió el aire fresco de la mañana en la cara, se sintió bien, muy bien.
--¿Le detengo un taxi?
--Si, por favor, (dijo Doris), mientras su mente volaba, se sentía extraña, había sido demasiado para ella, necesitaba llegar a su apartamento y descansar de tantas emociones juntas.
El taxi se detuvo frente al edificio, allí estaba Ramón tan gentil, y atento abriéndole la puerta para ayudarla a descender.
--Buenos días nuevamente señora Doris, permítame ayudarla.
Él la acompañó hasta el ascensor, Doris le dio las gracias, y presionó el botón 12, comenzó a ascender, luego de unos instantes se detuvo, salió del elevador y entró en su apartamento, su pequeño refugio, ese refugio que en un pasado había sido diseñado para dos personas, pero ella aún tenía esperanzas, ¡siempre existen las esperanzas!
Ya en su apartamento, hizo dos llamadas telefónicas, la primera para solicitar al restaurante algo para almorzar, siempre se alimentaba de esta manera, Doris era un poco ermitaña, solamente salía por necesidad.
La segunda llamada la hizo para reservar hora con su médico personal, para comenzar con los análisis solicitados por el oftalmólogo.
Tuvo suerte, al día siguiente podría realizarse los exámenes, pues tenía ya reservada hora para el martes a las 8 a m.
El tiempo pasaba rápidamente, casi como un suspiro, lentamente el manto de la noche, fue cubriendo el lugar, pero ella no se percató asta que se dio cuenta de la hora, 9 p m.
¡Uy, es muy tarde ya!, (exclamó Doris), mañana tengo que levantarme temprano, y sería atroz que me durmiera y perdiera la fecha para hacerme los análisis.
Luego de ducharse, se recostó en la cama, no podía dormir, estas cosas no pasan todos los días, y sus pensamientos volaban.
¿Qué diría Pedro cuando se enterara que ella puede ver nuevamente?
¿Volvería con ella?
¿Seguiría trabajando con la cerámica, o ya no?
¿Ver le daría un giro de 90 grados a su vida?
Miles, y miles de preguntas le golpeaban la mente. Lentamente el sueño la fue venciendo.
¿????
¿??????
Doris estaba reparando las muñecas, una por una, corrigiendo los defectos de fabricación que tenían, pues cuando no veía el tacto la avía traicionado en algunos momentos y se notaban a simple vista rasgos que no coordinaban demasiado bien.
Ella las miraba y lentamente las acariciaba, ¡eran hermosas!, evidentemente no había perdido el tiempo, no cabía duda, seguiría dedicándose a la artesanía.
Se hallaba muy concentrada y entusiasmada en su tarea, cuando un sonido conocido pero no habitual, la saca de sus pensamientos.
Es el timbre del portero eléctrico, corre a atender, levanta el auricular y pregunta.
--¿Quién es?
Del otro lado se escucha una vos conocida, a pesar del tiempo ella la recordaba muy bien.
--Soy yo, doris, soy Pedro ¿me recuerdas?
Quedó muda por unos instantes, su corazón le decía, ¡abre, abre!, no tenía duda, lo amaba, a pesar de todo, lo amaba.
Presionó el botón del aparato para dejarlo pasar, el sonido de este se hacía insoportable.
¿Qué estaba sucediendo?
¿Por qué no se detenía, y sonaba y sonaba?
En ese momento despertó, percatándose que todo había sido un sueño, detuvo el ruido molesto que provenía de su reloj despertador, chequeó la hora, martes 6 a m, en dos horas tendría que estar en la sociedad médica para los exámenes de rutina que le solicitó el oftalmólogo.
Doris se hallaba de pie en el balcón, con una taza de te frío en su mano derecha, el chequeo médico avía resultado bien, todo estaba en orden; aún mantenía su elegancia, siempre fue una mujer muy atractiva, y a pesar de su escasa actividad física, su delicadeza resaltaba a simple vista.
Ella medía 1,65 de estatura, su cuerpo estaba bien proporcionado, su cabello castaño claro ondulado apenas por debajo de los hombros, aleteaba levemente con la serena brisa, y su tez blanca parecía reflejar los destellos de la luna, que como ella se encontraba radiante.
Eran las 23 p m del día Miércoles, la ciudad comenzaba a quedarse dormida, pero Doris continuaba allí, de pie, con su deportivo color verde agua, y sus zapatillas blancas, mañana sería el gran día, ese día que podría cambiarle la vida, o estropearle esta para siempre.
Terminó de beber su taza de té, lentamente, sorbo a sorbo, agudizó por unos segundos su oído, la avenida allá abajo se escuchaba casi tranquila, lentamente giró para entrar en la habitación, serrando la puerta detrás de si, dejando allí la esperanza que la próxima ves que la abriera sería para observar la hermosa vista de aquel lugar, y su tan ansiada estrellita.
Jueves 9 a m, se despertó con un poco de dolor de cabeza, se había dormido muy tarde y esto estaba jugando en contra para su intervención, pues sería ese mismo jueves en la tarde.
Se duchó, y como le aconsejó el cirujano, desayunó liviano y no almorzaría, para no tener sobresaltos en la operación.
Esto no le preocupaba, ella no era de mucho comer, en realidad era naturista y la mayoría de las veces desayunaba con frutas, como lo haría en este día.
2 p m, el gran momento se acercaba, se encontraba nerviosa, demasiado, muchas veces se preguntó si todo esto realmente valía la pena, si la operación fracasaba tenía miedo de caer en un pozo depresivo profundo del cual le sería muy difícil salir.
Sacudió la cabeza, como para desechar los pensamientos negativos, mejor no pensar, salió hacia el ascensor, cuando este llegó a la planta baja, allí como todos los días se encontraba Ramón, el cual al verla la saludó amablemente como siempre.
--Buenas tardes, Doris, (le dijo), por unos momentos la observó y luego le preguntó.
--¿Se encuentra usted bien, señora?
--Si, si, claro, (respondió ella), no deseaba comentarle nada sobre la posibilidad que tenía de recuperar la vista, prefería que esto fuera una sorpresa, y de este modo si la operación no resultaba como ella esperaba, no le generaba a Ramón expectativas en vano.
--Bien, si usted lo dice, le ofreció el brazo, y la acompañó hasta la parada de taxis, el conocía muy bien la rutina de Doris, y no necesitó esta ves preguntarle más nada.
Se despidieron ambos, el taxi comenzó a rodar, esta ves iría un poco más lejos, pues la intervención se llevaría a cabo en un sanatorio privado bastante alejado de la ciudad.
Doris se reclinó en el asiento del vehículo, debía dejar la mente en blanco, el gran momento recién comenzaba y tenía que estar lo más tranquila posible.
Luego de 40 minutos de viajar, el taxi se detuvo, no fue necesario que el chofer la acompañara, pues la seguridad de la clínica inmediatamente se le acercó, ella pagó el importe del viaje y se dejó conducir puertas adentro del nosocomio.
--¿Hacia donde va?, (preguntó el guardia).
--Doris le manifestó que tenía fecha para una intervención quirúrgica con el doctor Bonabita a las 4 p m.
El guardia se comunicó por radio con su compañero informándole que le llegaría en instantes una señora no vidente por el ascensor número dos, pues la sala de operaciones se hallaba en el piso 13.
Doris ingresó en el elevador, su corazón parecía salírsele del pecho, respiraba profundamente tratando de calmarse, mientras ascendía suavemente, haciendo esto más insoportable para ella aquel momento.
¡Por fin!, el elevador abrió su puerta en el piso número 13, allí de pie se hallaba el guardia que previamente avía sido advertido por su compañero que Doris llegaría en ese ascensor.
--buenas tardes señora, (saludó este), ofreciéndole el brazo la invitó a seguirlo, el la conduciría hasta la sala, donde se encontraba el equipo del doctor Bonabita.
Caminaron por un largo pasillo, luego de unos breves instantes ingresaron en una sala, Doris inmediatamente percibió la limpieza del lugar y su amplitud.
En este sitio se encontraban barias personas, a las cuales identificó sin equivocarse como enfermeras del piso.
El guardia la presentó y luego procedió a retirarse con paso elástico a pesar de su pesado cuerpo y su alta estatura.
–Pase por aquí señora, (le dijo una de las enfermeras), la llevaré a la sala llamada blanca, (llevaba ese nombre por estar esta totalmente esterilizada), donde allí mis compañeras la prepararán, ya queda poco tiempo, y bonabita tiene luego otras intervenciones más que hacer.
La sala olía a desinfectante, pero a su ves se percibía que estaba limpia, Doris se sorprendió, permanecía tranquila, muy tranquila, sus atomizantes nervios se le avían esfumado, ella siempre fue así, en el prólogo de las decisiones, los nervios le jugaban una mala pasada, pero llegado el momento de tomarlas, estos desaparecían y asumía las resoluciones con total tranquilidad.
En dicha sala, las enfermeras la prepararon para la operación, en el quirófano ya se encontraba el equipo de Bonabita listo.
Doris se vio en una camilla, recorriendo un largo pasillo, luego de algunos minutos percibió que franqueaba una puerta de vaivén.
--Que tal señora Doris?, (la saludó una vos conocida).
--Muy bien doctor Bonabita, (respondió ella).
--Eso está bien, muy bien, le suministraremos anestesia total, ¿sabe?, pues tendremos barios minutos, de trabajo y de esta forma usted se sentirá más cómoda.
--Bien doctor, como usted disponga, luego ¿qué pasará?
--Se alojará en una habitación hasta que despierte de la anestesia, luego será trasladada a su hogar, el sábado en la tarde, llegará mi asistente para quitarle los parches y si todo anduvo bien, comenzará a recibir imágenes, esto sucederá progresivamente, y en pocos minutos usted ya estará recibiendo las imágenes nítidas.
Llegado el momento, mi asistente la irá guiando en el proceso de recuperación, ¿entendió?
Doris asintió con un leve movimiento de cabeza, mientras el cirujano le explicaba, el anestesista ya le estaba suministrando la droga que la haría dormir por unas horas.
Sábado a la tarde, Doris se pasea nerviosa por el apartamento, espera y espera, la llegada del asistente del doctor, este tendría que arribar en cualquier momento, se acercaba la hora de la verdad, en pocos minutos volvería a ver, el oftalmólogo le manifestó cuando despertó de la anestesia que todo había sido un éxito.
Las 6 p m. Anochecería en dos horas, ¿qué estaba retrazando al asistente?
No soportó más la espera, se precipitó al teléfono, rápidamente digitó el número del consultorio del doctor Bonabita, ella sabía que el ya estaría fuera del país, pero seguramente atendería alguien.
--Oftalmología, buenas tardes, (respondió una vos del otro lado).
Doris nerviosa preguntó por el asistente, la chica le informó que aún no se encontraba disponible pero que a más tardar en dos o tres horas sin falta, estaría en su domicilio para retirarle los parches.
Ya más tranquila, colgó el auricular, dirigiéndose a la cocina para servirse una taza de te.
Regresó al living, se recostó en el sofá, encendió el televisor, no supo por que, tal vez intuitivamente algo le decía que en pocas horas lo podría ver, el locutor de la tele, informaba en ese preciso momento el estado del tiempo: cielo parcialmente nublado, con algunas precipitaciones para la noche, mejorando en la mañana.
Doris en ese instante recordó a la estrellita, seguramente esa noche no podría verla, por el pronóstico anunciado, no se preocupó demasiado, ya tendría otras noches para observar el cielo.
Consultó el reloj, las 8,30 p m, ya era de noche, en ese preciso instante, el timbre del portero eléctrico la sobresaltó.
¡Era él!, el asistente, sin duda. Corrió a atender, del otro lado se escuchó.
--Señora Doris, soy Ceballos, el asistente del doctor Bonabita.
--suba, suba, (dijo Doris tratando de disimular su nerviosismo).
Lo esperó con la puerta de entrada abierta, escuchó el ascensor, y luego su voz.
--Buenas noches, disculpe la tardanza, pero los sábados generalmente tengo mucho trabajo.
--Está bien, no se preocupe, adelante, (dijo ella con una tranquilidad asombrosa, esa calma que siempre la poseía en los momentos críticos de una situación límite).
--¿Usted dirá?, señor Ceballos.
--Bien, tome asiento, relájese, y antes que nada vamos a apagar todas las luces, es mejor así cuando usted comience a recibir luz en sus ojos, estos no le dolerán al obtener claridad tan repentinamente.
Doris permaneció sentada en el sillón, mientras Ceballos se encargaba de dejar todo en penumbras.
--Bien señora doris, cierre sus ojos asta que yo termine de quitarle los parches.
Ella obedeció, percibía como se liberaba lentamente de esos molestos parches, estaba ansiosa, miles de pensamientos le venían a la mente.
¡Oh Dios!, ¡oh Dios!, ¿podré ver?, ¿podré ver?, se preguntaba una y otra ves.
De pronto se dio cuenta que ya se avía liberado de los parches, quiso abrir los ojos, pero el asistente adivinó la intención de Doris y le solicitó que esperara un momento más.
Ceballos apagó el televisor, ahora si, todo estaba realmente en penumbras, entonces le pidió que comenzara a abrir sus ojos lentamente.
Doris comenzó a abrir los ojos, lentamente.
Pestañó barias veces, la vista le molestaba, sentía como si tuviera arena en ella, pestañó barias veces más, inquieta, ansiosa.
--¡Tranquila, tranquila!, no se apure, déle tiempo a sus ojos a que se acostumbren a la tenue luz, (le dijo Ceballos).
Doris en ese momento comenzó a percibir luz, de a poco, pero cada vez más.
--¡veo!, ¡veo!, gritó a viva vos.
Lentamente el asistente comenzó a encender las luces de la sala, Doris entre pestañeos gritaba, ¡veo!, ¡veo!, ¡veo!
Se abrazó a Ceballos, feliz, todo se cumplía como el doctor Bonabita lo había pronosticado, la visión se estaba haciendo más nítida a cada momento que superaba.
No le daban sus ojos para observar todo a su alrededor, el lugar se encontraba perfectamente ordenado y limpio, miró a Ceballos, este era un hombre de unos 50 años, moreno, de estatura media, y un poco pasado en kilos relacionados con su talla.
¡Veo perfectamente, señor!, (le dijo emocionada).
--Tranquila señora, de aquí en más deberá usted de cuidarse de las emociones, resfríos, y no hacer trabajos pesados, debe usted cuidar de su vista. Ahora debo retirarme, pero el lunes sin falta deberá pasar por la clínica para hacerse un chequeo de rutina.
--Allí estaré sin falta, gracias por todo, lo acompaño hasta la puerta, (le dijo Doris, moviéndose con elegancia, y rapidez hacia la puerta de salida).
--Buenas noches, señora, y mucha suerte.
--Buenas noches señor Ceballos.
Allí quedó Doris, observando todo a su alrededor, fascinada, todavía le molestaba un poco la vista pero este malestar la iría dejando poco a poco.
e pronto su mirada se detuvo en la puerta que conducía a la pieza donde se encontraban sus muñecas de porcelana, lentamente, temblando de emoción, se dirigió hacia esta, giró el picaporte, comenzó a ingresar, accionó el interruptor de la luz, allí estaban delante de ellas, en sus estantes todas ordenadas, eran muchas tal ves más de 50.
Como una colegiala, ¡feliz!, las acariciaba, eran preciosas, avía hecho un buen trabajo.
Comenzó a ordenarlas, una a una, cuando de pronto...
¡Se le hizo la noche!
¡Qué sucede!, ¿qué sucede?, ¡oh Dios!, ¡oh Dios! ¡Mí vista!, ¡mi vista!
¡No veo!, ¡no veo!, comenzó a gritar fuera de si.
Solo podía ver sombras y bultos, ¿qué me está pasando?
Inmediatamente recordó lo que le había dicho el doctor Bonabita, lo segundo que puede suceder es que usted recupere la visión ¡sólo por unos minutos!, ¡sólo por unos minutos!, ¡oh Dios!, esto es seguramente lo que me está sucediendo, (pensó Doris).
Desesperada, fuera de si, sin detenerse a pensar por un segundo, presurosamente dejó la habitación, y corrió por la casa, con la poca visión que le quedaba en dirección al balcón.
Se trasladaba con dificultad, tropezándose con todo, totalmente fuera de si, deseaba poder ver la estrellita antes que perdiera por completo el resto de vista.
Traspasó la salida al balcón, con la vista en el cielo tratando de poder distinguir algo, prosiguió con su loca carrera, totalmente fuera de si.
Sintió que la barandilla le golpeaba la cintura, esto le hizo detenerse bruscamente, pero lamentablemente el impulso que llevaba inclinó su cuerpo por encima de esta.
Doris recién en ese momento se percató del peligro, quiso aferrarse, pero ya avía perdido totalmente la vertical, se dio cuenta que ¡se estaba inclinando más y más!,
Sus pies se despegaron del suelo, y comenzó a bolar...
Un vuelo al vacío, un viaje sin retorno, un viaje que jamás estuvo planificado hacer, ni aún cuando no tenía posibilidades de ver, nunca, se le pasó por la mente saltar al vacío, y ahora estaba volando ¡con destino al final de su vida!
Doris por unos instantes, en su loca carrera al vacío, se dio cuenta que el sonido del tráncito se acercaba más y más, y luego ¡la nada!..
Ni siquiera sintió el impacto de su cuerpo en el pavimento, ¡el golpe fue tremendo!
Los peatones, comenzaron a acercarse, ya a lo lejos se escuchaba el aullar de una sirena.
--Pobre señora, (comentó alguien), ¡que manera tan horrible de morir!
--Tal vez, por causa del apagón, no vio la barandilla, y esa fue la razón de su caída, (dijo otro).
-¡No, no!, (dijo Ramón, que estaba allí arrodillado junto a Doris), ella nunca se abría caído al vacío por el corte de energía eléctrica, pues, ella no veía, y que la ciudad se quedara a oscuras por unos minutos, no sería motivo para el fatal accidente.
La multitud se hizo a un lado para dar paso a la ambulancia que ya se encontraba en el lugar.
El médico bajó del móvil, y se apresuró para llegar hasta donde se hallaba tirado en el pavimento el cuerpo de Doris.
Se acercó, chequeó sus signos vitales, miró a sus compañeros, y con voz baja les dijo, ya no ay nada que hacer, ha fallecido.
La ambulancia se alejó lentamente del sitio, pues no avía ninguna razón de apuro.
Y allí quedó Ramón, triste, muy triste, sin comprender, sin entender a donde puede llegar una obsesión, que no da margen para darse cuenta que en el momento que Doris se privó de percibir las imágenes con claridad, fue solamente debido a un corte de energía eléctrica, que dejó por unos minutos en penumbras la ciudad.
FIN.
Realizado, y editado por:
Sergio Pérez, Montevideo, Uruguay.