MI SUEÑO SERÁ MI TRIUNFO
Siete años habían pasado desde que John tuvo aquel accidente; el cual
lo condenaba a estar sobre una silla de ruedas durante el resto de su vida.
Para algunos sería una vida detestable, para John era un desafío más al que
enfrentar. Uno de tantos que había tenido en sus treinta años de existencia.
Era un muchacho de pelo largo, un poco desarreglado para vestir,
con una mirada un poco perdida y serena. Su amigo, quizá el único que tendría
en el resto de su vida, era un negro de cabello enrrulado, de estatura mediana,
rostro inteligente; la característica principal de su rostro era su sonrisa, un
poco malévola. No por nada lo apodaban el brujo. En sus años de adolescencia
había practicado ciertos ritos extraños que no eran bien vistos en su
desafortunada familia.
Por esos tiempos, el pueblo aún era bastante desértico; las pocas
casas que había eran precarias, la gente tenía un nivel muy bajo de cultura, y
esto la llevaba a ser discriminatoria, arrogante y por qué no un poco
pervertida.
En este día, digamos este extraño día, en Comodoro no había
viento. El cielo estaba con un color extraño, era como si el sol se hubiese
teñido de naranja, unas nubes grisáceas flotaban por el firmamento. Por la
calle principal del pueblo venía John dirigiéndose a comprar su periódico de
cada mañana; era uno de los pocos del pueblo que sabía leer, y a pesar de
aquella virtud tan extraña en aquel sitio lo despreciaban. Nunca le importó, o
al menos eso era lo que le decía a Fred. Su amigo sabía que en muchas
madrugadas John despertaba llorando a causa de los sueños terroríficos. Sueños
que habían sido la realidad de su infancia cuando su padre lo golpeaba y sus
compañeros del colegio ponían piedras en el camino por donde iba a pasar con su
silla, para luego reírsele en la cara. Pero todo aquello había pasado, aunque
aún permaneciera en algún rincón de la mente de John.
Iba aproximándose a la esquina, cuando un hombre dobló y lo
encontró de frente:
-¿Cómo estás amigo? Dijo el joven con su
particular voz ronca de trueno que en las mañanas se hacía más notoria.
-¡Amigo Fred!- Gritó John haciendo ademán
de levantarse; ¿qué haces solo a esta hora?
-Sabes que vivo solo, -dijo Fred con
tono algo triste, y raro por su personalidad- vine a terminar con unos asuntos
que me preocupan desde hace años.
Fred era un hombre de unos treinta años,
de pelo largo por la mitad de la espalda, ojos extraños, con barba de unos diez
días.
-¿Qué clase de asuntos? preguntó John
asombrándose por la revelación.
-Esos que ya sabes, debo estudiar mis
libros.
-Aún sigues con eso Fred, bien sabes que
no me gusta que practiques esas cosas.
-Es lo único que podría ayudarte, amigo,
dijo Fred rascándose la barbilla.
-Lo único para la mala gente, querrás
decir.
-¿Mala gente? Dijo Fred alterando su
tono pacífico; ¡Mala gente! Siendo que yo he sido el único que te he ayudado en
los años de colegio cuando todos te discriminaban.
-Tú también te divertías cuando me
ponían las piedras en el camino, dijo John, con voz amarga.
-¡Yo! Gritó Fred fuera de sí; ¡debías
haber visto cuando puse en su lugar a Walter! ¡Y cuando pelié con los otros
tres para que te dejaran en paz!
-Todo eso es mentira, dijo John
secándose el sudor de la frente, solamente yo sé que tú has matado a esos
cuatro diablos para divertirte; pero eres un cobarde que siempre hizo las cosas
de atrás...
Parecía que los ojos de Fred iban a salírsele, su color era de un
rojo llameante, la cara parecía un volcán a punto de estallar.
-Bien John, creo que tendré que
demostrarte algunas cosas; tendrás que ver ciertas cosas que no has visto y por
tu ignorancia de tales cosas me injurias de esta manera. Dándose la vuelta Fred
desapareció ante los ojos perplejos del lisiado. John siguió avanzando, y a
mitad de la cuadra siguiente vio que una puerta de rejas verdes se abría. Un
hombre de pelo oscuro, piel blanca y ojos saltones salió y casi tropezó con la
silla de John.
-Perdón señor, dijo el individuo,
¿necesita ayuda con la silla?
-No señor, dijo John con cierto
fastidio, siempre le había fastidiado que le ayuden con las cosas que podía
hacer por sus propios medios, puedo solo con mi alma...
-Sin embargo, dijo el hombre, sé que
usted es el único lisiado del barrio y no tiene trabajo; también sé que usted
sabe leer, algo realmente extraño en estos pagos, por ese motivo quiero
ofrecerle un empleo.
Los ojos de John iban abriéndose como
platos de caldo frío.
-¿Usted tiene un empleo para mí, señor?
-Así es, si usted lo desea lo invito a
mi despacho esta noche a las diez en punto.
John parpadeó, no lo había hecho desde que
encontró a este hombre tan de improviso, pero pensó para sus adentros que quizá
podía ser la única chance de tener un empleo y al fin cerrarle la boca a más de
un entrometido.
-¿Tengo que traer documentación, señor?
-No es necesario-, dijo el hombre sacando
una tarjeta del bolsillo delantero de su camisa vaquera; -llame a esta misma
puerta y diga su nombre, luego entréguele esta tarjeta al portero e ingresará a
mi despacho sin inconvenientes-.
John tomó la tarjeta, saludó con la cabeza al hombre y decidió
tomar el camino de regreso a su casa. Ya era suficiente por aquella mañana;
todo lo que había visto lo tenía mareado, el hecho de que Fred se haya
desaparecido ante sus ojos... ¿habría estado pensando tan profundamente que su
mente le haya jugado una mala pasada y en realidad nunca se había encontrado
con Fred? Pero no podía ser así, sabía que había estado con Fred, sabía que
habían recordado aquellos tiempos que nunca quería recordar y que por las
noches solitarias solían venirles a su mente.
También sabía que el hombre de la casa
con rejas verdes era real, de hecho la tarjeta con letras doradas que ahora
tenía en su mano izquierda era real.
John llegó a su casa y abrió la puerta sin pensarlo. Vivía en una
casa deteriorada por el paso de los años y más que nada por la falta de
recursos. Con su pensión tan miserable no podía aspirar más que a comer lo
necesario veintiocho días por mes; los días restantes eran cubiertos en esos
mismos veintiocho. En ocasiones no almorzaba, o no cenaba, para poder llegar
bien a fin de mes con su mísero salario.
Ahora estaba sentado en su comedor, contemplaba el paso de algunas
nubes grisáceas por la arruinada ventana. Aún tenía la duda de si se había
encontrado con Fred o todo era el reflejo de un pensamiento, la mirada de su
mente hacia sus sueños fantásticos, o simplemente si se estaba volviendo loco.
Fue cayendo en el sueño sin darse cuenta... ahora salía de su casa
con su silla, el viento azotaba su cara como cada mañana; la arena parecía
parte del mismo viento; llegó al cordón y la silla se le tambaleó. Esta vez, en
lugar de caer junto a la silla se puso en pie de un salto y calló sobre el
asfalto; la silla desapareció tras él solo dejando uno de los fierros que
servían de agarraderas. John tomó el fierro y comenzó a caminar por la
desértica calle. Pocas veces había soñado que caminaba, suponía que esta era la
quinta o sexta en todos sus años de vida junto a su discapacidad. Pero que bien
se sentía al mover sus piernas, parecía que lo hacía todos los días y que lo había
hecho durante años.
Se dirigió por el camino de siempre,
para comprar su diario de cada mañana. Cruzó la primera calle y vio que estaba
llegando a la casa de las rejas verdes. Disminuyó su paso y alcanzó a ver que
la puerta de entrada a penas se movía con una brisa de viento arenoso. Ya
estaba llegando cuando notó las huellas de su silla marcadas en el pasto. Él
había pasado por allí hacía unos instantes, era el único que usaba silla de
ruedas en el pueblo. Empujó lentamente la puerta y entró poco a poco en la
casa. Un jardín lleno de flores rodeaba la entrada; llegaba casi hasta la
puerta de entrada del porche en donde había unos macetones también repletos de
flores rojas.
John pensó en llamar, pero decidió esperar unos instantes. Una
ventana estaba semiabierta y alcanzó a vislumbrar dos figuras; no podía
distinguirlas por causa de las plantas que tapaban su visión. Decidió acercarse
aún más para identificar a los personajes. A unos cinco pasos de la ventana se
detuvo con el corazón palpitante; ahora las voces eran claras aunque todavía no
podía ver quienes eran aquellas dos personas:
-Tengo contactos en todo el país, decía
una voz un tanto autoritaria, el sereno del cementerio está a mi disposición...
- ¡pues desde ya le digo que no va a
contar conmigo señor Frank! Dijo una segunda voz que sobresaltó en gran medida
a John.
Uno de los hombres se acercó a la ventana; John logró ocultarse
tras una rama pero sin dejar de observar. Su boca se secó, un sudor helado
comenzó a correrle por la espalda. La segunda voz que había oído era la suya
propia, y la persona a la que estaba viendo ahora mismo era Fred, que se
encontraba al lado de su silla de ruedas. Ahora él mismo estaba diciendo:
-¡No me interesa su trabajo!, ¿no me
entendió? John se agachó y perdió el conocimiento por unos instantes, eso tan
desagradable que generalmente suele ocurrir en los sueños cuando uno está en
una situación interesante. Al cabo de unos segundos John volvió al lugar; ante
sus ojos surgieron cuatro figuras encapuchadas que hasta aquel momento no había
visto, y se abalanzaron sobre el John que estaba dentro de la habitación. Fred
cayó sobre la larga mesa del comedor mientras los cuatro nuevos personajes
derribaban a John de su silla.
Debía hacer algo, se movió sin pensarlo y abrió la puerta. El
horror invadió la visión de John... otra vez uno de esos espacios en blanco
llegó a su mente; sentía que estaba agarrando un metal frío pero no podía ver
ni oír nada... Una explosión aterradora hizo que John abriera los ojos, e hizo
que volviera en sí.
Miró por la ventana y vio como la lluvia caía sobre el cristal;
vio las pocas flores del jardín empapadas, vio las nubes que ahora eran
totalmente negras desahogándose sobre el pueblo. Giró hacia su derecha para buscar
el reloj que estaba sobre la heladera; eran las 2.30; había dormido durante 6
horas y había soñado miles de cosas. Se dirigió a la pileta de la cocina para
sacarse esa terrible pesadez de la vista y aclarar sus ideas. No podía ser, aún
no había comprado su periódico y además, no podría comprarlo a causa de la
tormenta. Una realidad lo golpeó en sus ojos como un martillo de un gigante.
Iba a abrir la canilla cuando la tarjeta con letras doradas resbaló por la
manga de su camisa y cayó en la pileta.
Todo había sido cierto, aquella noche debía ir a la casa de las
rejas verdes y encontrarse con aquel señor que le había prometido trabajo. Pero
los cuatro compañeros... ¿eso también había sido real? Buscó en sus bolsillos
para ver si encontraba algún indicio así como encontró la tarjeta; pero no
había nada, evidentemente de aquella lucha no había conseguido nada, o bien
esta segunda situación si había sido un sueño...
John pasó aquella tarde mirando caer la lluvia, observando las
nubes mientras su mente divagaba entre los recuerdos de su infancia. Leyó una y
cien veces la tarjeta:
Frank V. Cartmy, director de la A. F.B.
en argentina.
No conocía a ninguna persona llamada Frank que viviera en este
querido pueblo. Tampoco se había enterado de que alguien haya llegado al pueblo
en los últimos días. De modo que al no encontrar solución a su enigma, John más
bien decidió pasar la tarde haciendo algo más útil que pensar en esos asuntos y
dedicarse a continuar con su libro de filosofía.
Eran casi las 9.30 de la noche cuando John comenzó a prepararse
para salir de la casa. Apenas estaba a una cuadra y media del sitio al cual
tenía que ir, pero nunca le habían ofrecido un empleo y la curiosidad por
descubrir toda aquella intriga era demasiado fuerte. Puso sus anteojos en el
estuche, agarró plata, aunque no sabía para qué, ni por qué, tomó su bolso y se
sentó a esperar veinte minutos más. Aguantó quince, la curiosidad era
extremadamente molesta. Subió a su silla y se dirigió hacia la puerta.
Ahora el cielo estaba despejado, ni una nube asomaba en el cielo
de Comodoro y hasta el viento se había apaciguado. Las estrellas se veían como
solamente pueden verse en aquel pueblo; si en algunas ocasiones hasta llegó a
pensar que si levantaba las manos las podría tocar. Comenzó a avanzar con su
silla, ya un poco despintada y abollada con el paso de los años. Mientras
recorría los primeros metros, recordaba cómo la había conseguido; sus vecinos
habían hecho una rifa para comprársela, ya que el gobierno, como todos los
gobiernos, nunca le dio la ayuda que le había prometido, de darle sin costo
alguno su silla, cuando quedó paralítico.
Ya estaba aproximándose a la casa de rejas verdes. Mientras
buscaba en su bolsillo la tarjeta de letras doradas vio que en la puerta estaba
parado un hombre de unos cincuenta años, de pelo un tanto blanco y afeitado
prácticamente hasta la carne.
-
Buenas noches, señor, dijo John con voz un poco
pastosa.
-Buenas
noches, -dijo el portero- mi patrón me ha dicho que esta noche iba a venir un
hombre... -no se animó a terminar la frase, John sabía cual era, un hombre
lisiado- me dijo que iba a venir un hombre que había citado a las diez en
punto.
-Así es,
señor, aunque creo que he llegado unos instantes antes.
-No hay
problema, sígame dijo el caballero.
Cruzó
las rejas verdes a las cuales nunca les había prestado atención durante todos
los trayectos que efectuaba de su casa al puesto de periódicos. Creía haber
visto ese jardín, aunque nunca miraba hacia los costados cuando iba en su
silla. Si bien el tránsito en aquella calle era ínfimo, solía llevar a cabo los
consejos de su maestro de la escuela primaria de no distraerse cuando estuviera
en la vía pública. Siguió al hombre de pelo blanco mientras ojeaba el jardín.
Estaba lleno de plantas repletas de flores que llegaban casi hasta la entrada,
en donde había unos macetones con flores rojas. La puerta de la entrada se
abrió y un hombre de unos treinta y dos años asomó la cabeza:
-Ah, estimado amigo, -dijo con voz
simpática- adelante, adelante, lo estaba esperando. No se haga problemas por
limpiar sus ruedas, el comedor ya está lleno de barro. Póngase cómodo.
John siguió al simpático hombre de pelo largo y se introdujo en el
comedor. Muchos cuadros adornaban las paredes junto a varias macetas colgantes.
En el centro del comedor había una mesa de unos dos metros y medio de largo
rodeada con magníficas sillas. Al lado izquierdo de la habitación había una
puerta semiabierta que dejaba ver una luz tenue y permitía oír un leve
murmullo.
-
Acérquese a la mesa amigo, -dijo el hombre- antes que
nada debo presentarme: soy Frank V. Cartmy, director de la A.F.B. en argentina.
-Si señor,
-dijo John- lo he leído en la tarjeta que mme dio; ¿qué significan las iniciales
A.F.B.?
-Más tarde
se enterará, -dijo Frank- por el momento tenemos que tener un diálogo, primero
que nada cuénteme como fue su vida laboral, qué estudios tiene y qué piensa de
este pueblo.
John sonrió
amargamente.
-no he
tenido oportunidades de trabajar, señor, evidentemente en este país no hay
lugar para los lisiados. Tengo estudios terciarios, aunque casi nadie del
pueblo lo sepa, soy abogado. Y lo que pienso de este pueblo es que tiene
grandes posibilidades de progreso a causa de sus riquezas. Espero que ese
progreso también sea en el comportamiento de las personas...- En este punto
John se detuvo.
Las voces
que se oían en la otra habitación se hicieron más notorias.
-
Perdón señor Frank, ¿creo que estamos acompañados, no
es así?
-Así es,
-dijo Frank tratando de disimular su inquieetud- en la otra habitación hay
cuatro personas que tengo que presentarle luego de decirle mi propuesta
laboral. -Bien, pues lo escucho señor, -dijo John dejando ver su impaciencia en
cada movimiento de sus manos-.
-Usted se
había detenido en el pensamiento que tiene con respecto al comportamiento de
las personas en este pueblo.
-Preferiría
no tocar ese tema, -dijo John, ya con un tono algo molesto- he sufrido bastante
por el comportamiento de muchos individuos...
-Bien, -dijo
Frank- en ese caso tendré que comenzarle a detallar cuáles serán sus labores si
desea obtener este trabajo. Antes que nada, no debe tener antecedentes
policiales, debe tener entre treinta y cuarenta y cinco años, es conveniente
que sepa controlar sus impulsos y tener una gran capacidad de decisión en
situaciones extremas. Por último, y lo principal de todo, es que debe poseer un
gran coraje.
- Bien señor, poseo todas esas
cualidades; pero, ¿cuál es el empleo?
- Bien, sé que tiene esas cualidades
John, paso a contarle: las iniciales A.F.B. significan: Asociación Federal de
Brujos. Yo soy el director de la Asociación Federal de brujos en la República
argentina. El trabajo que le ofrezco es sencillo, debe acompañar a mis
empleados para conseguir los elementos que yo necesite, lo cual puede ser en
cualquier momento del día o de la noche. Deberá conseguir objetos tales como
huesos de humano, para lo cual tendrá que entrar al cementerio del pueblo a la
madrugada...
-¡Está loco! -Gritó John con voz
totalmente exasperada- ¿cómo se le ocurre que un lisiado podrá entrar furtivamente
en el cementerio sin que nadie lo descubra?
-No sabe con quien está hablando John,
-dijo Frank con una sonrisa siniestra- tenggo contactos en todo el país, el
sereno del cementerio está a mi disposición...
- ¡pues desde ya le digo que no va a contar
conmigo señor Frank! Yo no pienso cavar ninguna tumba...
-No es necesario que haga eso John,
usted se queja de que no le dan empleo y cuando le llega una buena oportunidad
no sabe aprovecharla...
-Vaya a saber cuántas veces ha hecho lo
mismo...
La cara de John parecía hervir, hasta
podían verse las gotitas de sangre asomando por los poros.
-Además, -dijo el director de la
Asociación de brujos acercándose al lisiado- aún no le he presentado los
compañeros de su trabajo, si es que lo acepta obviamente...
-¡No me interesa su trabajo!, ¿no me
entendió?, -gritó John fuera de si- ahora mismo me retiro señor Frank, fue una
desgracia haberlo conocido.
La puerta semiabierta que daba a la otra habitación se abrió y
cuatro individuos encapuchados entraron en el comedor.
-Llegaron en el momento indicado, -dijo
Frank- nuestro amigo estaba a punto de irse. Un olor nauseabundo inundó la
nariz de John, los cuatro encapuchados se le acercaron y formaron una ronda a
la vuelta de su silla. En ese instante Frank se puso delante de John y lo
increpó con tono autoritario:
-Te dije que tendría que demostrarte
algunas cosas; tenías que ver algunas otras que no has visto; siempre he
tratado de ayudarte y con tu maldito orgullo no te has dejado ayudar, John; siempre
has...
-Perdón, ¡pero yo a usted no lo
conozco!- Gritó John.
En ese instante la cara de Frank comenzó
a contraerse, cada uno de sus rasgos iba transformándose, parecía que los ojos
iban a explotarle como dos granos de pus; la barba comenzó a crecerle de
repente...
John quiso retroceder con su silla pero los cuatro individuos se
lo impidieron; uno de ellos se quitó la capucha y dejó ver un rostro
terrorífico. Parecía que la piel estaba a punto de caérsele; los ojos eran de
color rojo y los labios de ceniza; uno podía pensar que tal individuo tenía la
piel de aquel modo por haberse mirado demasiadas veces en el espejo con
aquellos ojos llameantes.
El horror fue creciendo en la mente de John a medida que
transcurrían los segundos; aún creció más cuando una comprensión llegó
súbitamente a su ser como un viento de un caluroso verano; el hombre que tenía
en frente de si era uno de los compañeros de su escuela, aquellos de los cuales
se corría el rumor de que Fred los había matado. Giró en su silla dando un
grito y vio que en lugar de Frank ahora estaba la cara de Fred sobre el cuerpo
de Frank. Otro alarido se escapó de los labios de John y trató de huir. Los
cuatro hombres que estaban a su alrededor lo empujaron y John cayó con gran
estrépito de su silla. Sintió unos dedos helados oprimiendo su garganta, vio
como uno de sus ex compañeros muertos caía sobre él para quitarle completamente
la respiración. Todo estaba perdido, podía ver todo pero no podía hacer nada.
¿En cuántas ocasiones había sentido esa sensación de no poder respirar? Sabía
que solo le ocurría en algunos sueños. Una punzada le atravesó el abdomen,
sintió como si los intestinos iban a salírsele por la garganta. Todo era
terrible, pero aún sus ojos podían ver claramente el brillo de las estrellas
que se colaban por la ventana semiabierta.
Vio como se movía el picaporte y como una persona entraba al
comedor.
Aquella persona era un hombre joven, de unos treinta años; en su
mano traía un fierro del mismo color de su silla de ruedas. El hombre se
abalanzó sobre los cuatro aparecidos que trataban de matar a John y los golpeó
sin piedad. Uno de los que ahorcaban a John cayó a un costado derribando la
mesa del comedor; otro golpeó contra los vidrios de la ventana y los hizo
añicos; los otros dos cayeron junto a la silla de ruedas con la cabeza partida
en dos mitades exactas.
Una explosión se oyó a lo lejos y el hombre que había llegado para
salvar a John desapareció dejando el fierro tirado junto a su silla. John tomó
el fierro y se enderezó. Fred, o Frank, a esta altura ya no se sabía su
verdadero nombre, permanecía estupefacto junto a la mesa volcada y los restos
de los cuatro hombres con las cabezas rotas.
John enderezó su silla y se subió a ella con gran velocidad,
habilidad que había desarrollado en su adolescencia. Sin soltar el fierro
enfrentó a Fred.
-¿Cómo has hecho todo esto si tú no eres
brujo?- dijo Fred sin poder salir de su asombro.
-¿Qué es lo sorprendente, que me haya
levantado del suelo y luego subido a la silla?
-No... El hombre que apareció...- Fred
no lograba articular una frase completa.
-¿Qué pasa con el hombre que apareció?
¡Seguramente fue una persona de buen corazón que al pasar y oír mis gritos vino
en mi ayuda!
-Pero es que... ese hombre... -Fred se
detuvo y tomó aire- Ese hombre eras tú mismo John, -al fin lo pudo decir y el
alivio pareció asomarse al rostro de Fred.
Ahora John era el sorprendido; otra vez sintió surgir la
comprensión súbitamente.
-Sí Fred, era yo mismo; creo que en el
fondo siempre me estuve esperando. A pesar del desprecio que siempre he sentido
por las prácticas que realizabas, tenía en mi corazón la duda de si era o no un
brujo...
- Jamás hubiese esperado algo semejante,
dijo Fred sosteniéndose de la mesa para no caerse. Inhaló aire profundamente mientras
reflexionaba. -Creo que ya tomé la decisión querido amigo John-.
-¿Qué clase de decisión?- Preguntó este
con voz calma, a esta altura ya nada podía asombrarlo.
Fred se acercó a la ventana rota y miró
las estrellas:
-Te cedo el puesto de director en la
Asociación, ningún brujo del país es capaz de realizar la hazaña que has
acabado de ejecutar...
Dándose media vuelta, Fred tomó la tarjeta de letras doradas y la
rompió ante los ojos perplejos de John.
Autor: Mauro Muscari. Buenos Aires,
Argentina.