OBISPOS EN CAMPAÑA.

Por Eduardo Ibarra Aguirre

Norberto Rivera Carrera, cardenal primado de México y mejor conocido por su amigos y cercanos como Chabelo, lanzó un globo sonda para medir la cresta de la ola de la sucesión presidencial y reposicionar políticamente lo mejor posible, como cada seis años, a la jerarquía católica.

La presentación de una inoportuna iniciativa de ley a cargo de un joven asambleísta del Partido de la Revolución Democrática, para que se legisle en materia de eutanasia o muerte asistida, fue el pretexto para que Rivera emplazara al Estado laico y la arquitectura jurídica que lo apuntala, convocara a los ciudadanos a ejercer la desobediencia civil cuando se violen "los derechos fundamentales como la existencia del ser humano", para decirlo en el lenguaje más moderado de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), en el cierre de filas con su compañero de sector y de intereses terrenales.

Es decir, no hay lugar a ninguna interpretación descontextualizada del discurso que, como cada domingo, pronuncia Rivera ante los colegas y en el que no elude tema, excepto su estrecha relación con José María Guardia, el zar del juego en México o "Gato mayor con la bendición de los poderes espirituales y terrenales", como lo documentó el periodista José Reveles (Forum 74, enero de 1999, pp. 2-6).

Igual que los promotores de la república plutocrática, encabezados por Carlos Slim Helú, o los impulsores de nuevas reglas del juego electoral --y sobre todo mercantiles-- como Emilio Azcárraga Jean, también la jerarquía eclesiástica expresa "con (los) arrebatos teocráticos y ayatolezcos del cardenal" –Bernardo Barranco V., La Jornada, 19-X-05, p. 29--, sus exigencias en materia de "plena libertad religiosa" porque, como expresa Carlos Aguiar Retes, obispo de Texcoco: "...muchos políticos pensaron que con la reforma en 1992 y 1993 así quedaba bien, pero no fácilmente se comprende que fue un primer paso y ahora necesitamos dar el segundo" (La Jornada, 20-X-05, p. 29).

En el propósito de reposicionar el papel político y social de la cúpula católica con el ilegal despliegue de Rivera y la CEM, encontraron un excelente subordinado, el secretario de Gobernación José María Abascal Carranza.

El guadalupanismo que profesa Abascal es sumamente respetable, pero inaceptable el uso político que hace de su fe. Incluso resulta congruente con sus convicciones que invoque el principio de objeción de conciencia para justificar el apoyo a su jefe espiritual.

Sólo que Abascal –el censor paternal de la lectura de Aura-- no puede y no debe hacer tales desfiguros desde la Secretaría de Gobernación. Lo podría hacer, como sostiene Dora Patricia Mercado Castro, desde la dirección de una asociación religiosa (La Crisis, 26-X-05, p. 9). Desde cualesquiera de las diversas religiones que existen, aunque en la Presidencia de la República se privilegia sin recato a la todavía mayoritaria, pero en pronunciado declive en las últimas tres décadas.

Para la CEM está en juego, sobre todo, el papel de rectora espiritual de la sociedad y el deseo explícito de recuperar la hegemonía en los ámbitos de la cultura y la moral.

Mientras Televisa se desempeñó con sorprendente profesionalismo, sin apostar a ninguna postura sino dándole voz a la diversidad, es muy notable que en esta campaña netamente política y nada espiritual, la CEM contó con el silencio y, en esa medida, complicidad de quienes discurseaban desde el foxismo y el neopanismo sobre los verdaderos demócratas. La otrora defensa intransigente del Estado de derecho no apareció por ningún micrófono de Acción Nacional. Otra vez la hipocresía y la doble moral predominaron.

eduardoibarra@prodigy.net.mx.

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