Miryam

I

Este es el elegante departamento de Miryam Guzmán: (Ayacucho 1500). Hubiera querido olvidar esta historia y esta dirección, pero me han llamado a declarar y he recordado.

Miryam Guzmán, era la hija de un rico afincado y prestigioso señor de ese pueblo. Se sintió atraído por la señora de Guzmán, una hermosa mujer divorciada y con dos hijas.

La historia fue muy breve. Para él, sin importancia; pero en Agustina Guzmán quedó una hija: Miryam.

Las hermanas crecieron unidas, en perfecta armonía, compartieron colegio, travesuras pero un oculto rencor se anidaba en el corazón de Miryam. Ella no era igual que sus hermanas: ella era… distinta: pelirroja, hermosa como su madre. Sus hermanas eran lindas, inteligentes… por más que buscaba sus hermanas no se parecían a ella. ¿Por qué…? Eso lo tenía que averiguar y lo supo mucho después, de casada.

Sus hermanas le otorgaron una infancia feliz, una adolescencia protegida a distancia, porque se separaron, y ahí aumentó el rencor de Miryam Guzmán; las quería y las odiaba. Trataba de hacerles daño, de una manera o de otra. Que sufrieran ¿O a caso ella no había sufrido? A sus hermanas no les decían "gringa", a ella sí. Entonces que sufran un poco. Y las despojaba de pulsera, anillos, anteojos recetados: hasta el sueldo le sacó a Verónica junto con los documentos…

-"No sabemos si fue ella", se enojaba Julia.

-¡Ay! no la defiendas Verónica que te sacó los lentes que necesitabas para trabajar. Es mala o algo le está pasando y si le pasa algo que lo diga así se la puede ayudar. Me dan ganas de pegarle unas buenas cachetadas; y se las voy a pegar. No puede ser Verónica, le hemos dado todo lo mejor de nosotras y ella nos corresponde así…".

Se lamentaban las hermanas, haciéndose el firme propósito de ser indiferentes con Miryam, de ignorarla, a ver si se daba cuenta de que estaba equivocada; pero un llamado telefónico, una carta bastaba para que Julia y Verónica olvidaran sus propósitos correctivos. La amaban, eran felices complaciendo sus deseos.

A los diecisiete años, se encaprichó con Carlos Nogera, un mentiroso con mayúscula, celoso, fanfarrón y se casó con él.

Voy a olvidar detalles lamentables. Sólo diré que él la golpeaba, poseído por celos, con fundamentos o sin ellos. Que se escuchaban carreras por las noches, gritos ahogados y el llanto de un bebé.

Sólo diré, que la encontraron casi muerta: mejillas moradas, la boca hinchada y delirando. La tía descubrió el frasco vacío de Valium que él "la obligó a tomar".

Yo la veía pasar con sus dos hijas cabellos rojos, piel de jazmín. Sus ojos verdes me inmovilizaban cual si fueran ojos de serpiente: fríos, perversos, calculadores. A veces, su mirada de niña traviesa me sumía en confusión: ¿Quién era, la serpiente o la niña que corría con sus hijas, con la mirada verde límpida?

Fuimos amantes. La quise con "miedo", como se quiere a Dios, con respeto y locura. Qué no hice para borrar esa mirada helada verde hielo, verde rencor, verde antiguo odio.

II

Las cosas sucedieron así: antes que Julia enfermara, Miryam adquirió este departamento.

Julia y Verónica ayudaron en la decoración:(Alfombras rojas, cortinas de brocato y voile). Claro que Julia se cansaba demasiado pronto. Ella que siempre era demasiado fuerte, que trabajaba sin demostrar fatiga, que tenía una broma a flor de labios para sacarte de la pena. Ella se cansaba pronto y se quedaba con la mirada perdida en la tristeza…

-"¿Qué pasa Julia?"

- Perdóname Verónica no tengo ganas de hacer nada, las manos me pesan… tengo miedo de romper algo…

Se puso a llorar en silencio. Una lluvia tibia, vivificante se desprendió de sus ojos.

Se levantó y colgó la última cortina.

- "Sos mala Julia, como todo esta quedando espléndido no querés ayudar. ¡Nunca pensé que fueras envidiosa! y de tu hermana, que decías querer tanto.

Verónica, sin decir una palabra, con una aguja en el corazón llevó a Julia a su casa. La ayudó a acostarse y Julia no se levantó más.

Me contó Verita, que lloraba mucho, que no quería llamar a Miryam que estaba convencida que no las quería que sólo mal recibirían de ella.

Pero Julia se apagaba como la lucecita de una vela y Verónica la llamó.

En una de esas noches que tomaban mate en la cocina y Julia moría lentamente, le preguntó Miryam a Verónica, buscando el momento más sensible:

-"¿Qué significa Pedro Juárez en mi vida?".

- "Ya lo sabés, es tu padre".

La voz de Verónica fue firme, terminante, sin lugar a más preguntas.

A Julia la internaron en una clínica (paliativa) para morir con dignidad. A la mañana siguiente, Verónica fue a la casa a buscar ropa, algún libro y eso sí, no tenía que olvidarse la foto de la hija y de sus nietos.

Abrió la puerta con mano temblorosa. Hubiera preferido no ser ella la que entrara a una casa que le habían arrancado el alma, Julia no volvería más.

No quiso prender la luz. ¿Para qué? Si conocía todos los rincones y así sentiría menos la desolación. Entró a la cocina y encendió una hornilla, intentaría tomar unos mates antes de ir a la clínica, tenía que serenarse.

Se sentó esperando que se calentara el agua con los ojos fijos en el fuego, fijos en el vapor que se escapaba de la pava…

No puede ser que haya sucedido… que Miryam haya abandonado a Julia.

Sí, después lo supe yo, había invitado a Miryam al Colón, función de gala, bailaba Julio Bocca.

Ella aceptó muy complacida, el único problema que tenía era la hermana. Tenía que remplazar a Verónica pero era seguro que me acompañaría, porque si no encontraba alguna amiga para la guardia de la noche tomaría una enfermera.

- ¿Porqué no te internás, Julia? Está sufriendo y haciendo sufrir a todos los que estamos a tu lado, yo en tu lugar no sería tan egoísta.

- ¿Querés que llame al doctor Santillán para que vengan a buscarte y nos dejas en libertad a todos?

Julia negó con la cabeza.

Miryam miró al reloj y dijo: tomá esto que ya es la hora.

- ¿No te vas a internar entonces?

- Andá Miryam, llamá a Verónica y andá. No me voy a internar: quiero morir en mi casa ¿¡Tanto te cuesta entender esto!?

- Entonces, arreglate. Acercó una silla a la cama, llevó la caja con las jeringas cargadas, una jarra con agua, colocó el teléfono en una repisa alta, lejos de la cama. Con una sonrisa irónica se fue.

La abandonó y Julia no podía caminar, movía las manos.

La función en el Colón fue deslumbrante y la noche en el departamento de la cale Ayacucho, inolvidable.

El agua de la pava se había consumido, una gasa de vapor cubría el lugar y Verónica vio a Julia regresando de la escuela… enchufando el calentador…colocar el sartén, quitarse los zapatos, poner dos huevos mientras se quitaba el guardapolvo…vio con la sonrisa de antes, porque ella también era chica, cómo saltaban los huevos de la sartén a los zapatos de Julia y vio que, sin ningún reparo, los volcaba en el plato sentándose a comer…

El teléfono la sobresaltó. La gasa de vapor se encogía contra el techo y no sabía si era niña o esa mujer madura llena de dolor que caminaba a tientas hacia el aparato que no dejaba de llamar.

- ¡Hola!

- ¿Julia?

- No, la hermana.

- Buenos Días, soy Pablo Nastevich, quería saber cuándo puedo pasar a cobrar el alquiler, pero… si Julia no está…

- Cuando quiera.

- ¿No sabe si los impuestos están al día?

- ¡Sí…!

No supo más.

El sol se filtraba por las hendijas de las ventanas ¿Se había desmayado?

Estaba en el suelo y le dolía la cabeza… ¡Miryam! Gritó horrorizada. El departamento estaba vacío. Las mejores cosas de Julia se las había llevado. Sin piedad, antes que muriera.

El portero me contó que después que se llevaron a Julia, la señora de cabellos rojos se llevó los muebles en una camioneta.

III

Me han llamado a declarar y he recordado lo que creía había sepultado y que nunca volvería a mi memoria: La infancia de Miryam Guzmán.

Nos citamos en la Confitería de las Heras y Ayacucho, si pasaba por el departamento a buscarla quedaba atrapado en la tibieza, en lo esotérico del lugar.

Llegué temprano y me senté en la mesa del rincón de leer el diario. A los diez minutos entró Miryam del brazo de un tipo alto muy bien vestido. Sentí calor en todo el cuerpo.

Se ubicaron en la mesa que da a la calle Ayacucho, protegidos por el cortinado, Miryam eligió el lugar.

Se veía espléndida con su traje oscuro y el pelo cayendo en su espalda como un torrente rojo y los ojos verdes de serpiente seductora, posándose sobre su nueva víctima.

Dejé el dinero sobre la mesa y salí por la esquina de las Heras. La esperaría en su domicilio.

Yo fui testigo presencial: Miryam dormía en este sillón con la seguridad de que yo vendría.

Se despertó un poco ahogada.

Se levantó, abrió la ventana y vio el infierno trepando en su balcón: "¡Ricardo!". Oí que ella gritaba mi nombre ante lo irremediable, ante el espanto. Cayó de rodillas y, como si dijera una plegaria, musitó: "¡Verónica! ¡Julia! ¡¡Mamá!! Vengan a buscarme, como cuando era chiquita.

Hubiera querido no recordar, no haber sido parte de esta historia; pero me han llamado a declarar y he recordado…

Autora: Betty Capella.

Lanús, Buenos Aires Argentina.

bettycapella@ciudad.com.ar

 

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