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NEOREALISMO ITALIANO: VITTORIO De SICA

El neorrealismo italiano mostró que es posible hacer un film en las calles, que no se necesitan estudios, y que se pueden hacer usando gente de los lugares. La técnica puede parecer imperfecta, pero con ella se logró expresar y mostrar la realidad, o al menos estar más cerca de la realidad.

Roberto Rossellini, en 1945 conmovió al mundo con "Roma, Ciudad Abierta", imprimiendo a su cine el sentido de lo cotidiano y el valor de la lucha de la gente común. Desechó las épicas historias, las de los personajes heroicos y se volcó hacia las historias pequeñas que le podían ocurrir a esa gente que generalmente iba al cine a ver películas bonitas con finales felices como tranquilizadores.

Eran tiempos difíciles, la guerra había dejado una Italia desbastada al borde de la anarquía y el caos después del fascismo. Vittorio De Sica consideró que era el momento propicio para darle voz a esa gente que había soportado lo peor en esos años terribles. De Sica se integró al llamado neorrealismo italiano. Mostró la dura realidad de su país sumido en una dolorosa posguerra. Contó la historia de su propia aldea y fue profeta en su tierra.

La etiqueta neorrealista no supone una vanguardia, sino un retorno a valores ya existentes en la cinematografía anterior, tanto en Italia como en la URSS y el Reino Unido. Valores que, por otro lado, eran los mismos que luego defendieron los teóricos franceses de los 60’s con el cinéma vérité. Las cualidades que vinieron a definir el conjunto tampoco eran novedosas, pero reaparecieron en un entorno sumamente propicio. Entre esos ingredientes cabe señalar el empleo de actores no profesionales, el naturalismo a la hora de plasmar la trama, el uso de localizaciones reales y el rechazo de lo pintoresco y estereotipado en los personajes, de forma que fuera posible conmover y, a un tiempo, estimular la reflexión socio-política.

De Sica puso su cámara en la calle y se valió de la gente para interpretar lo que quería decir. "Ladrón de Bicicletas" (1948), "Milagro en Milán" (1950) y "Umberto D" (1952) responden a ese neorrealismo en sentido estricto siendo Ladrón de Bicicletas una pintura social sobre la desocupación y la lucha por sobrevivir y Umberto D la dolorosa observación sobre la vejez, la soledad y el abandono. La gente común fueron sus actores y los escenarios naturales las calles de un país por donde había pasado la guerra.

De Sica nunca abandonó el neorrealismo. Superado el trauma de la posguerra, acompañó a su país en la búsqueda del crecimiento económico y la estabilidad política, acontecimientos que siempre reflejó desde la óptica de la gente más sencilla a la que dio una voz a través de la cual expresarse. Nunca dejó de mostrar la realidad, en la firme creencia que había primero que poder reconocerla para después modificarla. El cine para él era dar testimonio del tiempo que le tocaba vivir y dio buena cuenta de ello. Para lograrlo tuvo que recurrir a una definición ideológica. Junto con Roberto Rossellini, acudió a un sencillo método: diseñar políticamente a sus héroes suministrándoles claves de orden social. Esto parece muy sencillo pero escénicamente es difícil de lograr, de tal manera que recurría, al igual que Rossellini, a magníficos actores profesionales para los roles principales y los situaba en escenarios exteriores habitados con gente del pueblo que de algún modo resumía una inquietud próxima al lenguaje de los documentales. En un plano de mayor pragmatismo, ese recurso era idóneo en un momento en el que la guerra y sus secuelas impedían otro tipo de alardes escenográficos.

Economía de recursos y un pragmatismo que hace un recorrido histórico, tanto de las técnicas y los expedientes del cine anterior, como de una gran necesidad de expresar y comprender los problemas sociales y económicos de la posguerra, hicieron del Neorrealismo un vehículo eficaz para articular el arte con la realidad de una manera que pudiera llegar a las grandes masas proporcionándoles el grado de conciencia necesario para la inmediata supervivencia en horas críticas.

El cine le debe al neorrealismo la creación de un estilo propio del que muchos aprendieron y siguieron sus pasos, para dar testimonio del tiempo en que se vive la realidad, con sencillez, sin grandilocuencias. Paradójicamente el realismo que elude el heroísmo, reconoce el heroísmo de la humilde mansedumbre y acentúa la tragedia de la indigencia cotidiana plasmando los anhelos y miserias de los desposeídos. Ello explica que el neorrealismo fuese tan imitado en otros lugares como es el caso de Ibero América, donde cineastas como Fernando Birri (los inundados, Argentina 1961), Giovanni Korporaal (El Brazo Fuerte, México, 1958), Miguel Litìn (Actas de Marussia, 1976) o intelectuales como Gabriel García Márquez han defendido un cine inspirado por los mismos principios. Entre los principales promotores de esta internacionalización del movimiento se encuentra su principal teórico: Cesare Zavattini.

Como todo movimiento, el neorrealismo nace, se desarrolla, alcanzando con De Sica una de sus cumbres, y declina. Si nos atenemos a la opinión de Antonio Pietrangeli, el neorrealismo aparece con la película "Obsesión" de Lucino Visconti (1942) en la que Pietrangeli mismo fue asistente de dirección. El mismo Visconti realiza "Rocco y sus Hermanos" (1960) que quizá marca el fin del movimiento, cerrando con broche de oro.

El ocaso del neorrealismo italiano llegó con su estilización y manierismo. Clave en esa decadencia fue el largometraje "Arroz amargo" (1949), de Giuseppe de Santis, que convirtió en estrellas a sus protagonistas, Silvana Mangano y Vittorio Gassman. Aunque su filme mostraba con afán naturalista un entorno rural, De Santis no escapaba en su propuesta a esa vocación comercial que ya se iba afianzando en el cine italiano, cada vez más proclive a ofrecer tramas escapistas a sus espectadores. En cierto modo, este magnífico largometraje llegaba a las metas del neorrealismo, pero demostrando que eran convenciones asumidas por la industria.

Años antes Rossellini filma las que pueden considerarse obras maestras del género "Paisa" (1946) y "Alemania, año cero" (1947). También destacan títulos como Sin piedad (1948), de Alberto Lattuada, e "In nome della legge" (1949), de Pietro Germi. En lo sucesivo, como lo mencionamos líneas arriba, la corriente fue asentándose como un modelo a imitar, sobre todo por parte de las cinematografías de los países en vías de desarrollo. Sin embargo siempre se asociaba al neorrealismo con el nombre de Vittorio De Sica

Vittorio De Sica se agrega al neorrealismo pero no toda su obra puede considerarse o encasillarse en ese estilo. El cine le debe la creación de un estilo propio que puede identificarse tan de De Sica como tan italiano, del que muchos aprendieron y siguieron sus pasos. Testimonió el tiempo que le tocó vivir para que nadie olvide la guerra y sus consecuencias. Abarcó con mayor o menor éxito otros temas y estilos.

De Sica fue prolífico, mas de treinta películas como director y cerca de ciento cuarenta como actor. Su versatilidad es paradigma reconocido por los cineastas del mundo. Fue, sin duda, el maestro de la comedia italiana, que también interpretó con un histrionismo característico.

Ettore Scola es el mas visible continuador de ese cine a lo De Sica. A lo social, él añadió lo político con una gran visión y amplitud de criterio, fue objetivo sin traicionar sus propias convicciones como militante. Aprendió del maestro la sencillez y la honestidad intelectual, necesarias en una época, la que le tocó vivir, de turbulencia y ebullición políticas a diferencia de la época que vivió De Sica, de reconstrucción y búsqueda de estabilidad social.

La herencia del cine Italiano traspasó sus propias fronteras. La visión de la realidad social en la cinematografía mundial está en deuda con el Neorrealismo, no fueron los italianos los primeros en abordar tales temas, pero si los que vieron la necesidad de recrear la realidad en términos de conciencia profunda, sin afeites. El neorrealismo, más que presentar un nuevo realismo, desnudó la realidad para rescatar los valores del ser humano, común y corriente que habita el mundo real del cual no queremos hacernos responsables.

En 1971, como colofón de una larga y fructífera carrera, De Sica filma "El Jardín de los Finzi-Continis" donde reconoce la realidad de la persecución a los judíos iniciada por Mussollini en la Italia de 1938. Esta constituye una de las películas más elogiadas de De Sica, por la que gana por segunda vez el Oscar a la Mejor Película Extranjera.

Autor: Rafael Fernández Pineda.

Cancún, Quintana Roo, México.

fernandezpr@hotmail.com

 

 

 

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