NOSTÁLGICA FANTASÍA
Mientras estoy sentado frente a mi
computadora, giro el dial del pequeño receptor que tengo a mi lado derecho, y empiezo
a escuchar una canción que tanto te gusta. Me la pedías cuando nos reuníamos
para conversar en esas noches de Otoño, en las que estar junto a ti me hacía
sentir como en Verano. ¿De cuántas cosas hablábamos no? Nuestras conversaciones
parecían no tener cuando terminar, y el verano tampoco. Me daba la impresión
que hasta el sol había perdido la noción de la hora en que debía guardarse,
para descansar, y salir al día siguiente.
La letra de aquella canción, revive en
mí un deseo de aquellos que por un tiempo anduvo adormecido, pero que hoy ha
despertado conmigo. Ah, cómo quisiera que esa canción no termine -¡que no
termine nunca!- para no tener que dejar de imaginarme que tú estás aquí
acompañándome, o que yo estoy allá. Dirás que estoy flotando sobre un mar de
fantasías, y no te lo niego, así que prepárame un café, por favor, uno de
aquellos que le daban a tu casa un aroma tan delicioso por las mañanas. Me
despertaba a eso de las seis y media, y ya mi dormitorio había sido invadido
por aquel aroma a cafecito, que llegaba a mí como diciéndome: “¡Buenos días!”.
Me acuerdo de aquello, pero la emisora
que transmite tu canción se ha quedado en silencio, y se produce en mí un
vacío, que es rápidamente llenado por la presencia sinfónica de la soledad, que
se deja sentir, como diciéndome: “Aquí me tienes”. ¡Cuánto quisiera despojarme
de esa soledad, pero no es fácil! ¡Cuánta angustia me causa su fría solemnidad,
o su solemne crudeza! Yo preferiría quedarme con el silencio que ya se ha hecho
mi amigo, y cómplice, cuando deseo evocar. Lo voy a echar de menos más tarde,
cuando me siga acordando de ti, mientras esté caminando por las calles de la
ciudad, especialmente por los sectores más concurridos y ruidosos, en esas
horas en las que el tráfico está a todo dar.
Desde ya me imagino, y estoy casi
seguro, que voy a oír un solo de ruidos, como aquel producido por el volumen
-¡a todo dar!- del equipo de música de un vvendedor de discos piratas, que está
chillando al lado del motor de un camión viejo, que se ha detenido en una
esquina, donde al mismo tiempo se produce el estruendo de una de esas máquinas
que andan rompiendo las pistas, sobre todo cuando se acercan las elecciones,
para que la gente diga: “¡Ay, cómo trabaja mi alcalde!”. Todo esto en un
ambiente en el que la gente busca desahogar una agresividad, una bronca
interior contenida, que se debe a un universo de frustraciones producidos por
las carestías, típicas de un medio como el nuestro, donde lo que desde hace
tiempo reina es una feroz pobreza, acompañada de toda una corte de
consecuencias, que están íntimamente ligadas a ella y que le guardan una gran
fidelidad. Tal es el caso de la desnutrición, por ejemplo, que entre otras
cosas es causa de discapacidad.
La bulla callejera me resultará
insoportable en ciertos momentos, y sentiré que mis tímpanos no van a dar más,
que el cerebro me va a estallar. “¡Qué diferencia con la quietud que sentía
antes de salir a la calle!”, me diré entonces, y tendré ganas de haberme
quedado en mi casa, pues me hubiera evitado regresar con un dolor de cabeza más
grande que el estadio Maracaná.
Al hablarte de esto viene a mi mente el
eco de aquella canción de Simon y Garfunckel, titulada El sonido del silencio,
y dicho sea de paso, me acuerdo que tenías los boletos para el concierto que dieron
el 17 de Noviembre del 2003 en Los Ángeles. Te entusiasmaba mucho la idea de ir
a escuchar a ese famoso dueto, y hacías planes. Luego de la función irías a
comer a ese restaurante de comida china, donde una vez fuimos. ¿Llegaste a
oírlos? Como tú sabes, yo no hubiera podido asistir a ese concierto, pero
fíjate que Las madrugadas como esta son ideales para mí, porque me permiten
contemplar ese sonido del silencio en todo su esplendor, con todos sus matices,
con todo lo trémulo de su apasionante belleza, y puedo disfrutar de lo dulce de
aquel deseo que hoy me ha vuelto a despertar, ha madrugado como yo, y ya no
quiere dormir.
Es muy temprano, y la jungla de fierro y
cemento a la que suele llamársele ciudad, todavía no empieza ha rugir como más
tarde lo hará. Por ahora, tan solo se escucha el tejlejlej de un quiosco que
rueda, vibra y salta, al ser empujado por algún vendedor ambulante. Te contaré
que pasó algún avión, y se hizo presente el motor de un automóvil, que
aparentemente no decían nada, pero que desde lo alto, o a lo lejos, podrían
estar invitándome a tener presente que como dice un viejo tango: “El mundo
sigue andando”, O que “Gira, gira”, como también dice otro, pese a que algunos
están durmiendo.
En un momento como este, tengo la
posibilidad de dar rienda suelta a mis calladas fantasías, a mis proyectos,
anhelos, ilusiones y porqué no, también a un mar de emociones que afloran con
un sinnúmero de recuerdos, que en ciertos casos despiertan conmigo en una forma
inusitada, como hoy. Me había puesto a escuchar la radio muy temprano -Serían
las tres de la mañana- y de pronto, encontré una estación en la cual había un
programa con música, que hacía tiempo no llegaba a mis oídos. Estos ya estaban
resignados a tener que resistir otros tipos de cosas -¡puns, puns, puns!- que
retumban en el lugar y el momento menos esperado y que, algunas veces, hasta se
meten a la casa, por la ventana, cuando pasa uno de esos automóviles cuyo
conductor pone su equipo de música a un volumen tal como para decir: “Miren ese
equipazo que me manejo”.
Como todos los días, al encender mi
receptor de radio, me disponía a soportar el reggetón de por aquí, el perreo de
más allá, los gritos de aquellos que, antes que animadores de programas, más
parecerían vendedores de tomates: “Llamen, llamen, llamen, llamen, -¡pero qué
esperan!- llamen por los premios”, pero qué diferencia, con lo que escuché al
sintonizar aquella audición del recuerdo, y tuve la sensación de estarme
transportando a través de ese tiempo que, aunque parezca mentira, a veces daría
la sensación de regresar -¡y de pronto parece que está regresando!- para darnos
el encuentro. Nos va a llevar, tal vez por un instante cargado de
indescriptible emoción, a lugares que a lo mejor ni esperábamos visitar, y a
donde muchas veces dan ganas de volver. ¿Se podrá? ¡Cómo quisiera volver!
Empecé a viajar a mi infancia, como en
un imaginario vuelo, que hizo escala en mi adolescencia. Ocurrió al momento de
escuchar todas aquellas baladas que marcaron época mientras yo terminaba mi
primaria, en 1970, cuando Radio Panamericana ponía música de Los Iracundos,
Palito Ortega, Los Ángeles Negros, Los Galos -¡y cuántos más!- que entonces
sonaban, como Roberto Carlos, La Fórmula Quinta, Jeanet, etc. ¡Qué de sorpresas
no habría de encontrar si volviese a recorrer los jirones y recovecos de mi
ayer! Estoy seguro que no serían pocas las emociones que me volverían a
embargar, si pudiera hacer retroceder al tiempo. Sentí los pasos y voces de
personas que marcaron mi vida y que de pronto se me acercaron, para invitarme a
pasear por el patio, el jardín, por la bodeguita de la esquina del barrio, por
la sala o la cocina de la casa, o por donde quiera que los hubiese dejado, y el
deseo, ese deseo, revive en mí. Quiero volver.
¡Qué de cosas no quisiera decirte!
¡Cuánta razón tenías! Y siento una melancolía, que se hace más profunda, cuando
en mi computadora me encuentro con el texto de uno de aquellos mensajes tan
tuyos que, cual espuma, brota de la pantalla y me invade sin límite. Cuánto
quisiera andar nuevamente por aquellos lugares que recorrimos juntos. ¿No
sientes tú lo mismo? Iría a donde no quise ir, y quizás, ahora te hablaría de
cosas que entonces callé. Te daría ese abrazo que tú esperabas y que te negué,
sin querer y sin imaginar que aquello te afectaría. ¿Estás allí todavía?
¿Sigues inquieta, atenta al anuncio del arribo de mi vuelo? ¿Ah, y esperas que
te abrace fuerte, bien fuerte? Sí, esta vez sí lo haría, y no te dejaría
esperando, como si a mí no me importase tu espera, porque tu espera sí me importa.
Hoy, que te estoy escribiendo estas
líneas, siento que una callada pena me aborda. Aguardabas el calor de mis
brazos esa mañana, y te fallé. ¿Pero sabes porqué? Ahora puedo contártelo.
Pues, cometí el error de vivir reprimiéndome por mucho tiempo, quizás desde
niño, y me había acostumbrado a no abrazar, ni a ser cálido con los demás. Yo
pensaba que exteriorizar lo que sentía era como hacer el ridículo, y de tanto
reprimirme me acostumbré -diré que me malacostumbré- a no expresar lo que
llevaba por dentro, pero ahora me doy cuenta qué tonto que fui. He tenido que
aprender a dejarme de complejos y tonterías, que más es lo que me aislaban de
la gente. ¿Me comprendes?
La nostalgia me va a acompañar hasta más
tarde, sin que lo pueda evitar. ¿Ah, escucharás música esta mañana? El dulce
canto de los pajaritos ya no es lo único que percibo a través de mi ventana.
Cual anuncio del fin de la quietud, que hasta hace un rato había, han empezado
a circular los vehículos con mayor intensidad, y ya se escuchan voces de
personas que pasan, y hablan entre ellas o por celular: “Se me ha hecho tarde,
pero ahí voy”, le dice una a la otra, y me hace volver en mí. Si no se me
hubiese ocurrido ponerme el reloj en la muñeca del brazo izquierdo cuando me
desperté, no me hubiera enterado que efectivamente ya son las 9 y media de la
mañana y que ni he tomado mi desayuno. El tiempo se me ha pasado volando en mi
escritorio, y me tengo que arreglar, porque dentro de un rato, quizás más
rápido de lo que yo me imagino, va a llegar mi amigo Jesé, para intercambiar
algunas ideas acerca de la presentación radial que estamos preparando. Lo
conocí una tarde en la universidad, cuando asistí como invitado a una de sus
clases. Tiene ideas muy interesantes, y sobre todo quiere devolverle a la radio
su sentido original, como fuente de imaginación ilimitada. Yo comparto esa
idea, y creo que bien vale la pena trabajar por ella. ¡Que viva la verdadera
radio!
Cuando mi reunión termine, iré a la casa
de mi amiga Lucía, quien me ha invitado para almorzar y que, dicho sea de paso,
hace cada plato que es de chuparse los dedos. Le voy a llevar unos
chocolatitos, o algún postrecito, de esos que le gustan, y haremos una larga
sobre mesa. Nos pondremos a conversar acerca de diversos temas, que a ella y a
mí nos interesan. Mi amiga tiene muchas historias que contar.
Por la tarde me iré a trabajar, y me
encontraré con personas nuevas, distintas, que me van a pedir tal o cual
canción. Me van a conversar acerca de la letra o el título de este o aquel
tema, y me voy a distraer un rato, pero no lograré salir de la nostalgia que me
lleva a preguntarme qué estarás haciendo tú. Ah, qué nostalgia, y en medio de
ella me viene a la mente la fantasiosa idea de hacerte una visita por la noche.
¿Te parece bien? ¿Vas a estar? Me imagino en la terracita donde tienes tu
parrilla y la maca, en la que tanto te gustaba mecerte cuando era verano. Daban
las 6 de la tarde, y salíamos del interior de la casa para disfrutar de la
brisa que llegaba con el viento. Lo tengo muy presente, y el solo ponerme a
pensar que estoy allí me emociona. Si te parece yo me encargaré de servir los
tragos, y tú preparas ese Gumbo que tanto me gustaba mientras yo toco un poco
de piano, o guitarra para hacerte sentir bien.
Luego de cenar podríamos sentarnos en la
salita donde escuchábamos música. ¿Todavía tienes aquel equipo estereo? Pon
alguna de esas canciones que te gustan. Te sugiero Wind Benith My Wings. Te
emocionabas cuando la oías, y esta noche bien podrías revivir esos momentos
mientras que conversamos, después de tanto tiempo. Te hablaré sobre tantas
cosas, y te contaré acerca de la visita de aquel curita que te mencioné en uno
de mis últimos correos. Ayudó espiritualmente a muchas personas mientras estuvo
aquí, pero también hubieron quienes se desengañaron al verlo, porque habían
creído que su presencia era sinónimo de dinero. “Ese cura gringo va a traer
plata”, habían pensado algunos, pero se equivocaron, porque el cura, ni era
gringo, ni tenía la cantidad de dinero que se hubiera podido pensar.
Me parece tenerlo frente a mí. Uy, me
hacía una y mil preguntas. “Quiero saber más sobre ese mundo de los invidentes.
Dime todo lo que sepas por favor”, me repetía con insistencia cuando
conversábamos. Nos reuníamos en la sala de la casa donde se hospedaba mientras
estuvo en Lima, o de lo contrario en una de las oficinas del Centec por las
tardes. Si la charla se ponía interesante, entretenida, y se iba a prolongar,
nos íbamos a una panadería que estaba cerca. Nos comíamos unas empanadas de
carne o mixtas, que acompañábamos con algunas cervezas heladitas -¡bien al
polo!- para continuar con la conversación. De cuántas cosas no habremos
hablado. ¡Y cómo no lo conocí cuando estuve por allá! ¡Cómo me gustaría ir a
visitarlo! Me imagino en una de esas esquinas de Los Ángeles que aquel curita
también conoce, porque había vivido allí mientras estudiaba su secundaria. Para
él no sería nada difícil llegar a un lugar determinado, entre las calles Olive
y Pico, o Barrinton y el bulevar de Santa Mónica si estuviésemos en West L.a.
¿Pero te das cuenta de todo lo que la
nostalgia me hace imaginar, amiga? Estoy pensando en ti, y en esa California
que alguna vez recorrí contigo, en medio de tantas personas que han migrado de
diferentes partes, trayendo sus costumbres y sus comidas como en el caso de los
japoneses y especialmente de los chinos, quienes cuentan con un barrio propio
en San Francisco, a donde me llevaste. Recuerdo que cuando estuve Allí me sentí
como en la calle Capón, que está cerca al mercado central que tenemos en Lima.
El que manejaba uno de esos Cable Cars, en los que me subí hablaba en Inglés,
pero con acento de chinito, y yo volvía a comentarte acerca de la cantidad de
migrantes que habían, pues aquello no dejaba de llamar mi atención.
Al caminar por las calles, o al tomar un
autobús, escuchaba hablar ya ni siquiera en Spanglish, sino en Español. Lo
comprobé cuando fui al corazón de Los Ángeles que no precisamente es la capital
del estado, como podría creerse, para asistir a una feria de productos
tecnológicos para personas ciegas y con baja visión. Tenía que hacer trasbordo
a la altura del cruce entre Santa Mónica con Bandy, y me acuerdo que a mi lado,
en el paradero, había una señora que no sabía nada de Inglés. ¡Ni siquiera
hablaba un Inglés deteriorado!
--Sí, sí paso por la calle número cinco,
y la puedo dejar cerca al Centro de Convenciones -le dijo de repente el mismo
conductor, y se escuchó gritar a una vieja que la había estado acompañando:
--¡Entonces, chau Rosita!
El tiempo se pasa volando, y mañana
parecerá como si hubiese sido ayer cuando me esperabas. Lo tengo muy presente,
como algo más que un recuerdo. Entonces llegué, y luego partí, pero hoy, que la
nostalgia me invade, solo una pregunta te quisiera hacer: ¿Vas a estar esta
noche? Me gustaría volver.
Autor: Luis Hernández Patiño. Lima,
Perú.